BoJack Horseman y sus lecciones sobre cómo contar una historia

Estos días me he vuelto a ver la quinta temporada de BoJack Horseman (Netflix, 2014), una sitcom de animación —a partir de aquí, todo es posible— sobre un actor de televisión que vive en Hollywoo(d). Él es un caballo; su mánager, una gata persa de color rosa; su álter-ego, un perro labrador, que también es actor. Por ahí está Todd, que es humano, pero el menos normal de todos ellos, y Diane, que es una escritora-redactora creativa de ascendencia vietnamita. ¿Y cómo es esto posible? En este mundo, conviven personas y animales antropomorfos, pero eso es lo más sencillo que su creador, Raphael Bob-Waksberg, nos tira a la cara para que digiramos o nos atragantemos: a menudo, parece que se la suda (y hace bien).

En BoJack Horseman los personajes evolucionan a través de la trama: algo a lo que no estamos acostumbrados en las series de animación. Tampoco es habitual que este tipo de series oscilen entre el drama y la comedia (o la tragicomedia), ni se atrevan a tratar temas tan profundos como el éxito y el fracaso, la necesidad de ser amado, las carencias afectivas de las personas, la búsqueda de atención constante. Todas estas cuestiones dan una profundidad a la serie que hace que valga la pena verla, pero, en realidad, yo he descubierto algo mucho más importante para aquellas personas que queremos aprender a contar una historia: ahí metidos hay verdaderos maestros de la narración, y voy a hablaros de algunos capítulos que lo demuestran, ¿vale? Por supuesto, hay mucho escrito sobre la serie, pero si queréis un texto que os convenza de que tenéis que ver este pelotazo de Netflix, leed este artículo de Ana Pacheco: Regodearse en la miseria, como BoJack Horseman. Por mi parte, yo os voy a hablar un rato sobre literatura…

BoJack… ¿qué?

Las dos primeras temporadas de Bojack son una especie de Charlie Harper viviendo la vida de Charlie Sheen (Dos hombres y medio, Chuck Lorre, Lee Aronsohn, 2003-2015). Bojack es una ex estrella de televisión; alcohólico, drogadicto, disfuncional. Gracias al éxito de su antigua serie, Horsin’ Around, Bojack puede mantener un buen nivel de vida mientras sigue sin reconocer sus problemas, su frustración, resentimiento y odio por sí mismo. Hasta aquí, todo es bastante más negro de lo que uno imaginaría para una serie de animación, ¿verdad? Bueno, esa parece ser la clave de su éxito. En cualquier caso, sobre las virtudes de la serie que te hable otro (u otra), para mí ya estás tardando en tragártela a palo seco, y con ansia, y ahora voy a hablar de los capítulos que me han dado una buena hostia en la cara (con [algunos] spoilers [pequeñitos], luego no llores: aunque intentaré no destripar más que lo estrictamente necesario) y me han enseñado cuatro cosas más sobre cómo contar una historia. ¿Te apuntas?

BoJack Horseman es una de las primeras series de animación en Estados Unidos con un hilo narrativo serializado, donde los sentimientos de los protagonistas evolucionan conforme avanza la trama. Will Arnett, actor de voz de BoJack, la ha definido de la siguiente forma: «La paradoja es que los animales protagonizan una comedia cruda sobre la condición humana y sobre una persona que no sabe avanzar (…) Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos. Es lo más dramático que he hecho. Raphael Bob-Waksberg y yo salimos de la grabación hechos polvo».​

He recopilado diez capítulos que narran una historia (o parte de esta) de formas muy distintas entre sí. ¿Por qué diez episodios? Por nada en especial, porque son diez los episodios que más me han llamado la atención y más difíciles me parecen de construir y mover conforme a sus respectivas tramas. ¿Son mis capítulos favoritos? Algunos sí y otros no. Como pez fuera del agua, por ejemplo, ni tan siquiera me gustó demasiado, pero el final te da un buen meneo a la cabeza y, de paso, explica todo lo que ha ocurrido durante, y hay que reconocerlo: eso no es fácil de hacer.

Final infeliz (Bojack Horseman, 1×11)

Sinopsis del capítulo: BoJack, aún molesto por el libro que escribió Diane, le pide al señor Pinky Pingüino que le dé una semana para escribir una versión mejor. Al no poderse concentrar para escribir, pide ayuda al doctor Hu, quien le ofrece drogas para dejar fluir su creatividad. Sara Lynn y Todd deciden ayudar a BoJack, pero este termina en un “viaje” alucinógeno. 

El cambio de narrativa en ese capítulo es uno de los primeros ejemplos para acercarnos a un Bojack sin filtros. Algo que apenas conseguimos como espectadores en la primera temporada debido al carácter del personaje (en BoJack odia a los soldados, BoJack Horseman, 1×02, somos testigos de la mala relación con su padre en un flashback), pero no es hasta esta experiencia a lo gonzo cuando podemos observar muchos de sus traumas: infancia, amigos dejados a un lado, sentimientos contradictorios hacia el señor Peanutbutter, el cacao mental entre lo que se ve de cualquier famoso y lo que queda detrás y, por descontado, guiños a un montón de cosas, desde los Peanuts hasta Dr. Who que nos recuerdan todo el tiempo que Bojack sigue siendo un dibujo animado: le quitan la línea de contorno, lo borran… En las pesadillas psicotrópicas, parece que todo vale, incluso jugar con la cuarta pared. Sobre el uso de la animación a favor de la narrativa, en Hablemos de BoJack Horseman: La autodestrucción y el miedo a la infelicidad (de la cuenta de YouTube Un Mapache A Prueba de Todo) se listan varios ejemplos de los que hablo.

Diane y el señor Peanutbutter caracterizados como dos personajes de Peanuts en el viaje alucinógeno de BoJack…

Tras la fiesta (Bojack Horseman, 2×04)

Sinopsis del capítulo: La historia se divide en tres partes que se enfocan en distintas visiones sobre la fiesta sorpresa de cumpleaños de Diane. Al largarse de la fiesta, Princess Carolyn intenta descubrir qué oculta su nuevo novio, Vincent; mientras tanto, el sistema operativo de teléfono de Todd se enamora del sistema operativo del teléfono de Princess Carolyn por un fallo en el software. BoJack y Wanda golpean a un venado mientras Wanda se dirige al bosque para ver si está bien y Diane y el Señor Peanutbutter discuten sobre si Tony Curtis está muerto o no y por qué demonios eso importa.

