Francisco Umbral, Camilo José Cela y otros hitos de la escena televisiva

Era aún un retaco cuando me topé delante de la Telefunken familiar con los que se enorgullecían del trato del don Camilo y el don Francisco. De primeras, confieso que me hubiese gustado adentrarme antes en la familia del Pascual Duarteo en aquella colmena fascistoide; no obstante, durante años, tuve que contentarme con la imagen que me facilitaba el televisor. A posteriori, devoré algunos retazos de ese Cela joven, después se me ha hecho bastante peñazo.

La figura de Francisco Umbral como escritor sigue, para mí, inmersa en un blanco fragmentado; desconozco si por falta de atractivo o empujado por esa crítica feroz que le dedicó Pérez-Reverte durante mi juventud pubescente. Luego, gracias a la magia de la blogosfera recogí unos cuantos artículos y llegué a la conclusión de que para coger un libro y que un escritor viejo me contase como se zurraba el manubrio, casi que prefería arrimar cebolleta o acercarme al WC tras el posterior rechazo de la fémina.

Como soy de familia castiza y bruta no suelo intentar disfrazarme de moderno, underground u otros esnobismos varios que, en confianza, podemos tildar de gilipolleces. Así que tampoco tenía intención de mentir sobre el motivo del artículo. Y el hecho de estampar en el título a dos escritores resueltos a encontrar el reconocimiento omnipresente de la escena pública, viene propiciado por la necesidad de que no se acerquen por aquí concursantes de reality show. Porque si se acercan yo les diré que les admiro y que, pese a no existir complejo de Edipo evidente, escribo sobre ellos a raíz de algo que ya hace varios años repite mi santa madre: «¡Ay! Cuando en la tele salían escritores y quedaba cultura… ¡Época dorada!»

Esas palabras, entonces, me retrotraen hacia la figura de don Camilo empujando con jocosidad manifiesta a la periodista Pilar Trenas a su piscina; o el por todos conocido como Paco Umbral —hipocorístico que mucha gracia no debía hacerle, ¿no?— engañado y vilipendiado por Mercedes Milá en su programa Queremos saber, en el cual nadie parecía tener excesivo interés en su obra La década roja —ni en esa ni en ninguna otra. Escenas para el recuerdo que se mezclan con la aparición de un alcalde de Marbella en un jacuzzi lleno de mulatas, un grupo de cineastas borrachos llenando de humo un plató de televisión y confesiones tras la cortina sobre camioneros bujarras.

La diferencia es que, a Galdós, fue Valle-Inclán quien le dijo que ya estaba gagá. Y esto, entre escritores, es el pan nuestro de cada día. La televisión, por el contrario, es mucho más cruel y como el tiempo de un nobel de literatura no puede tener el mismo valor que el del soplap…gaitas de turno, el cambio era evidente. Le pesase a quien le pesase el déficit de atención, era cuestión de tiempo que, tras la tormenta, al rey lo sustituyese el bufón, porque a la corte le va a cundir lo mismo y, por el contrario, se ahorran unas buenas perras a repartir. Al fin y al cabo, por desgracia, no se aprende ni mucho más, ni mucho menos, y el espectáculo continúa.

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