Abrir una caja que ya estaba abierta

En la casa de Zeus había dos jarras, una encerraba los bienes, la otra encerraba los males.

Ilíada, Homero

Hefesto forjó a Pandora por orden de Zeus. Pandora fue la primera mujer: la Eva ateniense, la madre, y la causa de todos los males del mundo, según la mitología clásica. Esto ocurrió después de que Prometeo traicionase a Dios por los hombres, tras el hurto del fuego, y de que Zeus encontrase el modo de vengarse del titán.

Lo hizo a través de Pandora, mujer de su hermano, quien recibió, como regalo de bodas, un arma de doble filo: una curiosidad divina y la vasija que portaba todo el mal del mundo. La historiografía convertiría al recipiente en una caja, pero en su interior, se mantuvo la condenación eterna y un poso de esperanza.

Pandora, de J. J. Lefebvre
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre (1836-1911)

Sin embargo, aquello que no querían asumir los hombres de la Antigüedad es que el mal campaba a su alrededor por una única causa: la suya propia. Eran sus congéneres aquellos que se condenaban entre sí, que elegían el mal por encima del bien, y la espada a la pluma. Siempre fue más sencillo crear un Edén imaginario que destruir, y antes, a una mujer —siempre a una mujer— que trasladaba todo el destino de los hombres entre sus manos.

A menudo, mucha gente me cita la expresión «cajón de sastre» para referirse a este blog; argumentan que el título no termina de englobar todos los temas que trato —lo sé— y sus categorías son demasiado heterogéneas para enviar una idea unívoca, como muchos otros hacen. Yo prefiero ver este espacio como una caja de Pandora, donde se esconden miedos, errores, faltas e incluso golpes, pero que miles de años después, sabemos que nunca están en el recipiente, que nunca lo estuvieron, sino que pertenecen a nuestra realidad.

En las últimas semanas, llevo dándole vueltas a varios temas. Una de esas preguntas recurrentes era: ¿hacia dónde mira este blog, y hacia dónde debería hacerlo? Mi respuesta es que no hay blog, sino caja; un constructo teórico que no existe y, a la vez, mientras esta se encuentre cerrada, contiene todo un universo en su interior.

Pero debemos ser personas adultas, bebemos de miles de años de historia tras la caída de los imperios clásicos, y tenemos la obligación de impregnar a ese mismo relato de la madurez suficiente para entender que no hay dentro y hay fuera, sino males intrínsecos en nosotros mismos, en nuestros actos, en sociedad, y que ni dioses ni titanes tienen relación alguna. La caja puede ayudarnos a entender el mundo, pero, como mucho, solo contiene el mundo en la medida en que este la contiene a ella. Y, entonces, ¿a quién culpar?

Eva Prima Pandora, de Jean Cousin el Viejo
Eva Prima Pandora de Jean Cousin, el Viejo (1490-1560)

Hay una última idea que me gustaría tratar, y es que la caja es mía. Me ha costado mucho entenderlo, pero el minimalismo —o quizá individualismo— de un blog personal solo es comparable con un ápice de egoísmo necesario. Los males que hay en su interior, aquí, son míos, y también la esperanza, que duerme en el fondo, pero sois libres, y estáis invitados, a seguir compartiéndolos. ¿Qué quiero decir? No tengo del todo claro si lo sé. Sé que el blog cambiará en este 2017, porque debe hacerlo; planteo ese cambio como una ampliación, una redistribución, un nuevo capítulo… Mantendrá el corazón, pero crecerá, como ya lo hizo antes; como ya lo ha hecho. ¿Hacia dónde? Bueno, pronto lo veréis.


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El toro y la belleza

Como dice aquel humorista catalán: «A mí me gustan los toros: a quien no le gustan nada es al torero.» No le falta razón. Si para muchos, Bob Dylan no merecía el premio Nobel de Literatura 2016 —ahora que lo tiene hasta un músico antes que Murakami, mejor adopto una actitud ambivalente al respecto y mantengo mi opinión en la recámara—, para la mayoría del mundo El Juli, el matador de toros, no merece ningún honor.

El problema es que hay mucha gente que es idiota. Pero no idiota de bobo, de memo, de deficiente, que también los hay, sino de la segunda acepción: de indocto, de cateto, de ignorante. Eso se cura leyendo, y escuchando, y entendiendo que nosotros somos animales, y que los mamíferos somos más parecidos que diferentes, y que, si a ti te duele un cortecito «de mierda» en el pulgar, imagínate a un toro al que ensartan con una decena de útiles durante treinta minutos, o más.

