La parca

En aquella pequeña buhardilla, el tiempo transcurría de un modo especial: los inviernos proseguían hasta el hastío y los veranos se estiraban durante tantos meses que parecía que no encontrarían jamás otra estación a su paso.

Allí, una figura arrugada y marchita languidecía paso a paso a través de la habitación, empujada por la fuerza que otorga el hábito. Esto no siempre fue así, garabateó en un folio, ya cansado de que sus palabras se perdiesen entre aquellas cuatro paredes devoradas por la humedad. Antes, el tiempo correteaba alrededor nuestro sin control, con cierto deje burlón, prosiguió a su ritmo. Tras su muerte, se convirtió en un ente maleable e, incluso, pusilánime que demostró haber perdido el interés. “Quizá”, rumió el viejo, “solo conspiró para arrebatarme a mi mujer y, ahora, no tiene sentido seguir atormentando a una pobre alma en pena”.

El texto completo está en mi página web; para leerlo, haz clic en el siguiente enlace: La parca.

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