La vida en si bemol (III)

Esta es una entrada (o artículo) fundamentalmente marxista, en un sentido filosófico, por lo que quizá no guste a aquellos que sean reacios a los planteamientos marxistas o cercanos a la izquierda hegeliana en general; tampoco gustará a los de siempre: a los seguidores del statu quo; ni a mi madre, porque a ella le gustan más otros temas.

Dicho esto, prosigo y hoy entro directo. Si no existe nada más (o no tenemos seguridad al respecto), ¿por qué trabajar? Si solo existe este mundo, ¿por qué no lanzarse a descubrir otros países y regiones, otros atardeceres y a otras personas a las que, de otro modo, nunca conoceremos?, ¿por qué no empezar a caminar más, a saltar por la calle como en los anuncios de compresas, a pensar (más allá del trabajo y de la novia o del novio), a reír, a follar…? ¿Por qué no evitar limitarse? ¿Por qué no vivir?

En este mundo, el trabajo ocupa entre un tercio y la mitad de la jornada diaria, como mínimo, y sea tu profesión o tu tormento diario, rápidamente se convierte en tu única ocupación y en un verdadero impedimento para ser libre.

Con respecto a todo ello, me encantó el artículo siguiente:

Tu estilo de vida ya ha sido diseñado (la verdadera razón detrás de trabajar más de 40 horas a la semana)

Fuente original: Your Lifestyle Has Already Been Designed

Todo esto queda sujeto a debate, por supuesto, pero por mucho que patalees, niegues o busques excusas, seguirás trabajando más horas que un esclavo en la Antigua Roma, y eso es indicativo, ¿no crees?

Sobre el trabajo

El sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, solo de hombres formados en un terreno ultraespecífico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo.

Miseria de la filosofía (Karl Marx, 1847)

Incluso cuando ese trabajo nos apasiona, también nos reduce a una jaula de oro. Trabajamos (todos, en mayor o menor medida) en cosas que no queremos para comprar cosas que no necesitamos, podría decirse. O citando un artículo previo en este mismo blog: “Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos (Tyler Durden, El club de la lucha, 1999).” Vale, de acuerdo. Quizá no odies tu trabajo, pero haces miles de cosas que no quieres hacer, ¿miento? Sí, necesitamos pagar las facturas, y el agua, y la luz… y comprar cosas.  ¿Pero cuántas de esas cosas que tienes en tu habitación no utilizas? ¿Y en el resto de tu casa?

Además, la frase anterior va mucho más allá. Esa frase es todo un párrafo que dice así:

La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.

Si estás leyendo, es muy probable que seas un miembro de la generación Y. La generación de los papás y las mamás. La generación de las cosas sin esfuerzo, de los problemas que nunca fueron problemas, de los deseos de otros. Esos a los que ahora llaman milennials y meten a todos en el mismo saco. Tú no quieres ser tu padre, ni tu madre, pero te da demasiado miedo pensar quién quieres ser, ¿o no? Quizá quieres ser alguien totalmente diferente, o quizá, simplemente, quieres descubrir qué o quién quieres ser. Pero no puedes.

Aun así, sé quién no eres. No eres el tío con traje que triunfa en Wall Street; y probablemente ya no quieras ser obrero, zapatero o carnicero con todo lo que supone; no quieres ser ese que madruga, o ese otro que tiene miles de euros en facturas cada mes y no sabe cómo; no quieres ser el que espera toda la semana por una cena carísima que no disfruta y desde luego no anhelas ese deportivo, ni ese traje de marca… Pero tienes todo eso, e incluso estás educando a la siguiente generación para que cometa tus mismos errores, ¿verdad? Eso si has tenido tiempo para plantearte lo de los niños…

Escena de la película V de Vendetta (James McTeigue, 2005).
Escena de la película V de Vendetta (James McTeigue, 2005) que ejemplifica un gran número de problemas éticos de la sociedad moderna y posmoderna: entre ellos, el individuo frente a la masa, la defensa de la individualidad, la permanencia del statu quo…

Uno de cada cuatro europeos de nuestra generación tiene título universitario, y esta cifra sigue subiendo. Hoy, ya no es cuestión de conseguir o no conseguir trabajo (que también), sino de darse cuenta de cómo estudiar se ha convertido, la mayoría de las veces, en un pasatiempo, y no en una formación que nos permite dirigirnos hacia aquel objetivo que queremos cumplir o alcanzar; todo lo que hace es denotar aquello que querríamos, o quisimos una vez, pero no. Y seguimos aguantando, con nuestros títulos bajo el brazo. Sí, de vez en cuando miramos hacia dentro, pero rápidamente obviamos todo lo que nos echamos en cara día tras día (tenemos práctica), y seguimos adelante.

