Belle de nuit

La perfección estética anida entre mis curvas, soy la beldad suprema. Oscurezco todo a mi paso, como si de un haz de luz más brillante que el propio sol iluminase cualquier estancia en la que me encuentro.

En el despacho, a primera hora de la noche, fuerzo a los espejos a devolver mi reflejo exacto; ya extenuados, les concedo su descanso entre cristales quebrados. El cabello rubio, recogido en un sencillo moño, se encuentra por todos lados rodeado por bucles dorados. Los ojos miran alrededor, en caoba, con un sentimiento altanero en el iris que no desmerece nada de mí. Al igual que con la monstruosidad, no existe adjetivo para referirse a tal grado de belleza. Todos ellos lo saben y, por ende, me odian: mis gráciles y acompasados movimientos, las manos enérgicas y, aun así, delicadas, las piernas flexibles y pétreas como dos columnas dorias, el vientre plano, el busto prominente en su limitación más natural…

El asombro y el placer se mezclan, primero con la impotencia de no poder poseerme, ensuciarme, retenerme, con todo lo que ello supone. Mi belleza trasciende géneros y envidias por igual. Resulta imposible no ayudar a aquellos que, tras verme, solo pueden odiarse a sí mismos, desfigurarse hasta no existir y desaparecer: formar parte de mí.

La estancia debe hallarse ajena de todo objeto innecesario, los cuerpos ya devorados deben ser arrastrados fuera por alguno de mis criados, la sangre utilizada puede ser desechada de forma homónima. Cuando ella me lo permite, apilo juntos ojos y clítoris a medio deglutir, en una hermosa metáfora de cómo acercarse a la feminidad; mantengo especial cuidado con las extremidades, piernas y manos son recortadas por secciones, perfectas para su cometido.

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A menudo, sin embargo, me despierto gritando con el cuerpo agarrotado y la mandíbula desencajada; la sangre ayuda a restablecerse de esa horrible visión pero, entonces, sé que ella ha conseguido volver a tomar el control. La imagino asustada, una bella joven acostada en el suelo de un ático céntrico de 120 metros cuadrados de una sola estancia. A sus pies, cadáveres; tonos celeste y pastel en   rededor. Todo ello me demuestra que abandonar el piso sería una decisión arriesgada mientras tenga una compañera.

Pronto todo terminará. Entretanto, no es extraño encontrarme observando cómo los gusanos se abren paso entre las vías oculares mediocres, aquellas rechazadas por mi exquisito gusto. No puedo evitar pensar en el reducido público que ha asistido a un espectáculo como éste. Los pequeños charcos de sangre —inevitables, por otro lado— son debidamente saneados por el servicio, aunque he descubierto al asomarme como ella intenta boicotearme.

Entre mis baños periódicos y mis degluciones, he llegado a preguntarme qué haré cuando ya no deba seguir, cuando me independice y nada pueda añadir a la figura. Sé que ella piensa lo mismo, cada noche, las lágrimas mezcladas con sangre me lo dicen todos los días, desde hace una eternidad.

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