Siempre fui un romántico

Uno debería tratar de ser su mejor personaje. Quizá le dije alguna estupidez así. En esa época me servía de muchas de estas frases que pueden decir mucho en un libro, pero que casi siempre hacen que te veas como un idiota en la vida real. Y en la vida real siempre fui un romántico —lo sigo siendo, supongo—, en el peor de los sentidos. Ya sabes, en el de Tristán e Isolda, y Las penas del joven Werther; aunque yo no tenía sierpes gigantes a las que cargarme, ni un amigote en esa onda demodé —se llamase o no Guillermo— al que calentarle la oreja con la que me gustaba a cada rato.

Antes de todo lo que venía a explicar hoy, aprendí que un tío romántico es la mayor parte del tiempo también un capullo enamoradizo. Esto es que le cuesta poco obviar los defectos de aquellas chicas (o chicos) objetos de su enamoramiento, e incluso ver una parte positiva a los mismos, y hacerse una imagen que adorar en soledad. Ocurrió desde la guardería, cuando perseguía a una niña por semana, hoy de caras y hasta nombres olvidados; en el colegio, donde saqué un par o tres de veces el valor para hacerme un Cyrano bajo los bloques de periferia de Roquetas a Hospitalet, y hasta aterrizar en la universidad, que junto al primer beso, de niños, con la Anaïs, y el empujón correspondiente, y el hacerla llorar, y el Javier eres más malo que la tiña de la profe, es la única espina que tuve clavada un buen tiempo.

Ya lo he dicho por ahí arriba: siempre fui un romántico, pero al llegar a la universidad, cansado estaba de no follar. Y el romántico vive más del deseo que de la acción, eso lo sabe todo quisqui. Así que, decidido a dar un giro de ciento ochenta grados, me dejé arrastrar hasta las fiestas de los Erasmus, y allí conocí a la americana. La americana era una chavala resultona, pero no guapa; con familia catalana que había peregrinado a tierras yanquis, y, según decía ella, relación directa con los Gaudí. Era castaña, delgaducha y solía cubrir sus extraordinarios pechos y su cintura apenas curvilínea con vestidos de diario, algo que me volvía loco entonces, y sigue haciéndolo ahora.

Me fijé en ella por consejo de mi amigo Juan, y ahí debí empezar a sospechar.

—Che, Jevi —así me llamaba él; nosotros a Juan le llamábamos Pipo hasta que se largó a recorrer el mundo con su mujer—. ¿Conocés a la americana? —Venía tambaleándose, medio recostado sobre la pobre chica.

La americana tenía una mirada anodina y marrón, pero era la forma que tenía de mirar lo que le imprimía un matiz encantador. De haber visto mucho ya a los veintitantos, o de saber fingirlo. Esa noche lucía un vestido rojo con escote que le caía de puta madre. Cruzamos unas cuantas palabras sobre el piso, la fiesta, el Erasmus, y Pipo nos dejó a solas; antes de irse y perderse entre la gente, me dio un katxi de cerveza.

Un par de horas antes me había dicho:

—¿Te gusta la mina esa? Es linda, ¿eh? —Yo no tenía a Juan por una Celestina, así que todo aquello me sorprendió un poco. Luego, se convirtió en la norma.

—Es simpática, y está buena, pero…

—No te tenés que casar con ella, pendejo —me cortó—. Disfrutá la noche.

Aquella noche, sin embargo, solo me gané una resaca. Nervios que se tradujeron en demasiada cerveza. Según me explicó Juan, de madrugada, apareció la policía, porque algunos de los chavales se dedicaron a volcar todos los contáineres de la calle Numancia. Cuando llegaron los mossos yo me había quedado dormido en un sofá, y apenas me enteré de que nos estaba largando la policía.

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No tengo ni la más remota idea de dónde salieron esas gafas…

Los días siguientes fuimos —Pipo, yo y otro al que, por razones obvias, apodaremos como el Escarolo— de arriba para abajo con la americana: incluso nos invitó a su casa y conocimos a su padre, artista conceptual, cocainómano y nudista, algo que a él no le supuso ningún problema para estrecharnos la mano, repartir abrazos y salir a un pequeño balcón que daba al Portal del Ángel a despedirse a gritos tal y como llegó al mundo.

—Qué enrollado tu padre, quería darme una bolsa de perico —comentó Juan.

