Narcos y el juicio de los ganadores

Hace unos días, apareció ante mí un tipo; de nombre Juan Sebastián y, de apellidos, Marroquin y Santos. Surgió una tarde cualquiera en mi jardín, allí donde las tablas de madera todavía esperan una segunda mano de barniz, y lo hizo gracias al poder que tiene Internet para conectar a personas con personas de un modo cada vez más natural.

Si me preguntan qué ocurrió, no habría respuesta. Lo hizo. Lo hizo gracias a Netflix, supongo. Gracias a esa empresa estadounidense que se ha lanzado a través de una espiral creativa de material audiovisual y nos ha ofrecido joyas como House of Cards, Stranger Things, Bojack Horseman, y sí, Narcos; bueno, por ahora, Pablo Escobar.

Le dije:

—Tú me suenas, Juan. ¿Eres argentino?

—No —contestó con un marcado acento que le delataba—, yo soy colombiano en el exilio, como lo fue mi padre, Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín.

Arrugué una ceja. Pensé: ¿debe ser seguro decir algo así?

—No se preocupe —aclaró, conciliador—, hace años que decidimos abandonar el anonimato, con la presentación del documental Pecados de mi padre, ¿lo sabe usted?

—Supongo que había oído algo—respondí.

Le ofrecí una cerveza. Él aceptó. Entonces, comencé a explicarle que había leído aquel texto explicativo sobre las actividades y acciones de su padre, pero que tampoco entendía qué le molestaba de una ficción que omitía, intencionadamente, unas partes y ficcionalizaba otras.

—Con Pablo Escobar, nada es casual —respondió, repitiendo una y una las palabras que ya había escrito varias veces en redes. —La gente no siempre comprende que no se trata de lo que se dice y no se dice de Escobar, sino de lo que se esconde tras su figura, y los gringos saben mucho de eso.

Pablo Escobar y su hijo frente a la Casa Blanca
Pablo Escobar y Juan Pablo Escobar (hijo) delante de la Casa Blanca, en Washington D.C.

Se refería a cómo la ficción moldea el imaginario popular, a cómo la DEA nunca fue tan incorruptible, a cómo a menudo los grises ocupan la pantalla mientras se emite Homeland, o The Wire, Los Soprano, o Narcos. No importa que sea Virginia, o Baltimore, o Nueva Jersey, o Medellín. Su padre era un cabronazo. Pero también hubo yanquis y colombianos igual de cabronazos.

De acuerdo. Quizá no tanto: narcoterrorismo, Avianca, Centro 93… Podría decirse que la droga destruyó Colombia durante más de una década, no solo Escobar. Pero Escobar ayudó; mucho.

Marroquin interrumpió mis divagaciones:

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En mi casa. A pocos kilómetros de Barcelona.

Me miró, desconcertado.

—Usted ha visto Narcos. Si lo prefiere podemos estar en un parque cualquiera de Medellín, comiendo una fresita, como su padre y su tío Gustavo. Déjeme mirar Google Maps, eso sí, porque nunca fui a Colombia.

—No hay necesidad.

—Claro, eso tampoco ocurrió nunca.

Asintió, visiblemente molesto.

Imité el gesto, conciliador.

Nunca fui un gran fan del realismo mágico, ni de Gabriel García Márquez, pero tenían sus momentos. Así que seguimos en mi jardín, a miles y miles de kilómetros de Latinoamérica, sentados en un par de sillas de multinacional sueca. Después tendría que bajar madera antes de que la humedad empezase a calar; se lo comenté a Juan y recordamos juntos esa escena en la que Escobar quemaba fajos, y fajos, de billetes manchados de sangre. Más tarde quizá se arrepintiese, pero solo vivimos un presente.

Narcos (primera-temporada=
Escena de la primera temporada de Narcos con los actores Wagner Moura, Juan Pablo Raba y Luis Gnecco.

Sebastián Marroquin tenía una constitución similar a la de su padre; tenía un cierto sobrepeso incluso; pero observaba su alrededor con los ojos repletos de intensidad, con la seguridad que ofrece el haber visto lo mejor y lo peor de un país, y con paz; todo ello le confería un aura de fortaleza difícil de transmitir en palabras.

Di un sorbo a la cerveza.

—¿De verdad importa? Si se desea una lectura más concreta, ahí está el verdadero documental, el que se estrenó en 2009, o su libro, el cual en cierto modo se ha beneficiado mucho de la ficción, ¿no cree? Además, cuando su padre muere, o se suicida, usted tiene dieciséis años. ¿Tanto puedes recordar de todo aquello?

Pero dieciséis años son dieciséis años: Juan Pablo ya no era un niño; a esa edad, y mucho antes, cientos de jóvenes colombianos ya habían empuñado, encañonado y asesinado a paisas y no paisas por todo el país.

—Sí, no solo tenía edad de recordar, sino que tuvimos que enfrentarnos a todo tipo de situaciones muy duras. Eso no se olvida. No se puede. No son las balaceras: solo fuimos testigos de una, sino todo lo que se mueve a su alrededor.

La muerte de Pablo Escobar
La muerte de Pablo Escobar, de Fernando Botero (Medellín, 1932).

Me incorporé. Los perros también se desperezaron dispuestos a levantarse, y yo me estiré el pantalón tejano hacia arriba; quedé pensativo un instante. Quizá sí es cierto que somos mucho más influenciables de lo que creemos…

—De cualquier modo, toda la información que se aporte es útil. En esta época, tampoco se hacen lecturas simples sobre héroes y villanos; ya no existen; si ve series de televisión, sabrá que eso es gracias a un mafioso italiano y a un profesor que fabrica metamfetamina. Con el cartel de Medellín, Netflix lo volvió a hacer.

