El día que enterramos a diez gallinas

La ficción puede con todo. Como comprenderán, casi todas las afirmaciones que se derivan del título son falsas. Para empezar, nadie se molestó en enterrar a ninguna de aquellas gallinas. Seguidamente, no se enterraron las diez el mismo día, porque su periplo duró unos dos meses. Si recurriésemos a burdas mentiras, podríamos narrar una escena tan verosímil como la siguiente:

Eran casi las tres de la tarde y llegábamos cansados. Habíamos recorrido la isla de punta a punta, de Selva a Moscari, de Moscari a Campanet; tira hacia Inca, coge autopista, pasa por el aeropuerto; corriendo por la autovía hacia Manacor y luego vuelve dirección Inca. Llevábamos varias horas en el coche y una telilla de sudor recorría el rostro de la mayoría de los presentes, obviando el esfuerzo titánico que mantenía el aire acondicionado.

Tras aparcar, abrimos el portón de la casa. Chirrió, para ceder, a continuación, con una oportuna bienvenida: encontramos a los perros dentro del gallinero. Allí ya no quedaban ponedoras, sino un festín de higadillos. Una casquería al completo en nuestro propio hogar. El corral podría haber sido la secuencia final de Saló si Pasolini hubiese sido una gallina fascista.

Pero esperen. Para entonces, solo quedaban tres gallinas. Hay más.

Gallinicidio, vol.1
Gallinicidio, vol.1

Mallorca (5)

Unas semanas antes, el corral estaba vacío. Los imponderables, a menudo, obligan a mudarse. Las primeras seis  gallinas tenían que dejar su piso en la periferia palmesana e instalarse en la part forana, al pie de la Serra de Tramuntana. Su mudanza fue conflictiva: un accidente de carretera, fruto de los achaques del calor durante la temporada estival. La única superviviente llegó a la urbanización deshidratada y turbada por los acontecimientos; recordando a sus hermanas bajo las miradas despreciativas de sus nuevos vecinos. No obstante, había podido escapar de tan funesto final.

Todos los jueves es día de mercado en Inca. Allí, pueden encontrar gente atribulada contra la que chocarse, ropa, complementos e incluso plantas y aves. Decidimos comprar dos gallinas, una compañera adulta y una joven e inexperta, para que diesen vida al hogar. Un corazón aguerrido y un espíritu aventurero le jugaron una mala pasada a la primera. A las pocas horas, o su corazón no era tan aguerrido o su cuello era más endeble de lo que los canes supusieron.

Dos semanas más tarde, habíamos invitado a nuestro piso a otro joven y otra ponedora. Pese a algunos vuelos imprevistos, todos parecieron adaptarse. Los felinos no tenían gran interés en entablar conversación con las plumíferas, pero tampoco parecían llegar a las manos como había sucedido con algún gorrión indisciplinado. Los perros, escandalosos por naturaleza, advertían moderación entre ladridos, llegando a los insultos y a los empujones tras forzar la puerta o la reja. Los caseros, por la parte que les tocaba, siempre habían conseguido evitar que la sangre llegase al río.

Entonces apareció un cadáver en el descampado cercano. Entre maullidos y ladridos no hubo forma de resolver aquel entuerto. Todo apuntaba a que el pollo, que ya había empezado a hacerse el gallito por el vecindario, había encontrado a alguien con quien esa clase de bravuconadas no funcionaron. Desfalleció sin posibilidad alguna de recuperación.

Las tres inquilinas restantes se mostraron inquietas y recelosas, sin embargo, abogaron por la sensatez. Los caseros solicitaron calma, rogándoles que no abandonasen las inmediaciones hasta dar con el culpable.

Las rejas y la puerta fueron reforzadas y todos los sospechosos asediados en la medida de lo posible. Unos días más tarde, durante una breve ausencia, alguien mordió y destrozó las rejas del gallinero. Un grito anunció el retorno de la casera. En los cuerpos de las plumíferas se encontraron numerosos arañazos; quienes habían perpetrado tal crimen también desmembraron el cuerpo de una de ellas. Los felinos, desde el techo del gallinero, observaban recelosos la escena; los perros, desde fuera, ladraban y gruñían un sinsentido tras otro.

Tras examinar la escena, no había otra posible respuesta. Inconcluyente, afirmaron los caseros. Quien hubiese sido, había cubierto bien sus huellas. Una cosa estaba clara, aquella familia nunca cayó demasiado bien en el vecindario.

Durante la noche, los perros y los caseros velaron la escena. Los canes, pasada la medianoche, cayeron rendidos entre las emociones del día y el frescor estival. Los gatos maullaban por las esquinas, con el pasotismo que les define, amenazantes frente a otros felinos. A oscuras, sentados en una repisa de piedra repleta de musgo, aquel gallinero vacío se les asemejó un poco a  la vida. Ir metiendo gallinas mientras otro las iba sacando no era más que otra forma de seguir viviendo.

Los caseros se negaron en redondo cuando surgió la oportunidad de alquilar de nuevo aquel gallinero, al menos durante una buena temporada. Quizá el problema era que la reja no era lo suficiente alta, o que, desde el principio, no habían hecho buenas migas con perros o gatos. Los caseros llegaron a la conclusión de que dos siglos atrás estarían muertos de hambre y exclamaron: “¡Viva la revolución  industrial!”

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