—Sí, él es muy así. Es por nuestra parte francesa, ya sabes: Il est interdit d’interdire.

—Aquí somos más de prohibir y reprimir —comenté yo.

Como respuesta, solo obtuve un suspiro de autosuficiencia. El Escarolo seguía alucinado. Se frotó los rizos indomables y se cerró la trenca. Debía haber cogido frío solo de ver al padre de la otra en el balcón.

Quizá fue todo aquello lo que me empujó a acelerar mis planes, si es que eran míos. Eso, y Juan repitiéndome una y otra vez cuándo iba a hacer algo. Eso, y que el hálito de romanticismo empezaba a evaporarse. Quedamos los cuatro en el Nevermind, que entonces aún era el Valhalla, y el Escarolo se rajó poco antes de la hora. Yo me arreglé todo lo que supe, y tiré para allá desde casa de mis padres, a los pies de Collserola.

—Vas más perdido que turco en la neblina, pibe. Mirá cómo te vestiste, lo mismo de a diario.

—Es ropa limpia, joder.

—Vos querés la chancha y los veinte, Jevi.

—¿Eh?

—Va, tirá, tirá.

Y Pipo desapareció con una copa fuera; luego nos enteramos de que se encaró con el de seguridad porque no podían sacarse bebidas y tuvo que salir corriendo al tirarle el whisky cola a los pies. El Escarolo, que se había decidido a venir, se lo encontró escapando de un bigardo de dos metros, y se perdieron por el Gótico, dejándome, sin saberlo, a solas con la americana.

Hablamos un rato sentados en los taburetes de la barra. Ella se acercó un par de veces hacia mí para hablarme al oído, y me acarició la barba con una de las manos; yo le acaricié el brazo, y ella ignoró el gesto.

Se ve que seguía hablando, y yo ni me había enterado:

—Allí hay más variedad, en estudios y en todo, you know? —Tenía esa puta manía de intercalar palabras en inglés.— No lo digo por enfocarse al mercado laboral, sino a que, aquí, es difícil ver más allá de lo mainstream.

Main… ¿qué?

Después intenté dirigir yo la conversación, pero no había forma. No había modo de competir con Gaudí, su familia francocatalana/angloestadounidense y los viajes en business. Aun así, recuerdo que traté de hablarle del voluntariado en la protectora, lo chungo que era el barrio cuando todavía había jaco en cada esquina —eso fue uno de los temas que se me vino a la cabeza con sus sorpréndeme—, y lo mucho que odiaba con toda mi alma la lógica de segundo orden en la otra facultad.

Pedimos otras dos cervezas, y se me ocurrió probar. Debí silenciar mi yo romántico y mi yo feminista, o estos aún se hallaban contaminados de hormonas (y jamás es excusa), y la cagué del modo siguiente: ella se levantó, yo me levanté; ella sacó un cigarro y me lo mostró, yo la rodeé con mis brazos, y le toqué el culo. La americana se me quedó mirando, visiblemente turbada; aparté la mano, que jamás llegó a magrear nada, y mucho menos alcancé un beso. La chica que tenía delante me dijo que le habría costado menos de procesar un morreo que una tentativa así, pero que, en cualquier caso, no estaba interesada.

—¿Solo amigos? —pregunté.

Sorta —dijo ella, apartándome también con el idioma.

—Eh… Sorry, pues —Sonó tan idiota como se lee—. Juan me dijo que te gustaba, pero la verdad es que tenía que haberme fiado más de lo que veía yo; bueno, o de lo que no veía.

—Que el otro día follásemos Juan y yo no quiere decir que me vaya a enrollar con media facultad, ¿sabes?

—No, no.

—Pues eso.

La americana se largó y yo me quedé con dos cervezas en la barra. Le pedí algo fuerte al Metralleta, que había aparecido al otro lado; me puso un chupito marrón, pero no me dijo de qué.

—Vaya tela, Javierillo. Del Cyrano tienes la nariz y lo que no es la nariz, compadre.

Y yo me acabé las cervezas, el chupito, y, entonces sí, dejé caer la cabeza contra la barra pegajosa de mil bebidas, y ni eso me importó. Sonaban los Platero, y Fito Cabrales cantaba: Somos los Platero pa’lo bueno y pa’lo malo, esto es rock and roll ¡y no somos americanos!

