El club de los veintisiete y una diva del soul

Hace algo más de un año que saltó a los medios la noticia de la muerte de Amy Winehouse. La diva del soul había cometido sus últimos excesos y había estirado la pata.

Personalmente, me entristeció de una forma extraña, propia de aquellos seguidores que prefieren no acercarse a espectáculo alguno, de aquellos que rehúyen otorgarle carnalidad a la figura. Mantuve sus dos discos encima del escritorio y los alterné durante meses con otras obras, renegando devolverlos a la estantería.

Quizá Amy, como el resto de nosotros, anhelaba la eternidad. Ella se contentó con formar parte de algo, en este caso, un grupo de cadáveres prematuros. Unos cadáveres que nos recuerdan, socialmente, que la vida debe ser vivida; cuyas acciones y excesos nos muestran un extremo del camino, aquel que nos venden como el más feroz, y que en nuestros días no es más que márquetin de consumo.

Amy Winehouse
Amy Winehouse

No es casual que esta ansia de vida haya alargado la adolescencia. Se han quitado años por encima y por debajo. Todos quieren ser mayores antes, pero nadie quiere empezar a madurar y a sentirse viejo, y yo menos que nadie. Todos quieren correr demasiado, amar demasiado, sentir demasiado… Resulta entretenida y preocupante la venta de esta piel, salvaje y atractiva, como el modelo predominante de la sociedad occidental.

Pero esa prisa, es más un problema temporal, perdurar mediante el recuerdo, dejar una huella. No obstante, esa impresión, más tarde o más temprano, también desaparecerá definitivamente. Siempre es más sencillo mentirse cuando la fiesta acaba de empezar, pero irte a tres o cuatro afters no evitará que llegue el momento de parar.

Un año más tarde, desempolvo los discos. No es que no os escuche, les digo, es que ahora uso un mp3 de esos. Ellos no son más que otra burda mentira, propia de asociacionistas que consideran que el ser y el objeto son la misma cosa, o que, como mínimo, uno advierte cierta relación con el otro.

Agrego: Sois dignos de escucharos durante décadas pero, desde lejos, no sois más que un pequeño punto brillante, como todos. No os preocupéis en exceso. Salgo a tomarme un par de tragos por Amy, una vez más, ahora que todavía nos acordamos de brindar por ella.

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