Lo que es Eras: Mary

Mary tenía una perfecta sonrisa imperfecta. Sus mechones caoba cubrían parcialmente sus labios cuando se contoneaba al caminar. Su risa era tan imprevisible como contagiosa, y parecía desprender una vitalidad irreal para cualquier edad. Era joven, siempre al borde de la eternidad, y mantenía una vivaracha inocencia juvenil, que te hacía dudar de que en algún lugar, en algún momento, algo podía haber salido mal. Eso es lo que enamoraba de ella y la convertía en una persona tan querida como respetada. Ejercía un poder que resultaba imposible ignorar. De la misma forma en la que uno no podría enfadarse con Dios, uno no podía omitir la presencia de la mujer, incluso cuando su estela había desaparecido largo tiempo atrás.

—Me da mala espina, muchacho —dijo Larry con una considerable borrachera encima. Repantigado en su sillón, observaba una figura borrosa que se mantenía en pie frente a él. Quizá debido al alcohol, quizá no, el sujeto parecía emanar un aura oscura y evitar la poca luz que la ventana proyectaba desde la calle.

—No es una propuesta, soy yo quien toma ese tipo de decisiones. Tú solo tienes que cuadrar la historia, revisar lo que entra y sale de la boca de los personajes e intentar conseguirme la mayor cantidad de lo que sea necesario cuando sea necesario.

—¡Pero es absurdo! ¿Qué es? ¿Algún tipo de bruja? No hay brujas desde TLX a Etmelvast, ni en ninguno de los caminos que pueden cogerse racionalmente para llegar al Poblado del Ocaso o a Brae.

—Eso es lo que hacemos: inventar.

—Espero que al menos te haya invitado a cenar.

—Conseguí una cerveza gratis.

Larry suspiró.

—En mis tiempos, una cerveza no era sinónimo de un capítulo entero —espetó con el semblante clásico del hierro candente, con un enrojecimiento visible pese al claroscuro.

—Tú no tienes tiempos; te creé la semana pasada —dijo la sombra con una pequeña sonrisa imposible de vislumbrar.

—Hace por lo menos un mes, los críos de las escuelas primarias practican más que tú.

El sonido de unos papeles cayendo contra un escritorio silenció la sala; mientras, esta se imbuía en una oscuridad tan permanente como inesperada.

***

Cuando Mary abrió los ojos, todo había desaparecido. Algunas noches, el paso del sueño a la vigilia era tan tenue que no estaba segura si realmente había podido descansar. Eso la incomodaba sobremanera porque, pese a sus ganas de vivir —probablemente las culpables de no poder cerrar ni por un momento los párpados—, no sabía si debía sentirse cansada o no.

Finalmente, siempre prefería sentirse descansada y mantenerse en plena ocupación. Así, cogía un instrumento tras otro e interpretaba melodiosas y alegres  canciones del sur, cuya lengua y dialecto eran más difíciles de clasificar que un pollo macho o hembra si uno no era asiático. Sin embargo, cuando el rasgado o presión sobre las cuerdas descendía, o cuando sus manos o labios se apartaban del instrumento escogido aquel día, saludaba a cada viajero en su idioma al verles llegar y estos no podían más que sonreír y devolver el saludo.

Paisaje boscoso

Aquella mañana uno no sabría decir si el sol emanaba una luz especialmente cálida sobre el porche de la mujer, o si bien el porche emanaba calor al mundo. Este tipo de paradojas eran mucho más comunes de lo que uno podía esperar en la región de Brae y en las afueras. El Camino del Sur se encontraba siempre atestado de paradojas y estas habían decidido firmar una tregua con los aldeanos: una oportunidad así no puede dejarse escapar, sentenciaron todos en su momento.

El teniente Smug también sabía hasta dónde podía llegar la ley y hasta donde podía hacerlo él; a menudo, un representante de la ley debía dejar olvidada parte de su ética en el uniforme de repuesto y adentrarse en caminos de rufianes y delincuentes, de hechiceros y de brujas. No obstante, incluso en tales caminos, el teniente había encontrado personas sobrenaturales, probablemente con más acepciones encima de las que el pobre Joe Smug pudo haber imaginado jamás.

