Sobre la filosofía (II)

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura. (Salinger: 185)

Sobre la filosofía (I) pretendía ser un punto de acceso a los principales aspectos del conocimiento que pueden sustraerse  por medio de la especulación filosófica —comprendida como la síntesis derivada de una tesis y su(s) antítesis, más que como la técnica de conversación clásica—  y la circulación de conceptos.

La enseñanza filosófica se desplaza a través de los treinta siglos de historia del pensamiento que nos preceden mediante la transmisión conceptual, donde subyace un interés escaso por una vertiente más epistemológica, es decir, por la búsqueda del conocimiento, fundamentalmente apoyado en la ciencia y la experiencia. Como puntos de interés o de estudio actual, destacarían las disciplinas de lingüística, lógica, moral y, quizá, filosofía de la religión.

El pensamiento de Adam Smith permitió crear las bases del capitalismo moderno.
El pensamiento de Adam Smith permitió crear las bases del capitalismo moderno.

De igual modo, este trasvase conceptual no debería obviar las necesidades que la naturaleza especulativa demanda, en especial, la obligación de acogerse a una vía multidisciplinar para la comprensión de temas de actualidad, con el fin de permitirnos la posibilidad de teorizar, cómodamente, en el momento presente, no de perder el tiempo mediante lo que podríamos llamar contaminación especulativa o, en otras palabras,  la actividad discursiva y especulativa que se lleva a cabo sin los conocimientos necesarios o, directamente, desde el desconocimiento o la obsolescencia de un pensamiento(s) ya superado(s) o refutado(s).

Hoy día, la filosofía en sí no solo mantiene un peso escaso en sociedad, sino que su función está siendo desvirtuada o suplantada por otras formas de orden social, como el consumismo, el capitalismo o el socialismo, que posicionan a la masa por delante del individuo, y no al individuo como patrón social imprescindible dentro de esa masa. Todas ellas, irónicamente, acogen y maximizan la importancia del individuo mediante un canon de producción masivo —sea material o ideológico.

Se enseña lo que se tiene que hacer (orden social) y no por qué se tiene que hacer (pensamiento social), y si ello es correcto o adecuado respecto a nuestro posicionamiento ideológico y mental, puesto que, en muchos casos, tampoco se nos ofrecen los medios para desarrollar este pensamiento individualizado.

Esta tara puede observarse con más detalle si centramos nuestra visión en un punto de estudio concreto. Por ejemplo, los grandes debates éticos acerca de la medicina actual, la radicalización del pensamiento religioso o las condiciones socioeconómicas en un mapa global interrelaciado y cómo afectan a los países subdesarrollados.

Todos estos planteamientos se omiten por interés práctico, de igual modo que ocurre con las condiciones laborales y sociales que ya Salinger, hace más de sesenta años, comprendía como un punto de no-retorno en El guardián entre el centeno. ¿Por qué no se ha profundizado en el estudio del trabajo a través de una perspectiva filosófica? Si atendemos a esta cuestión, comprobamos que las concepciones utilitaristas (jurídica o socioeconómica) y, también, la concepción histórica son perspectivas de estudio habituales, en cambio, se rehúye la crítica filosófica del trabajo, siendo este uno de los pilares en los que se basa nuestra sociedad y que arrastra temas de mayor calado: por ejemplo, la necesidad de un modelo consumista, de producción a gran escala y malgasto de recursos naturales para continuar manteniendo el estilo de vida capitalista.

—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas  y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y avances de las próximas películas. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo. (Salinger: 145)

Parece bastante agudo acordar que, actualmente, una formación humanística es incompleta para triunfar en una sociedad utilitarista, y sería más inteligente optar por estudios más funcionales —útiles respecto al valor social que se otorga a ese producto en sociedad, por ejemplo, los grados y licenciaturas de Economía o Administración de Empresas tienen, muy a menudo,  mayor peso social que la literatura o el arte— si ese es nuestro fin último; por el contrario, si nuestro interés es puramente académico, en su sentido más amplio, la formación ofrecida es insuficiente y debería apoyarse en una cultura científica y técnica adecuada (biología, lógica, física, robótica…). Pues, ¿existe un interés verdadero de la cultura por la cultura más allá de la utilidad inherente que nos confiere su preservación? ¿No es la utilidad ese algo imprescindible que otorga valor a la materia?

La filosofía no funciona al margen del mundo físico, sino todo lo contrario: opera en él, y su función básica es ayudarnos a entender y mejorar esa physis. Así, no puede explicar per se cómo funciona el universo —ni debe hacerlo—, sino que su función principal es la de convertirse en un híbrido útil, el cual pueda dar un sentido lógico formal a la creación, así como a la evolución y a las modificaciones de la misma. Es decir, la filosofía no tiene sentido un campo estrictamente binomial de ciencia-religión, pero sí tiene potestad para categorizar aquellos productos que se derivan de la ciencia, la tecnología o la religión.

En otras palabras, la filosofía no puede probar ni aspirar a promulgar discursos de importancia similar en temas como la existencia de un dios, la maternidad o la robótica, pero sí puede postularse respecto a esas cuestiones: sobre su bondad, maldad o moralidad, ayudando a su estudio y estableciendo límites, tanto a nivel científico como social. Su principal enemigo, llegados a este punto, diríase que no ha sido el estudio de los autores, sino la dificultad de crear un mapa conceptual suficientemente grande desde el acercamiento a las figuras de los pensadores más destacados, desde el mundo clásico hasta nuestros días; quizá, una posible solución, empezaría por invertir el orden autor-concepto, por el formato menos amigable de concepto-autor; en otras palabras, desgranar los conceptos tratados por cada autor, haciendo especial hincapié en los temas de interés y no en aquello interesante que dijo cada pensador, del modo que ofrece el profesor David Papineau en su obra Filosofía (Blume, 2008).

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Bibliografía:

  • Salinger, J.D. (2008). El guardián entre el centeno. Madrid, España: Alianza Editorial.
  • Papineau, D. (2008). Filosofía. Barcelona, España: Blume.

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