Este episodio se divide en tres historias distintas que nacen de un punto de partida que comparten todos los personajes, algo que no es una gran novedad (por ejemplo, Trilogía del error en Los Simpson, 12×18), pero que no deja de ser bastante difícil de articular y que quede como dios manda en la narración. Aun así, de las tres historias, lo más interesante es el uso de un recurso bastante complejo en forma de chiste que le cuenta Wanda a Bojack. El chiste en sí parece no tener sentido hasta que lo conecta con la segunda parte de otra historia que, a su vez, no parecía tener ninguna relación con la primera historia que le ha explicado un buen rato antes. A la vez, resulta un guiño hacia el espectador y hacia el personaje de BoJack (a veces las cosas buenas necesitan de tiempo, le dice).

El “chiste” de Wanda y el jardinero que siempre acertaba con la cantidad de abono.

Mi hogar es el mar (Bojack Horseman, 2×12)

Sinopsis del capítulo: Al volver a Hollywoo, BoJack se entera por parte de Princess Carolyn que la filmación de Secretariat terminó sin él cuando Lenny Turtletaub reemplaza al verdadero Bojack con una versión CGI. El caballo consigue dinero para el establecimiento del “Orfanato BoJack Horseman” como parte de una promesa que hizo en el funeral de Herb Kazzaz. Princess Carolyn y Rutabaga Rabbitowitz están cerca de abrir su propia agencia. Todd abandona la casa de BoJack para trabajar en el crucero propiedad del grupo de comedia de improvisación, donde al final termina descubriendo que se trata de una secta y es rescatado por su mejor amigo.

El equipo creativo sigue probando cosas nuevas en Mi hogar es el mar con un capítulo que empieza mostrando, en paralelo (pantalla partida en el episodio), el día a día de Diane y el señor Peanutbutter que están afrontando una crisis de pareja: Peanutbutter cree que su mujer está fuera del país y Diane se niega a admitir que ha fracasado otra vez. La construcción de esta escena inicial nos permite asistir a una narración no lineal mientras seguimos, a la par, las acciones de estos dos personajes. Sin embargo, la parte más divertida del episodio es aquella en la que Todd se une a un grupo de improvisación y, para escapar del crucero, debe vencer a sus antiguos amigos mediante la improvisación, una narrativa en la que BoJack participa a regañadientes para poder recuperar a su amigo. A ver si me explico, en este caso, BoJack no cree que lo que las acciones de Todd y los marineros improvisadores tengan sentido ni relevancia, pero les sigue el rollo aceptando ese “nivel ontológico de realidad” para poder largarse del barco con su colega y, a la vez, todo lo anterior se hace necesario para nosotros como espectadores para que avance la trama. Rebuscadillo, ¿eh?

Todd Chávez: “Tú no lo entiendes, si mueres en teatro improvisado, ¡MUERES en la vida real!”
BoJack: “Este barco está lleno de imbéciles.”

Por descontado, pueden haber muchas otras muestras en las dos primeras temporadas que me he saltado o he obviado, pero se trata siempre de pinceladas o de pequeños ejemplos: del narrador protagonista al monólogo interior, de recursos como la elipsis, la paraelipsis, la anticipación, el suspense, el macguffin… Sin embargo, a partir de la tercera temporada, BoJack Horseman empieza a tener capítulos que consiguen cosas que series de televisión con muchísima más trascendencia (y no estoy hablando solo de series de animación) ni se han atrevido a soñar. Estoy hablando de episodios como Como pez fuera del agua, Estúpido desgraciado, La flecha del tiempo o Las novias del señor Peanutbutter. Junto a los tres anteriores, he escogido otros siete episodios que cree que enseñan más que cientos de horas de lectura y cine.

En fin, sigo.

Como pez fuera del agua (Bojack Horseman, 3×04)

Sinopsis del capítulo: BoJack llega al Festival de Cine del Océano Pacífico, en donde se está presentando “Secretariat”. En el lugar trata de encontrarse con Kelsey para disculparse por haber provocado su despido. Al mismo tiempo, BoJack trata de devolver a un caballito de mar bebé a su familia.

¿Qué ocurre si a una serie cuya principal fortaleza son los diálogos se los arrancamos de cuajo y sin previo aviso? Este parece el planteamiento que se hicieron para este episodio. Como pez fuera del agua tiene como característica principal la ausencia total de diálogos tras la introducción del episodio, donde BoJack y Ana Spanakopita hablan sobre por qué el actor tiene que asistir a la presentación de su nueva película en el Festival de Cine del Oceáno Pacífico (FCOP). A partir de aquí, la mímica y la gestualidad de los personajes, la belleza de las animaciones y la música acogen una importancia enorme como recursos que nos ayudan a sumergirnos en la trama. Confieso que no es de mis episodios favoritos, ni mucho menos, pero igual que a muchos escritores no les encantan las larguísimas descripciones estilo Tolkien, entienden su por qué dentro de la narración, ¿verdad? Aquí, igual.

(Imagina el sonido de cientos de sardinas en el autobús…)

Estúpido desgraciado (Bojack Horseman, 4×06)

Sinopsis del capítulo: En su monólogo interno, BoJack se come el coco después de que su madre y su enfermera se mudan con él. Para salvar la película fallida, Princess Carolyn decide avanzar la falsa relación de Courtney y Todd con un matrimonio simulado con la ayuda de Rutabaga. Todd está en conflicto sobre esto, sobre todo porque se está sintiendo más cómodo identificándose como asexual.

Aunque se ha visto anteriormente, este capítulo explota los sentimientos y pensamientos de BoJack a través de una narrativa interna a la que el espectador puede asistir en paralelo al desarrollo de las distintas escenas que se suceden. La composición del monólogo interior del protagonista es muy distinto al estilo general de la serie para ayudarnos a diferenciar rápido lo que BoJack dice de lo que BoJack piensa: dibujo, sonido y animaciones que nada tienen que ver con el estilo habitual en el que se presenta la serie son recursos que completan todo esto.

La flecha del tiempo (Bojack Horseman, 4×11)

Sinopsis del capítulo: A través de los borrosos recuerdos de Beatrice, se revela cómo en 1963 su padre la empujó hacia un matrimonio concertado. Ella rechazó a su pretendiente y se enamoró de un apuesto aspirante a escritor, Butterscotch Horseman. Más tarde, viviendo en pareja en San Francisco, su matrimonio vacila; no son felices, no han alcanzado nada de lo que se proponían de jóvenes: ambos beben mucho y pagan sus frustraciones con su hijo, BoJack. Años después, cuando BoJack ya es un adulto, Butterscotch tiene una aventura con una doncella llamada Henrietta, una aspirante a enfermera. Beatrice convence a Henrietta para que entregue al bebé en adopción para que pueda continuar en la escuela de enfermería.

