A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno “triunfa” y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la “casi muerte” de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

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Mastín y la chica del galgo

Hace meses, quizá un año, Melisa me escribió pidiéndome un favor: prologar una novela juvenil. Le dije que sí, de inmediato. Entonces, Mastín y la chica del galgo, como se titula la novela, todavía era una historia planteada por entregas en su blog, todavía tenía que pasar por correctores, pruebas de galera y todo lo que su autora haya estimado oportuno antes de lanzar el Verkami solidario que, en 5 días, ha conseguido casi el 75 % de su objetivo. Estoy convencido de que alcanzará los 8.000 euros que necesita en un plisplás, porque se lo merece, porque cualquiera que esté familiarizado con el trabajo editorial y el crowdfunding sabe que lanzar un libro es una labor titánica y tener éxito en una campaña de micromecenazgo tres cuartos de lo mismo. Ella se ha lanzado a la piscina por duplicado y no verá ni un duro de todo este trabajo, porque toda la pasta va destinada a la protección de perros y gatos sin hogar a través de la Fundación Amigos del Perro. Yo, por mi parte, os dejo aquí el prólogo que me pidió y, de paso, os invito a aportar lo que podáis al proyecto.

Ahí va mi prólogo de Mastín y la chica del galgo:

Fue un humorista americano quien nos dejó una de las mejores frases que se han dicho sobre los perros. Ese humorista era Corey Ford, un neoyorquino que atrapó gran parte de la verdad que viaja con cualquiera de estos animales en una idea muy simple: debidamente entrenado, el hombre puede ser el mejor amigo del perro, ¡y qué indiscutible es esto! Porque uno puede entrenar a un perro, enseñarle trucos, educarle, pero si hay algo que no hace ninguna falta trasmitir a nuestros peludos es a ser buenos, nobles y fieles: no hay por qué esmerarse en que sean nuestros mejores amigos, porque eso les viene de serie.

A esta novela que tienes entre tus manos le ocurre algo similar, porque a su autora también le acompaña una sensibilidad de esas que impresionan —como defensora de los animales, como madre, como activista— y que ha sabido trasladar a esta apasionante historia que, a su vez, es una lección avanzada de animalismo y humanidad.

Melisa emuló en su blog, En busca de una segunda oportunidad, una gesta que, de algún modo, la ha conectado con Dickens, Dostoievski y Hemingway; o con el Gurb de Eduardo Mendoza, el Alatriste de Pérez-Reverte o la Mirta Bertotti de Hernán Casciari, pues también Melisa se ha atrevido a recrear una novela por entregas, que, ahora, salta a la edición en papel. Y salta para hacerte pasar un buen rato, hacerte pensar y para darte la oportunidad de apoyar el trabajo de la Fundación Amigos del Perro. Pero lo sepa ella o no, estoy convencido de que su acción va a llegar mucho más lejos, y tengo mis razones.

​Con el fin de que empieces a leer con más ganas, si eso es posible, te diré que te vas a encontrar con una historia cien por cien animalista, y más importante todavía, cero por ciento mascotera. A lo largo de la narración, comprobarás lo que supone tener un perro, los esfuerzos y las alegrías, las pequeñas cosas: enseñarle a hacer pis cuando es un cachorro y buscar consuelo en vuestros paseos tras un mal día, que él o ella siempre percibirá y se acercará a colorearlo con su presencia y con un par de lametones. También acompañaremos a Martín, el protagonista, en su lucha por demostrar junto a Logan, el pitbull de la familia, que el problema nunca es la raza, sino cómo educamos al perro, y que nuestros colegas caninos envejecen como cualquiera, y que hace falta que todos nosotros nos impliquemos hasta comprender cada una de estas cosas como sociedad.

