Cagar en la gran ciudad, disputas vecinales y la madre que los parió

Mallorca (7)

Yo soy un tío pasota. Quiero decir —para no encaminarme por otros derroteros desde el principio— que me llevo bien con la gente que no me toca los cojones; o sea, que soporto la insulsa levedad del ser hasta que me soplan la nuca. Por ejemplo, saludo a los demás, y no suele importarme que no me devuelvan el saludo siquiera. Así de bohemio soy. Si me quieren saludar, pues ahí estoy yo,  si no, mañana me harán un ademán con la mano o un gesto con la cabeza. ¿Qué se yo? A lo mejor el pobre hombre tiene cáncer, o se le ha muerto el papagayo. Cuestión, que por aquí, por el pueblo, yo tiro a la mía y no me preocupa demasiado lo que dice uno o lo que hace el otro.

"Pop Shop IV (Barking Dogs)", de Keith Haring.
“Pop Shop IV (Barking Dogs)”, de Keith Haring.

He aprendido, a fuerza de encontronazos, que en los pueblos esto no suele ser así, y que soy yo el que va contracorriente. Como son cuatro gatos, suelen enterarse de todos los trapicheos que se esconden los unos a los otros; que si tu coche mira mal a mi coche, que esa mujer era mía por derecho de pernada, que si tu hija es más fea que una tortuga con labio leporino…, que si esto, que si aquello. Por esto, imagino, la gente de pueblo suele estar menos liberada que la de ciudad.

Mientras relacionaba ideas, me ha venido a la cabeza un episodio dantesco con una señora que me encontré en Barcelona plantándose un pino en medio de la calle. Allí somos millones de personas y, claro está, si una señora se planta un pinocho en público, pues se lo cuentas al del bar, el cual no te está escuchando y a tus dos amigos de turno, que uno es tonto y el otro cornudo, con lo que también tienen los problemas suficientes para ignorar si la vieja de turno va sueltecilla o tenía ganas de aventura en la urbe.

Los sitios pequeños, en cambio, tienen sus propias reglas, y como se te ocurra plantarte un pino en la plaza mayor, vas a ser el caganer para el resto de tus días, y eso ya jode más. Incluso si se te planteas colgarte de un olivo, condenarás a tus descendientes a escuchar que algo malo habrías hecho y que vaya forma idiota de gastar un buen cabo, que para eso está la escopeta (que se limpia y fuera) o la Serra de Tramuntana, donde puedes irte a hacer el cabra y ya te encontrarán.

Y es que aquí el talante es otro, y las cosas pasan más despacio, y todo se sabe, y si no es hoy, es mañana… Por lo que cuando medio pueblo está peleado con el otro medio, tú, abandonas el visionado pasivo y te preguntas angustiado qué ha ocurrido, qué perturba tu efímera existencia y por cuánto tiempo.

Parece ser que hay un perro que abusa un poco de sus cuerdas vocales, explican los vecinos un poco molestos, ya que, de vez en cuando, les fastidia la siesta de rigor o salir a tomar el fresco a última hora de la tarde. Por ello, han decidido denunciar a la familia y amenazarles con hacerles la vida imposible hasta que se larguen. Yo, por mi parte, tranquilizo a los dueños del perro, les aseguro que a mí los ladridos de su perro no me resultan molestos y vuelvo a casa… hasta que me entren ganas de irme a ladrar o a cagar en la puerta de alguno de mis vecinos.

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