Sanctasanctórum

Aquella mañana me desperté con una terrible incertidumbre. No, mi nombre no era Gregorio, ni me había convertido, obviando toda lógica posible, en un ser insectil. Me desperté en el sofá, entre soledad autoimpuesta y olor a cerveza. Con esa sensación tan típica de los lunes de resaca que se empeñan en susurrarte al oído lo mal que estás haciendo las cosas.

¿Había vuelto a suceder? En un instante, la mejor de las noches había mutado en su antónima. Cuando ya se ha pedido perdón tantas veces por lo mismo, ¿qué puede hacer uno sino creer en su propia idiotez? Oh, sanctasanctórum de los imbéciles, tú siempre vuelves a mí, irradiando oscuros objetos de deseo en la noche. Yo me empeño en escribir unas cuantas líneas al día como punición, me dije.

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