Vendí el Ford por cuatro duros

Vendí el Ford de mi padre por cuatro duros a una de esas empresas de compraventa de coches. Estaba hecho caldo. No me ofrecieron mucho, pero sí suficiente, y ahí quedó tras más de una década juntos, en un garaje de Cornellá, entre dos decenas de vehículos que, de algún modo, transmitían cierta tristeza del tiempo pasado.

Antes de ayer, me enviaron un correo electrónico para que valorase el servicio. No respondí, pero por la noche soñé alguna estupidez, algo como que el espíritu de mi padre muerto se había quedado allí encerrado: como si las cosas de otros se impregnasen de parte de su esencia. Tampoco es tan raro, ¿no? Se me vinieron a la cabeza unos cuantos ejemplos más: los libros con encuadernación de lujo que me llevé de casa de mis abuelos (y que no sé si ellos leyeron o, simplemente, mi abuela se pasó cincuenta años quitando el polvo a las cubiertas mientras las páginas amarilleaban como una piel que envejece); el piso de la tía de mi madre en la calle Guipúzcoa, con su comedor separado del salón fingiendo ser clase media-alta, sus paredes empapeladas y sus mil historias que ni mi abuela, ni mi madre, ni yo conocimos (y quizá de ahí lo de ponerlo rápido en alquiler, por el no sentirlo muy propio); el collar marrón de Golfo, el labrador blanco de mis suegros, que heredó mi perro Argos, y que hace mucho que debe sentir suyo, advirtiendo en el cuero o en la piel sintética un matiz familiar —pues los dos perros se conocieron cuando uno era anciano y el otro aún cachorro—. Usar las cosas de otros es muy similar a mantener expresiones rancias en el presente e incluso a atreverse a legar palabras a un tercero —en el caso de mi padre, nos regaló sapera para las chaquetas de entretiempo, y trabanqueta para las zancadillas, que he terminado por rastrear en una canción de Serrat, a caballo entre el castellano y el catalán—, también la duda de si creía en política o era un descreído a los sesenta, y, sobre todo, si desordenaba pronombres aposta —la típica lucha castiza de muchas casas entre el me se y el se me— o lo hacía para tocarme las pelotas.

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El Ford se lo compró poco antes de saber que el cáncer le había alcanzado—vaya carrera de fondo la suya con el tabaco— y lo empezó a coger mi hermano mayor. Pero a mi hermano le ocurre eso de las viejas que tienen que sacar rápido la ropa del muerto de los armarios, y así la berlina acabó rápido en un parking con más columnas de la cuenta (de los que debe diseñar un arquitecto primo hermano de un mecánico) hasta que yo empecé a salir con una chica con carnet de conducir. Pero bueno… No creo en espíritus ni en más allás, así que dudo que la esencia de mi viejo perviva ahora en un Ford desguazado o vendido por algún duro más de los que me lo compraron. Sí había hollín o tizne de diez mil cigarros sobre la felpa gris de la ventanilla del conductor: le sobró tiempo, porque fumaba como un carretero; una agarradera suelta de la que estiraba mi abuela como si aquello fuese la respuesta a todas sus plegarias; el plástico del cambio de marchas raspado desde que yo lo cogí, porque alguien (supongo que él, mi padre) arrancó un trozo de la palanca, y luego siguió y siguió hasta que llegó a mí. Eran este tipo de cosas lo que le daban mal rollo a mi hermano y le provocaban el síndrome de vieja de pueblo; yo las leía distintas: como recordatorios que me hacían sonreír a veces, y recordar; recordar cuando mi padre y yo bajábamos juntos hacia el puerto —él a trabajar, yo a la universidad; casi siempre discutiendo—, algún viaje en familia (quizá los últimos), y los cabreos por haber cambiado de coche y lo poco que giraba la dirección (no era cierto, era un coche de puta madre, pero debía sentir algo similar a lo que me pasa a mí ahora con el nuevo, que no tiene motor, ni reprise, ni un carajo de cosas que me voy inventando sobre la marcha). Uno no necesita de un coche para recordar a la familia, claro que no; antes o después, es suficiente con las imágenes que se evocan, las expresiones que se comparten, incluso las barrigas que se van pareciendo las unas a las otras.