El Juli (torero)

Ahora que eso de «matar animales» está en franca decadencia, parece ser que los taurinos están hasta en la sopa. Como el tal Fran Rivera, reconvertido en tertuliano de Espejo Público, siguiendo los pasos de Jesulín de Ubrique, que cuando se cansó de recoger las bragas de las viejas de pueblo, se lanzó a la gran pantalla, y también a la pequeña. Y Santiago Segura lo pintó de memo, pero con chanza, así que seguro que no salió ofendido el hombre.

Sin embargo, es una parte de nosotros aquella que ríe e incluso apoya las burlas de todos ellos: del tuerto que se dedica a dar manotazos a la policía sin que le pase nada por su condición, y de Francisco Rivera, que se atreve a calificar de «ataque» la retirada de subvenciones a la escuela taurina de Madrid mientras se le perdona pasearse con un capote y su hija frente a una vaquilla. ¿Pero qué le vas a hacer? Ellos no tienen la culpa tampoco: se han dedicado a clavar estoques, banderillas y puntillas a lomos de la tradición, y se les ha ensalzado durante décadas por ello.

¿Quién es el tonto aquí? Tras la concesión de otra Medalla de Oro en las Bellas Artes 2016 a un torero —a El Juli, en concreto— parece estar claro. En un país donde más del 58 % de la población directamente se opone (activamente) a la tauromaquia, donde la narrativa, la poesía, la música o los medios audiovisuales tienen que pelear con uñas y dientes por cada pequeña subvención; aquí, donde el debate se limita a mencionar cuántas ganaderías y cuántos puestos de trabajo dependen de asesinar animales en un ruedo: ahí queda todo; porque la muerte animal no es política, excepto para PACMA, y PACMA no es política, excepto para PACMA y algunas cientos de miles de buenas conciencias.

Juan José Padilla (torero)

Hablando de tontos y de memos, hoy termino con una anécdota. El otro día veía un vídeo de Frank de la Jungla (Wild Frank), que ya aclaro que no me parece ni tonto ni memo, ni inculto, y aunque lo pensase, con la diatriba de insultos y bilis que vomitó en los treinta y cinco minutos de YouTube, me lo iba a guardar: a ver si viene para España, coge un bicho de esos que no molestan a nadie para «toquetearlo» y termina tirándomelo a la cabeza.

Frank hablaba de veganismo, de animalismo y, sí, de toros; y aquí me sorprendió para mal. No porque crea que Frank, «el Salvaje» tenga mal fondo, sino porque pretendía que los antitaurinos ofreciesen soluciones a todo aquel detrás de la industria taurina: limpiadores, camilleros, doctores, ganaderos, transportistas, el tío que cuelga los carteles y su madre la de los bocadillos. Quizá es cierto que en Tailandia se viva como el culo: no lo sé, lo que sí sé es que, en ningún sitio, te viene el vecino a solucionarte la vida, y cuando no tienes trabajo, piensa por ti, lo organiza todo y te lo deja en la mesita de noche adornado con un beso paternal en la frente.

España avanza. Es indiscutible: España avanza porque el mundo avanza; igual que lo hizo Franco cuando ya no pudo esconder más dictadura y autarquía a Europa y a los yanquis, reuniendo tecnócratas primero, y haciendo crecer las ciudades bajo las espaldas de la inmigración interna. Pero sigue desangrándose por el camino, como siempre ha ocurrido; donde la sangre de un pueblo que aún se venda sus heridas, no deja ver la de animales nobles, que, en este caso, mueren en plazas y a cuyos maltratadores se les siguen otorgando medallas. A pesar de eso, España avanza. Pero lento. Demasiado. Eso sí, que nadie tenga los «santos cojones» de pedir que sigamos solucionándoles la vida, que el sueldo no da para más.

Una familia de bambú

Mucha gente me pregunta qué es el kendo. Cuando lo saben, me preguntan por qué practico kendo. Vienen a ver una clase y no entienden qué coño hacemos. Nos ven desenvainar un arma que no llevamos envainada en ningún sitio, nos escuchan contar en japonés, repetir miles de veces los mismos ejercicios; mencionar conceptos como kensen, seme, tame, isoku itto no maai, kamae, ki-ken-tai-ichi, tsuba-zeriai… y quién sabe qué más.