***

Semanas más tarde, la americana se largó a Houston. Lo recuerdo bien porque todos, y sobre todo ella, nos ahorramos un problema. Pero aprendí unas cuantas cosas de ese embrollo, y, tres o cuatro semestres más tarde, cuando volvió a Barcelona, me la encontré y nos reímos de aquello. Entonces le diría que me comporté como un cerdo, y le pediría perdón; y ella, solo me aclaró que no había nada que perdonar, que le había parecido un chaval absurdo e inofensivo, pero que me podía sacar la espina, que, para ella al menos, no era ningún cabrón machista. Y me diría algunas cosas más, que no van a formar parte de esta historia, pero que yo rechazaría, a sabiendas de que prefería aceptar mi estatus de idiota romántico que hacer ver que era alguien que no soy.

Pero ¿os voy a mentir a estas alturas? Me pudo la curiosidad, y cómo el cabrón del argentino se había metido en la cama de media promoción (y del resto no porque eran tíos o le conocían la fama, y ahí se salvaban).

—Pibe, ¿qué querés que te cuente? Le tiré los galgos. Vos tenés que ponerle garra a la cosa…

Pero yo siempre fui un romántico.


NdA: Recordad que esto es un relato, y no seáis nunca tan capullos/as como el protagonista.

Hay cosas peores

En Quatre Camins, las noches de invierno, invierno se acompañan de mala hostia: es por las mantas, sobre todo, o, mejor dicho, por la falta de mantas. A las nueve, nadie se quiere pirar a las habitaciones, que son celdas, pero no lo decimos: ni que son celdas, ni que no queremos tirar para allí a pelarnos de frío; bastante mierda es el trullo para repetirlo todos los días, y putas las ganas de acabar con el culo en aislamiento. Aun así, hay cosas peores que quejarse por las mantas, como lo que se comenta que hacen el Max y el Raúl en el patio del pozo, donde las actividades, que nadie sabe si van a susurrarse cositas a la oreja o algo más, pero se ha enterado el Gitano, y el Gitano no quiere ni oír hablar de eso en el módulo.

—¿Te ha venido a ver la chorba?

Esta vez, el Raúl pregunta con el culo apoyado contra el pozo; pregunta, severo, con sus expresiones de niño de los ochenta. Hay noche de luna llena y Max se fija en los millones de puntitos de la cabeza que se le ilumina delante: una chola rapada al cero. El otro se impacienta y levanta la barbilla, como diciendo: qué pasa. La tocha de halcón le recrudece el gesto.

—Sí, fresco. Para tres meses paso de quitar los vis a vis, pero ya le dije que, cuando salga, hablamos. No quiero líos con el resto.

Y le hace el saludo que simula la corona de la mara, para contextualizar.

—¿No quieres líos? Ya que viene desde Barcelona te la podrías follar.

A este le pasa algo.

quatre camins - persianes lliures
La fotografía corresponde a un taller de arte urbano para internos en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Max se acerca al pozo. Max: con su gorra amarilla y negra, su camiseta del Barça, su mejor sonrisa, que hace brillar frente al Raúl. Ya está ahí, con sus ojillos dulces del color de las castañas, con su no-afeitado casi pubescente, con su mano y el no me olvides de oro que acerca hasta la mejilla del Rapado.

—¿Qué le pasa? No sea malito…

El Raúl le interrumpe con una de sus manos contra los pectorales que ha moldeado el talego; lo hace con la palma, con suavidad, y eso no lo sorprende, así que el puño contra el mentón el Max no lo ve venir; es un golpe seco, explosivo: animal. Se desploma contra la hierba del patio. ¿A este man qué coño le pasa? Por el suelo, hay chustas de porros que no deberían estar ahí y cuchillas por las que mejor no preguntar, así que Max opta por otra pregunta, y el Raúl responde:

—¡¿Qué me pasa?! ¡Tú me pasas, marica!

—¿Marica?

—Y el Gitano no quiere maricones en el módulo —interrumpe una voz grave desde la puerta que da al jardín.

El pavo es un funcionario del turno de noche, y Max sabe que esto no ha hecho más que empezar. Por eso, mira hacia donde estaba el Raúl buscando ojos cómplices, pero el Raúl ya se ha ido hasta la puerta, y ahora le da la espalda.