No, no creo que el espíritu de mi padre esté preso en el Ford. Es más, no creo que haya espíritus de esos. Pero me gusta pensar que sí que estaba conmigo en los momentos importantes en los que él ya no estuvo: cuando me saqué el carnet de conducir (tarde, y no cuando él hubiera querido), cuando me mudé de casa una y otra vez, cuando murió mi perro Caos y dio la puñetera casualidad de que el coche estaba en la esquina de la calle (algo que no era habitual) o cuando caí por un barranco a cincuenta metros de altura, y ni yo ni mi mujer nos hicimos ni un rasguño. Sé que no estaba en espíritu, pero en esto prefiero pensar que sí, y también intuyo que no fue vender el coche lo que me puso triste, sino otra cosa, algo más personal de lo que hoy no me apetece escribir.

Las tribute bands y el rock’n’roll

Enciendes la radio: tribute bands. Una hora de rock sin publicidad. Y tribute bands. Un tío con acento de Olot anunciando la mejor banda tributo de Deep Purple (aunque pronuncia dip parpal, e incluso yo, que tengo inglés medio a la española, me descojono), otro con la de Héroes del Silencio, Queen hasta en la sopa, Dire Straits, Iron Maiden, los Beatles, los Rolling, la experiencia Abba; incluso los imitadores de Motorhead también tuvieron sus meses de auge cuando palmó Lemmy: ahora ya no tanto. Si te fías de la publicidad, parece que hay más bandas tributo que bandas auténticas. Y uno podría creer que esto es una moda, un fenómeno de un par de meses, pero ya hace unos cuantos años que dura el tema…

Puede que alguien esté leyendo esto y piense: “Mira este idiota, pues deja a la gente que rinda tributo a quien le salga del jíbiri.” Es cierto, que lo sigan haciendo: os aseguro que no voy a ser yo quien intente boicotear algo tan guay como un tributo. Pero estos homenajes huelen un poco… Os lo razono. Para empezar, un tributo se define como un gesto que va acompañado de un sentimiento de admiración, respeto o afecto, que no es contrario a sacarse unas perras, claro que no, pero si nueve de cada diez minutos de publicidad en la radio anuncian este tipo de bandas… No sé, llámame loco, pero creo que ahí prima lo que viene siendo el business, ¿no?

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“Somos Cianuro, en cariñoso homenaje a Poison.”

Sin embargo, lo anterior me parece rebien. En serio. Puede que, con el humor adecuado, igual que me vi la serie de Carvalho interpretada por Eusebio Poncela, me puedo tragar un homenaje a Enrique Bunbury y al resto de la banda. Ahí no hay maldad, todo lo contrario: mola, y mola hasta que las tribute bands nos ocultan a otras bandas nuevas por eso de anclarnos en el pasado. Si se reúnen los Platero y Fito Cabrales deja de hacer el fitipaldi, pues yo me compro la entrada y me voy a un concierto, pero, si no lo hacen, quizá antes que un tributo, puedo ver qué coño están haciendo las mil y una bandas que siguen yendo al Viña Rock, al Azkena, a Iruña o al Rock Fest (o a lo que coño le guste a cada cual de música, que conste). Tiene esto que comento un nivel 2, además, que son las bandas tributo que rinden tributo a bandas activas, que si ya no es por negocio o por el síndrome del lo quiero aquí y ahora, no sé ya qué puede ser.

