Yo cago: una nota más sobre el suicidio de John Kennedy Toole

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

Jonathan Swift

Yo cago. A veces, cago por el culo; y a veces, cago por la boca; o por las manos si agarro un lápiz. Pero también cago. Y si algún día, se me reconoce el mérito de cagar por mis manos, espero que todos se acuerden de que también cagaba por el culo. Porque el culo sin las manos, o las manos sin el culo, restan naturalidad al texto, ¿o no?

John Kennedy Toole, quien tenía un aire curioso a Matt Damon.
John Kennedy Toole.

El problema surge cuando cagas por las manos y se olvidan que también cagabas por el culo. Si no que se lo digan a Kennedy Toole, por ejemplo, quien jamás obtuvo reconocimiento en vida, y del que se dijo poco hasta diez años después de su muerte.

No sé si Toole se suicidó por culpa de una madre sobreprotectora, por una latente homosexualidad que se negó a aceptar o por la imposibilidad de publicar. Ninguna de ellas me parece, hoy, razón para el suicidio pero, ¿qué sé yo?

Se suicidó con una manguera de jardín en el tubo de escape; y su madre destruyó la nota que el escritor había legado al mundo. Y esa es suficiente información sobre el suicidio y la madre de John Keneedy Toole. O quizá no. Indaguemos un poco más.

Dudo que se suicidase por no publicar La conjura de los necios, pues para cualquiera que guste de escribir sería suficiente haber creado algo así. Aunque es una posibilidad, claro. Al fin y al cabo, ahí está la paradoja. ¿Cómo sabemos que merecemos rellenar cientos de hojas (sean mecanografiadas, sean plasmadas en cuadernos Gran Jefe) sin el favor de nuestra generación? ¿Y merecemos escribir si buscamos con tanta saña el reconocimiento a nuestro alrededor? Etcétera.

Ignatius J. Reilly, el protagonista de la obra de Kennedy Toole.

Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer.

El bueno lo he intentado andar y no me ha ido bien. Juro que ha sido así. De pequeño hice todo lo que consideré correcto y lo que está bendita New Orleáns, con sus acordes de ébano y sus insoportables chaquetas a rayas me inducía a hacer. Estudié profundamente y traté de trasladar mis conocimientos con pasión. Los estudiantes saben eso. También escribí encerrado en un pequeño mundo-cuarto juntando frases, frustrándome ante las huidizas buenas palabras y las no menos resbaladizas imágenes, comparaciones, situaciones, personajes, diálogos. Asumí estar en ese camino porque es ese el modo como se consiguen los sueños. Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien. No hubo recompensa. No hubo zanahoria.

La cuestión es que Ignatius, o sea, John, se me asemeja más a una mente anárquica que a una medieval, y el suicidio parecía indicar un valor mayor a la opinión social del que se preveía. No obstante, es literatura; y quizá Reilly era un superhombre a la medida de su creador. Allí donde su fracaso literario le impedía seguir adelante, ese inadaptado triunfaba.

Confío en que no fuera así, pues Kennedy Toole parecía conocer las dos verdades universales que todo escritor debería seguir: la importancia de trasladar el propio yo al texto y la grandeza de hacer lo que uno gusta. Por ello, aparece el puesto ambulante, la vida en el barrio francés de Nueva Orleans, la fábrica de Levy Pants, cuyo nombre real no es relevante, y su madre. No como una caricatura de su propio yo y su propia vida, sino como una visión sistemáticamente deformada de la realidad, que resalta lo grotesco y lo esperpéntico, y nos traslada a una atmósfera mucho más cercana de lo que creíamos posible.

Si Kennedy Toole no leyó a Valle-Inclán, traslada el método de Max Estrella hacia la capital de Lousiana de mediados de siglo con suficiente fuerza como para resaltar una crítica feroz desde la inverosimilitud. ¿Pero cómo describir una sociedad terriblemente deformada a sus ojos como la que pervivía en el sur de los EE.UU. en la década de 1960? Aquí, John Kennedy Toole es mucho más brillante que su álter ego dentro de la obra: la ironía, la sátira, el sarcasmo esperpéntico y desdibujado dentro de una concepción literaria que jamás había presenciado algo así trasladan al lector a un mundo cuya mayor crítica tenía que llegar de las manos de un inadaptado.

Quizá era gay. O ansiaba cualquier tipo de reconocimiento social. Es posible que esa fuese un modo racional de trascender dentro de un mundo que no les daba cabida, ni a él, ni al que sería su personaje más famoso. Sin embargo, sigo creyendo que esa madre maltratada y vejada en la obra por el propio Ignatius a través del humor no fue nunca demasiado graciosa.

Quien quiera que siga pensando que sabe quiénes son los genios y quiénes los idiotas; en realidad no creo que John pensase tanto en eso como nos ha dicho. No creo que fuese cuestión de escribir o triunfar; de publicar o morir; del éxito o del fracaso. Parece más obvio pensar que era una cuestión del comer y del cagar, y alrededor de ello, siempre hay una persona, una persona que puede ser o no ser homosexual, puede o no estar reprimida, y sobre todo puede cambiar, y puede morir.

Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda. Esa que no es la buena ni la mala. Porque está claro que la buena es buena porque es una opción propia. La mala es mala porque también es tu opción. Pero la otra no es algo que hayas escogido, por lo cual no pueden decir que es ciertamente buena o ciertamente mala. Es ciertamente ajena, impropia. Por ese camino involuntario caminé, llevado de las narices, arrastrado como un palo sin poder animarme.

Tuve que resignarme a ser como ellos me ordenaban, a aceptar sus juicios y sus rechazos. A comprobar una vez más que no todos pueden ver más allá de su aliento. A ser víctima de un sistema que hace de gente como yo infelices zombies o incomprendidos. Y hay que tener el espíritu muy bien templado, tal vez como acero damasquino o más, para afrontar semejante fuerza.
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