Hijos de la ira

No hace mucho que Netflix ha adquirido los derechos de algunas temporadas de Salvados. Están… algunos capítulos, según recuerdo, pero no todos, y tampoco por orden. Quizá Netflix ha escogido a la carta, y los últimos episodios se los sigue reservando Atres Media, supongo. Pero no importa: de los que yo vengo a hablar hoy sí están ahí, y no me los había visto hasta hace un par de semanas: se trata de un doble episodio soberbio, y acojonante en todos los sentidos, que conecta la victoria de Donald Trump en EEUU con el auge del Frente Nacional —hoy, Agrupación Nacional— en Francia. Se títula Hijos de la ira, y empieza con dos realidades que solo se entienden juntas: americanos y franceses de clase media que votan por las nuevas propuestas, por los nuevos partidos, y la voz en off del actual presidente de los Estados Unidos de América prometiendo una nueva era dorada para el estado de Michigan y la ciudad de Detroit.

Hoy, tras el triunfo de VOX en las elecciones andaluzas de 2018, me ha dado por hacer un resumen; a ver si a vosotros os da por echarle un ojo al episodio, que vale la pena.

La depresión que solo entiende en el Medio Oeste

Empezamos con un Detroit en decadencia. Al lugar se le conoce como el Rust Belt: el Cinturón del Óxido. Ruinas dentro de una ciudad que fue motor económico, restos de antiguas fábricas de automóviles que ya nadie recuerda, fábricas que daban trabajo a un millón de norteamericanos. Detroit fue la cuarta ciudad de los EEUU en número de habitantes: hoy, la decimoctava. ¿Las razones? Son muchas: las energías renovables, el uso de robots, la competencia internacional, el NAFTA y el consecuente traslado del negocio a México…

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¿Y qué ocurre en Michigan? En Michigan, los habitantes no saben contra quién arrojar su furia tras esta depresión que solo se entiende en el Medio Oeste americano: tasas de paro de casi el 50 % y un índice de población que ha descendido hasta cifras previas a los felices años veinte a medida que la industria echaba el cierre. Ni Chrysler, ni Buick; ni Chevrolet, Dodge, RAM, GMC… Las fábricas de automóviles ya no dan el trabajo que daban, y poco puede hacer Trump hoy frente a esta realidad: los michiguenses se quejan de que se cachondean de ellos: les llaman los flyover states —los estados del sobrevuelo—, pues muchos estadounidenses no ven nada interesante en el centro del país, y solo viajan de costa a costa. Pero aquí es donde mejor se puede rastrear ese cambio de paradigma; aquí está el secreto mejor guardado de la nueva política; aquí es donde uno ve por qué Trump venció, por qué a Trump se le perdonan muchas cosas. Si el presidente miente, dice uno de sus votantes, lo hace por no estar bien informado. A esto hemos llegado: preferimos un gobernante impulsivo e idiota a volver a confiar en aquellos  que hemos tenido hasta hoy.

No es bueno: en todo caso, es alarmante, e inquieta; igual que inquietan los discursos racistas contra los inmigrantes en Francia, la omisión del electorado norteamericano de proyectos de sanidad asequible como el Obamacare, y, sobre todo, la falta de alternativas frente a propuestas que, en realidad, no son propuestas, sino populismo disfrazado. Es el conflicto de la clase media con la pobreza —el empobrecimiento actual, y la futura pérdida de clase social— y con aquellos que han permitido que se llegue hasta aquí. En cierto modo, es el principio del fin de las grandes potencias occidentales, y, sobre todo, es la necesaria resistencia frente a este fenómeno.

¿Cuál es el contratiempo aquí? Porque hay uno, y muy gordo. Y es que no hay enemigo a batir; no hay aliado real ni enemigo a batir. La mejor prueba la tenemos en eslóganes como el Make America Great Again! (Haz América grande otra vez!) o el Au Nom Du Peuple (En nombre del pueblo)países divididos que buscan una idea vacía que puedan llenar de su propio significado; personas asustadas por no saber cómo mantener su estilo de vida, por no saber cómo conseguir que sus hijos tengan la oportunidad de una vida mejor; personas que siguen buscando el modo de no sumar más y más dificultades a un futuro de por sí incierto.