Nos oyen gritar onegaishimasu! sentados de rodillas sobre las plantas de nuestros pies, y hacer hasta tres reverencias: a los compañeros, al dojo, al sensei; saludamos hacia delante, y en la dirección en la que se supone que debería haber un altar también —pero ellos no lo saben—, y agradecer al resto de compañeros que han practicado con nosotros… Una gran mayoría ve ritualidad incluso, y no se equivoca; sin embargo, observa el rito con suspicacia, como si este escondiese algo, y no como un trazo repleto de trabajo y sinceridad.

Javier (pies; kendo) en seiza

Después, se marchan, y nunca vuelven. Como Almodóvar, que asomó la cabeza en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)que ya es mucho, y cogió en un plano a Hiruma-sensei y a los veteranos de la época, que hoy, en su mayoría, ya no entrenan, practicando golpes básicos y kirikaeshi.

Lo que no todo el mundo alcanza a comprender es que, en el dojo, sus miembros, nosotros, nos convertimos en una familia: una familia de bambú; antes o después, el esfuerzo, la frustración, los errores, la práctica, y alguna lágrima incluso, nos ayudan a dirigirnos en la dirección correcta, aquella que anhelamos, el camino de vida que pretendemos… A vencer al miedo, la duda, la frustración, la falta de compromiso con uno mismo: en nuestro kendo, enfrentamos, por lo menos, cuatro enfermedades (kyo, ku, gi y waku), pero también en nuestras vidas. Sobreponerse dentro del dojo, sobreponerse a uno mismo, a tus carencias, va indefectiblemente ligado a hacerlo fuera.

kendo shinais (calentamiento)

La gente me pregunta por qué practico kendo: «Para ser mejor persona», contesto, y muchos ríen. Y nosotros nos despedimos, cerramos las puertas, y seguimos trabajando en ello, tantos días como es posible, tantas horas como podemos. Siempre.

El propósito de practicar Kendo es

moldear la mente y el cuerpo,

cultivar un espíritu vigoroso,

y, mediante la práctica correcta y rigurosa,

esforzarse para mejorar en el arte del Kendo.

Apreciar la cortesía humana y el honor,

relacionarse mutuamente con sinceridad,

y perseguir siempre el desarrollo de uno mismo.

Así, uno será capaz de

amar a su país y a la sociedad,

contribuir al desarrollo de la cultura

y promover la paz y la prosperidad entre todas las personas.

El día que encontré a Dios

El día que encontré a Dios es el vigésimo sexto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

De joven, la idea de Dios me quitaba el sueño. ¿Dónde coño estaba Dios? ¿Y por qué había tanta gente a mi alrededor que escuchaba su voz, que conseguía dejarlo entrar en sus vidas, que le abría el corazón? ¿Cómo demonios alcanzaban esa gesta?

Para mí, Dios era un total desconocido, y el mejor voyeur de la historia. Había enviado a una paloma blanca a la Tierra, que también era él, con la que había preñado a una virgen; esa virgen había tenido un hijo, que también era él, y ese hijo, que era él, pero también humano, había muerto en la cruz, volviendo al Cielo, donde estaba Dios padre, que también era Dios hijo, y Dios espíritu santo, o paloma. Intenté señalar la decena de incongruencias que tenía esa historia, pero yo estudiaba en un colegio salesiano, así que solo conseguí que me castigasen demasiadas veces.

En mi infancia y adolescencia no descubrí a Dios, pero descubrí que la gente no quiere escuchar que sus creencias no tienen sentido. Por eso inventaron la fe, y ofrecieron una guarida a la metafísica más oscura que a todos nos aflige de un modo u otro. Yo quería creer en Orus y Anubis, o en Zeus y en Hera, en dioses olímpicos, o espíritus chamánicos: algo tremendamente guay para que las chavalas me viesen como a ese melenudo alternativo con barba precoz al que morrear.

Graffiti de Jesucristo

Durante años, intenté que la espiritualidad entrase en mi vida. El cristianismo era la religión perfecta tras el Concilio Vaticano II: Dios todo lo perdona, todo lo comprende, todo lo sana, y su iglesia ya no quemaba herejes, ni imponía creencias; todo lo contrario, con el aggiornamento, se había puesto al día. Y todo lo que la religión promovía era genial: del Dios colérico y vengativo, al Dios benevolente, y, ahora, al Jesucristo Colega. Ya nadie te estaba pidiendo que vivieses como el culo —salvo si eras gay, o querías abortar, o divorciarte, o follar con condón—, y tenías tu trascendencia asegurada en primera hacia los Cielos.

