Celuloide (I)

Sobre el cine clásico

Hace unas semanas, hojeaba algún artículo aleatorio en la prensa local; desconozco el diario, e incluso si realmente fue en este medio y no en un blog o alguna revista, pero pondría la mano en el fuego que, como mínimo, fue en Barcelona y no en Palma. Allí, tras algunas cervezas con un colega, repasaba alguna columna de opinión que hablaba sobre los cinéfilos y los cinépatas, o los cinéfilos o los cinófilos; algo así. Sé que la distinción me pareció graciosa, aunque no tanto como para quedarme con los conceptos concretos.

Viaje a la luna (Georges Méliès, 1902)

El columnista en cuestión afirmaba que había un tipo de aficionados al cine conocidos como cinéfilos, los cuales se sabían de pe a pa la biografía y la filmografía de cientos de actores, así como sus papeles más destacados, etcétera, y había cinófilos que pulsaban el reset tras cada visionado y no recordaban cómo se llamaban ni los actores más clásicos del Hollywood dorado, y mucho menos directores, guionistas o cualquier otro ser que integrase un film, o pululase por allí. La diferenciación me hizo bastante gracia porque mi padre y yo, que ambos hemos sido, o fuimos, adictos al cine, nos posicionamos como estos dos típicos álter ego: un cinéfilo moderado y un cinófilo exagerado.

Asalto y robo de un tren (Edwin S. Porter, 1903)

Durante el artículo se ensalzaban las virtudes del cinófilo frente al cinéfilo, según recuerdo, quien no está interesado en conceptos cinematográficos y, mucho menos, metacinematográficos; un tío que, principalmente, disfruta —tanto frente a la gran pantalla como frente a su televisor particular— y que ríe, siente y se abstrae como el que más… Eso sí, había cierto ápice de santería o idiotería con esta figura también, quien se colocaba exactamente en la posición contraria al nerd o, mucho peor, al hipster.

El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)

No obstante, hacia el final, el artículo acercaba posiciones; pues ser cinófilo, a veces, te permite disfrutar aun más de un buen largometraje, mientras que ser cinéfilo te acerca una serie de elementos de análisis y, a la par, una panorámica mayor, tanto de obras de arte como de cagarrutas puras y duras. Lo mejor, concluía, será el término medio, y es que los cinéfilos raramente no se aproximan, antes o después, hacia los cinófilos, y un buen cinófilo es probable que necesite de los conceptos del cinéfilo, o quizá no.

Un chien andalou (Luis Buñuel, 1929) Versión de 1960.

Tras toda esta pájara rondándome la cabeza, se me ocurrió pensar en cuándo debió iniciarse esta distinción —por aquello de perder algo más de tiempo si cabe. Probablemente, la culpa reside en la creación del aura del actor de cine, de la celebrity, de Hollywood…, y encontré unas cuantas joyas de cuando cinéfilos y cinófilos eran conceptos inexistentes, pues el espectador solo se medía por el énfasis de su propio interés por el producto.

Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)

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