Orsai

El otro día releía algunos artículos de Orsai. La experiencia se me asemejó a cuando encuentras una tarjeta de felicitación de hace diez años y te preguntas con cara de idiota: «¿Cómo coño ha pasado esto?» Cuando quise darme cuenta, aquel tipo había abierto una especie de editorial y supongo que había engordado más, o se habría casado y habría tenido hijos. Eso no era de mi incumbencia, ya que ni él era tan famoso ni yo tan cotilla. Tenía una mañana improductiva por delante y muchas entradas por leer. Así que me dispuse a ello.

John Lennon acertó plenamente cuando dijo: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes». Su última historia lo tenía todo, y yo la envidié desde el principio: enanos maricas, mi Barcelona, el barrio de Gràcia, mayordomos, argentinos trabajadores…

Mientras intentas acabar tu licenciatura, un máster, escribir, consolidar tu relación de pareja, no beber demasiado alcohol ni probar demasiadas drogas… Mientras intentas todo eso, se te encanece la barba, te sale tripa, la gente que conoces se muda; otra gente a la que no conoces, viene. Y tú ya no quieres conocer a estos otros, porque parecen igual de idiotas, pero son diferentes.

Por la tarde, aún con media mudanza en ciernes, encontré una tarjeta de felicitación entre las cajas y supongo que, por ende, relacioné ambas experiencias. Aquella tarjeta decía: «¡Felicidades!» Con un veintidós pegado. Pero lo que hacía aquel papelajo en realidad era juzgarme. Juzgaba todo aquello que había hecho durante los últimos cinco años hasta llegar aquí. Allí, en el suelo de mi nuevo salón, en mi propia casa, donde todavía quedaban cientos de cajas por el medio. O al menos a mí me lo parecía.

—¿Qué haces por ahí arriba? —preguntó Laura a gritos.

—Recojo —murmuré.

Me senté un segundo en el sofá y pensé en prender un cigarro por nostalgia. No fumo desde hace años: como todos, simplemente, voy intercambiando vicios (comida, bebida, deporte, tabaco, otras drogas más censurables; comida, bebida, deporte, etcétera).

En Orsai, aquel argentino decía que aquel que no vive la vida, no tiene historias que contar. Si bien eso es cierto, también es propio de argentinos mentirme. Quizá quería hacerme creer que tenía que salir a buscar mis propias historias, entonces aprovecharía para robarme todas aquellas que pudieran nacer de la más absoluta y completa ficción. Supuse que Bukowski se reiría desde su casa en Los Ángeles, afirmando que todo lo que necesitaba era su máquina de escribir, o su Macintosh cuando ya estaba viejo, chocho y ya casi no era Bukowski. Pero incluso él tenía que largarse al hipódromo e impregnarse de humanidad. La dicotomía típica del escribir para ser o el ser para escribir. Chorradas.

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