—Eso me pareció un acierto. La captura de pantalla de los buenos hablando sobre los malos y la idea que subyace de esa escena tiene mucha fuerza.

—Y no deja de ser una declaración de intenciones.

—Pero las intenciones deben tener un fin —contestó Juan—, no puedes quedarte con una sarta de mentiras que no deseaban mentir tanto. Al fin y al cabo, es justo lo que hicieron.

Frente a mi tenía a un hombre que amenazó a todo un país tras la muerte de su padre. Pero, inmediatamente, tomó el buen camino. Conoció lo mejor y lo peor de algunos de los peores criminales de Colombia y del mundo entero desde una posición de privilegio y de castigo. Se comprometió con una idea, y, hoy, sigue luchando por ella.

Nadie debería cargar con los pecados de un padre. Pero él lo hizo. Se convirtió en la imagen pública del Patrón cuando Colombia festejaba la muerte del narcoterrorista que anhelaba haber sido un verdadero hombre de estado.  Un Robin Hood que se había perdido entre demasiados rastros de sangre y de muerte. Un hombre, un hombre más, uno con tanto poder que pudo destruir una nación entera.

—Creo que le entiendo. Las veintiocho respuestas solo son una nota más en la historia, una invitación a mirar la otra cara que tiene cualquier moneda. También hay un libro y un documental, pero hay que asumir que, en comparación, estos recorrerán la historia de puntillas.

—Lo que yo quiero es la paz y la verdad. Narcos solo trae una que podemos dar cien por cien por cierta: ser narco trae la extradición, la cárcel o la muerte; todo lo demás, es una interpretación que se autoproclama como veraz, y no lo es.

—Entiendo que el aviso inicial no es suficiente para usted, pero lo es para la ley, y, al final, su padre perdió, y ya sabe qué dicen de los ganadores.

—Tengo mucho que decir sobre eso —replicó—, y también sobre ese fingido acento que no debe usted saber ni cómo suena, más allá del paisita, la fresita y el verraquito que ha escuchado por ahí.

En esto, tenía razón. Tengo amigos argentinos, venezolanos y mexicanos, pero no colombianos, que yo sepa.

Pablo Escobar (ficha policial)
Ficha policial de Pablo Escobar.

—Me imagino. Desafortunadamente, este es mi texto —le dije, y lo fundí en negro.

Quedé solo en casa. Los perros también habían marchado, ajenos a la escena cotidiana que había absorbido y expulsado a Juan Pablo Escobar. No lo imaginé tan elegante como la partida mágica de Gustavo Gaviria, pero tampoco le di importancia: solo era un subconsciente de charla consigo mismo.

En este escenario onírico de blancos y negros, preferí seguir surcando el gris hasta que el resto de colores se decidiesen a volver, recordando cuánto me había sorprendido que Juan no hubiese reparado en quién había escrito la historia, y qué nos decía eso.

Imaginé lo que decía ese niño interior que vivía en un colombiano de cuarentena años. Solo se le oía decir: solo quedaba el recuerdo, y hasta eso me arrebataron. Pese a todo lo ocurrido, respeté eso. Yo también echo de menos a mi papá.


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Vivir en la utopía

Este artículo puede contener opiniones que no compartes, pero está escrito desde el respeto y el deseo de empatía hacia todo el mundo: gente que come carne y pescado, gente que no lo hace, personas que trabajan en santuarios y refugios de animales, y otras que no se preocupan en absoluto por ellos. De igual modo, también se generaliza en algunos puntos, con el único fin de no alargar hasta el infinito los ejemplos, por lo que se requiere un poco de buena fe y retroalimentación en la lectura. Si no estás dispuesto(a) a hacer el esfuerzo, quizá no debas leerlo.

Por cierto, las imágenes no intentan restar seriedad al artículo, sino amenizar la lectura de este tocho de texto que trae a colación un gran número de temas de actualidad animalista.

La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.

Anatole France, escritor francés (1844-1924)

La literatura tiene un gran peso en mi vida. Desde que puedo recordar, me gusta escribir e inventar historias. De pequeño, escribía en una gran libreta con la portada en rojo; enfrente, mis clicks de Playmobil como protagonistas y, en definitiva, todo el mundo veía que era el rarito de los hermanos.

No demasiado tampoco, lo suficiente para preferir una recreación cutre de La isla del tesoro a entrechocar a los Madelman que conocimos mi hermano mayor y yo, y a los actualizados Action Man del pequeño (que también lo haría, supongo). Había niños que tenían sus juguetes favoritos, a mí me gustaba inventar historias: qué sentían, qué querían, qué les ocurría mientras intentaban conseguir a esa chica, ganar ese partido de fútbol del mundial (bueno, Oliver y Benji estaba ahí, y también el dream team del Barça) o salvar el mundo entre cuatro tortugas ninja, pero, como todo buen escritor, sabía que su destino estaba en mis manos.

Tres libros hasta la utopía

Durante mi adolescencia, J.D. Salinger dio palabras a muchas de las cosas que yo sentía con aquella voz universal y estúpidamente inmadura de Holden Caufield a la que le tengo tanto cariño; hace unos días unas semanas, leía un artículo sobre por qué El guardián entre el centeno es el perfecto libro de juventud, y después deberías regalarlo. Quizá es tan imprudente como creer que siempre seremos como en este mismo instante; pero he oído consejos peores, desde luego.

