Una de cal, otra de arena

Vaya por delante que las líneas siguientes no deben ser digeridas más que con cierta ironía y descaro; doy las pautas, pues nuestra época no es aficionada a buscar el sentido, por lo que, cuando lo hace, tiende a la univocidad por falta de costumbre.

Faltan palabras. A menudo, con el paso de los años —aquellos más descreídos solemos necesitar menos tiempo— las personas suelen revolverse incómodos frente al vitalismo y empezar a mostrar rostros taciturnos y morros arrugados. Esos individuos, amargados y despóticos, aciertan de vez en cuando.

Sin afán biográfico alguno, sino documental para lo que con los hechos se refiere, debería quedar el lector informado de mis actividades migratorias entre la salida del sol por poniente y su retorno por el levante catalán. Los trayectos diurnos en automóvil entre las siete y las nueve de la mañana son propios de uno de los nueve círculos; no es extraño encontrar salidas hacia los pueblos más cercanos a la ciudad condal paralizadas en el tiempo, conductores cuyos rostros, a caballo entre el reino de Morfeo y el primer bocado del día, se congelan en muecas de disgusto y desesperación que, únicamente, se trasladan hacia sus extremidades.

Este panorama descorazonador podría completarlo una explicación circunstancial: el conductor medio, cualquier usuario de estas vías, inmerso en este contexto, sufre una metamorfosis kafkiana que, afortunadamente, no concluye con el abandono del estado homínido: la inexistencia de los intermitentes, el desconocimiento de la prioridad de paso, ligera narcolepsia, etcétera.

No obstante, entre resplandores áureos, divinos tonos dorados encuadran la aparición de un automóvil de la Guardia Urbana estacionado en una mediana. Los carriles se abren como las aguas frente a esa carrera de mileuristas que entran desde las poblaciones anexas a la capital de provincia. Insconscientemente, desplazo esas figuras uniformadas que parecían detener azarosamente a algunos usuarios —pobres diablos— hasta la entrada de una de las rondas principales. La ronda de Dalt cuenta con un ceda el paso ineficiente e inexistente en hora punta. Poco a poco, me dedico a multiplicar la cantidad de puestos homónimos, maldigo la imposibilidad de tan siquiera movilizar una patrulla hacia estos puntos conflictivos. Pobres funcionarios, encerrados en sus puestos de trabajo, entre grandes dosis laborales y pequeños descansos para confort del ciudadano. ¡Qué vida tan cruel!

Apartando la pluma envenenada del papel, un instante y con dificultad, podría afirmar que también he llegado a comprobar in situ actuaciones policiales frente a los carteristas, cuya presencia también tiende a multiplicarse, tanto en épocas estivales como ruinosas. Aquí, el gran problema, no es la calidad de los recursos sino, como suele suceder, la organización de los mismos.

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