Aquel que queríamos ser

Hace unos días, frente a un café, aquel que sueña a sus protagonistas inició su relato. Por norma, en los sueños, la mente omite escenarios y secuencias de importancia menor, y centra su atención, si podemos hablar de algún tipo de reflexión onírica o similar, en los elementos principales. Allí, entre unas sillas y una mesa descansaban tres figuras en silencio, decía. No recordaba demasiados detalles pues, por lo que sabe de sí mismo, suele perderse entre los mismos. Sin embargo, afirmaba que las tres figuras brillaban como puede hacerlo la porcelana al contacto con la luz.

No tardó en percatarse que se trataba de su abuelo, su abuela y su padre y, rápidamente, comprendió por qué no había ningún otro familiar en aquella habitación. Entonces, durante un tiempo indefinido, propio del sueño, los observó sin decir nada. La imagen de los abuelos era algo más tenue que la del padre, del que todavía se podían apreciar los rasgos con claridad. Pero, de golpe y porrazo, las figuras caían contra el suelo y, una a una, reventaban en mil pedazos, presentando su reverso; la cara inversa permitía apreciar el material con el que estaban hechos: terracota, arcilla o algún tipo de barro endurecido.

Después, un momento antes de despertarse con un frío intensísimo que le recorrió todo el cuerpo sin  tregua durante horas, tuvo la certeza de que alguien había empujado a esas figuras contra el suelo y que estas no se encontraban ni tan sujetas ni tan firmes a sus sillas. Sin duda, todo el sueño tenía una lectura superficial, la cual afligía más que cualquier otra y, a causa de su sentido unívoco, había escogido a su interlocutor sin excesivo esmero.

Me permití darle mi opinión, la cual rechazó sin miramientos, alegando que ni él ni yo poseíamos los conocimientos suficientes para analizar la psique humana y, tras una segunda ronda de cafés, decidió encauzar la conversación por los derroteros que realmente resultaban de su interés. Así que, de aquel sueño sobre familiares muertos, surgió la necesidad de aprovechar mejor el momento presente, pero sobre todo de dedicar veinte minutos diarios a esa costumbre antieuropea y retrógrada que es la siesta.

Accedí, pues sabía que eso no iba a cuajar. Parecía más una forma de intentar aprovechar el tiempo, incluso cuando se privaba de este durante la vigilia, más que una verdadera necesidad de salud. Si no, ¿por qué no conseguía cerrar los ojos después de comer?

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