Un cuento de abnegación laboral

Esto no es más que un cuento. Como todos los cuentos, tiene un final relativamente feliz. No es ni demasiado alegre ni demasiado triste, ni demasiado verosímil ni demasiado inverosímil. Es tanto una utopía como un sueño que se vuelve cada día más real a causa de la repetición.

Un día cualquiera, pues no es relevante cuando ocurrió, un hombre decidió dejar su empleo. La serie de sucesos acaecidos anteriormente o el carácter del sujeto son temas realmente baladíes, de una importancia menor para que el lector de esta narración pueda acercarse a una profunda comprensión de la misma. Sin embargo, debe saber desde el principio de la historia que este hecho, a posteriori, quiso atribuírselo todo movimiento social de pretensiones reivindicativas.

Nuestro protagonista no era un individuo particularmente inteligente ni seguro de sí mismo; no era fuerte ni muy atractivo: era un hombre como cualquier otro. Describir a este hombre sería un cúmulo de clichés y, entonces, ¿qué razón puede haber para hacerlo? Cualquier narrador con dos dedos de frente diría que era tan universal como mediocre, tanto el hecho narrado como su protagonista.

Su trabajo consistía en calibrar la presión de los neumáticos. Su única tarea se basaba en mantener los automóviles con las ruedas infladas en su justa medida para un perfecto funcionamiento. Era una persona cuyo empeño y dedicación le convertían en quien mejor mantenía la presión del inflado, pero no colocaba llantas, ni cambiaba el aceite, ni entendía sobre mecánica: su trabajo era tan simple como él.

Era tan simple que, muchas mañanas, su jefe, el típico jefe, henchido de avaricia, olvidaba su nombre o le confundía por otro de sus compañeros; así de común era su rostro: moreno, mal afeitado, con dos cuencas que miraban al mundo sin entender demasiado, como si supieran que no existía razón lógica para meditar acerca de un lugar tan paradójico. En cambio, su jefe veía manchas de grasa en los monos, por todas partes, y se limitaba a esa visión y a la caja.

Podéis comprobar que no soy un buen narrador, pues he terminado por describir de forma inexacta al empleado. En mi defensa, únicamente puedo agregar que nuestro hombre, aunque casado, es la típica figura que pasa sin que otro arquee una ceja, esboce una sonrisa o piense “Yo a ese Fulano le conozco, me suena.”

Finalmente, llegó la mañana que el lector espera con mezcla de incertidumbre y desconfianza. No hacía mal día, alguna nube encapotaba el cielo de vez en cuando y desaparecía con la misma velocidad con la que había llegado. El coche del empleado no había recibido un exceso de multas de circulación ese mes —era un conductor horrible, por irónico que parezca— y, en la nevera, quedaban sobras para acabar de subir la cuesta de enero.

Algunos dicen que fue el despertar de un hombre enajenado contra el capital, ¿pero qué sabía este hombre de Karl Marx? Friedrich Engels o Mijaíl Bakunin eran conceptos tan abstractos como el primero, tanto como la idea de capital, masa o superestructura; en la ausencia no se concibe espíritu revolucionario.

Otros hablaban de una intuición pretérita, que se consolidó, poco a poco, en el alma hasta explotar en un grito desesperado. Y, si bien es cierto que incluso los hombres más pequeños pueden hacer grandes cosas, ¿qué esclavizaba más a nuestro empleado que a un burócrata, un sastre o un profesor? Los más moderados simplemente decían que se enfureció sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Otra contestación, vejación, burla o absolución vislumbraron en la mente del empleado como no podían continuar las cosas.

Entonces, a media mañana, sin esperar la hora del almuerzo tan siquiera, cogió sus cosas y se fue. Nadie le intentó detener, pues no es algo extraño que un hombre abandone su puesto la mañana de un martes por cualquier indisposición. Pasaron las horas y el mundo continuó con su lento vaivén, ajeno a toda individualidad.

Al día siguiente, nuestro hombre tampoco se presentó en el taller, con el consecuente enfado en ciernes. Compañeros y amigos fueron avisados a lo largo del día, pero nadie sabía absolutamente nada de él.

Por último, la preocupación se extendió entre los suyos, e incluso venció, un instante, la avaricia del empleador, que se encontraba inmerso en despóticos despotriques. “¡Quizá le haya sucedido algo!”, dijo uno, “puede estar enfermo, deberíamos llamar a su casa y preguntar”, dijo otro recordando tan utilísimo aparato cuando el sol ya había recorrido medio camino: ya se comentó que ninguno de los presentes era una lumbrera.