El viaje en coche a una residencia donde BoJack planea ingresar a su madre se difumina entre los recuerdos de Beatrice, quien ya no distingue la realidad. Esto nos permite asistir a un capítulo en el que la información se nos ofrece de forma parcial debido al alzheimer o la demencia senil. Para ejemplificar esto, los rostros de muchos de los personajes que Beatrice no recuerda aparecen tachados o difuminados (a menudo, solo son siluetas) y lo mismo ocurre con los escenarios, vacíos de objetos y detalles.

La flecha del tiempo es uno de esos capítulos que no solo son importantísimos para la serie (explican al espectador por qué Beatrice es como es, quién es, en realidad, Hollyhock, qué ocurrió en la infancia y juventud de BoJack, Butterscotch, Beatrice, etc.), sino porque presenta una narrativa segmentada e incompleta que el espectador puede entender mejor así, y con más profundidad, que si se le diese de golpe toda la información que nos faltaba al inicio. La forma en la que se reserva con cuentagotas la información que nos llega como espectadores (lo que los personajes dicen, lo que vemos y lo que no…) lo convierte en un capítulo asombroso y, sobre todo, muy humano: se hace difícil pensar en otros ejemplos que hablen de la vejez con la misma emotividad.

Free churro (Bojack Horseman, 5×06)

Sinopsis del capítulo: BoJack recita su elegía en el funeral de su madre delante de un público al que no vemos y al más puro estilo del comediante americano de clubs nocturnos.

Free Churro es una puñetera locura que empieza con un flashback muy agrio que recupera al padre de BoJack y la relación de desatención que mantuvo con su hijo durante toda su vida. En muchos sentidos es un episodio muy arriesgado que se apoya, a la fuerza, en un texto trabajadísimo para funcionar, ya que solo vamos a ver a BoJack y un ataúd cerrado a lo largo de 25 minutos en los que pretende hablar sobre su madre (aunque habla sobre muchas más cosas).

La elegía se convertirá casi desde el primer momento en un monólogo en el que se entremezcla comedia y tragedia: sin duda, pongo la mano en el fuego en que este es el capítulo más triste de toda la serie hasta la fecha. A nivel narrativo, los guionistas optaron por un modelo muy cercano a la stand-up comedy y un humor negrísimo que llega a picar, y juegan magistralmente con lo que se ve y lo que no se ve en pantalla (el tío del órgano, los recuerdos superpuestos como imágenes de la madre de BoJack bailando en las fiestas que hacía en casa, la sorpresa final…) para aliviar un poco la tensión y descargar la catarata de emociones que se nos viene encima.

Free Churro es como si Richard Pryor, Jerry Seinfeld o Woody Allen sacasen sus demonios en un show de comedia en vivo en un funeral. Algo que, de algún modo, emula una de las grandes revelaciones de 2018-2019 con El método Kominsky (Chuck Lorre, 2018). ¿Y sabes qué? El funeral que vamos a ver en la primera temporada con Michael Douglas y Alan Larkin no le llega ni a la suela de los zapatos a este episodio, que no solo lleva a BoJack a ver lo vacía que estuvo hasta el final la relación con su madre (I see you: ya lo pillaréis), sino que se atreve a demostrar cómo su padre solo quería lo que tiene su hijo (fama, atención, saber si aquel tarado de Montana había leído su novela…), pero su hijo no puede disfrutar de lo que, de un modo u otro, ha conseguido por culpa de lo que sus padres le hicieron vivir de niño.

Tras el flashback inicial, Free Churro se desarrolla durante la casi media hora de capítulo con BoJack hablando a una audiencia de la que no sabemos nada.

No estoy muy de acuerdo con el análisis del episodio Free Churro de Cinema Ivis, pero es interesante. ¡Echadle un ojo!

Interior Sub (Bojack Horseman, 5×07)

Sinopsis del capítulo: La narrativa se vuelve un poco loca cuando una psicóloga le cuenta a su esposa la historia de BoBo, la cebra angustiada; mientras tanto, la esposa de la psicóloga, que es mediadora profesional, le explica el último caso en el que ha tenido que mediar, la grave disputa entre el Rey Caramano y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer por la desaparición de un trozo de queso.

Este es uno de los capítulos más cojonudos que existen de esta serie y de cualquier serie. Una pareja de mujeres afroamericanas de mediana edad quedan a comer en un restaurante italiano y la historia se divide en dos tramas y se plantea a través de dos narradores testigo: una de ellas es psicóloga y está tratando a una paciente (Dian… Diana, princesa de… ¡Gallos! [Diane, Princess of Whales]) debido a su insana relación con BoJa…  ¡BoBo, la cebra angustiada! que intenta superar la muerte de su madre; la otra es mediadora profesional y no sabe si podrá resolver, sin llegar al arbitraje, el caso del… Rey Caramano (Emperador Finger-Face) y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer [Tangled Fog of Pulsating Yearning in the shape of a woman] que han discutido por quién se comió el último queso hilado (string cheese) del apartamento que comparten. El capítulo oculta a los personajes que conocemos: BoJack, Todd, Princess Carolyn, Diane… y los caracteriza (con el secreto profesional de esa pareja como excusa) en un juego con el espectador en el que, poco a poco, las dos narradores que creen contar dos historias diferentes se dan cuenta de que los protagonistas de ambas están conectados entre sí.

El Rey Caramano y Bruma de cacao
El Rey Caramano y Bruma de cacao anhelante con forma de mujer en una sesión de mediación.

Las novias del señor Peanutbutter (BoJack Horseman, 5×08)

Sinopsis del capítulo: Durante la fiesta número 25 de Halloween de BoJack nos adentramos en las relaciones de pareja del Sr. Peanutbutter a través de cuatro mujeres que han compartido parte de su vida con el labrador: su actual novia, Pickles the Pug, y sus tres ex mujeres: Katrina, Jessica Biel y Diane.

En 1993, el señor Peanutbutter inicia una extraña tradición, llevar sus fiestas de Halloween a casa de su amigo BoJack. Para ello, la narración nos presenta cuatro saltos temporales para situarnos en poco más de tres minutos y los interrelaciona entre ellos. El episodio está repleto de guiños y licencias narrativas que funcionan a las mil maravillas, por ejemplo: para que el espectador no se pierda, los personajes se toman la libertad de decir en qué año están, se hacen guiños constantes del pasado hacia el futuro (como el famoso, wait for it… de Cómo conocí a vuestra madre) o se conectan de forma directa situaciones que han ocurrido en esos veinticinco años (siendo esto posible porque nos han realizado una presentación de todas las reglas del juego que el capítulo utilizará desde el inicio: conexión entre personajes, saltos temporales, uso de elementos presentes en el pasado y viceversa, etc.). En cualquier caso, el capítulo utiliza los eventos anteriores para explicar el presente del señor Peanutbutter (y, en parte, también de otros personajes, como BoJack, Todd o Princess Carolyn), pero sobre todo nos ayuda a entender mejor por qué ese labrador bobalicón es como es y cómo los errores que ha cometido en el pasado le ayudarán a crecer como… ¿persona? Bueno, sí, persona… supongo.

