Cuatro tragedias lunares

La habitación bebía oscuridad; un leve resplandor rojizo estalló dentro de una ínfima parte de la misma. En consecuencia, el cristal especular desprendió un brillo y proyectó figuras anómalas. Todo se oscureció de nuevo, paulatinamente, hasta que la luz y la sombra acordaron una tregua.

Era uno de esos hoteles de serie B. La estancia se encontraba totalmente saqueada, a excepción de un raído colchón, una taza de váter y una radio derribada en la moqueta roja. A mi alrededor había más desconchones que pared, y un ambiente levemente viciado que mezclaba el olor a cigarrillos, whisky y sexo: clásico.

Observé la escena; después, decidí encender la radio. Sonaba alguna canción de ritmo inquietante que no había escuchado nunca. El sonido del transistor me hizo reparar en el crepitar de la lluvia acompañando mis pasos, que enmudecían mientras el viento entraba furtivamente por aquella ventana entornada y mutilada. La única bombilla que habían colgado del techo se encontraba con todas las tripas por fuera; la luna menguaba de forma constante y ofrecía cada vez menos luz.

El texto completo está en mi página web; para leerlo, haz clic en el siguiente enlace: Cuatro tragedias lunares.

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