J.D. Salinger en <i>Bojack Horseman</i>
J.D. Salinger en Bojack Horseman. Y recuerda: Hollywood Stars and Celebrities: What Do They Know? Do They Know Things? Let’s Find Out! ¡Otro éxito del señor Peanutbutter!

Años después, a mis veintipocos, el único libro de autoayuda que he leído en mi vida me ayudó a dejar de fumar. Era un manual adaptado de las charlas que Allen Carr había ofrecido durante décadas sobre su método Easyway. Lo más gracioso es que no fue un regalo para mí, sino que topé con él por casa de mis padres entre un cúmulo de buenos propósitos de alguien más: quizá mi madre, que aún es fumadora hoy, o alguno de mis hermanos. Mi padre, quien murió de cáncer de pulmón y metástasis cerebral en septiembre de 2010, nunca lo terminó de leer. Se decepcionó un poco al saber que, de todos modos, el escritor británico había muerto de cáncer (Benalmádena, 2006): sobre esto, no entendió que no era el qué, sino el cómo.

Y, por último, hace solo un par de años, encontré Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas en un escaparate de la calle Torrent de l’Olla; lo ojeé. Era un ensayo de los pocos sobre animalismo que se han traducido al español. Dio en el clavo. No me volví exactamente vegano; no me volví exactamente vegetariano (o quizá sí), pero supuso un cambio enorme en mi vida.

Perro en un matadero
Un perro destinado a consumo humano en un matadero chino. La foto pertenece a un artículo de Teresa Guerrero en El Mundo dedicado al libro de Melanie Joy.

Hoy, gracias a todos estos puntos de inflexión recogidos en tres o cuatro párrafos, también escribo a diario, publico, e incluso sueño con ganar cuatro duros y poder convertir una pasión en un modo de vida. Por ello, no me atrevería a poner límites a la utopía como motor de cambio: pensar que algo es posible, por muy imposible que nos parezca, es aquello que lo convierte en una verdadera opción.

Homer Simpson y la utopía

Y aquí viene el cuarto pero de este artículo (y el más importante); ese giro de los acontecimientos que todo buen episodio de Los Simpson tenía hacia el cuarto o quinto minuto de visionado y que convertía la demolición del casino Monty Burns en un buen argumento para que Homer usara su chimenea para freír pollo y terminase, junto a Ned Flanders, casándose con unas “pilinguis” en Las Vegas.

Homer y Flanders en Las Vegas
¡QUE SÍ, TÍO, QUE QUIERO CASARME! ¡CASAAAAARME!

La objeción entre utopía y modo de vida llegó a mí con varias actualizaciones de uno de los santuarios que más admiro, el Santuario Gaia, ubicado cerca de Camprodón; un refugio que no solo tiene una enorme presencia en la red, sino que realiza un trabajo de voluntariado y modo de vida admirable.

Entonces, ¿qué tripa se me ha roto? Para entenderme, quizá es bueno que sepas que muchos refugios y santuarios no aceptaron las donaciones del Movimiento Antitaurino de Lucha (M.A.L.) que se trataron de realizar tras el Toro de la Peña. El porqué era sencillo, pero sentó mal: se comprobó que un porcentaje de los integrantes del M.A.L. habían mostrado actitudes homófobas y fascistas, así como apoyo a la carne ecológica, y el colectivo no lo había perseguido ni condenado explícitamente.

En otras palabras, discutir no tiene nada de malo: está bien buscar tus límites, preservar tu punto de vista, ser consciente de que tú también te equivocas; solo es necesaria una buena dosis de empatía y de respeto, que fue lo que (parece ser que) le falló al M.A.L. al criticar no solo a la tauromaquia, sino también a los miles de gays que viven en este país y a los millones de personas que seguimos otra tendencia política en España.

En este caso, los santuarios adoptaron (acertadamente, para un servidor) filosofía similar a la del Bloque Aliado en los años cuarenta: Stalin es un loco de cojones, pero se está defendiendo y está abriendo una brecha (repleta de cadáveres, soviéticos y no soviéticos) por el este. No simpatizamos con él, pero no le diremos que está equivocado en equis cuestiones porque, en estas otras, para nosotros, justo ahora que ha acertado con algo. ¿Cómo te has quedado? ¡Menudas comparaciones de calité! ¿O no?

Santuarios de animales y veganismo

Los seres humanos serán más felices cuando encuentren caminos para vivir como las antiguas comunidades primitivas. Esa es mi utopía.

Kurt Vonnegut, escritor estadounidense (1922-2007)

Por lo que a mí respecta, solo hay un par de cosas que me preocupan al seguir algunas de las publicaciones del día a día de los santuarios (Gaia, Compasión Animal, el Hogar ProVegan, Wings of Heart…) y es la concepción de la naturaleza en su mismísima definición. Temo estar viendo cómo esa definición se humaniza en exceso, se impregna de buenas intenciones y se olvida del verdadero significado de animalismo, a sabiendas de que, por mucho que nos engañen, una palabra tiene siempre innumerables matices.

Contra el consumo de carne (Anima Naturalis)
Perfomance de Anima Naturalis contra el consumo de carne en el Día Mundial de los Animales de Granja. En la parte superior de la fotografía, puede leerse el eslogan: “¿Cuánta crueldad eres capaz de tragar?”

