Carta a una jirafa

Estimada señora:

No he escuchado hablar sobre protesta alguna ni pago por tales crímenes, pero la Rambla que a mí me importa —la tranquila, silenciosa y menos dada a las multitudes— se levanta hoy algo más apagada.

He asistido a un choque de realidades entre el eterno bronce y la piedra que os sirve como reposo. Obra de alguna conciencia incendiada que atrae hasta mí la más tremenda actualidad en vuestra silueta. Nadie repara en tamaña crueldad, el mundo entero intenta descontextualizar mi cara de estupefacción, sin embargo, no permitáis que cese en mi empeño.

La jirafa coqueta
La jirafa coqueta sin la puta pintada que provocó mi ira en esta publicación.

No hay en Barcelona quien haya jugado a ser Dios con tanta exactitud como vuestro padre, ni Botero ni Brossa. Incluso el insigne castizo no merece mirar hacia vos con ese gesto que le legó Roudin. ¿Quién puede miraros a la altura de vuestro rostro como a una igual, colocar bolsas negras a vuestro alrededor o garabatear mensajes panfletarios sobre vuestro lomo? No comprenden que todo aquello, en última instancia, regido por el arte, se mantendrá eterno gracias a vuestra labor imperecedera.

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