Sí es cierto que, si cada día hay más tribute bands, es que hay público y hay pasta de por medio: eso es indiscutible. Así que olé sus huevos. Si todos están contentos, pues aquí me quedo yo escribiendo mis tonterías, y, como sigo escribiendo, se me ocurre una razón más por la que no entiendo a las bandas tributo, y es por ellas mismas. Vaya lío, ¿eh? Me queda la duda, qué le voy a hacer: ¿cómo le sabe eso de triunfar así a un músico? ¿Eso es lo máximo a lo que algunas personas aspiran? ¿A sobrevivir o, casi peor, a vivir del éxito de otros? Está de puta madre ser el mejor imitando a Mercury, a Morrison, a Angus Young; eso mola un huevo, de verdad, pero cuando se convierte en trabajo, no sé, me parece que tiene muy poco de rock and roll. Si alguien puede imitar la escritura de otro alguien famoso, seguro que sabe lo suficiente como para ganarse la vida haciéndolo: ¿valdrá la pena? En lo que a música se refiere, yo solo sé rasgar cuerdas de la guitarra, y hacer punteados, y cuatro acordes, pero ¿puede ser que eso sea lo máximo a lo que alguien aspira como músico? Espero que todos ellos, todas las tribute band, lo vean como un medio, y no como un fin. Y, dicho esto, qué coño sé yo: el rock también es hacer lo que le sale a uno de los cojones, o de donde le salga.


NdA: Ya hace varios años que escribía entradas por el Día de la Mujer, pero este año no. Yo me sumo siempre, e intento aportar todo lo que puedo en este día, y apoyo, si se me permite. Si a alguien le apetece recordar entradas anteriores —como la columna de opinión del 2018, ¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?o la de 2017, El cumpleaños de un feminista, aquí están—, pero creo que es mejor aprovechar estas últimas líneas para recomendar textos de mujeres como el de Lucía Lijtmaer en Público: Feliz Día de la Muj… ¿Me puedes pagar, por favor? Gracias. Eso va a valer más la pena que venir a leer a un rockero tontaina que se pone a rajar sobre tribute bands el 8-M, ¿no crees? Si al menos lo escribiese una tía, como decía Lucía Lijtmaer… Y ya no sabes de qué coño estoy hablando, ¿eh? ¡Pues lee su columna!

IV Concurso de Historias de la calle: “El brillo de los ojos en las ventanas”

Como ya empieza a ser costumbre, voy subiendo algunos relatos en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja. De este modo, me obligo a preparar algún texto que también puedo compartir por aquí. En esta ocasión se trata de una historia titulada El brillo de los ojos en las ventanas, centrada en una preocupación que mencionaban las bases del concurso y que también he hecho mía: la pérdida de la calle para los niños, la ausencia en los hijos de un espacio amplio y flexible —como mencionan por allí— que sí que tuvieron sus padres y abuelos, y que, en buena parte, les convirtió en los adultos que son hoy.

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Google Trends para entender el abandono de perros

El sábado pasado, intentando rescatar a una perro lobo checoslovaco (cagada de miedo) me llevé un mordisquillo en la mano. Nada grave. A mi compañero Antonio, de Dog’N’Roll, la perrilla le regaló un mordisco diez veces más profundo y no le vais a ver llorando en su blog (aunque tampoco tiene, claro). La perra ya se había escapado varias veces, según nos comentaron vecinos de Sant Cugat del Vallés, y, esa mañana, a punto estuvo de ser atropellada por diez o quince coches. Esta misma semana me llegan por varias fuentes media docena de casos de border collie renunciados en protectoras y perreras —y uno en Son Reus (Mallorca): Flipper, que ha sido tildado de PPP incluso, pese a que la asociación Los Olvidados de Son Reus, que hace un trabajo impagable, lo negaba en redondo con razón—. El martes, cinco voluntarios de Conectadogs rescatamos una cerda vietnamita de unos 50 o 60 kilos que habían abandonado en un bosque de Terrassa: puede que esté embarazada, y su familia la largó a la calle. Aunque no todo el mundo lo vea, son dos caras de la misma moneda: razas de moda a un lado; irresponsabilidad en el otro.

