Cuatro tragedias lunares

La habitación bebía oscuridad; un leve resplandor rojizo estalló dentro de una ínfima parte de la misma. En consecuencia, el cristal especular desprendió un brillo y proyectó figuras anómalas. Todo se oscureció de nuevo, paulatinamente, hasta que la luz y la sombra acordaron una tregua.

Era uno de esos hoteles de serie B. La estancia se encontraba totalmente saqueada, a excepción de un raído colchón, una taza de váter y una radio derribada en la moqueta roja. A mi alrededor había más desconchones que pared, y un ambiente levemente viciado que mezclaba el olor a cigarrillos, whisky y sexo: clásico.

Observé la escena; después, decidí encender la radio. Sonaba alguna canción de ritmo inquietante que no había escuchado nunca. El sonido del transistor me hizo reparar en el crepitar de la lluvia acompañando mis pasos, que enmudecían mientras el viento entraba furtivamente por aquella ventana entornada y mutilada. La única bombilla que habían colgado del techo se encontraba con todas las tripas por fuera; la luna menguaba de forma constante y ofrecía cada vez menos luz.

De improviso oigo un golpe. Todo parece congelarse a mi alrededor, me pregunto si hubo algún momento homónimo antes. De nuevo, un sonido ajeno, en la ventana quizá, o en la puerta. Me pregunto si alguna vez un cuervo aprendió a golpear una puerta. Doy un trago a la botella de whisky, me acerco a la taza del WC, quedo paralizado. Una figura se encuentra en ella, cruzada de piernas, todo parece indicar que sonríe, sin nada que me lo indique. La ventana ilumina mi rostro y oculta el suyo debido a la trayectoria. No existe razón congruente que explique dónde se encuentra o a él.

El cielo se parte en dos, un relámpago ilumina toda la habitación durante un segundo. Después, el sonido me recuerda que todo continúa, ajeno a mí. Su tez se presenta imberbe o directamente femenina, ligeramente desfigurada; en sus ojos el instinto campa como señor del lugar, tan desquiciado como libre. En mi parálisis, asisto a una visión cónica propia de los nueve círculos, imposible describir con exactitud aquello tantas veces reiterado en el pavor. Me abalanzo hacia la puerta, con espanto compruebo que el picaporte también ha quedado inmovilizado. Puedo ver el reflejo de un filo que se acerca hacia mí, bañado en la noche…

Todo avanza circularmente en un juego de luces y sombras. Las dos figuras se encuentran estáticas, la atmósfera se haya mal encuadrada; allí donde el espacio cerrado suplica por un plano medio, uno cenital copa la escena.

Cuando la figura del monstruo aparece, el otro hombre corre hacia la puerta del motel de la misma forma en que bailaría un pato epiléptico. Las dos figuras muestran características antinómicas: uno parece querer presentarse como el reflejo oscuro del otro. Mientras la sombría figura se mantiene impasible, transportando al espectador a un canon escultórico clásico, la otra se sujeta los huevos al ritmo descompasado de su corazón.

El monstruo se abalanza con una velocidad sobrehumana contra su víctima; el director decide, para solventar el problema, poco más que un travelling a cámara rápida. El protagonista pelea contra su atacante casi en la misma medida en que lo hace contra su falta de talento. El cuchillo brilla, mostrando el presupuesto empleado en efectos especiales, y se abalanza contra el ojo izquierdo de la víctima: gritos y expresión de dolor.

El ojo arrancado se contonea de forma casi hipnótica, la sangre decide presentarse y herir incluso a la cámara durante su recorrido, el montaje decide omitirlo por falta de tiempo y la escena prosigue. La figura se mantiene en la oscuridad luchando contra toda percepción lógica, rescatando de la tumba a Wiene o Murnau sin necesidad, demostrando que la gran desgracia de la postmodernidad radica en la falta de imaginación y no en su imaginario.

La escena del motel prosigue mientras pienso que sería interesante colocar tripas, sesos, amputaciones, pedos y la leche de 17.913 vacas. Todo resultaría igual de verosímil pero al menos los surrealistas estarían más entretenidos.

Cuando Tarsh corre hacia la puerta, uno solo puede pensar en los pájaros. Un humano no matará un pájaro por diversión, pero tampoco llorará su muerte. El ojo aplastado ya no podrá juzgarme; antes de aplastarlo corto su nervio óptico. No puedo verlo desde su perspectiva, pero todo apunta que no resulta agradable: entre bramidos y sollozos, su mirada me lo dice. Extraigo el ojo y luego corto toda conexión con el cuchillo, la precisión de un cirujano, la velocidad de una bestia.

Me siento como una torre abalanzándome contra un insecto, simplemente porque puedo hacerlo. La moral se lanza implacable contra mí, pero solo encuentra la incomprensión de la naturaleza. Aplasto el puño justo en su pómulo y siento cómo se quiebra a mi paso. El filo acomete contra su garganta cortando en seco cualquier súplica. Entonces, le arranco la tráquea.

La oscuridad poseía la habitación. Entre títulos en blanco y negro destinados a no ser vistos. Dos figuras discutían en la penumbra; sentados sobre algo indeterminado.

— Se observa cómo los grandes miedos atávicos se configuran desde la distancia en poco más que arquetipos —dije.

— La idea es interesante, simplemente no se pueden omitir tantas décadas. Los clásicos ya son clásicos por algo, ¿no? —dijo.

El filo se impregnó de luz lunar, luego todos intuyeron que aquella figura sonreía, sin nada que lo indicase.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s