No me refiero al hecho de preocuparse por animales cojos, ni heridos, ni ciegos si cabe. Entiendo ese respeto que cualquier especie merece y que estos grupos comparten: una vida es una vida, y si es posible respetarla y salvarla, apoyo totalmente la filosofía vegana. No nos sacrifican cuando nos rompemos una pierna, o tenemos un grave accidente; el respeto por la vida humana es una de las premisas básicas de nuestra sociedad: a veces, hasta límites absurdos, como el caso de Ramón Sampedro. ¿Pero acaso es lícito destinar una vida al cuidado del resto? ¿Nos hemos planteado qué ocurriría si todos acogiésemos este modelo? ¿Seríamos más sostenibles o este sería inviable en todos los sentidos?

A veces, me gusta moverme entre lo políticamente correcto y lo incorrecto, pero esta no es una de esas veces. Esta vez, cuando leo sobre un gallo epiléptico que necesita 24 horas diarias de vigilancia, una oca que no puede caminar o una vaca que es totalmente dependiente, me pregunto cuándo ese amor por la naturaleza, ese animalismo férreo, se convirtió en sentimentalismo.

Somos uno de los países con más maltrato animal, y también con más santuarios de animales del mundo: por lo tanto, esto no solo es lícito, es lógico: necesario; los necesitamos, necesitamos cambiar como sociedad, pero también requerimos un modelo de cambio real, coherente, ampliable y replicable. Los santuarios no solo se enfrentan a una falta de conciencia colectiva por el sufrimiento animal y la industria alimentaria, sino también al grave hándicap de no solo tener que luchar por universalizar la adopción de un modo de vida totalmente legítimo que se basa en el respeto a cualquier ser que siente, sino también de plantar las bases de un mundo que no necesite de santuarios de animales, y pueda integrarlos dentro de un contexto global de nuestra sociedad.

M.A. Barracus - A-Team
M.A. Barracus navegando con su walkie-talkie a través de las radiofrecuencias más ochenteras. El joyero entero de Sissí Emperatriz que lleva al cuello mejora la cobertura en un 47 %.

Sin embargo, cuando contagiamos nuestra lucha de la atracción típica del lector de viajes, topamos con un escollo. El marketing —y hoy todo funciona, quieras o no, a través del marketing— nos dirá que nos detengamos ahí: cuanto mayor sea tu target, tu público objetivo, mayores serán los grupos que podrás segmentar adecuadamente, y también mayores los ingresos, los donativos y los interesados por tu proyecto; así funcionan muchos blogs de viajes: ofrecen una imagen idílica y una aventura hacia la que pocos se atreven a lanzarse, porque si todos escalásemos el Everest, viajásemos por Latinoamérica u organizásemos nuestro estilo de vida retransmitiendo por streaming aventuras y desventuras al estilo David Carradine en Kung Fu o el negro Barracus (M.A.) del Equipo A, no tendría nada de emocionante.

Aquí hay algo que chirría, pues. La creación de un santuario de animales no debe olvidar que no puede hacer de aquella frase tan famosa su motor (salvar a un animal no cambiará el mundo, pero cambiará su mundo), porque cambiar el mundo también requiere de colaboración, y de cambiar las cosas paso a paso: eso es algo que parece intrínseco en los santuarios, pero no siempre suficientemente visible.

Pero vamos un instante al caso anterior —el del Movimiento Antitaurino de Lucha queriendo repartir el botín de guerra entre sus aliados—; los santuarios no estuvieron de acuerdo, porque un gesto así —y aunque muchos no lo crean— perjudica más de lo que ayuda; ¿pero no ocurre lo mismo con los donativos de una persona que apoya a la industria cárnica?, ¿que consume productos de origen animal?

Grus y Llama (Hogar ProVegan)
Grus y Llama, dos habitantes de ElHogar ProVegan.

Esta es la primera parte: si la vida humana y animal es para un vegano igual de importante, y no aceptamos el dinero de una persona que no respeta la vida humana, ¿por qué si lo hacemos de alguien que no respeta la vida animal? ¿o del gobierno, quien ofrece donaciones a los santuarios e incentiva la creación de mataderos y otros centros industriales de procesado cárnico?

No obstante, aquí hablamos más de meritocracia de cara a la galería que de otra cosa. Al fin y al cabo, ningún santuario o refugio dirá que no a un donativo, a una ayuda privada; lo hará, y muy legítimamente, a sonreír, y a hacer el paripé en público por 500, 1.000 o 3.000 euros. Si se venden al capital, que sea a precio de oro. Pero lo lógico es no hacerlo, porque a un santuario de animales y a los integrantes que lo conforman les mueven otras cosas más allá de las oportunidades que se abren a su paso, y son la ética y la capacidad de ser consecuentes consigo mismos.

Woodstock Farm Santuary
Estas imágenes pertenecen al Woodstock Farm Santuary, y no, cuando hablo de animales que han perdido su “animalidad” no me refiero a aquellos que necesitan una prótesis para vivir, o fisioterapia, sino a casos mucho más graves.

A su vez, esta utopía tan necesaria que ha fluido a lo largo de todo este (extenso) artículo no debería hacernos olvidar dos cosas: la primera, que cambiar el mundo paso a paso debe permitirnos seguir avanzando; si se quiere una sociedad que respete a los animales, no podemos embarrancar en ese espacio donde seguimos salvando a unos pocos “afortunados” que han sufrido su propio infierno: hay que crear conciencia, luchar contra el especismo, exigir que todos, los que comen carne y pescado y los que no lo hacemos, piensen en ello, y en un modelo más humano; la segunda, y quizá todavía más importante, dejar que los animales sean animales: por mucho que nos duela, unas ocas que no pueden caminar, quizá hayan perdido buena parte de su animalidad, y de su esencia; podemos cuidarlas, igual que a cualquier otro ser vivo, pero, desde la distancia, parece que no deberíamos perder de vista esos casos que nos impiden ver todo el mar de problemas a combatir que se abre frente a nosotros.