El mismo votante de Trump del que hablaba antes: un jubilado al que Évole entrevistaba en un bar de Detroit, decía: no queremos que el star system de Hollywood nos diga a quién votar; no queremos que nos digan que somos de derechas por apoyar a un candidato; ven aquí y ponte en mi lugar. Hijos de la ira va de eso; es la desconfianza en los medios tradicionales, aquello que explica el salto a la nueva política, a las fake news, a los nuevos medios de difusión. No es la victoria de Trump o de Le Pen, sino la materialización de esa distancia entre los viejos partidos y el pueblo; entre los nuevos políticos —o reciclados, en muchos casos— y la lección aprendida: el autócrata que conecta con el votante mediante el precio del café. Por eso, que un fulano diga que él y un actor de cine tienen distintos problemas, no nos sorprende, pero quizá sí esta otra frase lapidaria con la que acaba su testimonio:

No creo que hayamos sido abandonados por ellos. Sí hemos sido ignorados, pero ha sido así en todo el país.

Puede que la historia no se repita, pero rima: Évole consigue en Salvados algo que vale mucho la pena: explicar por qué todo dios —a excepción de una minoría en el sur de Europa— se dirigió desde el principio hacia la derecha, porque todo dios cree ya que la derecha —la extrema derecha, en muchos casos— es esa tercera vía: y quizá aquí también, eventualmente, ¿o no? Acaba 2018, y ahí están, más presentes que nunca: Ciudadanos, y VOX.

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Nacidos en un mundo de reglas inquebrantables, parece ser que  la vieja clase obrera no ha conseguido hacer acopio del estoicismo y el todo es relativo que la crisis de 2008 obligó a tragarse a los miembros de la generación Y. Los milennials, que nunca han (hemos) podido conseguir lo que tenían sus padres ni con el mismo esfuerzo, saben cuáles son las reglas del juego: se las cambiaron a mitad de la partida, es cierto, pero conservaban la flexibilidad que sus padres y abuelos ya no tienen. A estos últimos, se les suma el miedo al que pasará, el ser políticamente incorrectos, la tendencia a esconder los problemas bajo la alfombra, a elegir el discurso útil, el camino corto… No todos, claro que no: generalizar es una cagada total, pero el votante de VOX son cuarentones y cincuentonas de derechas, lo dicen las encuestas. Lo mismo ocurre en los EEUU, en Francia, y en Alemania, y en todos lados; en todos esos sitios en los que la gente se despierta y, por fin, se da cuenta de que lo de sacrificar el futuro de sus hijos y de sus nietos era solo el principio, que ahora les toca a ellos y ellas, porque a los milennials ya poco más se les puede quitar, y el sistema exige lo que exige.

No es casual que el periodista cierre estas dos horas de documental reuniéndose con Marion Maréchal-Le Pen, quien no cree en las sociedades multiculturales. Una sociedad multicultural, afirma la nieta de Jean-Marie Le Pen sentando cátedra, es una sociedad en guerra. Para ella, la integración significa abrazar la nueva cultura y repudiar la propia: emigrar significa una derrota total, una pérdida de cualquier rastro del propio mundo y, por encima de todo, el agradecimiento por permitir ser acogido en un nuevo país como ciudadano o ciudadana de segunda clase.

¿Queda espacio para el optimismo? Queda. Muchos franceses, y estadounidenses, no están de acuerdo con Trump o Le Pen, pero otros tantos sí. Muchos españoles y españolas no están de acuerdo con Santiago Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera, pero otros muchos y muchas sí. El quid de la cuestión, sin embargo, no es tanto aquellos que abrazan la ideología de la extrema derecha, sino más bien la gran masa que no vota con la intención de apoyar, sino de castigar a quien los decepcionó en el pasado. Esto es lo más peligroso.

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Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.

