Sobre la muerte (II)

La importancia del mito al logos

La verdad es una, los sabios hablan de ella por muchos nombres.

Rig-veda

El cambio de mentalidad paulatino entre un universo en constante caos hacia un mundo regido por leyes naturales —y también su contrapunto metafísico— resulta capital para entender la vida y la muerte desde la perspectiva humana. Las actitudes míticas, o el misticismo propio de los pueblos previos a la razón clásica, se basaban en la atribución de características fantásticas y maravillosas a los sucesos cuya explicación era desconocida. Esta actitud, por ejemplo, podemos encontrarla en Egipto y Babilonia, extendiéndose hasta Grecia y Roma, donde pese a la aparición e imposición del pensamiento racional, los mitos originarios prevalecieron en el imaginario colectivo a través de la literatura y el culto a los dioses.

Según Mircea Eliade, los acontecimientos de la naturaleza que se repiten periódicamente se explican como consecuencia de los sucesos narrados en el mito, por ejemplo, el cambio de estación, un eclipse solar, etcétera. A su vez, el mitólogo Joseph Cambell desglosaba las funciones y el triunfo del mito en cuatro proposiciones útiles:

  1. La función metafísica: despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser
  2. La función cosmológica: explicación de la forma del universo
  3. La función sociológica: validar y apoyar el orden social existente
  4. La función psicológica: guía del individuo a través de las etapas de la vida
"El libro de las maravillas" era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.
“El libro de las maravillas” era una obra práctica donde se ilustraban rutas de comercio, tipos de mercancías y otras precauciones para mercaderes.

Por otra parte, la concepción de muerte como algo totalmente contrario a la vida, y como el fin de la misma, sí es algo comprendido de forma inherente. De este modo, la metafísica se contrapone a la física, por lo que no es extraño que, durante siglos, se resolviese como hipotética explicación de esta.

Más allá de la religión o la espiritualidad, contamos con numerosas fuentes que, con influencias previas, han buscado una inmortalidad más tangible: las aguas curativas de Novelas de Alejandro o Los viajes de Marco Polo son obras que, sin lugar a dudas, también influenciaron al adelantado español Juan Ponce de León en su búsqueda de la eternidad a través del continente americano, donde descubrió que existían leyendas similares entre los araguacos y a través de todo el Mar Caribe. Y es que, a pesar de esa distinción europea y etnocéntrica entre los pueblos bárbaros y civilizados, este  ha sido siempre un miedo humano y universal.

La literatura, el cine y el imaginario colectivo

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended – ¡a reír!

Friedrich Nietzsche

A medida que nos acercamos a la modernidad, nos encontramos, de nuevo, con ese ideal. En este caso, pervertido en la literatura  con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, Drácula de Bram Stoker y todo el imaginario colectivo que empezó a dar vida a la figura del monstruo. Ese álter ego que tanto nos repugna como nos atrae, que nos aterra y nos seduce con la idea de traspasar las puertas de la muerte, de traer vida desde el otro lado o, simplemente, de vivir eternamente; comprendida como una necesidad humana que debe relacionarse con la ilusión de supervivencia y de perpetuación, a menudo satisfecha a través de nuestros descendientes (véase Freud, por ejemplo) o nuestra obra material.

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha demostrado, como ya anticipó Schopenhauer, que la muerte es un acto creador de vida, así como la vida es un acto creador de muerte: todo lo que nace está destinado a morir, pero con su muerte aparece el germen de otra vida.

Aunque cada recién nacido aparezca lozano y alegre, esto no debiera ser considerado como un regalo, pues es consecuencia necesaria de la vejez y muerte de otro, el que llevaría en sí el germen de la inmortalidad heredado ahora por el recién nacido y ambos representarían una misma esencia.

Sobre Schopenhauer, en Magia del vitalismo romántico alemán (A. Sonnenfeld)

Por otra parte, como sociedad, podríamos considerarnos una unicidad, un todo de conciencias individuales, donde el destino de cualquiera de las partes está ligado al resto. Para que cada uno de nosotros nazca, otro ha tenido que morir, afirmaba Schopenhauer. Y esa afirmación, para mí, tiene mucho de aquella antigua frase del poeta griego Sófocles, que rezaba: “No haber nacido nunca puede ser el mejor de los favores.

La conciencia omnipresente de muerte se representa como algo enteramente humano, que no puede percibirse como trágico debido a su sentido natural y lógico, más que para aquellos dotados de razón e incertidumbre. Debemos comprender que el germen de la creación solo está en nosotros durante un tiempo limitado por lo que, desde una vertiente práctica, sin muerte no puede haber vida.

¿O sí?

La muerte como enfermedad

¿Qué ocurre cuando multiplicamos nuestra esperanza de vida por diez, cien o infinito? ¿Pierde sentido el proceso natural o estamos alcanzando un punto en el cual podemos sustituir el proceso tradicional por otro distinto? ¿Existe un proceso natural o no es más que el único proceso al que teníamos que resignarnos? Estas preguntas son capitales cuando el gerontólogo Aubrey de Grey afirmó hace casi diez años que la medicina regenerativa es una realidad a corto plazo, no una probabilidad.

De Grey comprende la vejez como una enfermedad, no como un proceso natural, por lo que entiende que se deben estudiar los síntomas, tratar y curar los distintos puntos que afectan al envejecimiento de nuestros cuerpos y, sobre todo, de nuestras mentes.

Por otra parte, consciente de que vivir más tiempo y mediante una juventud (casi) eterna entraña una serie de riesgos sociales y una serie de planteamientos éticos publicó la obra Ending Aging (2007) que se preocupa por remarcar unas pautas ideales de uso.

La muerte dejará de asociarse a la vejez.

Aubrey de Grey

Todo ello plantea una serie de preguntas muy reveladoras aunque, quizá, la principal sea: “¿Será posible ofrecer el milagro de la eterna juventud a corto plazo?” Si la respuesta es afirmativa, se presentarán preguntas todavía más revolucionarias si cabe, como:

  1. ¿Quién podrá vivir eternamente?
  2. ¿Es viable la vida eterna con un tercio de la población mundial sobreviviendo bajo el umbral de la pobreza?
  3. ¿Será un invento democrático o quedará reservado para una élite (económica, política…)?

Sin embargo, la pregunta más importante de todas tendría relación más bien con la moralidad inherente en el acto. Si detenemos nuestro envejecimiento, si podemos vivir eternamente, será necesario controlar la natalidad, como mínimo, hasta conseguir los recursos suficientes para la supervivencia de todos, ¿tenemos alguna deuda moral con la misma naturaleza? ¿Con la regeneración de la especie? ¿Necesitaremos a los dioses?

Se abre un intenso debate.

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