La serie se va a la ruina (Bojack Horseman, 5×11)

Sinopsis del capítulo: Cuando la adicción a las drogas de BoJack llega tan lejos que no logra distinguir la realidad con su programa de televisión, su actual novia, Gina, lo enfrenta a su problema.

Quizá este es uno de los episodios más magistrales de la serie (y creo que mi favorito de las cinco temporadas: o este, o Interior Sub). No es casual que el opening con el que empieza el capítulo sea el de Philbert —la serie que está grabando Bojack con Gina como coprotagonista— y no el de Bojack Horseman; a partir de aquí, las escenas se confunden, la voz del narrador de Philbert, que es Bojack interpretando al detective Philbert, se diluye con el monólogo interior del propio Bojack; cuesta saber cuándo Bojack está grabando y cuándo está viviendo en su paranoia, hay guiños constantes entre los distintos niveles de realidad y el argumento está planteado para seguir llevando al protagonista a una situación límite hasta que, totalmente desubicados y dudando como espectadores de si tenemos delante a un narrador fiable (es evidente que no, al menos en este episodio) todo explota en el plató.

Como ves, en BoJack Horseman se han inventado un mundo de mierda para hablar sin tapujos de nuestro mundo de mierda. Con temas recurrentes como el éxito y el fracaso, el aborto, el feminismo, la cultura de la violación, la caricaturización de uno mismo, lo que exige la fama y el éxito, la necesidad de ser amado, las personas con enormes carencias siendo admiradas y replicadas como modelo… Y todo esto, además, evoluciona, así que a saber dónde nos llevarán las siguientes temporadas y, sobre todo, cómo lo harán, que es una de las grandes fortalezas de esta serie. Leí por ahí que, en otras series de animación, como Los Simpson, la realidad flexible llevada al límite hace que todo quepa ahí, pero, en en BoJack Horseman parece que el verdadero secreto es que sus creadores no tienen miedo a nada. En definitiva, habrá que seguir en la brecha. Si habéis visto la serie, ya sabes que la solución la tenemos desde la segunda temporada, cuando el papión le dice: ‘Se vuelve más fácil, cada día se hace un poco más fácil; la parte mala es que tienes que hacerlo cada día, pero se vuelve más fácil’.

Ahora veamos si BoJack lo consigue…


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Juego de Tronos no se ha traicionado

Contiene spoilers del capítulo final de Juego de Tronos.

Desde el lanzamiento de la octava temporada de Juego de Tronos, Internet es un coladero de noticias sobre Jon, Daenerys y compañía. De la prensa a todo tipo de páginas web que se apuntan al fenómeno JdT/GoT (sea por visitas, sea por fanatismo) y a los blogs especializados: Los Siete Reinos, Sensacine, Espinof… Se ha escrito sobre esta serie lo que no se ha escrito sobre ninguna otra. Quizá de ahí todo el revuelo con el final, o una parte de este. Esta temporada ha sido, con diferencia, aquella en la que más se ha percibido la falta de una historia en papel: ¿dónde están aquellos diálogos tan potentes a los que nos tenían acostumbrados?, ¿los golpes de efecto?, los gazapos que se han amontonado (cafés, y pelucas, y botellas de agua), ¿y esa prisa por concluir tramas?, ¿para qué?, ¿para grabar una de Star Wars? ¡Pero si esto era tan grande como Star Wars!

Daenerys Targaryen, madre de dragones
Una de las secuencias más espectaculares del episodio. Daenerys se dispone a arengar a sus tropas mientras Drogon aterriza a sus espaldas. Las alas del dragón se funden en la silueta de la madre de dragones.

En cualquier caso, el sexto episodio deja un sabor agridulce —como debe ser—, pero (opinión de un servidor) aumenta notablemente la calidad de esta cortísima temporada con batallas larguísimas, y también espectaculares, que han perdido un poco la perspectiva de lo que había sido Juego de Tronos: 80 minutos de película de muertos vivientes en el tercer episodio (una trama que se resuelve demasiado rápido y un capítulo que aporta muchas cosas a nivel televisivo, pero pocos elementos al arco argumental), y otros chorrocientos minutos de locura Targaryen en el quinto. El cierre, correcto a casi todos los niveles, pero no sublime; no ha sido un fiasco a lo Lost (esto siempre es algo relativo, por descontado, pues también hay quien dice que Breaking Bad tiene un final apoteósico, y meh…), pero generará opiniones contrapuestas como el fundido en negro de Los Soprano.

Por eso, dejo aquí una serie de artículos que me han aportado muchas cosas positivas para poder disfrutar más aún de esta serie cuando me dé por darle otro visionado, porque (admítelo) parte de la rabia que llevamos encima es que se acabó lo que se daba.

Por todo lo anterior (sobre todo estos últimos meses todo dios ha escrito sobre casi todo lo imaginable de Juego de Tronos), he creído que no valía la pena hablar sobre gazapos, problemas narrativos, tramas que no se han cerrado (los espectadores más críticos, por cierto, deberían ser conscientes de lo inviable que es cerrar todas las tramas de un mundo tan vivo como este: y esa es parte de su gracia) y centrarme en una sola cuestión de la que me gustaría escribir: ¿es un buen final o es un mal final? ¿Es un cierre acorde con el espíritu de la serie o ha traicionado su propia propuesta? Ahí voy.

Daenerys y Jon 1
Daenerys y Jon en el Salón del Trono.

El mundo que necesitamos no se erigirá con hombres leales al mundo que tenemos

Tras su aplastante victoria militar frente a las fuerzas Lannister de Desembarco del Rey, Daenerys contempla el Trono de Hierro a solas en el gran salón. Llega Jon a su lado tras una charla con Tyrion Lannister, ya preso, e intenta conseguir un gesto de clemencia por parte de la reina. La grandeza de esta escena es que Jon ya sabe cuál es el único desenlace posible, pero busca en un único acto de la Targaryen la excusa para mentirse una vez más. Retrocedemos ahora un momento, Daenerys arengado a sus tropas —en dothraki y valyrio, pero no en lengua común— en una escalinata entre las ruinas de la ciudad donde deja claras sus intenciones: hoy, la capital de los Siete Reinos; mañana, el mundo (“Pero la guerra no ha terminado. No bajaremos nuestras lanzas hasta haber liberado a todos los pueblos del mundo.”). La reina dragón se niega a perdonar a la Mano de la Reina tras la traición y le dice una frase a Jon que cae como una losa: “El mundo que necesitamos no se erigirá con hombres leales al mundo que tenemos.” Todo lo anterior, conecta directamente con la última conversación en los calabozos entre Tyrion y Jon: Daenerys ha impartido justicia tantas veces contra la gente correcta (asesinos, esclavistas, caminantes blancos) que ya no cree que pueda errar en su juicio al escoger entre el bien y el mal.