En todos los años en los que he trabajado en marketing (aproximadamente, desde 2009-2010), Google ha ido ampliando herramientas muy útiles para quienes trabajan en el sector, pero pocas son aplicables a otras facetas de nuestro día a día. La mayoría se centran en ayudarnos a identificar cómo captar tráfico, qué perfiles visitan nuestro sitio web, qué palabras clave son más útiles para posicionar nuestros contenidos en Internet… ¿Por qué os cuento esto entonces? Porque hay una herramienta de Google llamada Trends (Tendencias, literalmente) que nos permite ver cómo las modas se van sucediendo una tras otra. En lo que se refiere a los animales, esas modas o tendencias tienen una fuerte repercusión luego en la realidad, pero pocas veces podemos hacernos tan conscientes de estos fenómenos como con la ayuda de un gráfico: ya veréis.

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Fig 1. Interés despertado por los términos cerdo vietnamita (azul) y minipig (rojo) entre 2005 y 2019 en España.

En realidad, Trends no solo mide las tendencias de búsquedas web (o de imágenes, o noticias, o compras, o YouTube), sino que nos permite comparar términos a través de los que calcular la relevancia de un concepto y el interés que este ha despertado a través del tiempo. Si te fijas, el gran número de border collie en la calle (y, por desgracia, en protectoras y perreras) ha aumentado exponencialmente entre 2005 y 2019. ¿Se refleja esto en un gráfico sobre tendencias de búsqueda? ¿Y del pastor lobo checoslovaco o el malinois? Sí, se refleja con total claridad, y, si dedicas un par de minutos a analizar los gráficos, dan miedo.

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Fig 2. Interés despertado por la búsqueda “border collie”(en azul) entre 2005 y 2019 en España.

Además, podemos hacer búsquedas comparativas de varias razas como las que citaba arriba y valorar el interés despertado de todas ellas. Pongamos varios ejemplos: en la primera (fig. 3) podemos ver cómo el border collie enfrenta hoy muchos problemas (ya no solo abandonados o mala gestión del perro por compras que solo miran la estética, sino también cría ilegal, por poner otro ejemplo) y que el interés en los últimos 10 años, en España, ha crecido de una forma que explica muy bien por qué hoy existen los problemas que existen. Lo mismo ocurre con los pastores belga e incluso con los perros lobo checoslovaco, que hace seis o siete años que las búsquedas de la raza se asemejan a las de un perro tan conocido como el pastor alemán.

Fig. 3. Comparativa del interés despertado por las búsquedas “border collie” (azul), “pastor alemán” (rojo), pastor belga (amarillo) y pastor lobo checoslovaco (verde).

Como no contamos con cifras exactas, las comparativas son muy útiles para hacernos una idea del interés despertado entre términos; así, aunque vemos que el interés que despiertan los pastores alemanes ha crecido en los últimos años, igual que en los dóberman (fig. 4) entre 2004 y hoy (en especial en los dos últimos años, y, si os fijáis, vuelven a verse perros de esta raza que había sido, erróneamente, tan criticada y despreciada a causa de datos falsos y poco científicos. Algo muy similar a lo que le ha ocurrido al pastor alemán (que para no enrollarme no pongo la captura en el artículo, pero podéis ver la imagen aquí).

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Fig. 4. Interés despertado por la búsqueda “dóberman” (en azul) entre 2004 y hoy día.

Quizá todavía no se entienda mucho la utilidad de una herramienta así, pero imaginemos ahora la capacidad de anticipación para frenar problemas como lo que están sufriendo los “border collie” y los “pastores belga” (un ejemplo es la película Max sobre la que ya hablé en el blog en relación a los pastores belga malinois). Del mismo modo, nos sirve para confirmar con datos y cifras un problema que ya hemos identificado.

