¿Dónde quedan las castañas de octubre?

Quedan cortas las falanges de una mano para recordar con estupefacción, ya satirizada, cómo las temperaturas ascienden antes y decrecen más tarde. Numerosos son los moquillos que asoman en épocas estivales y mayor el ostracismo condenatorio al fondo de armario durante las invernales.

Este ne savoir-faire de las farmacias y las prendas de otoño y primavera es algo cada vez más cotidiano, tanto como sorprendente para aquellos que no reparan en exceso en los detalles; claro síntoma de una enfermedad que, todavía, no interesa ver.

¡No se apuren! La trinidad castiza —fútbol, sol y noticias del corazón— se revuelve incómoda pero a salvo en estos locos tiempos. No obstante, estos octubres, primos hermanos de los del desierto de Gobí más que mediterráneos, que poco a poco llegan a nuestras montañas y costas, adolecen de mentalidades despiertas que se pregunten por qué. Por qué las castañas llegan cada año más tarde y los helados extienden su primacía, por qué cada vez resulta más risible, si cabe, los cambios entre cuatro estaciones, y por qué todo ello no parece inquietar en exceso a nadie, pese a la incertidumbre que se deriva.

Saldremos de la crisis en la que nos han metido los de siempre —los que ven demasiado y los que no quieren ver—, quizá un poco más neoliberales, acompañando al Gran Satán que siempre se mueve entre los extremos  —según la opinión pública— en sus (des)venturas. A nuestra economía nunca le ha importado qué vender mientras se vendiera; de igual modo, la gran capacidad de adaptación del ser humano puede lidiar con temperaturas extremas, si uno abandona sus cuatro paredes y abre los ojos al mundo pronto se da cuenta de ello.

Me pregunto, sin embargo, si nadie ve cómo todo se reduce a los límites, cómo los ecosistemas mutan a velocidades sorprendentes ante nuestros ojos. Quizá, igual que el tiempo en el que vivimos, nosotros también nos hallamos en los extremos, y aquellos que no niegan taxativamente lo que se haya en ciernes atacan de forma caricaturesca.

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