Drogon y Jon
Drogon bate sus alas frente a Jon Nieve tras la muerte de Daenerys.

A veces, el deber es la muerte del amor

Jon besa a Dany y clava una daga en su corazón; en un acto que a mí se me asemeja, de otro modo, al asesinato que Ned Stark cometió contra ser Arthur Dayne, la Espada del Alba, sin ningún tipo de honor. Lo que hace Jon es horrible, pero es real, y necesario, y es Juego de Tronos. Como dice Daenerys sin saber que se aplicaría, de inmediato, contra ella misma: [Jon] también ha castigado a los que le han traicionado aunque le partiera el corazón. Después, es historia. La reina que no pudo reinar yace muerta en el suelo y su fiel dragón funde el Trono de Hierro con la secuencia más potente de todo el episodio: Drogon no descarga su furia contra el ejecutor, sino contra el trono que tantas muertes ha provocado.

Jon y Daenerys 2
Jon Nieve sostiene el cadáver de Daenerys Targaryen a los pies del Trono de Hierro.

¿Qué une a los pueblos? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia

Saltamos ahora varias semanas después. Bran ya es rey; Sansa ha decidido que Invernalia no formará parte de los Siete Reinos; un nuevo consejo se reúne a puerta cerrada con algunos de los personajes más reconocibles de este universo que se sientan a reconstruir el reino. Los Inmaculados marchan a Naath, reniegan de tierras y posesiones en Poniente, y uno imagina que los dothraki habrán hecho algo similar (tragar saliva, subir a otro barco de esos que tanto odian y volver a Essos). En Desembarco del Rey, Tyrion vuelve a ser la Mano del Rey, Bronn es consejero de la moneda, Brienne de Tarth es guardia juramentada y Sam es gran maestre. ¿Qué ha cambiado? No importa si Tyrion es el gran vencedor de este juego (lo es, para mí), sino cuánto se ha cumplido lo que profetizaba Daenerys de la Tormenta. ¿Es este un mundo mejor que aquel con el que soñaba la Targaryen? Probablemente. Parece un mundo en el que soñar por un cambio a mejor parece posible, pero no deja de asemejarse mucho al que ya encontrábamos en las primeras temporadas, ¿verdad? Aquel tipo de mundo con los fundamentos para que los Lannister, los Bolton y los Frey pudiesen aterrorizar a sus semejantes. Bronn lo tenía claro: los nobles solo son descendientes de alguien a quien se le daba bien matar y venció a sus enemigos y, gracias a ello, sus descendientes pueden sentarse a beber vino, perder el tiempo en burdeles y conspirar en un palacio. Con esa idea en mente, y visto el final, parece que al señor de Aguasnegras no le ha ido tan mal…

Jon y Fantasma
Jon se reencuentra con Fantasma en el Norte.

Han sufrido demasiado bajo la rueda, ¿la romperéis conmigo?

Tras ser condenado a la Guardia de la Noche, Jon se reencuentra con Fantasma y marcha al verdadero Norte con Tormund Matagigantes y el pueblo libre. No está claro qué ocurre ahí, pero los grandes peligros que acechaban más allá del Muro parecen haberse diluido tras la victoria frente a los caminantes blancos. Quizá las dudas se asienten ya para siempre en su cabeza: ¿hice bien? ¿Merecía Daenerys una muerte así? (aunque ¿quién la merecía en Juego de Tronos? Parece aquella lección que Gandalf le suelta a Frodo cuando el mediano todavía no ha abandonado Hobbitón...). Es un final agridulce por varias razones: la primera de todas porque incluso al final de todo ha habido grandes sacrificios (¿qué fue de esa imagen que muchos se habían hecho de tía y sobrino reinando juntos?) para alcanzar un statu quo en el que nadie es feliz; la segunda es que es un final que es un nuevo inicio, repleto de incertidumbre, de nuevos errores, de olvidos de la gente común (porque si algo nos ha enseñado Juego de Tronos es que ningún rey reina para siempre) y, tercera, porque qué fácil parecía seguir ciegamente a alguien como Daenerys, ¿verdad? Sin advertirlo nadie, Daenerys se convirtió en el Leviatán de Hobbes, en el despotismo ilustrado, en la opción segura. La reina justa que tenía poder y ejércitos suficientes para dictar qué era el bien y qué era el mal, para moldear el mundo a su criterio, para arrasar con todo aquello y aquellos que no compartiesen su visión.

Cuando era niña, mi hermano me dijo que fue forjado por Aegon con miles de espadas de sus enemigos caídos. ¿Qué son mil espadas en la mente de una niña que no sabía ni contar hasta veinte? Me imaginaba una montaña de espadas muy alta para escalarla, tantos enemigos caídos que ni veías las plantas de los pies de Aegon.

Juego de Tronos nos enseña una vez más cómo la vida real te abofetea con aquello del fin justifica los medios; nos muestra que esta serie es real porque la traición forma parte de nosotros, y la ira, la envidia, el sacrificio, pero también la clemencia y la bondad. De ahí surge su propia Revolución francesa, sus reyes menos reyes y más democráticos (buena ocurrencia la de Sam, por cierto), sus Bronn y sus Brienne en una misma mesa. Al final, Brann no era el Rey de la Noche ni el fundador de su propio linaje (como afirmaban múltiples teorías sobre la serie en 2017), no era el pasado de los reinos de Poniente, sino su futuro.

Algunos miembros del Consejo del Rey tras la reconstrucción de Desembarco del Rey.

Esta serie nos ha enseñado todas sus caras y, a veces, todas las nuestras. Ante eso, ni un mal final (que no me lo parece) tenía poder para destruir lo que habían construido Benioff y Weiss encima de las novelas de George R. R. Martin. El sexto episodio de la octava temporada de Juego de Tronos cierra una historia que ha sido consecuente con lo que proponía, no siempre en los términos que nos hubiera gustado (casi todos hubiésemos preferido una o dos temporadas más de la misma calidad que las anteriores), pero sí en todos y cada uno de los mensajes que nos dieron. Y para muestra, la naturaleza de Daenerys, que hemos intentado ocultar tras una casa caída en desgracia, cientos de enemigos que buscaron su fin, unos dragones por los que yo he sufrido más que por muchos otros personajes (y casi me los matan a todos, ¡cabrones!), pero que al final tuvo que explotar a lo grande, porque siempre estuvo ahí. Ya lo dijo en las primeras temporadas y lo repitió poco antes de su muerte: Cumplisteis las promesas que me hicisteis. ¡Matasteis a mis enemigos con sus trajes de hierro! Derribasteis sus casas de piedra. ¡Me habéis entregado los Siete Reinos! 