Noviembre está siendo injusto conmigo

Tengo una decena de entradas por publicar, pero noviembre está siendo injusto conmigo. Sea como sea, no tardaré en recuperar la rutina de blog y, por ahora, os dejo con un par de relatos que he presentado en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja.

El primero es Trece millas, que ha sido destacado por su calidad por el jurado entre más de cuatrocientos participantes.

La historia es manida, con una pareja de atracadores psicópatas y dos camareras muertas en un bar de carretera en la ruta 66 a su paso por Kansas. Pero el texto resulta sugerente por la voluntad de su autor de darle la vuelta a la atmósfera que tanto le debe a la estética popular norteamericana, hasta casi caricaturizarla, como caricaturiza a los personajes, con un narrador muy visible, que llega incluso a deconstruir varias escenas del relato para remarcar la distancia entre la acción y la narración. (Fuente: III Concurso de Historias de Viaje)

El segundo es Terminó por ser nadaque estoy terminando de pulir, pero que ya podéis leer haciendo clic en el título. Es un relato sobre la despoblación, sobre todos esos pueblos aislados que mueren de soledad a lo largo y ancho de España. Certamen al que me animé a participar tras leer el siguiente párrafo que tanto me recuerda a mis abuelos:

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera. (Fuente: Relatos sobre la despoblación)

¡Ay, Paquita! La nueva heroína LGTBI+

La gente vuelve a estar que no caga con Paquita (Brays Efe), y normal me parece. No porque el chaval se autodenomine «gordo maricón», que eso también mola (y desarma a todo tipo de imbéciles homófobos e inframentales), sino por lo revolucionario que es todo alrededor de su figura, ¡coño! Pero antes, la obligada sinopsis:

Paquita Salas es una serie de Netflix que se estrenó en verano de 2016 y cuenta la historia de una representante de actores de los noventa para quien el cambio de siglo se le ha hecho un poco cuesta arriba.

Paquita mola porque sorprende, pero también porque normaliza; porque coge a la persona perfecta para hacer un papel, y no importa que esta sea un hombre, ¿sabes?, que estamos en el siglo veintiuno, y, aunque fundamentados en razones más misóginas, ya lo hacían en el teatro clásico. Así que… que tampoco se flipe nadie, que esto no es la sopa de ajo. Son diez capítulos (dos temporadas) que, a través de la comedia, narran historias y construyen personajes que sorprenden y enamoran: de Magüi a Lidia San José, de Yolanda Ramos a Mariona Terés.

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Los llamados “Javis” —Javier Calvo y Javier Ambrossi—, que se han buscado o les han colgao un apelativo bastante horrible como pareja artística y sentimental, no lo han petado por crear una serie novedosa, con actores reconocidos y, si nos ponemos pedantes, un gran uso de los niveles ontológicos de realidad; eso le da cuerpo, claro que sí, porque mola oír hablar a Ana Obregón de tirarse Coca-Cola en el chichi, o las tramas locas (y bizarras) de cama entre Brays Efe y Andrés Pajares; lo han petado por coger un concepto por el que seguro que mucha gente no daba ni un duro y pegarles una buena hostia de realidad. Porque Paquita Salas es un señor canario caracterizado como mujer que va para los cincuenta, pero también son los actores gays que no quieren que se les encasille, la gente trans que quiere representar a gente trans en televisión, y la peña intersexual o asexual, de la que empezamos a saber antes por series de animación como Bojack Horsemancómo mola Todd— que por historias que se supone que se basan en nuestra realidad.

Confieso que, en su momento, al ver el piloto de la serie, mezclé interés, curiosidad y cierto rechazo; no creo que fuesen prejuicios (aunque quizá sí), sino falta de herramientas para procesar esa ruptura de mis propios esquemas viendo a Paquitaque emociona despidiéndose de su actriz estrella entre ambivalencias sobre la alfombra roja o visitando a su madre en el pueblo; y jugando con el orgullo, el fuera de época, la vergüenza ajena, la verdad a lo bruto.

