Herencia

Al posar la mano en los goznes de la puerta podía palparse la herrumbre, agotada por las acometidas que, durante largos años, la finca había sufrido a causa de la humedad y el desuso. El viejo caserón de los hermanos Diéguez, olvidado por los habitantes de la puebla, quedó perdido en el tiempo hasta que la naturaleza terminó por engullirlo. Después, cuando la mata y la hiedra empezaron a extenderse por los aledaños, algunos convecinos decidieron exponer su queja en la casa consistorial quien, ajena a las nuevas tecnologías, dirigió una misiva a los herederos.

Los dueños, sin encomendarse a Dios ni al diablo, aparcaron el automóvil cerca del antiguo cercado, a unos doscientos metros de la entrada principal, y dieron un breve paseo hasta allí. El pórtico de madera, que los dos hermanos conservaban lustrado y barnizado en la retina, se había podrido; asfixiado por los incontables tallos que se extendían en todas direcciones. Una vez el pórtico fue separado de los brotes que realmente cimentaban su peso, cayó al suelo como amalgama inerte.

Rec Comtal en Barcelona
Instantánea de un tramo del Rec comtal que todavía se conserva en los límites de la ciudad de Barcelona.

Seguidamente, las dos figuras se internaron en el camino, encontrando los terrenos del interior repletos de un verde feroz e indomable: zarza, almorejo, cebadilla, estramonio… acompañaban cada paso hasta la finca de los abuelos. Quince años antes, el revestimiento de la fachada lucía impoluto pese a la avanzada edad de los ancianos, mientras que ahora caía hecho trizas. Tras un forcejeo menos ardiente que el anterior, la puerta de la entrada se entreabrió con la entereza y el pesar de la madera vieja, ya combada y sometida a demasiados inviernos.

En el interior, la penumbra de la aurora ocultaba parte de los estragos. El eco regía el recibidor desnudo, el salón desierto y la cocina, doblemente condenada a la soledad y al musgo que se infiltraba lentamente por la colosal chimenea del extremo. Al subir al segundo piso, ambos percibieron que la madera chirriaba de forma mortecina y la estabilidad de las vigas se había deteriorado lo suficiente como para decidir no dar más de tres pasos por esa parte de la casa.

Cuando no supieron qué más considerar, agarraron dos sillas de madera sobradamente enteras en el escenario actual y decidieron descansar unos minutos en la cocina; donde la vieja chimenea había caldeado el ambiente durante casi un siglo a familia y amigos, y percatándose de una alacena notablemente conservada para su edad, uno de los dos se acercó hasta ella, abrió sus puertas y movió los cajones atestiguando su función. Y, entonces, en aquella vieja montaña de polvo, encontró una nota que el tiempo no había podido mermar. Desde allí, los abuelos dejaban escrita una declaración de intenciones para con su hogar y atesoraban el recuerdo de tantos años de felicidad en unas simples líneas, agradeciendo a sus hijos y a sus nietos la pervivencia de su memoria en aquellas piedras y aquellos campos que eran parte de la historia de todos.

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