Pero no lo conseguí. Era demasiado absurdo para mí. Le gritaba para mis adentros: «¿¡Si me quitaste la posibilidad, por qué no el deseo!?», pero como era habitual, no respondía. Me quedaba horas y horas esperando una aparición divina, o, por lo menos, una aparición mariana —si él no podía bajar, que enviase a la Virgen—, pero nunca ocurrió. Siempre eran terceros los que habían encontrado a Dios, así que, como mucho, imaginé que sería como las brujas, que decía mi abuelo, y media Galicia: Eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas.

«Pues será, iaio, será», le decía yo, y cambiábamos de tema, porque si hubo una persona en el mundo a quien yo no quise jamás despreciar ni molestar ese fue mi abuelo, al que conocí, que al otro lo aplastaron dos tranvías de esos que le gustaban tanto a Gaudí, y se fue con Dios.

En la adolescencia, abandoné toda esperanza, y cambié a Dios por el heavy metal. No fue el mejor trueque de la historia, lo admito: la salvación eterna a cambio de guitarras con distorsión, voces agudas y un potente bajo que acompañaba la percusión de la caja, los platos y los timbales. Todo lo que me caló fue el mensaje humanista de Jesús, y de don Bosco, que además era un saltimbanqui italiano de joven y hasta un santo en vida, o eso nos decían en la escuela. Pero no fue suficiente para retenerme: me pasé a Black Sabbath, y a Metallica, y a Iron Maiden, y, como con cualquier adicción, miré hacia cosas todavía más fuertes después.

Graffiti de Ganesha

¿Quién me iba a decir que, tras perder toda esperanza, encontraría a Dios? ¿Cómo imaginar que, como Dante y Virgilio, humanidad y razón, sería a través de una aparición mariana donde mi fe se fortalecería por un tiempo?

En resumidas cuentas, que me fumé un canuto.

A oscuras, de madrugada, en mi habitación de adolescente, entre nubes de verdegris, y con The Unforgiven de Metallica sonando en los altavoces, apareció ante mis ojos la prueba de la existencia de Dios, del Rey del Cosmos, del Creador. En mi mente brotó una idea prodigiosa, una idea que explicaba sin atisbo de duda por qué y debido a qué causa era necesaria la existencia divina para la creación. La conmoción se apoderó de mí, y tuve que verbalizar mis pensamientos:

—¿¡Tantos años buscándote y estabas aquí!? ¡Venga ya, no me jodas! —vociferé molesto.

Alguien abrió la puerta de la habitación. Asomó las napias y la cerró de nuevo. Al día siguiente, mis padres me dieron una charla sobre el consumo responsable. En aquel momento, anoté ese grial en una hoja de papel, y me quedé mirándolo durante un largo rato: asombrado, boquiabierto, feliz. Un par de discos más tarde, me tumbé en la cama y dormí hasta media mañana.

Al incorporarme no recordé nada de mi hallazgo nocturno, así que me levanté, fui al baño y me preparé un café con leche. Estaba devorando una magdalena cuando algo restalló en mi cabeza. Corrí a la habitación y busqué el papel con desesperación. Lo encontré debajo del cenicero y, por un instante, me sentí mal por aplastar a Dios entre colillas. Miré el grial en un recorte. Traté de leerlo. Probé a descifrarlo. Había olvidado la idea por completo.

Graffity de Bob Marley

Continué fumando canutos durante unos meses. Mis amigos nunca supieron con qué afán buscaba al Rey del Cosmos, ni el porqué. Yo quería salvar la religión católica, convertir a Jesucristo en un héroe de masas, regodearme en mi éxito, y luego ser absuelto por el Espíritu Santo, pero nunca ocurrió. Antes que después, abandoné toda esperanza y superé mi fase de adolescente porrero; terminé por olvidar a Dios, que escapó entre espesas nubes de humo.

Primeros pasos en este 2017

Llevo unos días un poco desconectado de todo. Sigo escribiendo, pero no termino de ver qué dirección tomar: con vosotros, he de ser sincero. Ahora mismo, me muevo en tres frentes: el posgrado, que empezó hace un par de semanas, un aumento en lo que a colaboraciones en otros medios se refiere (prensa, blogs especializados, etcétera) y la publicación de la novela.