Paquita Salas es televisión, es arriesgar, innovar, probar otros formatos, buscar nuevas narrativas, y aquí sale bien. También podría haber salido como el culo, o quedarse en un buen intento —aunque si uno mira la propuesta en detalle, comprueba cómo todo —desde los actores y las actrices hasta el equipo técnico y la narrativa— está cuidado para dar un petardazo del bueno. La cosa funciona, y yo que me alegro de que hoy España sea un poco más pionera.

Desmembrar la verdad en un Occidente ciego

Si el asesino de Jamal Khashoggui era un verdadero psicópata, yo lo imagino escuchando el Wannabe de las Spice Girls mientras trocea los brazos del periodista —aterrado, agónico— con una sierra de cortar huesos. Pero no creo que fuese solo un psicópata: era soldado de un rey, por lo que es muy probable que la escena de verdad fuese peor todavía, porque, en el deber, se enmascaran siempre las grandes atrocidades; porque la realidad siempre supera la ficción.

Donald Trump, el presidente de los 3.000 niños migrantes en el limbo advierte locura en el mundo y está por mandar a tomar por saco su estrategia en Oriente Medio: preocupémonos. Mientras, en la península arábiga, la versión oficial que mantiene Arabia Saudita no es otra que una pelea a puñetazos que se fue de madre (en serio), y tanto la monarquía como el gobierno español aceptan Khashoggui como daño colateral. Al fin y al cabo, excepto Pablo Iglesias y cuatro bolivarianos más de esos, la clase política no va a joder un negocio de miles de millones en venta de armas por un quítame allá esas pajas. Mejor pasamos otra crisis más de puntillas, que nos siga pesando más la cartera que la conciencia. Si la Merkel no envía más armas a Riad tendrá sus motivos, pero, oiga, que un plato es un plato y un vaso es un vaso… y un periodista no va a pesar más que buena parte del curro en los astilleros gaditanos.

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Jamal Khashoggi y Hatice Cengiz, su prometida, en una fotografía de archivo.

De esto fue el debate en el Congreso de los Diputados, en el que unos y otros se desgañitaron: unos por vincular ética, geopolítica y trabajo; otros por desvincular todo lo anterior. Quizá no todo sea blanco o negro, ¡faltaría más!, pero a ver si no solo queremos pasar de puntillas la crisis en Oriente Medio, sino también hacernos los gilipollas, ¿no? Dicen en El País: Los trabajadores de Navantia rechazan que se vinculen sus puestos de trabajo con el debate internacional sobre la venta de armas. Esta es la gran masa de la clase política española que tenemos: ¿aprovechamos esta crisis para diversificar esfuerzos? No, mejor nos guardamos la moral en el culo y con la boca pequeña susurramos lo que decía uno de los trabajadores de la bahía: “todos sabemos qué se va a hacer con las armas y los buques, pero viviendo aquí la cosa se ve diferente, conozco a mucha gente a la que este contrato le va a salvar el año.”

Quizá sea cierto aquello a lo que apuntan otras voces: cada país ha actuado frente a esta tragedia evaluando con cautela el equilibrio entre costes y beneficios, también lo está haciendo Salmán bin Abdulaziz, rey de Arabia Saudita, Guardián de los Santos Lugares y jefe de la Casa de Saúd según la Wikipedia, quien podría destituir como príncipe heredero a su hijo mayor; en paralelo, siguen apareciendo noticias sobre los últimos momentos de vida de Khashoggui, que no parecen aclarar mucho más allá del morbo. ¿Llegará hasta nosotros la verdad acaso o nos quedaremos con la conocida cotidianidad entre grandes titulares que ya dicen poco? Es evidente que no: porque la verdad es, hoy más que nunca, un riesgo; un riesgo en un mundo que oculta todo tipo de atrocidades bajo el velo de la democracia, lo que resulta mucho más peligroso aún, pues antes, uno sabía que la barbarie y el salvajismo reinaban en castillos y cortes, pero, hoy, nos mienten a la cara mientras desmiembran la verdad en un Oriente silenciado con la complicidad de un Occidente ciego.