Piensa en ello. ¿Por qué trabajamos? Para vivir, o sobrevivir, según el caso; y cada vez es más difícil (más caro) hacerlo. ¿No debería ser más sencillo? Qué irónico, ¿no? Por mucho que un grupo se esfuerce, eso no parece estar totalmente vinculado al resultado; ¿qué falla entonces? Quizá nos han hecho creer que somos dueños de nuestro futuro, pero no es cierto; quizá los bancos que rescatamos de la ruina y nos desahucian, los políticos al servicio del sistema financiero y no de los ciudadanos y el no pensar en todo esto, tiene algo que ver, ¿no crees?

Aun así, una buena parte de la culpa es nuestra; deja de engañarte. Para empezar, la gente no estudia por afán de saber, lo hace por utilitarismo (¿o no?, ¿qué porcentaje de universitarios con vocación crees que hay?); si ya has entrado en la rueda, no te quejes porque sigue girando y haciéndote bailar a su son.

Pero lo malo de verdad es que la gente no quiere trabajar; la gente, en general, no trabaja por preferencias (vocación), y ni siquiera lo hace para ganar dinero tampoco; primero lo hace porque lo tiene que hacer (se nos inculca esa necesidad), después, lo hace porque no tiene más remedio (nos engulle el sistema); al final, cuando ya no tiene por qué hacerlo (el sistema ya ha amortizado el capital humano), ya es tarde para casi todo (¿soy al único al que le parece triste esperar a la jubilación para hacer cosas que ya nunca harás, o que ni siquiera te harán gracia cuando, por fin, puedas hacerlas?). Es algo sistémico, pero ni por un instante se nos ha ocurrido empezar a tender puentes hacia el cambio.

Desde mi óptica, la religión tiene, en mayor o menor medida, todo eso dentro, y además, parte de la culpa, pues no somos más que sociedades tradicional y culturalmente católicas (o cristianas) que han secularizado esos preceptos, y eso está bien. ¿Qué hay en el interior de cualquier religión sin pervertir? En su interior tienen una pizca de socialismo, una pizca de supervivencia y una pizca de libertad, pero colectiva. Pero también una buena dosis de control y pertenencia al grupo, ¿o no? Ahora, cambia a Dios por dinero y poder financiero. Exacto.

La religión como tragedia

Los mitos originarios dentro de la religión (y también de la mitología) tienen una función educativa básica, porque el dogma es algo útil desde nuestros orígenes. Honrarás a tu padre y a tu madre, conserva el orden social; no robarás no matarás son buenos consejos que mantienen la estabilidad y el respeto del grupo, pero no amarás al prójimo sobre todas las cosas literalmente. ¿Estás pirado?

Dentro de la misma tradición grecolatina tenemos un ejemplo evidente: Edipo rey, una tragedia clásica que nos explica la investigación del actual rey de Tebas, quien busca al asesino de Layo, su predecesor, descubriendo que él mismo es hijo de Layo y Yocasta, su mujer y madre, quien se suicida poco antes de que Edipo decida cegarse a sí mismo por la vergüenza de sus crímenes inconscientes (y no se lo piensa demasiado, en serio, le echa un par).

Sófocles
Sófocles (496-406 a.C.), dramaturgo y autor de obras como Antígona o Edipo Rey.

La tragedia griega ha de suceder a causa del destino (¿te acuerdas, no?, eso que los griegos decían que podían burlar, mientras los dioses se partían la caja demostrándoles que no). En este caso, el castigo ocurre por lo antinatural de toda la escena en sí; todo ello mantiene una relación clarísima con cualquier tradición cercana. ¿Qué ocurre si Edipo decide aceptar lo ocurrido? Al fin y al cabo, shit happens, ya lo dicen los ingleses. Probablemente, la sociedad no lo aceptaría, ¿verdad?

