Una perra llamada Laika, cosmonautas suicidas del espacio exterior y el maltrato animal

El lunes pasado, se conocía la noticia de la muerte del astronauta Neil Armstrong. Aunque a estas alturas de la película los seres humanos somos cada vez más descreídos, la actualidad y la casualidad han tirado abruptamente del pedestal a dos Armstrong la misma semana.

El ciclismo y la ciencia aeroespacial afectan poco o nada a nuestro día a día, pero estas noticias que aparecen en los grandes medios y mueven a las masas dormidas te obligan a navegar por la red y encontrarte con que ni astronautas ni cosmonautas dijeron aquello que dicen que dijeron. No hubo ni un pequeño paso para el hombre, ni grito alguno en ruso preguntando sobre algún dios en la sala. Llegados a este punto, cualquiera se anima y empieza a dudar sobre el aterrizaje del hombre en la luna, los compuestos del gel de baño de Mercadona o la fruta y verdura transgénica. Llegados a este punto, uno concede a los perros mayor grado de verosimilitud que a militares soviéticos o americanos.

Entonces, llega hasta mi mente Laika, o Kudryavka, como se llamaba antes de que la fama la alcanzase. Laika, como tantos otros perros, fue lanzada al espacio cuando las tecnologías de subórbita, o retorno, aún no estaban diseñadas, y tampoco se conocían las posibilidades reales de supervivencia fuera de la estratosfera.

La gran gesta del animal, sobrevivir entre cinco y siete horas hasta su muerte a causa del calor y el estrés provocado por el lanzamiento, no se desveló hasta hace una década.

En los cincuenta, las cosas eran distintas. Los señores llevaban sombrero y las señoras hacían panqueques, excepto en la Rusia soviética, donde los panqueques hacían señoras y los sombreros llevaban señores. Ahora, Laika no iría al espacio, porque nos asaltarían las dudas sobre la humanidad y no humanidad inherente en el acto, en tomar decisiones por aquellos que no tienen la capacidad plena de tomarlas, o no las entienden.

Laika, como todos los perros que he conocido, no comprendía conceptos como el honor, el amor y la familia, pero seguro que los ejemplificaba mucho mejor que nosotros, pese a nuestro etnocentrismo. Laika seguro que vivía plenamente en la calle, de forma natural, y no mantenía ningún interés en los programas aeroespaciales soviéticos. Sin embargo, siempre hay alguien que intenta humanizar al animal, eso siempre complica las cosas. A veces, llega al extremo de ganar una competición de cosmonautas perrunos y acabar asfixiada a cientos de miles de kilómetros. ¿Qué se puede decir? No había mala fe. Eran otros tiempos. Ahora, somos más modernos. Ahora humanizamos a nuestros perros, hasta el punto que castigamos su conducta animal. Si Laika levantase la cabeza…

One thought on “Una perra llamada Laika, cosmonautas suicidas del espacio exterior y el maltrato animal”

  1. Una lastima lo de los dos Armstrong, pero dejando a parte que uno ha muerto y al otro se le castiga por sus trampas, me merecen mas lastima los animales que usamos para experimentos, como Laika quien solamente fue un pobre animal con el que experimentar y competir en nombre de los humanos menos humanos.
    Un saludo

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