Black Mirror, de la filosofía a la interactividad

Black Mirror es de lo mejor(cito) que hay en Netflix. Y con este, son cinco los artículos que he escrito sobre la serie. No está mal, ¿eh? Durante meses, no obstante, me he reencontrado con una entrada en borrador: un artículo que nunca terminé sobre los dos últimos capítulos de la tercera temporada. Después, ya había escrito mis impresiones acerca de la cuarta, así que tenía poco sentido publicarla (o quizá no). No estaba mal esa entrada, que conste: exponía la relación entre Nicolás Maquiavelo, Thomas Malthus y el episodio La ciencia de matar. Un poco demasiado filosófico incluso, pero la historia de ese capítulo valía la pena como apuntó Adriana Izquierdo en La deshumanización de la guerra en “Men Against Fire”.

También me dejé en el tintero Odio nacional, que habla de un tema más difícil de conectar con ideas anteriores al siglo XXI. Hoy, autores como D. E. Wittkower pueden hablar de amistad útil y accidental, así como de la imposibilidad de una amistad pura aristotélica en redes; esto no es nuevo para la filosofía, pero se han generado nuevos contextos que atraen la atención de la filosofía hasta Facebook e Internet. En la otra orilla, quedan islas inexploradas: el ciberbullying, el fénomeno del trolling y la no-culpa o a la deshumanización de la red. Qué ironía, ¿no? Algo que se creó para conectar a las personas entre ellas ha degenerado en un pozo de bilis que, a menudo, ni tan siquiera requiere de álter-egos o avatares.

Dicho esto, te preguntarás por qué vuelvo a dar la matraca con Black Mirror si aún no ha salido la quinta temporada. Pues verás, porque me he asustado con titulares como los siguientes: El último experimento de «Black Mirror»: deja al espectador elegir su final ‘Black Mirror’ prepara capítulos interactivos con múltiples desenlaces. En Verne, de El País, han aprovechado para recuperar los libros de “Elige tu propia aventura” y mostrar cómo el formato ha aparecido por todos lados y nunca ha terminado por caer en el olvido. El titular periodístico, algo soso: La historia de ‘Elige tu propia aventura’, el formato que probará ‘Black Mirror’. A mí se me vinieron dos cosas a la cabeza: Rayuela, de Cortázar, que también se menciona en el artículo (¡faltaría más!) y el pavor que me transmite una idea así en televisión.

Os pongo en antecedentes.

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Quince millones de méritos (1×02) planteaba un mundo en el que las personas viven en espacios cerrados y automatizados en los que tienen que ganarse la vida montando sobre bicis estáticas y produciendo energía que cambian por “méritos”, una moneda virtual.

El otro día leía un artículo sobre la experiencia del usuario en la radio; este artículo mencionaba lo negro que la mayoría de las emisoras lo tienen contra Spotify u otros servicios de streaming. El porqué es bastante sencillo si uno lo piensa un poco: la radio no aprovecha las fortalezas que le quedan (a sus locutores, por ejemplo)  e intenta luchar haciendo gala de sus debilidades (casi todo lo que ofrece son listas de canciones que no puedes escoger entre anuncios); vamos, que está condenada. Y algo así puede sucederle a la TV si escucha demasiado al usuario… Y es que, muy probablemente, es igual de malo creer que nuestros consumidores no tienen derecho a hablar del producto como considerar que su palabra es ley.

Volviendo a Netflix y a la interactividad nos topamos con un gran ejemplo de esto: puede parecer guay, pero, en realidad, más allá de advertir un cambio de modelo, nos avisa de cosas bastante chungas. Primero, no es algo tan moderno, todo lo contrario: muchos videojuegos utilizan este sistema, algunos lo hacen incluso casi con devoción frente al modelo, como la empresa TellTale Games. Segundo, la capacidad de atención del espectador medio y, sobre todo, su tolerancia a la frustración… es cada vez menor. Tercero, ¿puede existir arte cuando lo quiero todo y lo quiero ya?

Ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real.

Ya, lo sé, parece que se me ha ido la olla con este último punto, ¿verdad? Me voy a explicar poco a poco. Hoy, sentimos la necesidad de ser protagonistas de todo, de controlar, de tener ese falso poder de decisión entre las manos: si no controlamos algo, o nos cuesta entenderlo, o ese algo requiere de un mínimo esfuerzo, no vale la pena. El principal problema de esta propuesta es que ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real, porque tendrías varios que son antagónicos entre sí. ¿Sería Casablanca si Humphrey Bogart hubiese elegido a la chica? ¿Y si Anakin Skywalker no hubiese sucumbido al Lado Oscuro? Vale, habrá alguien por ahí que diga: “Coño, pero no te van a dar control sobre los núcleos de la trama, so listo.” Entonces, me cabrearía todavía más, porque me sentiría estafado como usuario, que no espectador, ya que me van a hacer interactuar a un nivel de coste-beneficio que hará que siga prefiriendo cien veces un capítulo “normal” de Black Mirror.

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¿Sería igual de impactante el capítulo de San Junípero (3×04) si nos hubieran dejado tomar decisiones en varios puntos de trama?

Esto nos lleva a un punto todavía más conflictivo; volviendo a la UX/experiencia del usuario, resulta imprescindible seguir defendiendo el (necesario) esfuerzo del receptor: el problema de la radio, por ejemplo, no es que el usuario no quiera escuchar anuncios, que también, sino que la fuerza que tiene este medio (noticias, actualidad, presentadores/as con garra…) se deja a un lado, y nos meten una lista de reproducción entre anuncios en el 99 % de las emisoras. Normal que todo quisqui prefiera un Spotify, ¿no? Sin embargo, la televisión —también el cine y los videojuegos— mantiene un nivel de exigencia más elevado, pero, en contraposición, devuelve más de lo que pide. O lo hacía.

¿Está cambiando nuestro nivel de tolerancia acaso frente a la masificación de productos audiovisuales? Puede ser. Y lo explico con un ejemplo práctico: hace un par de meses que estoy viendo una sitcom americana titulada Brooklyn Nine-Nine en la que el mejor gag de todo el capítulo suele reservarse para el primer minuto. Hay que enganchar al espectador… y la fórmula funciona, que conste. Pero también es un poco triste hasta donde hemos llegado, ¿no? Con la televisión tenemos muy metido dentro el cambiar de canal, incluso en Netflix o HBO, que es aún más sencillo: no es más que una menor y menor capacidad de atención combinada con cero tolerancia a la frustración. Y nos pasa a todos, ¿eh? Yo esperé durante año y algo como un loco a que saliese la segunda temporada de Westworld, y el primer capítulo se me hizo horriblemente lento… ¡pues aún no me he visto ninguno más!

Eso no es del todo malo, claro que no; igual que en los libros hay que encontrar ese punto en el que ni nos leemos cualquier cosa ni descartamos un libro por la portada, pero tengo la sensación de que la estrategia televisiva ha optado por dar al espectador demasiado poder; a un usuario que consume sin tiempo que perder ni intención alguna de plantearse un mínimo esfuerzo; y no siempre es posible conectar con alguien que se plantea así su papel como espectador. Si alguien pretendiese lo mismo con cualquier gran obra de la literatura, o con la música, la pintura, la fotografía, creeríamos que no es más que un esnob imbécil que no quiere más que fingir, y, sin embargo, hoy queremos un The Wire o un Los Soprano por año, sin realizar un ejercicio de percepción, de empatía, de análisis, de recepción.

En la actualidad, ya no es que no respetemos los tiempos de creación del artista —sea un cineasta o un escritor—, es que vamos camino a la ley del mínimo esfuerzo como receptores.

No sé yo…


NdA:  Dejo aquí algunos de los enlaces que todavía no había adjuntado en ningún artículo sobre Black Mirror.

Los artículos que he escrito sobre Black Mirror son: