Mea culpa

Con la desaparición de la caballerosidad también se ha cortado en seco con la necesidad de entonar el mea culpa. Hoy en día, el error se considera una debilidad, apartando uno a uno a los candidatos en la búsqueda por la excelencia: palabra de moda, decía el filósofo Emilio Lledó en una cadena autonómica no hace mucho. Ahora que los estudios van a ser de excelencia, y los trabajos para excelsos excelentes de blanca sonrisa y calzones limpios, me pregunto cómo piensan llegar hasta allí si no es apoyándose en la literaria picaresca castiza y la mentira e hipocresía de toda la vida. Y es que se nos ha olvidado que a la excelencia se llega mediante el error.

Lo mejor será que todos nos acostumbremos, paulatinamente, a la redundancia y al no decir nada. Esto es lo que se nos viene encima. Se acabó eso de ir al grano. Eso de ir al grano y eso de tener valor como para afirmar que la cagaste, a lo grande, a lo español, y agachar la cabeza: que eres muy cabezón, coño.

A razón de aquella entrevista al profesor Lledó, recordé una reedición de La familia de Pascual Duarte donde Camilo José Cela dedicaba, entre párrafo y párrafo, las siguientes palabras al sector editorial:

Los escritores, por lo común, corregimos las pruebas de nuestras primeras ediciones y a veces, ni eso. Las que siguen las dejarnos al cuidado de los editores quienes, quizás por aquello de su conocida afición al noble y entretenido juego del pasabola, delegan en el impresor, el que se apoya en el corrector de pruebas que, como anda de cabeza, llama en su auxilio a ese primo pobre que todos tenernos quien, como es más bien haragán, manda a un vecino. El resultado es que, al final, al texto no lo reconoce ni su padre: en este caso, un servidor de ustedes.

Cela también afirmaba en ese misma nota de autor que, debido a la arrogancia propia del creador, tampoco es sencillo admitir que, en muchos casos, el texto mejora tras todas esas intervenciones externalizadas con un fin. Y es que, admitámoslo, pocos son los José de Larra que con 27 años pueden pegarse un tiro delante del espejo con tranquilidad, tras revolucionar el sector periodístico. No son muchos los adalides de la lengua que asoman el mentón por encima del resto, ¡uno o dos por década! E incluso ellos, dejando mujer e hijo en orfandad, o lanzando a periodistas de RTVE a las frías aguas de su piscina, demuestran que cualquiera adolece de algo. El tipo de carencia queda ya a gusto del consumidor, eso sí.

¿Qué estamos haciendo? ¿Nadie les dijo que esconder nuestros defectos solo nos vuelve más débiles e inseguros? Y todo esto lo estamos provocando nosotros, castigando el mínimo error, encubriéndolo u obviándolo. Esto no es excusa para meterse en camisa de once varas. Si la camisa les viene grande, déjenla en el armario, pero no inventen nuevos rangos de educación para que aquellos que no les pueden alcanzar no sepan lo poco que —ustedes y ellos— saben.

Mi nariz, la cual podría protagonizar un conocido poema, no mejora con una prótesis de payaso. Se lo aseguro.

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