Ahogado de faena

Llevo un par de meses bastante ahogado de faena, y, como no es mi estilo pasarme por aquí y escribir cualquier cosa por eso de actualizar, pues paso menos, aunque me cueste. No es que coja el blog con menos ganas que antes, en realidad, todo lo contrario; se me hace complicadísimo no dedicarle el mismo tiempo, pero se han ido sumando una serie de proyectos que lo han dificultado un poco, y, por qué no decirlo, en algunos momentos, también me han hecho algo más feliz.

Para empezar, a finales de abril, la periodista Melisa Tuya —que escribe En busca de una segunda oportunidad Madre reciente me pegó un toque para prologar su salto a la novela juvenil: Mastín y la chica del galgo, que saldrá este año a la venta y cuyos beneficios irán destinados a ayudar a la Fundación Amigos del Perro (Oviedo).

Por esas fechas (mediados de abril, según recuerdo), también me escribieron de Diversa Ediciones —que no llevan un buen año tras la muerte de su perro Coco— para que participe en una antología de relatos animalistas para la que tengo en la recámara un relato breve muy, muy especial.

Nevermind

A la novela ya le estoy limando las aristas, pero seguirá llevándose bastante del tiempo de las primeras semanas del verano. Eso sí, todo aquel que se ha podido leer el primer borrador, me ha enviado, entre sus consejos, muy buenas energías e impresiones, por lo que estoy cien por cien convencido de que ahora sí.

¿Y más cosas? Pues sí, más cosas. Por un lado, tengo dos artículos para El caballo de Nietzsche a los que he dedicado bastantes horas de trabajo; sus títulos, aún provisionales (o no) son: La influencia de los medios en la normalización del maltrato animal, que será el primero en salir publicado (y su título define bastante bien de qué trata, ¿verdad?), y Defendamos la alegría como una trinchera, en el que hablo de positivizar el movimiento animalista y de algunas estrategias que (creo que) pueden hacer esto posible.

En esta línea, hoy es recomiendo la carta abierta de Ruth Toledano al ministro Màxim Huerta, y la lección de escritura que daba el sábado Juan José Millas en El País, de título: El hijo del joyero.

Y si de veras me echáis de menos (¿en serio?), junio es el último mes de “poco blogging”. 

¿Qué va a saber Mario?

Baudelaire no es más de un francés que mío. De veras. Quizá por esto tengo tantísima facilidad por cagarme en los nacionalismos (incluso hoy), y me atrevo a cribar a la gente que conozco a través de esas emociones que exhiben o esconden, porque casi nunca hay medias tintas. Me agrada saber si se consideran patriotas, o sienten la tierra, que es algo que yo nunca he entendido: si lees la Historia, el estado ha sido siempre el gran Leviatán que enviaba a sus hijos a morir a las guerras, y, hoy, de tintes más moderados, solo los esclaviza en trabajos precarios y les roba el futuro. Ha mejorado la cosa, pero no mucho.

La patria es mierda, y, a menudo, muerte. Imaginar que la patria es el arte, las letras, es tan idiota como creer, a pies juntillas, que de verdad importa quién llegó antes a la luna, si los rusos o los americanos. Ni el arte ni la ciencia corresponden a un país, sino a la humanidad, y, como mucho, a las personas que llevaron a cabo tal gesta. Al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, al Baudelaire de Las flores del mal o al Cervantes de El Quijote. Y ni ellos no son tan dueños de su obra como historia de otros, porque ni Vargas Llosa ni Baudelaire ni Cervantes supieron en su puñetera vida que eran Vargas Llosa, Baudelaire y Cervantes. Y el primero, que aún vive, ¡ni tan siquiera lo sabe hoy! ¿Qué va a saber Mario? Estará ocupado con la súcubo aquella, pero ni reputa idea tiene de hasta dónde ha llegado la proyección de su ser en otros. Puede imaginarlo, claro, y regodearse en ello: aunque haciendo esto me imagino más a Javier Marías, por ejemplo, encerrado en un cuartucho lleno de librerías repletas de libros ya abandonados, fumando, siempre solo, frente a su máquina de escribir demodé.

Vargas Llosa - Isabel Presley
Una fotografía de Vargas Llosa junto a Isabel Preysler (2015).