¿Está subiendo la tendencia de la gente por adoptar frente a la compra de animales? Para esto también nos sirve Trends: para confirmar que la tendencia a la adopción frente a la compra también está mejorando (fig. 5). ¿Y qué pasa con los pastores alemanes o los dóberman? ¿Se ha identificado un nuevo problema con estas dos razas? Si realizamos una comparativa con otras razas, como el pitbull, vemos por qué estos fantásticos perros siguen colapsando protectoras y perreras de toda España y cómo el dóberman es una preocupación menor para el sector animalista (fig. 6).

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Fig.5. Comparativa del interés despertado por los términos de búsqueda “comprar perro” (azul) y adoptar perro (rojo) entre 2014 y 2019.

Y lo que todavía es más importante: una vez identificados estas tendencias —que, por desgracia, muchas más veces de lo que nos gustaría se convierten en problemas—, ¿podemos valorar cuál de ellas es más importante? Evidentemente, no: porque Google Trends solo nos da cifras en un gráfico (y ni tan siquiera valores numéricos reales) con las que trabajar. Sin embargo, sí deja ver y poner en contexto verdaderos desastres como lo que ha supuesto el auge de los pitbull en los últimos diez años en España (fig. 7).

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Fig. 6. Comparativa del interés despertado entre pitbull (rojo), dóberman (azul) y pastor alemán (amarillo).
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Fig. 7. Comparativa del interés despertado entre bullterrier (azul), pitbull (rojo), border collie (amarillo) y pastor belga (verde).

Este tipo de herramientas, que están al alcance de cualquiera, resultan muy útil para monetizar inversiones y plantear nuevas líneas de negocio en todo tipo de industrias y sectores, pero nunca he visto que se apliquen a la defensa de los animales: estoy convencido de que, en parte, no se ha hecho por desconocimiento. Poco a poco, la tecnología también alcanza a las ONG y este, a mi modo de verlo, es un ejemplo perfecto. Hoy, por ejemplo, publicaba un artículo sobre cómo querer a los perros (y por qué no humanizar nuestra relación con ellos), y este gráfico de Google Trends (fig. 8) nos explica por qué son necesarios este tipo de contenidos y hacer muchísima pedagogía sobre no robarle la identidad de perro a nuestros perros.

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Fig. 8. Interés despertado entre 2004 y 2019 por los términos “disfraces perros” (en azul) y “disfraz perros” (en rojo). Veis, además, que es un problema que se maximiza en Cataluña, Madrid y Andalucía, ¿verdad?

En definitiva, estoy convencido de que hay muchas formas de luchar en el movimiento animalista y esta es una más, pues une estrategia, buenos sentimientos y utilidad; y, sobre todo, está al alcance de cualquier entidad interesada en descubrir cómo puede seguir aportando por una España con cero perros maltratados y cero perros abandonados.


Para ampliar información:

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario…

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario… iba a alucinar. Pero no por el desorden, sino por la guarrería (los pelos en las sudaderas, las botas desgastadas, las manchas que no salen aquí tan bien como en casa de mi madre). Nada extremo, por supuesto: soy de esos que se dan por satisfechos al encontrar algún estudio científico que me deje llevar los mismos tejanos un par de días más; mi mujer lo acepta, pero no lo soporta. Por el contrario, ella es bastante desordenada, y yo no lo soporto, pero lo acepto. Ella no es de buscar artículos en los periódicos: es más de frasecicas. Tiene una muy chula: “Aun en el caos, hay orden”, dice a todas horas, orgullosa, haciendo referencia a la Teoría del caos; pero me huelo que Marie Kondo no estaría muy de acuerdo.

Sin embargo, y aunque no soporto las pilas y pilas de ropa que se acumulan en los armarios del vestidor mientras estoy escribiendo esto, más miedo me da la moda de los organizadores profesionales: sobre todo, si pasa de moda a tendencia, como los coachs, y los asistentes, y los personal trainers ( ¡ojo!, quien crea que los necesita, que los contrate). Como siempre que me agarro los machos y me pongo a lanzar opiniones por aquí y por allá, puedo estar equivocado, pero se me han ocurrido tres razones que no he encontrado aún quien me las rebata (y me he envalentonado, claro).