Nadie contestó al teléfono. Dieron con el hombre en su casa; él, casado y con varios hijos a su cuidado, por si no lo sabían ustedes —aunque el paso por la vicaría ya lo había yo adelantado, estén concentrados—, se levantó del sofá de color verde lima, probablemente un saldo cien vidas amortizado, y abrió la puerta con una cara entre la estupefacción y el desánimo.

 “¿Qué ocurre?”, dijeron algunos; “¿qué hace en casa?”, incriminó quien todavía se creía su superior. “Estaba pensando qué hacer ahora que no hay trabajo alguno”, contestó el antiguo empleado. Cualquiera puede imaginar cómo los ánimos se tambalearon durante largos minutos entre la sorpresa, el desconocimiento y la mera incomprensión. No obstante, como si de un gurú se tratara, poco a poco, este hombre empezó a compartir un punto de vista que no era totalmente ajeno a ninguno de los presentes. No me gusta trabajar, me parece una pérdida de tiempo, comentó en reiteradas ocasiones; las frases que acompañaban a ésta parecían cada vez más razonables: “Siento que es una estupidez: trabajar, gastar, trabajar… Eso no es vida, es hacer por hacer.”

Nadie entendía muy bien cómo funcionaba el mundo, qué hacía el capitalismo o el consumismo por nuestro sistema económico, político y social; a quién robaba y a quién salvaba, beneficios y pérdidas, vencedores y vencidos.  Ni tan siquiera el patrón sabía más que el resto de los presentes; se limitaba a establecer una posición y a seguir los designios de peces más grandes, apartándose de ellos y subyugando a cuantos pudiese.

Nunca se habló de un despertar colectivo, una lucha contra el capitalismo ni de un problema económico que nos ha perseguido desde que la humanidad existe. Este empleado en ningún momento habló de igualdad entre los hombres, ni del ocio que se deriva en última instancia —vayan ustedes a saber cómo— de la dictadura del proletariado, ni cualquier otra argumentación que hayan podido oír en boca de expertos, economistas o pensadores de salón.

Toda esta historia comienza de una forma mucho más simple: le molestaba. Veía absurdo cómo el trabajar para vivir se había convertido en un vivir para trabajar. “¿Si nada le hace a uno feliz —se preguntaba en alto— por qué seguir haciéndolo?” Unos breves lamentos contextualizaban todas las aportaciones del hombre, se encontraba frente a un abismo, sin comprender cómo sus compañeros y superiores no alcanzaban a verlo.

Como no hubo forma alguna de convencerle para que entrase en razón, todos desistieron. Su jefe abandonó la casa de su antiguo empleado, pensando cuánto tardaría en encontrar un encargado tan competente para el mantenimiento y el inflado de las ruedas; la mayoría de los compañeros seguían sin entender muy bien qué le había ocurrido a su colega y, finalmente, algunos cruzaron aquella puerta acompañados de  incertidumbre al salir.

El día siguiente el taller amaneció con tres empleados menos en su puesto de trabajo. El jefe, desde su perspectiva empresarial, no comprendía nada de lo ocurrido —igual que todos aquellos que, pese a su rango, se empeñan en proclamar que éste no dicta su comportamiento.

Durante los primeros minutos de la jornada, cuando el sol simplemente se había asomado tímidamente, creyó poder calmar los ánimos con excusas. Al fin y al cabo, no era excesivamente extraño que una serie de empleados se contagiasen unos a otros, y tuviesen que guardar cama por razones similares. Sin embargo, el discurso del primer compañero en desistir había calado hondo en los trabajadores, los cuales acometieron multitud de preguntas; el hombre se vio acorralado desde todos los flancos y decidió cerrar su negocio y dar el día libre. Los coches fueron o bien devueltos, o bien mantenidos allí, bajo pupilaje gratuito, sin que al capitalista le hiciese gracia tal eventualidad. Algunos de los hombres que podían permitirse destrozar varios automóviles cada año simpatizaron con la extraña huelga.

Poco a poco, las ideas revolucionarias se extendieron. Era una insurrección que abogaba por el concepto de contrarrevolución, pues nadie saldría a la calle, ni trabajaría más o trabajaría menos, cada cual volvería a su hogar y pensaría qué hacer. Pensaría cuánto tiempo había perdido, qué podía hacer a partir de ahora y por qué estaba intentando llenar los vacíos que sentía mediante el malgasto del poco tiempo que se le había concedido. Y así fue.

