¿Por qué no votar?

A veces, solo se necesita un por qué para la revolución.

El año 2011 será tildado pronto de trance revolucionario de la historiografía hispánica. Un cambio electoral, tan demandado como tardío, se ha producido en las urnas de las cincuenta provincias españolas. La no-asistencia al proceso democrático reflejará, por fin, el apoyo al Buey Apis —fiera insigne, patria— para los nuevos modelos presentados con motivo de las modificaciones del estandarte castellano.

Este animal no solo carga en su lomo la pereza, la queja sin sentido y el total desinterés del ciudadano para informarse sobre el sistema que le rige; como res, es la figura más directa y cercana al votante: “¡De cabeza, al matadero!”. Las principales fuerzas políticas han conseguido recoger las ideas preponderantes del español: “Yo les voto pa’que piensen por mí, ¿tengo yo que trabajá por ellos? ¡Vamos, venga!”, cita el eslogan más recurrente.

Usted, lector mínimamente empático, observará que todo esto no es más que mofa y, quizá, ligero trastabillado mental del narrador. No se avergüence en recordar las principales premisas en estos últimos días de agonía electoral: el voto en blanco contabiliza como nulo, el voto al partido contabiliza como un aumento de la economía en las futuras elecciones, incrementando la economía hogareña de los ilustres señores escogidos. La no asistencia del electorado en masa contabiliza como un insulto, una afrenta contra todos aquellos que sudaron sangre, sudor y lágrimas por el establecimiento de un sistema democrático que… Ya aburre.

Aquellos que no creen en un sistema bipartidista pueden votar a cualquier otra fuerza política. Busquemos una salida para todos aquellos que no creen en el sistema, no como antisistema —no se dejen engañar con tal facilidad—, sino como iniciadores de un sistema mejor. Los planes de nuestros futuros gobiernos son aquellos que merecemos, rabietas y berrinches de los candidatos entre sí, velados programas electorales, populismos. España sigue siendo un país dividido en una serie de problemas que a nadie deberían importar ya, a nivel político; los cuatro esqueletos, fascistas y pasionarios, son restos de una época peor, exponentes para el análisis distanciado y el rescate periódico que evite recaer en tal enredo.

La única solución para movimientos como el 15-M o #nolesvotes consiste en revalorizar el voto nulo, una no asistencia que clame su descontento con el sistema, no que muestre indiferencia e incluso lo apoye en la práctica. Lo que realmente temen todos ellos es que no entremos en su circo, tener que adaptarse al votante y no que el ciudadano se amolde a un sistema perfectamente hilvanado para sus  propios intereses. A veces, solo se necesita un por qué para la revolución.

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