Y esto pasa en cualquier arte. En el cine, por ejemplo, y a Federico Luppi, que se nos fue. A Luppi le dieron una perita en dulce con aquella película de Adolfo Aristarain coprotagonizada por Juan Diego Botto. El personaje de Luppi era un cineasta, expulsado de la Argentina, apátrida, burgués, burgués de esos que se flagelan hablando de aquella revolución de la que se tiraron en marcha… pues, ni con todo esto, llegó tan lejos como hubiera merecido, ya que no era una película gringa: era una coproducción española, y Federico, que no se sabía Luppi, tampoco era —yo qué sé— Anthony Hopkins o algún otro viejales (¿Connery?), y luego se murió, y antes de esto, pegaba a las mujeres que tenían la mala pata de tropezarse contra él, el muy hijoputa, y ahora, quizá con razón, la vida condena al arte. Pero a lo que iba, lo que decía Luppi —bueno, el personaje—; decía: se estima a la gente, y no al país, ni tan siquiera al barrio; la patria es un invento, cojones; cojones que aquí agrego yo.

Luego se acabaron las historias de fachas, porque gobiernan en Argentina, y también aquí, pero yo hace mucho que supe de esto, y vivo tranquilo en cualquier lugar, puesto que de adolescente leí a un ruso de esos del siglo diecinueve, cuando por allí todo despertaba, y empezaban las peleas, y él se gritaba, y se despreciaba con los Marx y con los Engels, y decía: Mi patria es el mundo; mi familia la humanidad.

Pues ya está, coño.

Hamparte y maltrato animal en el Guggenheim

Estos días ha habido muchísimo revuelo debido a una instalación con animales vivos que se ha inaugurado en el Museo Guggenheim de Bilbao. La mayoría seguro que os habréis enterado a través de la prensa (por ejemplo, El Guggenheim de Bilbao exhibe los animales vivos que se censuraron en Nueva York o El Guggenheim de Bilbao se atreve con lo que no mostró el de Nueva York) o por una petición en Change que, ahora mismo, supera las 110.000 firmas.

Uno de los terrarios de la exposición ‘El teatro del mundo’ (Huang Yong Ping, 1993) con animales e insectos vivos dentro.

La opinión mayoritaria es que la exposición resulta anacrónica y que se puede definir como maltrato animal, pero casi todos los medios de comunicación solo se han hecho eco de las protestas en Nueva York y, ahora, aquí. Y eso no está mal, claro que no; en realidad, me vais a decir, con toda la razón del mundo, que eso es lo que tiene que hacer la prensa, informar, pero resulta curiosa la falta de artículos de opinión que se posicionen frente a lo que está sucediendo en la exposición que acoge el País Vasco. También los hay, aunque yo no he encontrado muchos que firmen con algo más que con iniciales; destaco dos: el primero (La verdad sobre la exposición del Guggenheim con “animales vivos obligados a devorarse), de Elena Rue Morgue en Playground; el segundo (No creo que la instalación del Guggenheim que alberga insectos y reptiles vivos sea maltrato animal), de Melisa Tuya, en los blogs de 20 Minutos. Ambos artículos muy valientes, y, a mi parecer, equivocados en la mayoría de sus puntos. También los he encontrado más afines a mi posicionamiento, como el de la periodista Carmen Morán Breña, en El País, titulado Una visita al museo para ver animales vivos. Y aquí va el mío y el por qué, con mis claves por las que estoy convencido de que el Guggenheim de Bilbao está promocionando el maltrato animal y debería cancelar la propuesta de Huang Yong Ping, que, pese a contar con una carrera repleta de arte y de éxitos, en El teatro del mundo y en cualquier otra obra que él, o cualquiera, utilice animales no estará haciendo arte, sino hamparte —un concepto acuñado por el polifacético artista Antonio García Villarán—, es decir, arte vacío de significado.

Arte y China después de 1989: el teatro del mundo

Primero, un resumen rápido: la exposición, que se inauguró el viernes 11 de mayo, cuenta con dos terrarios con formas de tortuga y de serpiente donde insectos y reptiles conviven. Para el artista, Huang Yong Ping, se debe entender como una metáfora de la globalización. Además, se acompaña de una grabación de dos cerdos follando en una obra audiovisual de Xu Bing titulada A Case Study of Transference (1994) y otra pieza o vídeo, que, pese a que he leído más de una decena de artículos no he conseguido ubicar, y tampoco sé si se está proyectando, donde cuatro pitbulls son obligados a perseguirse atados a unas cintas de correr.

Dicho esto, voy a intentar expresar lo mejor posible las cuatro razones por las que considero que el Guggenheim de Bilbao debería anular esta exposición, pedir disculpas y no seguir promocionando el maltrato animal.