Esa misma tarde, uno de los principales dirigentes del estado volvió a su hogar, con el coche tan siniestrado como lo había dejado el día anterior. Su mujer, extrañada, le interrogó sobre qué hacía regresando en ese automóvil, así como la retahíla de preguntas típicas del burgués medio: qué pensarán los vecinos, qué haces aquí tan temprano, qué ocurre con el trabajo. Él, un hombre de por sí nervioso y estresado por norma, se limitó a informar a su esposa que los días de trabajo habían terminado, que su cargo público había afectado de forma agravante a su vida privada. Deseaba dedicar tiempo a su esposa y sus tres hijos, deseaba ver lugares distintos y conocer otras culturas: deseaba.

Este cuento prosigue de la misma forma a lo largo de la semana. Poco a poco, la historia toma su propio rumbo, ajena a intereses particulares. El tercer día todo el taller cerró sus puertas; el quinto, el polígono se asemejaba a un desierto. Aquel supuesto revolucionario se distanció rápidamente de lo sucedido, y a nadie importó el hombre frente a la estela que dejaba su legado.

Para dar cuerpo y verosimilitud a la narración, las primeras lamentaciones, tan típicas en tiempos de crisis, no tardaron en aparecer. “¿Cómo han podido, los hombres, llegar hasta el momento presente?”, decían acongojados, sobre todo aquellos cuyo trabajo les requería más tiempo o esfuerzo. Sin embargo, como suele ocurrir, incluso aquellos que se empeñaban en recordar lo sucedido con la intención de otorgarle una explicación racional, terminaban inclinando la cabeza en otra dirección. Por norma, mirando hacia delante.

Hombres y mujeres abandonaban sus empleos de forma homónima y, tras una semana, los poderosos no tuvieron más opción que revestir las calles de sangre. Donde los perros veían con una sonrisa un panorama esperanzador, los grandes hombres abogaban por el fusilamiento legítimo en base a una doble obligación con el sistema. Para que éste siguiese funcionando, las piezas que lo integraban debían mantenerse en sus puestos. La alienación se convirtió, tras los primeros días de desconcierto, también en una obligación física.

La revolución pasiva, como la denominó la prensa que aún advertía cierta lógica empresarial, se conoció como un fenómeno que ensalzaba una única solución posible en un mundo tan nihilista. La obligación y los asesinatos paulatinos de unos y otros no tardaron en provocar descensos en el flujo del capital, que supusieron la puesta en marcha de una rueda que se preveía imparable.

Surgieron entonces las primeras voces disonantes dentro del movimiento, el cual no requería ninguna organización interna al encontrarse regido por aquello que, durante miles de años, había dado sentido y consistencia a la vida humana. En estas circunstancias, la carga de los poderosos contra el proletariado no se hizo esperar: “Su egoísmo produce muertos y pobreza día tras día”, recriminaban unos; “los muertos no los provoca este sistema enraizado, sino una masa indocta”, contraatacaban otros.

Paulatinamente, ni tan siquiera estas críticas tuvieron sentido. Los más desfavorecidos no veían razón en seguir formando parte del sistema, cayendo en las garras de los revolucionarios. Los acontecimientos se acumulaban, azuzando a un motor que perdía combustible por minutos.

Los mejores analistas no comprendían cómo la desaparición total del trabajo, a diferencia de decimonónicas previsiones, se debía a una involución y aniquilación del mismo, y no a su superación. Desde una perspectiva económica, no era concebible la posibilidad de un cambio en los esquemas mentales del sujeto hasta el punto de un aislamiento total de esa estructura que, hasta entonces, le había dominado.

Los hombres y mujeres del cuento veían el mundo sin su caparazón, donde concepciones políticas y sociales perdían su legitimidad al no tener dónde sostenerse, e igual que al paso de los antiguos zulús frente a sus colonizadores y hermanos, poco a poco, las ciudades caían presa del pánico y la desesperación.

Cuando ese martillo de numerosas acepciones se extendió por todo el territorio, incontables fueron las muertes y herejías contra el sistema que tanto creía haber dado a sus ciudadanos. El padre caído en desgracia comprobó cómo esa sed de sangre se volcaba contra las partes que lo integraban lo que restaba de semana; los muertos veían con la comicidad propia de la distancia aquello que los vivos se disponían a maldecir durante décadas.

¿Qué puede decirse a posteriori? Los cuervos comieron mejor, las mujeres lloraron a sus caídos, como es propio de pueblos bárbaros y civilizados, y la creación asomó la nariz entre todos ellos. La mera destrucción ya es sintomática, propia de creadores, se decían algunos; otros nunca vieron más que la imposición de un grupo frente a otro. En este último instante, durante unos segundos, todos ellos tuvieron un momento de verdadera libertad, pero algunos, pese a ello, no descubrieron más que unas vacaciones no prorrateadas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s