Primeras impresiones (II)

Mallorca (3)

Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada. 

Charles Baudelaire

Estos días me descubro encerrado en un pequeño cuarto vacío del piso de arriba. Mi yo creativo parece funcionar mejor en una soledad autoimpuesta, por lo que tras montar un escritorio y unas librerías, corchos, cuadros y archivar toda la documentación personal y profesional, me encierro en un cuarto vacío, con una mesa extremadamente colorida de IKEA que atenta contra mi heterosexualidad, y poco más.

La habitación tiene una pequeña ventana desde la cual puedo observar el patio; a menudo, me quedo allí en silencio, observando los racimos de uva que se enredan y crecen en las rejas, a toda la fauna que pulula por aquí y el silencio que impera por norma. El atardecer parece ser la hora en la que paso más tiempo allí arriba, aunque cada vez descubro antes cómo anochece entre ideas a medio desarrollar. Después, desciendo las escaleras entre fluctuantes estados de humor, dependiendo de las ganancias y las pérdidas de la tarde, que siempre son relativas.

Algunos días, no puedo quitarme de la cabeza la poca gente que se mueve por las calles del pueblo. Aquí, después de unas semanas, todo el mundo recuerda tu cara y, con mayor o menor aprecio, parece que formas parte de algo. Un pueblo no es más que un número de personas, un número pequeño, no un número que, para el ojo humano, tiende a infinito como el de las ciudades. Aquí, uno puede encontrar esa soledad buscada por el Sturm und Drang, esa soledad típica del enamorado, del joven Werther henchido de penas. Cuanta menos gente encuentras, más sencillo es recordar aquel aforismo de Schopenhauer que decía: Nadie puede salir de su individualidad.

Cuando el suelo está repleto de hojas destripadas, de papeles acusadores, abandono el bolígrafo a su suerte, pensando en cómo esa búsqueda de la propia individualidad se convierte en un imposible en ciudades como Barcelona. Aquí, entre cuatro calles, observas cómo esa mezcla de interés y cotilleo por el prójimo también vuelve imposible ese tipo de soledad. ¿Qué resulta entonces más real? ¿La soledad dentro de la masificación urbana o la imposibilidad de la misma allí donde todos llegan a conocerte? Al final, todo se resume en el qué dirán frente al acto de que nadie diga nada. Pese a sus modos, ambos hieren de forma agravante.

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