El teniente tenía la deferencia de anunciar siempre su presencia con paso tranquilo, lo que evitaba que la mayor parte de los delincuentes se metiesen en líos cuando él se presentaba. Una habilidad muy útil cuando uno no tiene ni el tipo ni el ánimo de emprender largas carreras al servicio del ciudadano medio. ¿Y por qué debería haberlo hecho? El ciudadano medio era tan ladrón como cualquiera de estos tipos, además de un hipócrita al no aceptar su condición; pero luego… Luego había almas como Mary, almas cuya santidad no cabría ni en diez catedrales y, entonces, pensando en ladrones, Smug topó con la entrada al jardín de la mujer.

Mary se encontraba bajo su porche con una flauta dulce entre las manos, mediante un harapo blanco la limpiaba con rutinaria dedicación y tarareaba una melodía desconocida y familiar a la vez. Smug se dio cuenta de lo mucho que esa canción le recordaba a alguien, pero el hombre racional que afloraba de vez en cuando se dijo que, probablemente, Mary ya había tarareado una canción similar anteriormente.

—Buenos días, teniente Smug —saludó la joven con una sonrisa exuberante, sus dientes mostraban el amarillo natural del trigo recién cortado, lo cual en un ambiente pseudorural resultaba mucho más atractivo que el blanco perla.

—Saludos, señorita Mary. Hace un día espléndido en su casa. Me pregunto si llueve alguna vez por aquí: nunca he visto caer una gota de agua, pero su huerto y el jardín me tildarían de mentiroso, ¿verdad?

—Llueve a menudo en primavera, en esa época usted no viene mucho a vernos. Es una pena, es cuando la naturaleza muestra su verdadera cara, teniente. Algo tan… vivo debe ser contemplado con una mirada delicada para no entrometerse en su curso.

—A menudo deberían recordar eso a más de un joven que tengo en el cuartel, creen que por tener catorce años pueden encender fuegos sin un permiso escrito 17-B, ¿sabe? —contestó Smug con la firme creencia de que sus símiles nunca estaban a la altura de la conversación.

Cuando uno se empeñaba en describir a Mary era absurdo gastar tinta relatando su sonrisa: era enigmática, grandiosa e imperfecta pero también perfectamente moderada y común. Por eso nadie describía a Mary, por eso nadie visitaba a Mary; y por eso la Casa IX del Camino del Sur tenía un letrero distinto a las demás y nadie se acercaba más que de paso. Nadie, excepto el teniente Smug.

La mujer se incorporó de la pequeña butaca de madera astillada que su falda blanca dejó ver al levantarse. Seguidamente, cogió la flor más roja de su jardín y quebró su delicado tallo con un simple juego de muñeca.

—¿Qué quiere saber, teniente? Sus visitas muestran una cortesía fuera de lo común, que yo agradezco, pero su cometido no puede relegarse eternamente.

Smug la miró con suspicacia y asombro. Mary siempre mantenía activa la delgada línea blanca entre lo personal y lo profesional, pero también entre lo público y lo privado. Y había mucho de privado en esa figura, oculta e inalcanzable. Finalmente, dijo: “Señorita Mary, me gustaría saber si ha visto alguna actividad sospechosa por el camino. Su posición es de importancia capital para las investigaciones en relación con Brae y el tráfico de mineral, como sabrá.”

—Mi posición es tan neutral como siempre, soldado —sentenció mientras deslizaba una rosa roja hasta la mano del teniente—.Vienen de la capital: magos y elfos. Los primeros ya sabe dónde encontrarlos, teniente. Buenos días.

Mary se deslizó al interior de su casa con parsimonia; de algún modo, el teniente no pudo dejar de seguir con la mirada la figura serpenteante de la mujer. Durante un instante, contempló como su mano retenía una rosa con más fuerza de la necesaria y sus púas se clavaban en la palma. Mientras la figura entraba al interior de la Casa IX, Smug miró en su mano como unos pétalos ennegrecidos por el paso del tiempo regaban de oscuridad el frondoso jardín de la mujer.

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