Uno de los eslóganes más tenaces con los que me he encontrado estaba en la página web del Santuario Gaia; decía: Por un mundo vegano, pero el mundo es lo que es; veganos solo podemos ser nosotros. Y esa es una de las ideas más importantes a retener si queremos un cambio.


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Cumplir un sueño

Alguien más pedante dirá que estamos hechos de sueños. Yo, como mucho, te aceptaré que estamos hechos de historias. Después, de noche, cuando todos se hayan dormido, cuando nadie pueda descubrirme, desmontaré la coraza, pieza a pieza, y siempre en soledad, aceptaré, en silencio, que el deseo puede ser parte imprescindible de esos sueños.

Hace casi dos años que quise tomar esta decisión. Dos años. Bueno, no tanto. Quizá seiscientos o setecientos días; semana arriba, semana abajo. Entonces, me puse a escribir algo que valía la pena —era importante para mí—, y me distancié, de nuevo, de la seguridad, de los sueldos holgados de cuatro cifras, y de las promesas de grandes cuentas corrientes.

Por mi cabeza pasó esa idea cientos de veces; esa que te susurra: atrévete, coño; atrévete, y líate la manta a la cabeza. Creí haberla ignorado, pero no lo hice. No dejé mi trabajo, ni escribí durante ocho, doce o catorce horas diarias buscando un éxito editorial. Seguí trabajando. Cambié de trabajo. Busqué alternativas. Recordé.

The White Horse (Londres)
The White Horse (Mark Wallinge, 2012) en Londres.

Recordé que Bukowski trabajó de todo, incluso trece años como cartero; Kafka redactó informes; Rimbaud traficó con marfil y esclavos; o Céline, con el que podemos cerrar el círculo gracias a Pulp, Chinaski y Belane, viajó con la Sociedad de Naciones, y cobró por ello en su condición de médico. Si cualquiera tiene que hacerlo, ¿por qué se salvaría un escritor? Pues un escritor también, y eso siempre reconforta.

A vosotros (y vosotras) no os voy a engañar. En su momento, surgieron oportunidades, pero no pude (ni quise) escribir sobre lo que todo el mundo quería que escribiese: aquello fue tanto una sonrisa como una lágrima. Escribí. Pero lo hice sobre perros, y gatos y peces; del pasado, del presente y del futuro que nos espera. De lo que sabemos y de lo que creemos saber, pero nos equivocamos, de lo que hacemos, sabiendo y sin saber; de la caza, de la pesca, del consumo responsable, de la sostenibilidad de un modelo, y del egoísmo de la necesidad: de esclavos, y de Occidente, y de todo eso va el texto que presentaré a principios de noviembre en Barcelona. O eso parece.

Ningún lugar Arizona)
En algún punto entre el Desierto de Mojave y el recorrido original de la Ruta 66 a su paso por Arizona.

No es una novela. Eso tendrá que esperar. Son ensayos. Ensayos que se parecen mucho a este blog, que hablan de lo que pienso, y, esta vez, explican por qué lo hago. Unas doscientas páginas que se preocupan por abrir debate, y por hacerte reflexionar: no siempre son divertidas, pero hay cientos de sonrisas cómplices en ellas; ni tristes, si bien hay una mucha tristeza encerrada en el papel.

No es un discurso organizado con mimo para que te hagas vegetariano(a), para que dejes de vestir con pieles o no pises nunca más un zoo, aunque quizá lo hagas; ni está focalizado en activistas veganos, amas de casa de mediana edad u hombres de treinta y siete años con una calvicie incipiente en la retaguardia. Está centrado en saber, y en cómo una carpeta repleta de textos y un título certero debían convertirse, antes o después, en realidad.

En breve, esas historias dejarán de ser mías, y, con mayor o menor fortuna, adquirirán corporeidad propia. No se me ocurre un sentimiento mayor para aquel que disfruta de escribir: un chute de realidad en tus palabras, y espacio dentro de ti para seguir soñando ficciones que sueñan con ser reales.

Ya hablamos con Tordesillas

Ya hablamos con Tordesillas; ya hablé sobre Tordesillas. Lo hice aquí (Indultad a Rompesuelas, el Toro de la Vega), aquí (Taurinos y antitaurinos: piedras y palabras) y aquí (Sangre de toro).

La última víctima del (supuesto) torneo fue Rompesuelas. Miles y miles de activistas lo decían, lo repetíamos, año tras año, y alguna vez tenía que ocurrir. Pelado no morirá a plena luz del día, no morirá lanceado, pero lo más probable es que muera.

No se aceptó la petición de trasladarlo a un santuario de animales tras el renombrado Toro de la Peña, y lo más plausible es que dé con sus huesos en el matadero. Quizá allí se ensañen con él, con esa ira que reflejan los palos y los varazos que le han propinado a un animal noble que no tiene el huir en su haber.

Toro de la Peña 2016

En España, hay que matar. La diversión se mezcla con sangre por falso derecho de tradición que hiede a podredumbre. Es la España que envejece, que avergüenza a una mayoría, que no quiere crecer; es la España que muere sin saberlo, y que no será nada.

