La edad de oro

¿Se imagina lo que significa cruzar un océano? Durante semanas se ve el horizonte perfecto y vacío. Se vive con temor. Temor a las tormentas. Temor a la enfermedad […]. Temor a la inmensidad…

Elizabeth: la edad de oro (2007)

I

Cuando se detuvo por vez primera, los corazones de todos ellos resplandecieron. A partir de ese momento, solo fue cuestión de tiempo.

—Vida y muerte: de eso se trata. No estamos hablando de religión, ni supervivencia, ni dolor. Baudin habla de aquello que, en el fondo, nos preocupa, o sea, la existencia frente a la no existencia. —El titán arengaba a su cuadrilla frente al bloque de pisos, mientras los ojos del cabo Holmes vislumbraban cómo su único festivo semanal desaparecía en este nuevo cosmos. No se trata de si nos recordarán o nos olvidarán; de si hicimos bien o de si hicimos mal… Todo consiste en intentar no terminar como polvo, gris, a lo largo del universo, incrustados en aquella estrella roja —agregó, señalando el Sol al ocaso.

Lejos de allí, alguien tecleó:

// Process ().exec(cmd)

II

Espera. ¿Acabas de llegar, verdad? Y ni tan siquiera has empezado a jugar… Entonces, quizá todo esto te sobrepase. Se trata de evolución, y robótica. Es lo que hubiese pasado si Charles Darwin hubiese sido un poco más Isaac Asimov y un poco menos Jean-Baptiste Lamarck o, quizá, más que Asimov, diría… ¿Herbert Spencer? A un lado, el curso natural de las cosas; al otro, la monstruosidad del ser. Aquí ya no existen los grises.

Por tu expresión veo que tampoco comprendes las bases de la literatura dinámica y las disposiciones acogidas por el concepto de bInternet, o bidirectional Internet. ¿Recuerdas cuando el mundo se globalizó y podías acceder a toda clase de información? Esto es parecido; simplemente, devuelves una parte de esa información controlando aquellas regiones de tu córtex cerebral a las que no quieres que se acceda. Hasta que caes en el señuelo de un hacker… Puede estar en un documento PDF, en un mp4 e incluso en Wikipedia.

Oh, sí. Eso sí que es jodido…

Una pregunta.

¿Qué estabas visualizando?

III

Cierra el resto de carpetas y presta atención: estamos trabajando con texto dinámico y un nivel de creatividad en sangre alucinante, tío.

El señor Hutt observó cómo el ojo de la webcam integrada se contraía para tomar una amplia panorámica de su salón, y terminó por comprender que su ordenador portátil estaba emitiendo mensajes dirigidos a él. Durante un par de segundos se planteó cómo era posible; sin embargo, sabía que la verdadera pregunta era quién, por qué.

De improviso, varias ventanas con diferentes reproductores de vídeo se abrieron a lo largo de su pantalla de quince pulgadas. Todas ellas retransmitían emisiones de televisión o streaming de la comparecencia de Jacques Baudin, el actual presidente de los EUE. La imagen y el sonido estaban desincronizados, por lo que James se centró en comprender qué oía por encima de lo que veía. Ese fue su primer error.

—La humanidad tiene derecho a soñar, a ascender, a crecer… —decía el presidente— Debemos tener la capacidad de correr hacia la eternidad, pero nuestra obligación moral frente a ese anhelo de inmortalidad debe pactarse y legislarse en esta nueva era tecnológica, dado que…

El sonido enmudeció de repente.

El terminal informó de la presencia de un gran número de archivos corruptos en el sistema; seguidamente, algún efecto le permitió mutar instantáneamente en una sala de conversación pública. El lateral derecho de la sala de chat mostraba los nombres de los dos únicos asistentes a la conversación: <guess0002> y <White Man>.

[19:25] <White Man> Después de varias semanas, las televisiones ofrecen un breve descanso a los televidentes, ¿verdad, Jim? ¡Qué palabra! Televidente… Tras setecientas treinta y siete horas de discursos provida y protec, nadie puede dudar de que la palabra “televidente” es mucho más adecuada que “audiencia”, o “público”.

[19:25]<guess0002> ¿Quién eres?

