Primeras impresiones (I)

Mallorca (I)

Señoras y señores, chicos y chicas, yo he realizado el sueño del urbanita medio. Ese sueño que anhela todo hijo de vecino cada lunes, a las siete menos cuarto de la mañana, cuando, de camino al trabajo, pilla un atasco, grita hasta desgañitarse por la ventanilla de su R5 y proclama:

¡Que les den por culo! Yo me voy al campo y me planto unos tomates y unas gallinas. ¡Eso sí es vida!

Y unos cojones. ¿Por qué se creen ustedes que la gente migró a la ciudad? ¿Por el Zara y el H&M?

Visto lo visto, y al existir tal posibilidad, nos hemos mudado a Mallorca, provincia alemana en la sombra desde hace cincuenta años. Lugar donde la gente habla rápido, habla alto y te miran mal desde sus puertas y ventanas al grito de “Foraaaaaaaaster!”, “Idò, Pere, aquest-qui-putes-és? Cagonsaputa… que no vingui per res dolent que li fotre-una-llosca-que-li-pareixerà-que’l-mon-l’empeny…!”

Vivimos en la última casa del pueblo. Un pequeño pueblo cercano a Inca —quienes hicieron buenas migas con doña Maria Cristina y les otorgó el título de ciudad en 1900, antes de que Alfonsito se hiciese mayor—; está apartada del centro (donde se reúnen en hora punta cinco o seis personas), tiene dos plantas, cuatro habitaciones y muchos metros de terreno alrededor.

Aquí estoy aprendiendo cómo funciona de verdad una azada y un motocultor, para qué leches son esas cañas tan feas que la gente se empeña en plantar en los campos para atar cuatro tomates y lo bien que se duerme tras mover una hoz y un rastrillo durante todo un día. En resumen, pretendo pedir tiempo muerto.

En estos lugares, todo transcurre muy despacio y muy deprisa a la vez. El tiempo se vuelve algo relativo y te recuerda las interminables clases de matemáticas y los cortos períodos de descanso en el patio, tirando piedras a los amigos, levantando faldas a las niñas y devorando bocadillos de jamón, y también de Nocilla.

Estas entradas no tienen otra finalidad que describir aquello que vivimos y hacemos aquí. De algún modo, Mallorca será nuestra vía de escape. Donde trabajar en silencio y sin agobios, donde poder pensar, escribir y pasear; aprender cómo y cuándo se cuida un huerto, y descansar por las noches. Por una vez, poder reflexionar antes de actuar. Aquí el tiempo no se te escapa de las manos, día tras día, pero tampoco existe el estrés de la ciudad, de los horarios, del resto del mundo gritando en tu oreja. Es un arma de doble filo, desde luego.

Excursión y panorámica del pueblo

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2 comentarios en “Primeras impresiones (I)

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