Hoy, se ha advertido por última vez a esa España que debe escuchar a la mayoría, que la libertad, individual y colectiva, no se mide a lanzazos contra un ser inocente, y que hubo un tiempo en el que se permitió, pero nunca más.

Ellos desoyen. Y la ley, que no es más que la respuesta última de un pueblo unido que detesta que maltrato se asocie con nosotros, actúa. Nos llaman violentos, pero los violentos son ellos; lo llaman democracia, y libertad, y respeto, y valentía incluso, sin conocer realmente el significado de esas palabras.

Toro de la Peña 2016 (recorrido)

Quizá Pelado no sobreviva al primer Toro de la Peña. Yo deseo de corazón que sí, que lo haga. Pero si hay algo en Tordesillas herido de muerte es la tauromaquia, y las fiestas basadas en el maltrato animal, y esa tradición absurda, irracional y troglodítica que se ha extinto ya, aunque ellos todavía no lo sepan, ni quieran aceptarlo.

Cierto chatarrero muy conocido, decía hoy: “Es triste ver como hay gente con esa maldad en su corazón.” Y ya lo dijo alguien más inteligente que la mayoría de nosotros: “lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada.” Pues se acabó.

Besas el suelo. Tranquilo. Sereno. Susurrándole a la tierra que cumpliste con el papel asignado.

Atrás quedan ya los jadeos, el puente, el río; ahora suspiras, resuellas, te abrazas a esa paz prematura que te han impuesto y te vence.

Pero en tus ojos no hay odio (¿por qué no hay odio?), nunca hubo odio; y corneando el orgullo por última vez no dejas que la sangre conquiste tu iris. Sigues mirando hacia delante, ya caído; sigues mirando hacia delante, lejos de allí, estocada tras estocada; ves el cielo, la hierba, el mundo, lejos, más lejos aún.

Rompesuelas, ya mueres; porque te mataron demasiado pronto. Y a tu alrededor se escuchan lanzas, y gritos, y torneos que son declarados nulos porque te han asesinado hombres que no respetan ni las reglas que ellos mismos se han impuesto.

Ellos son los verdugos, tú la crónica de una muerte anunciada que no podemos resignarnos a aceptar. Y ahora creen que ya eres nada, que eres historia, y sin embargo, hoy más que nunca, representas todo aquello por lo que vale la pena vivir, y luchar, y aprender de esta España donde las franjas rojas amenazan con devorarlo todo a su paso.

Tú besas el suelo, yo lamento mis lágrimas. Tú ya descansas, ¿pero quién nos salva a nosotros?

Rompesuelas – Javier Ruiz (2015)

El acrónimo de la discordia

Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas.

Cita atribuida a Winston Churchill (1874-1965)

Llego tarde, pero no importa. Sigue aquí, muy dentro de todos. Y, hoy, 12 de septiembre, el mundo volverá a hablar de las Torres Gemelas y la independencia de Cataluña; mientras tanto, yo seguiré pensando en el burkini.

Si hace tres décadas, las mujeres tenían que taparse las tetas para no incomodar a los presentes —para no recordarles que eran mujeres, que tenían tetas, y curvas, y coños, pero sobre todo que, por mucho que el mundo se empeñase en negarlo, eran y seguirían siendo mucho más que eso—, hoy, tienen que enseñarlas por toda la costa francesa.

Chica vistiendo un burkini

Dicen:

Occidente no puede aceptar manifestaciones culturales o religiosas contra la dignidad y los derechos de la mujer.

No es la prenda. Es lo que representa el burkini: y si lo viste libremente peor, porque está haciendo apología de una idea que va contra nuestros valores.

el burkini es una provocación.

Tetas de plástico. Injertos capilares. Depilación láser. Saunas de bronceado. Cuerpos deformados a causa de un sobreesfuerzo en el gimnasio. Tíos con más tetas que sus madres. Un nazareno clavado en una cruz que subió al cielo. Comer carne y pescado día tras día y morir de una enfermedad coronaria. Fumar marihuana. Creer en un dios hecho de espaguetis. Una cruz en el pecho. Un pañuelo en la cabeza. Un traje de baño que cubra casi todo el cuerpo. O masturbarse con un dedo metido por el culo.

Quizá yo vea mal todo eso. O quizá no. La libertad —civil y religiosa— significa permitir que terceros hagan lo que les dé la gana, siempre que no vaya en contra de uno mismo o del resto. No es sencillo, pero tampoco es tan complicado.

Irwin (nudista, San Sebastián)
Decía el cuerpo del texto: “No es ‘ni nudista ni exhibicionista’. Irwin, un hombre conocido en San Sebastián por alargar sus paseos desnudo más allá de los límites de la playa de La Concha y circular en bicicleta tal y como vino al mundo, se define a sí mismo como una persona ‘libre’ que aplica su ‘libertad de expresión’. Las caminatas de este francés, oriundo de Hendaya, que habla un perfecto castellano y disfruta al transitar totalmente desprovisto de ropa, suelen circunscribirse a la playa y sus inmediaciones, aunque en sus itinerarios en bici atraviesa las calles céntricas de la capital guipuzcoana ante la mirada atónita de quienes lo descubren por primera vez.