La novela no encaja en el proyecto editorial de Diversa Ediciones (misterios, vida sana, conciencia, espiritualidad…), así que no he querido ponerles en un compromiso; por el contrario, puede funcionar a través de una editorial veterana de la que me declaro bastante fan de su catálogo, así que, a mediados de enero, envié una propuesta. No diré a cuál, evidentemente, puesto que no me parece correcto mencionaros cuántas veces rechazan la historia de Caos; si la aceptan a la primera, os los explicaré entre saltos de alegría, pero no suele ser algo habitual en el sector. Toca agarrarse los machos, pero con paciencia.

Caos, en Cala Blava
Caos, en Cala Blava (Llucmajor, Mallorca).

Sobre el resto de temas, la cosa promete. Me he tomado bastante en serio el reto de los cincuenta y dos relatos para este 2017 (¿no os parece un modo cojonudo de practicar con otros temas y estilos?); además, estoy intentando mover algunos de mis viejos artículos más filosóficos y audiovisuales, y otros tantos de nueva creación, hacia distintos medios; y colaboraré en Nasua, BlogSOStenibley, muy probablemente, en El caballo de Nietzsche —gracias Ruth, por dejarte comer la cabeza por un servidor— en próximas fechas.

Por lo demás, todo sigue igual. Estoy terminando de adecentar la página web (jruiz.es) para aquellos que queráis pasaros por ahí o echarme un cable, y añadiendo algunas novedades —por ejemplo, comprar De cómo los animales viven y mueren desde la página, y si queréis alguna dedicatoria por si un día podéis intercambiar mi firma por un par de cervecitas o un cambio de aceite, se puede hablar—. Quienes también visitáis la otra página, habréis comprobado que es más un portfolio que otra cosa, y así seguirá siendo, porque prefiero la comodidad del WordPress propio por aquellos lares, y poder seguir dejando el blog tranquilo, y sin demasiadas cosas extra (tienda, etcétera). De cualquier modo, en obra, podéis descargar algún viejo manuscrito, leer fragmentos de textos nuevos y comprar obras completas.

Logo Conectadogs
Este logo es el culpable de mi menor dedicación a este blog… ¡Pero ya os contaré, que va para largo!

En definitiva, intuyo la dirección que están tomando las cosas, las aportaciones a otros medios que me gustaría hacer (y creo que sé lo que tengo que hacer para seguir dándome a conocer: que mis ahorros no son eternos) y cómo la narrativa y el animalismo pueden dar forma a un todo. No sé cómo describirlo mejor, así que os dejo este fragmento, sin fecha, que me encontré garabateado en un papel por mi escritorio, pero que describe muy bien estas semanas.

La escritura y la mentira

Cada poco, alguno de los perros se acerca a mí o me mira de reojo. Yo entiendo a la perfección lo que me están diciendo: «Deja de forzar las cosas; vamos a dar una vuelta; despeja las ideas.» No te creas que no sé lo que traman: por un lado, quieren pasear un buen rato antes de que salga el sol; por el otro, se preocupan de lo que se tienen que preocupar, y se asustan cuando se tienen que asustar; ni en el pasado, ni en el futuro. Son bastante más inteligentes que nosotros.

Pero yo no soy tan listo ni racional. Así que, con un café que se ha hervido entre las zarpas, sigo tecleando en el ordenador portátil mientras el sol de febrero empieza a quemarme el cogote y el aire me susurra que me vuelva a trabajar dentro de casa de una puta vez; que parezco gilipollas, y que estamos a ocho grados.

La escritura. Da un miedo terrible, la escritura. Cada mañana vuelve a convertirse en el mismo vórtice de incomprensión que desentrañar a tu alrededor; eso que nunca será lo suficiente serio para que una madre esté tranquila (aunque ahora diga que sí); eso que es demasiado inmaterial para que los compañeros te tengan en consideración; eso que no sabes si, en realidad, arrojará algún beneficio económico en tu cuenta corriente o, simplemente, supondrá una batalla tras otra en direcciones que, como mucho, puedes presuponer, nunca adivinar, antes de la próxima ofensiva.

Pero en sí misma, la escritura es aquello de lo que menos debe uno preocuparse. Saramago, por ejemplo, escribía dos páginas al día, Scott Fitzgerald lo hacía, sobre todo, de noche, y Henry Miller vivía de retazos de historias que había destripado sin consideración. ¿La escritura?  La escritura proveerá.