El hombre que mató a don Quijote

Terry Gilliam formó parte del grupo cómico Monty Python en la década de los setenta; después, ni corto ni perezoso, se lanzó a dirigir detrás de las cámaras, regalándonos películas que juegan con los niveles de realidad y ficción, con lo cómico y lo burlesco y con la tragicomedia que tanta cancha da al sarcasmo y la ironía.

La escena del Caballero negro. Una secuencia clásica de Monty Python and the Holy Grail (1975), película en la que Terry Gilliam participó como Caballero verde.
La escena del Caballero negro. Una secuencia clásica de Monty Python and the Holy Grail (1975), película en la que Terry Gilliam participó como Caballero verde.

Yo, como buen cinéfilo, ocupo muchas horas en devorar filmografías; así, una semana recupero la trayectoria de James Gandolfini, contrariado por su muerte; la siguiente reviso los mejores minutos de Woody Allen, como actor o como director; más tarde preparo una sesión de la saga Rocky y, por último, me vuelvo a chupar Twin Peaks de pe a pa.

Este viernes, después de ver por decimocuarta vez (por lo menos) Miedo y asco en Las Vegas (1999), decidí descubrir qué otras historias había detrás de la figura de Terry Gilliam. Algunas ya las conocía: Brazil (1985), El rey pescador (1991) o Doce monos (1995) por ejemplo; no obstante, entre ellas no solo me topé con un proyecto fallido (El hombre que mató a don Quijote), sino que, además, descubrí que las partes que se habían derivado del rodaje habían dado forma a un documental sobre cómo hacer cine —y lo que puede sucederte si te decides a ello— la mar de interesante. Bajo el título Lost in La Mancha (2002), se presentaban todos los posibles contratiempos que pueden asolar a una producción cinematográfica; de testigo, una única cámara de producción, que se encargó de captarlos uno a uno, como ya se había hecho durante la producción de Doce monos.

A través de Youtube, se puede acceder a esta lección cinematográfica que tiene una duración aproximada de 1 h y 30 min, donde Gilliam reúne a duras penas (contratos en el aire, rebaja del caché por decisión expresa, etcétera) a actores de la talla de Johnny Depp, Jean Rochefort o Vanessa Paradis para dar forma a su peculiar visión de aquel anciano que soñaba, fuera de tiempo, con ser protagonista de  sus novelas de caballería, cuya necesidad era tal que desvencijaba por las cuatro esquinas de su casa hasta convertir aquella quimera en el proyecto de un lunático.

Desde el inicio del reportaje no tarda en descubrirse que el rodaje será una batalla contra los elementos: mal tiempo, falta de presupuesto, dudas entre los inversores, graves problemas de salud de uno de los actores protagonistas e incluso un F-16 surcando el cielo y fastidiando toma tras toma. La desorganización se equiparó al único gran fiasco que había tenido Terry Gilliam hasta la fecha: Las aventuras del barón Munchausen (1987), cuyo resultado no tardaría en repetirse, hasta el punto que el rodaje debió ser cancelado.

Lost in La Mancha (2002), el documental que recoge el rodaje y la cancelación de la película The Man Who Killed Don Quixote: El hombre que mató a don Quijote, en español.

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