Si aspiramos a la libertad, no vale decir que ellos  también imponen sus opiniones y obligan a cumplirlas. No sirve aquello de no compartir su fe, su modo de vida o sus creencias. ¿Quién eres tú para llamar puta a una mujer por mostrar su cuerpo sin complejos? ¿Y quién eres tú para obligar a una mujer a enseñar su cuerpo sin su permiso? ¿El estado? ¿Cuatro subordinados cortos de luces con una pistola?

Olvidaron que la desnudez no es solo sexo. Olvidaron que la libertad no se puede imponer; que el defecto siempre está en los ojos del que mira; que un burkini no es distinto a un piercing, a un tatuaje o a un trikini. No es distinto a mostrar las tetas, ni a desnudarse en público. Olvidaron que la libertad no hace llorar a los niños, ni atemoriza a las minorías; y que su libertad, quizá no sea la mía.

Había alguien que hubiese podido explicarles todo esto mucho mejor que yo. El nudista que se movía en bici por Barcelona: durante un buen tiempo, se paseó por el puerto y Las Ramblas. Por aquel entonces, el ayuntamiento había prohibido ir sin camiseta fuera de la zona de costa, pero no el nudismo integral, por lo que a aquel tipo tan dotado, no le preocupaba; “un día de estos, me obligarán a vestirme”, decía, y entonces citaba la famosa frase que siempre se ha atribuido, erróneamente, a Winston Churchill.

No sé si llegaría a vestirse, y se resistiría, como lo hizo Irwin, otro ciclista que se paseaba en cueros por San Sebastián y al que se le condenó a un año de cárcel. Del de Barcelona, no recuerdo la nacionalidad, pero este otro era francés, y qué vergüenza debe sentir estos días allí por donde pedalee.

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Caminar dentro de un gallinero

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

Jack Kerouac

Ojalá pudiésemos volver atrás y visitar, de nuevo, algunos instantes de nuestras vidas. Hacerlo de un modo real. Recordando exactamente cómo olía su pelo la primera vez que la besaste, o cómo te sentiste, por un segundo, aterrado, muerto de miedo, en la otra punta del mundo, rodeado de gallinas que picoteaban maíz y cortezas de sandía. Cuando, de niño, discutían tus padres, apasionadamente, y todo era un auténtico vórtice de desconcierto; o desaparecían los mayores y mirabas hacia arriba sin entender por qué el resto fijaba la vista bajo sus pies.

Una de las condenas más trágicas del ser humano es poder evocar habiendo olvidado tanto; y ni tan siquiera contar con la necesidad. Estar programados para rellenar esos huecos, para inventar, para hallar una solución cómoda y sencilla frente al olvido.

Gallinas en MallorcaSi la hipertimesia es un castigo inmerecido, la forma en la que se adormece nuestra psique minuto a minuto no es un camino de rosas. Alrededor, todo cambia; tú cambias. La crisis de los treinta, de los cuarenta, de los sesenta, es el olvido de tu yo, de quién eras, y de la culpa intrínseca que recae en cada uno de nosotros.

Al menos, de esto último, estoy convencido. Por eso camino, aunque a veces tenga que hacerlo solo. Quiero ser uno de esos escritores caminantes sobre los que leí: Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Reencontrarme con las historias que me componen en soledad; criticar, plantear, razonar y discrepar a cada paso; voltear mis propios argumentos contra mí, e incluso olvidar todo por un instante.

Al visitar Mallorca, recordé todo esto frente a otro gallinero, no el americano que encabeza estas líneas, sino aquel que vi diariamente durante tres años, y que, a menudo, fue mi refugio al volver de caminar, o al buscar un momento de destierro dentro de mi propio retiro. Después, alguno de los perros se coló por debajo del enrejado y me mató a las gallinas, y fue un duro golpe.

Pensé, no obstante, en la fábula del escorpión y la rana, y percibí también hasta dónde alcanzaba mi error al haber leído mal la naturaleza de los perros, de los gatos, de las gallinas, e incluso de mí mismo. Entonces, recogí sus cuerpos, y los llevé hasta el contenedor que había en la entrada del pueblo, yo solo; me senté otra vez en el gallinero, vacío, y lloré por entender un poco mejor todo aquello que nos rodea.

Los animalistas también hacen animaladas

Teo Mariscal es el director de Bocalán: escuela de formación, criadero de labradores y, recientemente, uno de los escasos centros en España que ofrecen cursos de adiestramiento multiespecie.

Fotografía tomada en el Zoo de BarcelonaEn persona, no tengo el placer; le conozco de lejos, por terceros… y por algunos de sus alumnos, que han sido compañeros/as míos, o invitados e invitadas, en algún curso de adiestramiento canino. Hoy, de algún modo, llego hasta su muro, y leo un texto (notablemente) extenso que ha dedicado a aquellas personas y entidades que no han dudado en criticar este tipo de cursos.

Ante esta avalancha de críticas, Mariscal no ha dudado en responder y ofrecer su propia opinión al respecto. Algo lícito y que cualquier persona animalista interesada en los cursos o, simplemente, en el sector, seguro que agradecerá. Yo, por lo menos, lo hago. Cabe decir, como él bien comenta en el encabezado de su mensaje, que es un profesional con más de dos décadas de experiencia a la espalda (algo que debe respetarse) y que pueden haberse malinterpretado tanto los medios como los fines.

Pero no. A continuación, os explico por qué. Antes, sin embargo, os copio cuatro de las preguntas que Teo Mariscal lanza al aire en su publicación:

¿Un zoológico no debería tener un veterinario?
¿No debería tener personas que se dedican a la limpieza?
¿No deberían, por tanto, tener personal técnico experto en modificar y tratar problemas de conducta en esos animales?
¿Deberían mirar hacia otro lado ante una estereotipia? En pro de un supuesto animalismo irresponsable, ¿deberían dejar a los animales a su suerte?