Discurso de Daenerys Targaryen a sus tropas tras su victoria en Desembarco del Rey.

Hoy no es 1936

La campaña del ¡votad, coño! fue un éxito: depositaron sus papeletas un 75,7 % de los ciudadanos, y eso que los españoles que viven fuera de las fronteras han de pasar por toda una odisea de libro para ejercer este derecho. No se había votado tanto desde 1982 con Felipe González y, entonces, se tenía mono de democracia y de felipismo. Vamos, unos resultados para llevarse las manos a la cabeza, la hostia. Confieso, sin embargo, que, esta vez, España me ha sorprendido para bien: voté a primera hora y me escapé del colegio electoral con una sensación agridulce, luchando por creer que sí, que estas elecciones tenía que ganarlas el bloque de centro-izquierda, pero con las predicciones del politólogo Francisco Carrera en mente. Nadie más le daba tantos escaños a VOX (setenta, en concreto), ¿y qué? El tal Carrera la había clavado en los comicios andaluces. Así que, a riesgo de no encontrar el modo de hacer un Madonna en la era Trump (o de romper mi palabra como hicieron Barbra Streisand o Bryan Cranston), juré y perjuré que, si lo de VOX iba en serio, me largaba lo más lejos posible.

Si se pasan los derechos de mujeres, inmigrantes, ateos o LGTBI+ por el forro de… las escopetas, ¿qué iba a hacer Abascal con la Warner Bros? Almas de cántaro… Esto lo cuenta mejor Facu Díaz en Lait Motiv.

Siento ser tan gráfico, pero el domingo no me cabía un alfiler en el ojete. Y creo que no era el único, ¿verdad? No por el hecho de que, en España, haya señores de derechas, que sigue habiéndolos hoy, y muchos: ahí siguen sin orden alguno en lo que a fachosidad se refiere el Partido Popular, Ciudadanos y VOX, sino porque, pese a que el CIS a menudo tiene tanta credibilidad como Sanchez Dragó, la victoria de la derecha era posible. Por suerte (agrega tú mismo un emoji de esas de gotilla de sudor por el cogote), los peores presagios no se han confirmado: el primero no ha sabido retener al centro ni a la derecha; el segundo es, con probabilidad, la futura oposición, aunque Rivera ya se trae esta idea al presente y, del tercero en discordia y sus votantes, ¿qué voy a decir? Es bueno que 2.671.173 se hayan quitado la máscara, pero ¡qué cantidad de odio!

Según El Mundo, Ciudadanos y VOX están devorando a los populares en un ejercicio inverso al de Saturno y sus hijos: los primeros le rascaron 1,6 millones; los otros, 1,4. Igual que nos ha ocurrido con Juego de Tronos, de lo que tanto le gusta hablar a Pablo Iglesias hasta en elecciones, después de la batalla —y con menos bajas de las que esperábamos, ¡toma medio spoiler que no te esperabas, que ya es jueves!—, ahora (la mayoría) respiramos algo más tranquilos, aunque confieso que dudé hasta las once de la noche, dudé mucho. Actualizaba la prensa digital cada pocos minutos, preguntándome: ¿Quizá no hay tantos señores ni tantas señoras de izquierdas? ¿Y qué coño hacemos si a las derechas les caen escaños suficientes para pactar? ¿¡Y Cataluña, es que nadie piensa en Cataluña?! Hoy, con menos ácido en el estómago, sigo pensando que no hay tanta gente de izquierdas, que el domingo 28 ganó el miedo (el miedo a volver al pasado, a caer vencidos frente a un futuro más incierto de lo que este ya suele ser; el miedo a la extrema derecha: algo bueno debía tener el guardar todos esos fantasmas en el fondo de un cajón). También ganó el discurso centrista de Pedro Sanchez, al que que ni un Podemos desmembrado desde el interior ni un Cancerbero de derechas pudieron hacer frente (lo del «trifachito» no me gusta, parece de viñeta de Mortadelo y Filemón y, aunque le quita hierro al asunto, que mola, hace otra cosa que no mola nada: subestimar al enemigo).

¡El GAYSPER NO! ¡Todo menos el Gaysper!

Hoy, es lunes escribía el 27 de junio de 2016 ante una mayoría de votantes que habían dado el control del país a un Mariano Rajoy que nunca pareció un tipo peligroso, si acaso bobo, lo que lo hacía todavía más peligroso. Fuese porque era demasiado tonto para plantar cara a los mercados financieros (que, de nuevo, alargan sus tentáculos ante el secretario general del PSOE), fuese porque le salía demasiado bien eso de hacerse el tonto. No escuches a tus electores, le dicen ahora a Sánchez; forja una alianza con Ciudadanos; a Unidas Podemos le das un par de bocatas de queso y un ministerio menor. Por suerte, este lunes no fue tan duro, ni se hace tan difícil soñar hoy como lo ha sido estos años: cuando toca ser positivo, toca ser positivo, ¿o no? No quita esto que la extrema derecha vuelva al Congreso con otro nombre (siempre ha estado allí), que PACMA siga fuera por una injusta Ley d’Hondt y que ERC siga siendo despreciada, con políticos presos con escaños en el Congreso (Junqueras, Sànchez, Turull y Rull) y en el Senado (Raül Romeva) y una situación enquistada que algunos piensan que podría arreglar el federalismo de estado y otros creen que ya no la arregla ni dios. En fin, parafraseándome a mi «yo» pasado diré que sigue siendo bueno recordar que nada es imposible, ni gobernando el Partido Popular ni gobernando el PSOE. Después de mucho tiempo, quizá podemos empezar a creer que nuestra democracia saldrá reforzada de estas, pero es que, para la mayoría, los que somos demócratas, no hay otra: quizá con VOX esto no pasaría: no habría necesidad de que la democracia se superase a sí misma, porque como dice el meme aquel de Kayode Ewumi (el señor negro que piensa mucho): si no hay democracia, no hay por qué preocuparse de que funcione, ¿o no? Por ahora, respiremos tranquilos: el fascismo crece en España, y en todos lados, pero no se impone. Hoy, es jueves, pero no es 1936.

