Escribir o no ser

DON’T TRY.

Charles Bukowski

Cuando era pequeño quería ser abogado, y creo que mi padre estuvo un tiempo muy feliz con la idea, saboreándola; hasta que le dije que estudiar Derecho sería perfecto para ayudar a todos aquellos que no podían ayudarse a sí mismos. Claro que yo pensaba en gente sin recursos, o que había cometido un grave error (pero sin mala intención), y no en toxicómanos, putas y ecologismo, idea que más pronto que tarde empezó a pasar por su cabeza. Yo no sabía qué era nada de todo aquello, pero supongo que él sí relacionaba conceptos —y, entre hipótesis, probablemente veía que por ahí terminaría metido. Por ello, si bien me preguntó alguna que otra vez, cuando me desencanté, ya se cuidó muy mucho de que nadie me recriminase nada.

A los quince o dieciséis quería ser una rockstar, como mis compañeros de clase, o como Axl Rose, o bueno, como Loquillo, por poner un ejemplo más castizo, o catalán (lo que sea); a los dieciocho, escritor. Y a los veinte, después de pasar por las aulas de la Facultad de Filosofía y ponerle los cuernos con las Humanidades, seguía sin saber qué hacer. A los veinticuatro, cuando acabé la carrera, tampoco tenía ni idea, y empecé a hacer cursos de corrección profesional; y aún hoy creo que no sé qué quiero, porque acabo de matricularme otra vez de Filosofía entrando en un extraño bucle circular. Sin embargo, si alguien me hubiese preguntado entonces, o ahora, le hubiese seguido contestando que quiero ser aquello por lo que todo dios te dice que te vas a morir de hambre.

Pero cuando acabé la carrera, tenía que seguir comiendo; y entonces tuve la oportunidad de trabajar en cosas que no me gustaban en absoluto (comercial, comercial a puerta fría y, por supuesto, teleoperador), y también de invertir algo de dinero en aquello que realmente llamaba mi atención: que no era corregir textos, ni filosofar, ni escribir, ni el sector digital, ni hostias; sino comunicar. De ahí, salió algo parecido a Vorágine, la empresa que creé con mi chica.

Y de momento vivo de eso, que ya es; y además, ahora, a mis clientes y colaboradores les ha dado por decir que soy web copywriter content curator. Depende del día, supongo. A veces, toca documentarse, a veces, toca escribir; y a menudo las dos cosas. Pero nada de lo que hacemos es a lo que yo me refería cuando le decía a mi padre que quería ser escritor, y aun así, de estar aquí, él seguiría sin entenderlo. Él vería que redacto y lo confundiría con escribir, y advertiría que gano (algo de) pasta, y rápidamente se cansaría de escuchar sobre mi insatisfacción vital y se buscaría alguna cosa útil (rentable) para hacer. Y eso es algo que respeto profundamente, pero no va conmigo.

De qué vive un escritor

¿Qué quiero decir con todo esto? En realidad es todo mucho más sencillo; todo se resume en que segmentar las cosas hasta ciertos niveles es una payasada. La gente —sea el frutero, una agencia de marketing o un publicista— busca a alguien que les saque las castañas del fuego (analogía muy otoñal), es decir, que les ofrezca garantías de que, aquello en lo que invierten, funcionará; de que aquel dinero invertido, volverá. ¿Y no es eso lo que quiere cualquiera cuando compra? Pues eso no es escribir, es redactar; al igual que escritor no es aquel que publica obras de éxito, sino aquel que escribe sin preocuparse del qué pensarán.

En cambio también he aprendido que tienes que hacer aquello que te gusta, porque es la forma más natural de aprender cualquier cosa; se trate de artes marciales, de pintar o de escribir, e incluso de adiestrar animales o de plantar tomates. Lo que sea.

No es tan difícil encontrar a gente a quien le apasione lo mismo que a ti; a veces, solo es miedo. A mí me encanta escribir, y hacerlo con toda la corrección con la que soy posible, y si conviertes eso en rentable, encontrarás mucha más gente a quien le guste lo que haces. Quizá no encuentres a nadie que te convierta en un best-seller, pero si juegas bien tus cartas, estarás trabajando en algo similar a lo que te gusta (redactor, publicista, columnista…) y reservándote el derecho a vender aquello por lo que te ofrecen menos de lo que tú crees que vale.

Por último, aclarar a qué coño viene este artículo, por llamarlo de algún modo. Porque imagino que el tono y el contenido parece de lo más extraño para el lector que suele pulular por aquí (que serán tres, o cuatro); se trata de ser conscientes de que las cosas no son como queríamos (nunca lo serán), y de que quizá tenemos que reinventar el camino; y también de ser muy conscientes de que podemos patalear, o maldecir, pero al final nadie te va a venir a explicar que, a lo mejor, tienes que seguir intentándolo o probar todas esas otras cosas que rondan por tu cerebro. Eso sí, nada de eso está aquí.

Y deja de lloriquear, porque te aseguro que no funciona.

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