Santiago Carrillo, Gary Cooper y librar los festivos

—¿Cómo perdimos nuestro camino, Mel? ¿Cuándo dejamos de identificarnos con el hombre del lanzallamas o la escopeta antiácido de alguna clase?
—Yo lo achaco a Internet y al regreso del swing.

Los Simpson (S11E01)

El mundo está lleno de ambivalencias. La semana pasada murió Santiago Carrillo. ¡Noventa y siete años el tío! Para unos, gran demócrata español; para otros, asesino sanguinario en Paracuellos. Para unos, fumador acérrimo; para otros, sistema inmunológico y pulmones envidiables.

Desde la perpetua ingenuidad de los humanistas, Santiago Carrillo siempre me inspiró cierta simpatía. Cierta simpatía y cierta lástima. Inteligente, cauteloso, conciliador e inflexible frente al enemigo. Rebelde primero, político después. Un hombre de principios, de aquellos que quedaron en el siglo pasado. Junto a las Pasionarias y los Bogart. Un hombre que supo vivir sobre la base de sus ideales y morir en paz, durante la típica y muy nuestra siesta. Un dinosaurio en todas sus acepciones.

Gary CooperA medida que enterramos a los últimos exponentes de las primeras décadas del siglo pasado, me pregunto si no estamos en camino de crear una sociedad excesivamente débil. Sí, quizá aquella fue demasiado cruenta y, a todos los efectos, más interesante. Pero entonces no necesitaban loqueros, ni dormir ocho horas al día o trabajar un máximo de cuarenta a la semana.

Tampoco puedo imaginar aquella época a color; para mí, todo aquello, es blanco y negro, como en las retrospectivas cinematográficas. Por ello, queda en el imaginario colectivo, o al menos en mi imaginario, el personaje de Tony Soprano preguntándose qué fue del arquetipo del hombre fuerte y silencioso, del Gary Cooper. Ese hombre que hacía lo que tenía que hacer, que no buscaba excusas. Lo que nadie sabe —decía Tony en la primera temporada de la serie— es que, como a Gary Cooper se le ocurriese explicar lo que sentía, toda la mierda que llevaba dentro, ya nadie podría pararlo.

«Yo soy yo y mi circunstancia», proclamaba Ortega i Gasset. Desde la vertiente perspectivista, los blandengues de hoy no somos más que los hijos de Gary Cooper. El pequeño Timmy no tuvo jamás que pegar un tiro a quemarropa al enemigo, y no se obligó a tragarse las lágrimas por ello. Somos aquello que quisieron ser nuestros padres; somos aquello de lo que nos han podido librar. Pero, ¿somos aquello que queremos ser?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s