A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno “triunfa” y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la “casi muerte” de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

Mastín y la chica del galgo

Hace meses, quizá un año, Melisa me escribió pidiéndome un favor: prologar una novela juvenil. Le dije que sí, de inmediato. Entonces, Mastín y la chica del galgo, como se titula la novela, todavía era una historia planteada por entregas en su blog, todavía tenía que pasar por correctores, pruebas de galera y todo lo que su autora haya estimado oportuno antes de lanzar el Verkami solidario que, en 5 días, ha conseguido casi el 75 % de su objetivo. Estoy convencido de que alcanzará los 8.000 euros que necesita en un plisplás, porque se lo merece, porque cualquiera que esté familiarizado con el trabajo editorial y el crowdfunding sabe que lanzar un libro es una labor titánica y tener éxito en una campaña de micromecenazgo tres cuartos de lo mismo. Ella se ha lanzado a la piscina por duplicado y no verá ni un duro de todo este trabajo, porque toda la pasta va destinada a la protección de perros y gatos sin hogar a través de la Fundación Amigos del Perro. Yo, por mi parte, os dejo aquí el prólogo que me pidió y, de paso, os invito a aportar lo que podáis al proyecto.

Ahí va mi prólogo de Mastín y la chica del galgo:

Fue un humorista americano quien nos dejó una de las mejores frases que se han dicho sobre los perros. Ese humorista era Corey Ford, un neoyorquino que atrapó gran parte de la verdad que viaja con cualquiera de estos animales en una idea muy simple: debidamente entrenado, el hombre puede ser el mejor amigo del perro, ¡y qué indiscutible es esto! Porque uno puede entrenar a un perro, enseñarle trucos, educarle, pero si hay algo que no hace ninguna falta trasmitir a nuestros peludos es a ser buenos, nobles y fieles: no hay por qué esmerarse en que sean nuestros mejores amigos, porque eso les viene de serie.

A esta novela que tienes entre tus manos le ocurre algo similar, porque a su autora también le acompaña una sensibilidad de esas que impresionan —como defensora de los animales, como madre, como activista— y que ha sabido trasladar a esta apasionante historia que, a su vez, es una lección avanzada de animalismo y humanidad.

Melisa emuló en su blog, En busca de una segunda oportunidad, una gesta que, de algún modo, la ha conectado con Dickens, Dostoievski y Hemingway; o con el Gurb de Eduardo Mendoza, el Alatriste de Pérez-Reverte o la Mirta Bertotti de Hernán Casciari, pues también Melisa se ha atrevido a recrear una novela por entregas, que, ahora, salta a la edición en papel. Y salta para hacerte pasar un buen rato, hacerte pensar y para darte la oportunidad de apoyar el trabajo de la Fundación Amigos del Perro. Pero lo sepa ella o no, estoy convencido de que su acción va a llegar mucho más lejos, y tengo mis razones.

​Con el fin de que empieces a leer con más ganas, si eso es posible, te diré que te vas a encontrar con una historia cien por cien animalista, y más importante todavía, cero por ciento mascotera. A lo largo de la narración, comprobarás lo que supone tener un perro, los esfuerzos y las alegrías, las pequeñas cosas: enseñarle a hacer pis cuando es un cachorro y buscar consuelo en vuestros paseos tras un mal día, que él o ella siempre percibirá y se acercará a colorearlo con su presencia y con un par de lametones. También acompañaremos a Martín, el protagonista, en su lucha por demostrar junto a Logan, el pitbull de la familia, que el problema nunca es la raza, sino cómo educamos al perro, y que nuestros colegas caninos envejecen como cualquiera, y que hace falta que todos nosotros nos impliquemos hasta comprender cada una de estas cosas como sociedad.

Vendí el Ford por cuatro duros

Vendí el Ford de mi padre por cuatro duros a una de esas empresas de compraventa de coches. Estaba hecho caldo. No me ofrecieron mucho, pero sí suficiente, y ahí quedó tras más de una década juntos, en un garaje de Cornellá, entre dos decenas de vehículos que, de algún modo, transmitían cierta tristeza del tiempo pasado.

Antes de ayer, me enviaron un correo electrónico para que valorase el servicio. No respondí, pero por la noche soñé alguna estupidez, algo como que el espíritu de mi padre muerto se había quedado allí encerrado: como si las cosas de otros se impregnasen de parte de su esencia. Tampoco es tan raro, ¿no? Se me vinieron a la cabeza unos cuantos ejemplos más: los libros con encuadernación de lujo que me llevé de casa de mis abuelos (y que no sé si ellos leyeron o, simplemente, mi abuela se pasó cincuenta años quitando el polvo a las cubiertas mientras las páginas amarilleaban como una piel que envejece); el piso de la tía de mi madre en la calle Guipúzcoa, con su comedor separado del salón fingiendo ser clase media-alta, sus paredes empapeladas y sus mil historias que ni mi abuela, ni mi madre, ni yo conocimos (y quizá de ahí lo de ponerlo rápido en alquiler, por el no sentirlo muy propio); el collar marrón de Golfo, el labrador blanco de mis suegros, que heredó mi perro Argos, y que hace mucho que debe sentir suyo, advirtiendo en el cuero o en la piel sintética un matiz familiar —pues los dos perros se conocieron cuando uno era anciano y el otro aún cachorro—. Usar las cosas de otros es muy similar a mantener expresiones rancias en el presente e incluso a atreverse a legar palabras a un tercero —en el caso de mi padre, nos regaló sapera para las chaquetas de entretiempo, y trabanqueta para las zancadillas, que he terminado por rastrear en una canción de Serrat, a caballo entre el castellano y el catalán—, también la duda de si creía en política o era un descreído a los sesenta, y, sobre todo, si desordenaba pronombres aposta —la típica lucha castiza de muchas casas entre el me se y el se me— o lo hacía para tocarme las pelotas.

