Escribir en blanco y negro, o no hacerlo

¿Conoces esa escena de Annie Hall en la que un niño no quiere hacer los deberes porque el universo se expande? Por suerte o por desgracia, la cultura de masas ha convertido al escéptico en otro estándar más —el cual expresa muy bien por qué los atormentados  nihilistas pueden resultar graciosos sin pretenderlo.

Cuando el narrador empieza a relatar una historia de protagonista masculino, la tradición dice que debería torcer el gesto, lamentar su mala estrella y, a menudo, fumar tabaco rubio; o negro si ya es más Colombo que Bogart —aunque esto, ahora, también es políticamente incorrecto. Y es que fruto de los estereotipos, vivimos de imágenes vacías: el escritor caído en desgracia, la inocente chica de pueblo buscando fama en la gran ciudad, el triunfador surgido de la nada…

No hace falta que seas excesivamente reivindicativo, porque Edward Norton y Brad Pitt ya atan las pelotas a un alto funcionario que nos está jodiendo la vida; tampoco violento, ni perspicaz o aventurero, Bruce Willis se encarga: tú dale un coche y un helicóptero que destrozar mientras Gandolfini mantiene a raya a toda la ciudad de Nueva Jersey, gracias a su carisma, sus capos y su mala leche.

Quimeras bajo el hormigón, aspiraciones enclaustradas entre estrellas: el paseo de la fama, el Parade, Internet…, todo vale; Duchovny escribe un par de libros y consigue drogas, sexo y rock and roll allí por donde pasa; eso sí, en California, donde hay una musa en cada playa y la gente no deja caer sus máscaras hasta el amanecer; donde todos viven siempre al máximo, ocultando aquello que tienen dentro un poco más, y un poco más, y un poco más…

Hombre de Vitruvio
Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci (1490).

Como espectadores, subsistimos de imágenes vacías: con miedo, con angustia; dejándonos el tiempo y la salud en objetivos que, al principio, ni tan siquiera perseguíamos. Nos venden que una vida tranquila es siempre una vida mejor, que para acción uno ya tiene un gran surtido de productos prefabricados: conoce, experimenta, vive a través de la pantalla… Atrás queda el aprender y perseguir los propios sueños. Ser artistas, aventureros, científicos o poetas. Innovar, descubrir, mejorar… ¿Has olvidado todo esto? Ahora, más que nunca, todos deberíamos querer ser da Vinci, no imágenes filtradas a través de un caleidoscopio.

¿Conclusión? Aquí no hay de eso. Solo un consejo: la ventaja de envejecer  parece ser comprobar, poco a poco, como tu mundo —que nunca es el actual, y menos a partir de cierta edad— se convierte en pasado y cada vez te encuentras más desubicado. La música es peor, las mujeres son menos sexies y las fiestas han perdido su frescura y su brutalidad.  Y eso, amigo, eso sí que no tiene vuelta de hoja. Despierta, o vas a estar verdaderamente jodido.

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