[19:26] <White Man> Otro peón que ha seguido con interés ese lento vaivén que parece indicar que todo va bien hasta el final. Hasta que es demasiado tarde. Piensa en mí como un amigo, mis intereses todavía son privados, pero puedo allanar tu camino como muestra de buena voluntad entre las partes.

El Sr. Hutt se llevó el pulgar entre los dientes: signo inequívoco de una mente cavilante. Pese a su inquietud, sabía que, como representante de los grupos provida al sur de los Pirineos, unos cuantos apoyos podrían catapultarle muy cerca de aquellas conferencias que llevaban retransmitiéndose más de cuatro meses. Era una oportunidad única, pues cualquier cambio en la cadena de mando lijaría ese último eslabón.

[19:27] <guess0002> Quiero una prueba de lo que dices. Si entro al trapo, me gustaría comprobar que nuestros intereses son similares o compatibles.

Varios documentos en formato PDF llegaron a la bandeja de entrada de la cuenta de correo personal del señor Hutt. En ellos, había suficientes trapos sucios como para llegar a la cúpula del partido, al centro neurálgico, pasando por encima de Hugo Cortez, Walt Sawyer y Therese Bergman de la comisión ejecutiva y otros tantos nombres del consejo político, cuyos nombres le resultaban conocidos, pero cuyas caras estaban nubladas debido a la distancia espacial y política que les separaba.

El representante español torció el gesto y una mueca de aprobación y sorpresa conquistó su tez por un instante. A continuación, advirtió que había otro mensaje en su conversación de chat.

[19:34] <White Man> La naturaleza —la verdadera, la del ser, la del Übersmench— ha tomado la escena. Imagino que reparaste levemente que imagen y sonido no mantenían una correspondencia lógica. ¿O debería decir necesaria?

[19:35] <White Man> Suerte, Jim.

Al instante, el chat desapareció dando paso a un gran número de programas de rastreo, configuración a través de escritorio remoto y crackeo que operaban frente a dos cuencas estupefactas. Los documentos PDF, la sala de chat y cualquier rastro del visitante cibérnetico, desaparecieron. James Hutt fantaseó con una gran sala de paredes blancas donde cientos de puertas de una tonalidad exacta se cerraban sin previo aviso.

IV

El cabo Holmes embistió la puerta del piso con un ariete. Tras él, McKenzie y Trevor Watts empuñaban rifles de asalto del ejército de tierra de los Estados Unidos de Europa; Twist, el titán del grupo —es decir, el único miembro del equipo que poseía implantes robóticos militares de primera generación— entró empuñando una clásica Walter PK de 7,6 mm.

Entre los múltiples programas que la pantalla del ordenador portátil presentaba a los invitados, una incómoda ventana de reproductor de vídeo asomaba las narices. Allí, los dispositivos electrónicos cercanos al último conferenciante de las sesiones: el presidente de los Estados Unidos de Europa caía presa del pánico durante décimas de segundo mientras todo a su alrededor explotaba con virulencia, grabándose en la retina de decenas de países a lo largo y ancho del mundo. Por el reloj de la sala de conferencias, todo ello había ocurrido a las 19 horas.

—Se permite la fuerza letal. Si el hacker mueve un solo dedo, disparad a la cabeza —croó el titán, mezclando asco e incomprensión en su boca.

Por un instante, el Sr. Hutt se echó a llorar.

V

Días después, la cadena de mando que James Hutt anhelaba lijar, había sido totalmente desarmada. Y Occidente estaba listo.

Cuando apagaron sus corazones, un fulgor dorado insufló en el interior de los supervivientes algo nuevo: divinidad. El corazón no era más que un mecanismo a prueba de errores que bombeaba líquido donde hubo sangre, que mantenía la existencia donde hubo vida, y que cambiaba el curso natural de las cosas y a la propia raza humana. Todos los científicos implicados en la Llave de Oro posaron una y otra vez sus manos en la potencia que tenía aquel símbolo y, finalmente, el 4 de marzo de 2033, vieron la perfecta metáfora de esa era.

Por eso el corazón contaba con una capa dorada, no era funcional, no era útil y, de algún modo, era… muy humano. El prototipo H3A-RT no dotaba de inmortalidad, no era más que otra pieza de un complejo puzle anatómico, y un símbolo que prevalecería durante toda una eternidad.


Puedes leer muchos otros relatos míos en jruiz.es.

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