Tidying Up with Marie Kondo
Marie Kondo con un pirata que le hace feliz. © Netflix

La primera es la más tonta, y, a la vez, la que más pica si lo piensas: con esto del organizador profesional, vamos a sumar unas cuantas responsabilidades más a nuestro día a día, ¿no os parece? Ya no solo hay que tener el cuerpo perfecto, y el trabajo perfecto, y la pareja perfecta, ahora también hay que tener el fondo de armario o el trastero perfectos. Por favor, Decidme que por ahí fuera hay alguien más a quien se la suda colgar las camisetas o enrollarlas en un cajón: ¡tanto perfeccionismo genera angustia vital!

La segunda es la más importante, diría yo. No sé si alguien ha leído sobre eso de tirar todos los libros que tenemos a excepción de aquellos treinta (¿¡TREINTA?!) que nos hacen felices. Ya le han dicho (a Marie Kondo) por activa y por pasiva que los libros no solo tienen que hacernos felices, sino que despiertan muchas otras emociones (como cualquier tipo de arte), así que yo me voy a ir por otros derroteros, ¿de acuerdo?, porque no me gusta nada esa idea de proyectar la vida que quieres en algo tan estúpido como organizar tu armario. Por supuesto que cualquier gran gesta empieza con una pequeña acción —por casualidad, este fin de semana vi un discurso de un navy seal estadounidense sobre ese tema, titulado Change the World by Making Your Bed—, pero ¿qué es eso de hacer creer a la gente que los problemas de su vida diaria (el padre poco colaborador en casa, la viuda que debe sobrellevar su dolor… ¡¿tener demasiados libros?! ¿¡TIRAR LIBROS!?, ¡joder!) se van a solucionar cambiando el modo en el que ordenamos nuestras posesiones?

La tercera razón es la más obvia, porque incluso aparece mencionada así en el programa de Marie Kondo, pero ¿cuántas veces más que faltar espacio nos sobran cosas? Y lo más importante de todo esto, ¿eso de veras requiere una nueva especialización laboral? ¿Entender que vivimos en un mundo capitalista y en casas llenas de cosas que no necesitamos? En el derecho romano hay un aforismo que dice: Accesorium sequitur principale (Lo accesorio sigue la suerte de lo principal), es decir, si hay una sentencia de expropiación de una casa, en esa misma casa se expropiará lo accesorio que se entiende que compone lo principal: las ventanas, las baldosas, los grifos y las tuberías. Pero, ¿estamos seguros que con Marie Kondo no lo hemos entendido al revés? ¿El problema no será que no sabemos para qué queremos todo lo que hay dentro de ese armario y no tanto que necesitemos ordenarlo?

Quizá la cuestión no sea conservar la camiseta de los Guns N’Roses de tu primer concierto de rock, ni esos patines que no usas desde los quince (pero que a tu madre le costaron medio sueldo). No siempre es cuestión de orden y de espacio, Marie Kondo, a veces, cuando metes la cabeza en un armario ves lo que hay, y no lo que hubo; a veces, en cuestión de armarios, importa más el olor de tu perro en una vieja correa de nailon oculta en el cajón de los calcetines, la dedicatoria de tu abuelo en un libro que no te hace feliz, la ropa hecha un asco en el vestidor porque te estás tomando una cerveza fuera, con los tuyos.

¿No estaremos demasiado empeñados en buscar la perfección, Marie? Mi amigo Félix, que siempre cita a otro amigo que no sabe que cita a Voltaire, me ha dicho cien veces: “Lo mejor es enemigo de lo bueno.” Y es que, a lo mejor, no necesitamos casas perfectas, ni trabajos perfectos, ni cuerpos perfectos, sino encontrar el modo de ser gente feliz. 

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