Esto es todavía más evidente en Antígona donde el valor de la familia o el valor religioso jamás pueden estar por delante de los valores de la polis. Como diría George Steiner (buscadlo en Antígonas, la travesía de un mito universal por la filosofía de Occidente si no me creéis) se concentra aquí el conflicto principal entre público y privado, es decir, entre sociedad e individuo, y se completa con el conflicto entre hombres y mujeres (2), juventud y vejez (3), seres humanos y dioses (4) y vivos y muertos (5).

Por involuntario que fuese su parricidio, el pueblo se levantaría en armas para derrocar a Edipo, incluso en su época de máximo esplendor. Y es probable que muchos más lo hiciesen para castigar el complejo de Edipo antes que para vengar al antiguo rey.

Lo mismo ocurre con el trabajo. ¿Qué ocurre si dejamos de trabajar? ¿Moriríamos de hambre? Es poco probable. Hay mucha gente que no trabaja y sigue viva. Quizá pidan, o quizá roben, pero no mueren por no trabajar. Es muy diferente lo que hacen para vivir, pero ahora no vamos a entrar en si es más legítimo vivir esclavizado al trabajo para no hacer nada moralmente reprobable, o no trabajar con ciertos riesgos éticos o morales. De igual modo, sería absurdo no trabajar si tienes verdadera vocación (de vida) por lo que haces, pero son casos extremos, y no la norma que hemos analizado a lo largo de este… bueno, llamémoslo artículo.

Es posible que no pagásemos las facturas, y que acabásemos viviendo en la calle. ¿Pero y si nadie las pagase? En tal caso, es probable que nadie viniese a sacarnos de nuestra casa, o de la casa de quien fuese, porque tampoco habría nadie trabajando, sino que probablemente cada cual viviría sin necesidad de trabajar ni pagar por vivir en una casa. Y el sistema se desmoronaría. Porque es necesario trabajar para pagar el alquiler, y con el alquiler pagado, un tercero vive, y ese paga otro alquiler, o utiliza el excedente para invertir o gastar en otra cosa. El sistema capitalista debe mover el dinero para seguir funcionando, y es el único sistema que hemos conocido que funciona medianamente bien, ¿o no?

Nada de esto es así de sencillo, ¿verdad? Pero es importante que no olvidemos que a vivir la misma vida durante sesenta, setenta u ochenta años poca gente lo llama vivir. Así que podríamos plantearnos hacer algo al respecto. Algunas personas abogan por matar a su jefe —en sentido figurado, no nos emocionemos—, otras prefieren aceptar, tragar y perpetuar el sistema. No obstante, esto no termina por emprender un negocio por cuenta propia, sino que requiere un cambio total en la estructura.

101 formas de matar a tu jefe
101 Ways to Kill Your Boss, de Graham Roumieu.

Para terminar, e irónicamente volviendo al principio, no podemos más que aceptar que Karl Marx se equivocó (o aceptó plenamente, depende de cómo se mire) cuando dijo que las fuerzas de trabajo serían sustituidas por la tecnología (con aquella idea tan moderna de vencer a la naturaleza, si alguien se acuerda de lo que hablo), reduciendo la carga laboral y consiguiendo un mundo donde el ocio y el conocimiento primase por encima del trabajo y la clase (social). Más de cien años después (y de ciento treinta también) parece que el modelo no ha cambiado, sino todo lo contrario. El capitalismo se ha impuesto durante más de un siglo alrededor del mundo, en dos niveles bien diferenciados: opresores y oprimidos, con tres bases bien delimitadas: industria, desigualdad y vida laboral.

De esto seguiremos hablando, pero ahora que no son los negros ni los sudamericanos quien pasan hambre, y podemos ver cómo también millones de personas de nuestros propios países y ciudades rebuscan sobras en la basura quizá es hora de preguntarse: ¿qué llegará antes, el colapso de este sistema o la esclavitud firmada?

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