La normalización es maltrato animal

La proyección de una grabación con cerdos pintarrajeados y copulando rodeados de gente o de unos perros obligados a correr en una cinta, cara a cara, sin poder alcanzar nunca a otro de sus congéneres —lo que, para ellos, es muy frustrante y estresante— es de un mal gusto horrible. Pero es una grabación, ¿verdad? ¿Y qué? Es una grabación de un suceso que promueve el maltrato animal; facilita que esas acciones se normalicen y legitima el hecho de que pueda volver a ocurrir.

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Captura de la grabación de A Case Study of Transference (Xu Bing, 1994) utilizada para la denuncia en Change.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer arte con vídeos de torturas a seres humanos y considerar que exponer esa pieza bajo un discurso artístico legitima el hecho. Y, en este caso, no nos importaría en absoluto que se hubiese grabado hace veinticinco años o ayer.

El arte no lo permite todo

En relación con el primer punto, estamos afirmando como sociedad que el arte lo permite todo, ¡y no es así! Es cierto que no es lo mismo el hecho de que Nabokov escribiese Lolita como una historia de violación de una menor a violar a una niña pubescente, igual que tampoco es lo mismo filmar una película gore que cometer asesinatos rituales en serie. De acuerdo: el arte imita a la vida casi tanto como la vida al arte, pero ¿qué excusa es esa para considerar que maltratar está permitido porque va a ser arte? Dejemos los terrarios para el tercer punto y vámonos a los perros y a los cerdos: con estos, se llevaron a cabo unas acciones poco éticas amparados en el hecho de que iban a ser arte, pero ni expondríamos ni plantearíamos discursos artísticos sobre sucesos que dañan a otras personas: de nuevo, el antropocentrismo se nos sale por las orejas.

Su bienestar o sufrimiento (no) nos la rebufa

Y con los terrarios, que es lo que se encuentra físicamente ahora en el Guggenheim, ocurre tres cuartos de lo mismo, con el agravante de creer que tenemos la potestad de hacerlo: si estamos debatiendo sobre las condiciones deficientes de mantener animales en cautividad para un zoológico, ¿cómo podemos creer que sí lo podemos legitimar como piezas de un museo? ¿Cómo tenemos los santos cojones (u ovarios) de creer que comprendemos el automundo o mundo subjetivo (Unwelt) de todos los animales de la creación? ¿De verdad alguien se cree que la vida de un reptil (e incluso la de un insecto, que está mucho más lejos nuestro a todos los niveles) no se va a ver afectada si los sacamos de su hábitat —o no les permitimos residir en él— y les metemos en un terrario en formato de tortuga o de serpiente? ¡Pues claro que se ve afectada! Otra cosa es que nos parezcan animales de segunda, cuyo bienestar o sufrimiento nos la rebufa. Pero ya hace mucho que la biología y la etología descubrieron que respirar, comer y moverse no significa bienestar.

El hamparte no puede ser arte

La última clave que esbozo se resume en: no es arte, es hamparte, como adelantaba por ahí arriba. Y soy muy consciente de que la recepción de una obra difiere mucho de un público europeo a otro asiático, pero si las obras no han conseguido transmitir su significado porque la mirada del espectador se queda en el medio a través del que este se trasmite, ¡no puede ser arte! Porque el arte (actividad en la que el hombre recrea, con una finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento en formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido) tiene unas cualidades sensibles y un significado.

Todo lo anterior me hace seguir creyendo que, en Bilbao, hay maltrato animal e incitación a más maltrato animal, y deseo que la presión popular no les obligue a clausurar la exposición, sino a valorar si están equivocados, y si llegan a tal conclusión, entonces sí, que la clausuren. Pero también quiero señalar que, ni tan siquiera, en la defensa de los animales vale todo. No vale tergiversar y mentir, y hacer uso de las fake news en el movimiento, y hablar de cerdos que no están ahí, ni de canibalismo entre congéneres; un planteamiento del artículo de Playground con el que sí estoy de acuerdo, donde, por otra parte, su autora pone demasiadas veces el foco donde no está el verdadero problema: los animales no son objetos y merecen ser respetados, y los cientos de miles de firmas demuestran que continuar con la exposición no solo hace un flaco favor a todos los que luchamos por un mundo libre de crueldad animal, sino al propio Museo Guggenheim de Bilbao.


NdA: podéis firmar la petición al Museo Guggenheim de Bilbao en este enlace de página de Change.