Aquí concuerdo al 100 %. Los zoológicos deberían tener veterinarios, servicios de limpieza, personal técnico especializado y, por encima de todo, la responsabilidad suficiente para ofrecer una buena estimulación y un enriquecimiento ambiental adecuado.

También crucificamos con facilidad, como comentaba ayer mismo. Eso hay que concedérselo a Mariscal cuando dice: “¿Cuál es el absurdo motivo que lleva a decir esto a organizaciones que se vanaglorian de ser los “protectores”? ¿Será que sus campañas están llenas de dobles propósitos, o es que simplemente son producto de la ignorancia?” Si bien, ya que inicia un diálogo, le recomendaría que tuviese la valentía de citar una por una las asociaciones animalistas de las que habla y el por qué están equivocadas, qué dobles propósitos ocultan y por qué son ignorantes. ¡Y muchas lo son, estoy seguro, y mantienen en puestos de responsabilidad a personas que solo están preocupadas en dirigirse hacia lo políticamente correcto sin una visión de conjunto!

Ahora, viene la parte que no va a gustar tanto: Teo, estás centrando la atención en el punto que no preocupa a nadie; desconozco si consciente de que, para cualquier animalista, aquello que hay fuera de ese foco es mucho más difícil de tragar.

Las críticas hacia los programas con animales salvajes (aquel que se preocupa por los animales, porque todos ellos tengan unas buenas condiciones de vida, y construye, aporta, jamás destruye) van por otros derroteros. Nadie con dos dedos de frente se quejará porque los alumnos de los cursos de adiestramiento multiespecie ayuden a que la vida de los animales confinados en un zoológico sean más ricas en todos los sentidos, sino en la perpetuación del modelo.

Lobos (cursos multiespecie)
Lobos adiestrados en los cursos multiespecie. La fotografía original puede encontrarse en uno de los álbumes dedicados al curso multiespecie en el muro de Bocalán.

Cuando se dice: “no podemos cambiar el mundo, sino mejorarlo con acciones como esta”, debe ser un alegato real, que busque una mejora a medio plazo y no una continuación del mismo modelo; y, aun así, ni tan siquiera aquí radica la crítica de lo que, para muchos animalistas, es un gravísimo problema.

Entre los objetivos de los cursos puede leerse lo siguiente:

– Mejorar la calidad de vida de los animales en parques zoológicos través del entrenamiento y el enriquecimiento ambiental
– Formar a profesionales del medio
– Modificar conductas en animales de especies salvajes
– Prevenir problemas de comportamiento en animales salvajes
– Asesorar sobre procedimientos de entrenamiento
– Entrenar animales para procedimientos veterinarios o exhibición

Quizá, entonces, el problema que tienen muchos animalistas con los cursos multiespecie no sea el aprendizaje y las pautas de enriquecimiento que los alumnos obtendrán para mejorar la vida en zoológicos, sino el uso de los mismos para espectáculos de exhibición (donde, ¿por qué no?, también estarán incluidos los circos, la publicidad y el cine ¿verdad?).

Leopardo (cursos multiespecie)
La fotografía original puede encontrarse en uno de los álbumes dedicados al curso multiespecie en el muro de Bocalán.

A todo ello, se suma el segundo gran problema al respecto: la cría. Cuando leo Fauna y Acción, con todo mi respeto hacia aquellos que no piensan como yo, entiendo que Bocalán y Teo Mariscal ven correcto la perpetuidad a través de la cría progresiva y la utilización de especies salvajes para estos fines: cine, televisión, teatro, circos, etcétera.

El grupo cría hoy personalmente a todos sus ejemplares, animales que pasan trimestralmente todas las inspecciones y revisiones comunitarias y estatales, por lo que el impacto medio-ambiental por su actividad es totalmente nulo, y la identificación de los mismos con sus entrenadores, absoluta y entregada.

“Quiénes somos” en la página web de Fauna y Acción

Respeto, pero estoy en completo desacuerdo. Primero, en que no es posible cambiar el mundo: lo es; el mundo cambia a través de nuestras acciones; y claro que hay impedimentos, y desconocimiento, y trabas por parte de todo tipo de intereses públicos (aunque suene triste) y privados. Segundo, no hay que temer no gustar a todo el mundo, porque es imposible, pero dudo que una persona implicada y con lazos con algún movimiento animalista vea mal el aprendizaje de técnicas de adiestramiento para el enriquecimiento de los animales en zoológicos; sin embargo, me parece cobarde esconderse tras esa premisa para omitir el uso y la cría para conservar un modelo de exhibición y abuso de especies salvajes. Como bien dice Mariscal, los animales no tienen la culpa de que sus antepasados naciesen hace cincuenta años en un zoo: la tenemos nosotros; y seguiremos teniéndola si de aquí a otros cincuenta, o cien años, siguen ahí.

Por último, deseo que este texto —en la línea de lo que escribí sobre el programa de televisión ¡Vaya fauna! cuestiones a replantear y algunas cuestiones más a replantear— se tome como una crítica constructiva por parte de cualquier lector (o lectora) e incluso de mi interlocutor último, Teo Mariscal, si llegase a leerlo. Creyendo, fervientemente, que sí es posible equivocarse intentando hacer algo bueno por los demás, pero también rectificar y dejar los egos a un lado.


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