La parca

En aquella pequeña buhardilla, el tiempo transcurría de un modo especial: los inviernos proseguían hasta el hastío y los veranos se estiraban durante tantos meses que parecía que no encontrarían jamás otra estación a su paso.

Allí, una figura arrugada y marchita languidecía paso a paso a través de la habitación, empujada por la fuerza que otorga el hábito. Esto no siempre fue así, garabateó en un folio, ya cansado de que sus palabras se perdiesen entre aquellas cuatro paredes devoradas por la humedad. Antes, el tiempo correteaba alrededor nuestro sin control, con cierto deje burlón, prosiguió a su ritmo. Tras su muerte, se convirtió en un ente maleable e, incluso, pusilánime que demostró haber perdido el interés. “Quizá”, rumió el viejo, “solo conspiró para arrebatarme a mi mujer y, ahora, no tiene sentido seguir atormentando a una pobre alma en pena”.

Pudiera ser que estuviera maldito, o que se le hubiese concedido la inmortalidad, ya que la ausencia de un tiempo tácito le acercaba más que nunca al concepto. Por otra parte, puesto que sus pasatiempos eran ya pocos y sus intereses escasos, el viejo se preguntaba qué podía hacer más que esperar a la parca. Ella, quien nunca había faltado a una cita, parecía retrasarse una eternidad tras otra.

Allí, en aquella montaña inmortal que nunca le agradó demasiado, el anciano ya había leído y releído a los clásicos, y ni la literatura, ni la cinematografía, ni tan siquiera la propia humanidad le despertaban interés alguno.

Finalmente, esa tarde, decidió que la melancolía se materializase en la niña que una vez fue su esposa. Sentada en el lecho y con aspecto monocromo, la cría empezó a mirarle con esa mezcla de suspicacia y esmero que tanto repitió en la adultez.

—¿Qué hago aquí de nuevo? —inquirió la pequeña.

—Compañía a un vejestorio —contestó él.

El viejo se maldijo por no haber hecho miles de fotografías a su esposa, teniendo que contentarse con la compañía y la visión de esa pícara que, poco a poco, había consentido y malcriado él mismo entre ensoñaciones.

La niña se sentó a su lado un largo rato, pues había aprendido a conceder un espacio a la melancolía, a la pesadumbre y a la soledad. A menudo, tras comprobar que el viejo estaba agotado de rememorar, tenía la delicadeza de salir de puntillas de la habitación antes de perderse en el recuerdo.

Aquella tarde sin embargo, agarró su mano con material crudeza y le obligó a pasear por la casa, el patio y el jardín exterior antes de permitirle volver a refugiarse en su buhardilla. Lejos de miradas curiosas, siempre perdido entre sus propios desvaríos, ni un alma turbaba a aquel hombre, puesto que nadie sabía a ciencia cierta si este seguía vivo o criaba malvas. Y, en el fondo de su corazón, incluso él, bajo tal certeza capital, dudaba de su condición, pues la piel de gallina y ese grato y esporádico hormigueo en el cogote eran los únicos indicadores vitales de los que se había podido proveer.

Las últimas horas del crepúsculo pasaron tan despacio aquel día que la niña creció durante lustros enteros, ganando en el proceso, raciocinio, sensualidad y belleza. La muerte no es más que la sucesión de historias e instantes perdidos, le explicó su mujer. Como el viejo no mantenía en la memoria demasiados momentos, la niña había tenido que crecer a pasos agigantados y vestir aquel traje de boda que todavía descansaba, ya apolillado, en una caja de la buhardilla. Sin prolegómenos, su mujer se había desecho del velo por derecho propio y, harta de recogerse la falda, permitía que se llenase de polvo a su paso por la habitación.

—La inexistencia divina o la imposibilidad de probar con certeza empírica la existencia de un dios, acerca su condición y la nuestra hacia esta tendencia —reiteró el viejo, una y otra vez.

—Aburres a los muertos. Invocas a los difuntos para sermonearlos sobre ciencia y teología.

—Cuando mueres, desde una óptica personal, el mundo desaparece contigo —prosiguió él, haciendo caso omiso a su pareja. —Si bien, a modo global, esa esencia tuya que se pierde en el mundo, permanece durante varias décadas aquí, a través de tus seres queridos y, quizá, de tus acciones pasadas. Aquello que permanece de forma temporal, seas tú, yo, o la higuera que plantamos inviernos ha, desaparecerá. Finalmente, cuando no exista nadie que pueda pensar en ti, tú desaparecerás; igual ocurrirá con el mundo, puesto que este no es nada sin alguien que lo piense.

Después, ambos quedaron en silencio durante un tiempo indeterminado. La buhardilla volvió a enmudecer, como si el crujido de la madera o el viento no tuvieran cabida entre aquellas puertas y ventanas.

—Qué joven estás. Te echo tanto de menos… —musitó el viejo.

—El tiempo es quien da valor a las cosas —contestó aquel fantasma sin velo.

—Y desde luego también se lo quita.

—Es cierto.

La mano temblorosa del viejo buscó algo a lo que aferrarse, pero solo encontró la palma de su joven esposa.

—Nunca imaginé que sería un toque tan cálido —dijo.

El texto original está en mi página web; haz clic en el siguiente enlace: La parca.

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