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El Ford se lo compró poco antes de saber que el cáncer le había alcanzado—vaya carrera de fondo la suya con el tabaco— y lo empezó a coger mi hermano mayor. Pero a mi hermano le ocurre eso de las viejas que tienen que sacar rápido la ropa del muerto de los armarios, y así la berlina acabó rápido en un parking con más columnas de la cuenta (de los que debe diseñar un arquitecto primo hermano de un mecánico) hasta que yo empecé a salir con una chica con carnet de conducir. Pero bueno… No creo en espíritus ni en más allás, así que dudo que la esencia de mi viejo perviva ahora en un Ford desguazado o vendido por algún duro más de los que me lo compraron. Sí había hollín o tizne de diez mil cigarros sobre la felpa gris de la ventanilla del conductor: le sobró tiempo, porque fumaba como un carretero; una agarradera suelta de la que estiraba mi abuela como si aquello fuese la respuesta a todas sus plegarias; el plástico del cambio de marchas raspado desde que yo lo cogí, porque alguien (supongo que él, mi padre) arrancó un trozo de la palanca, y luego siguió y siguió hasta que llegó a mí. Eran este tipo de cosas lo que le daban mal rollo a mi hermano y le provocaban el síndrome de vieja de pueblo; yo las leía distintas: como recordatorios que me hacían sonreír a veces, y recordar; recordar cuando mi padre y yo bajábamos juntos hacia el puerto —él a trabajar, yo a la universidad; casi siempre discutiendo—, algún viaje en familia (quizá los últimos), y los cabreos por haber cambiado de coche y lo poco que giraba la dirección (no era cierto, era un coche de puta madre, pero debía sentir algo similar a lo que me pasa a mí ahora con el nuevo, que no tiene motor, ni reprise, ni un carajo de cosas que me voy inventando sobre la marcha). Uno no necesita de un coche para recordar a la familia, claro que no; antes o después, es suficiente con las imágenes que se evocan, las expresiones que se comparten, incluso las barrigas que se van pareciendo las unas a las otras.

No, no creo que el espíritu de mi padre esté preso en el Ford. Es más, no creo que haya espíritus de esos. Pero me gusta pensar que sí que estaba conmigo en los momentos importantes en los que él ya no estuvo: cuando me saqué el carnet de conducir (tarde, y no cuando él hubiera querido), cuando me mudé de casa una y otra vez, cuando murió mi perro Caos y dio la puñetera casualidad de que el coche estaba en la esquina de la calle (algo que no era habitual) o cuando caí por un barranco a cincuenta metros de altura, y ni yo ni mi mujer nos hicimos ni un rasguño. Sé que no estaba en espíritu, pero en esto prefiero pensar que sí, y también intuyo que no fue vender el coche lo que me puso triste, sino otra cosa, algo más personal de lo que hoy no me apetece escribir.

Las tribute bands y el rock’n’roll

Enciendes la radio: tribute bands. Una hora de rock sin publicidad. Y tribute bands. Un tío con acento de Olot anunciando la mejor banda tributo de Deep Purple (aunque pronuncia dip parpal, e incluso yo, que tengo inglés medio a la española, me descojono), otro con la de Héroes del Silencio, Queen hasta en la sopa, Dire Straits, Iron Maiden, los Beatles, los Rolling, la experiencia Abba; incluso los imitadores de Motorhead también tuvieron sus meses de auge cuando palmó Lemmy: ahora ya no tanto. Si te fías de la publicidad, parece que hay más bandas tributo que bandas auténticas. Y uno podría creer que esto es una moda, un fenómeno de un par de meses, pero ya hace unos cuantos años que dura el tema…

Puede que alguien esté leyendo esto y piense: “Mira este idiota, pues deja a la gente que rinda tributo a quien le salga del jíbiri.” Es cierto, que lo sigan haciendo: os aseguro que no voy a ser yo quien intente boicotear algo tan guay como un tributo. Pero estos homenajes huelen un poco… Os lo razono. Para empezar, un tributo se define como un gesto que va acompañado de un sentimiento de admiración, respeto o afecto, que no es contrario a sacarse unas perras, claro que no, pero si nueve de cada diez minutos de publicidad en la radio anuncian este tipo de bandas… No sé, llámame loco, pero creo que ahí prima lo que viene siendo el business, ¿no?

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“Somos Cianuro, en cariñoso homenaje a Poison.”

Sin embargo, lo anterior me parece rebien. En serio. Puede que, con el humor adecuado, igual que me vi la serie de Carvalho interpretada por Eusebio Poncela, me puedo tragar un homenaje a Enrique Bunbury y al resto de la banda. Ahí no hay maldad, todo lo contrario: mola, y mola hasta que las tribute bands nos ocultan a otras bandas nuevas por eso de anclarnos en el pasado. Si se reúnen los Platero y Fito Cabrales deja de hacer el fitipaldi, pues yo me compro la entrada y me voy a un concierto, pero, si no lo hacen, quizá antes que un tributo, puedo ver qué coño están haciendo las mil y una bandas que siguen yendo al Viña Rock, al Azkena, a Iruña o al Rock Fest (o a lo que coño le guste a cada cual de música, que conste). Tiene esto que comento un nivel 2, además, que son las bandas tributo que rinden tributo a bandas activas, que si ya no es por negocio o por el síndrome del lo quiero aquí y ahora, no sé ya qué puede ser.

Sí es cierto que, si cada día hay más tribute bands, es que hay público y hay pasta de por medio: eso es indiscutible. Así que olé sus huevos. Si todos están contentos, pues aquí me quedo yo escribiendo mis tonterías, y, como sigo escribiendo, se me ocurre una razón más por la que no entiendo a las bandas tributo, y es por ellas mismas. Vaya lío, ¿eh? Me queda la duda, qué le voy a hacer: ¿cómo le sabe eso de triunfar así a un músico? ¿Eso es lo máximo a lo que algunas personas aspiran? ¿A sobrevivir o, casi peor, a vivir del éxito de otros? Está de puta madre ser el mejor imitando a Mercury, a Morrison, a Angus Young; eso mola un huevo, de verdad, pero cuando se convierte en trabajo, no sé, me parece que tiene muy poco de rock and roll. Si alguien puede imitar la escritura de otro alguien famoso, seguro que sabe lo suficiente como para ganarse la vida haciéndolo: ¿valdrá la pena? En lo que a música se refiere, yo solo sé rasgar cuerdas de la guitarra, y hacer punteados, y cuatro acordes, pero ¿puede ser que eso sea lo máximo a lo que alguien aspira como músico? Espero que todos ellos, todas las tribute band, lo vean como un medio, y no como un fin. Y, dicho esto, qué coño sé yo: el rock también es hacer lo que le sale a uno de los cojones, o de donde le salga.


NdA: Ya hace varios años que escribía entradas por el Día de la Mujer, pero este año no. Yo me sumo siempre, e intento aportar todo lo que puedo en este día, y apoyo, si se me permite. Si a alguien le apetece recordar entradas anteriores —como la columna de opinión del 2018, ¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?o la de 2017, El cumpleaños de un feminista, aquí están—, pero creo que es mejor aprovechar estas últimas líneas para recomendar textos de mujeres como el de Lucía Lijtmaer en Público: Feliz Día de la Muj… ¿Me puedes pagar, por favor? Gracias. Eso va a valer más la pena que venir a leer a un rockero tontaina que se pone a rajar sobre tribute bands el 8-M, ¿no crees? Si al menos lo escribiese una tía, como decía Lucía Lijtmaer… Y ya no sabes de qué coño estoy hablando, ¿eh? ¡Pues lee su columna!