Retrato de Lucía

Estoy enferma, pero nadie sabe lo que tengo. O sea, todavía no le han puesto nombre, y eso siempre complica las cosas. Los médicos me han diagnosticado epilepsia y un retraso en el neurodesarrollo. Así que no hay tiempo que perder: tengo que buscarme la vida. Amparada en la ciencia, en los míos, en el arte… Ah, sí; verás que lo mío es puro arte.

Por mucho que te sorprenda, y por muy descontextualizada que la creas, te adelanto que mi historia se encuadra en un dorado claroscuro del primer barroco, como el de Johannes Vermeer y su Dama de la perla. En cambio, mi necesidad se acerca a la de aquellos cuadros flamencos antiguos, pintados al óleo para la creciente burguesía que construía sus ciudades al amparo del Mar del Norte; quizá hijos de la técnica de van Eyck, de Weyden o de Campin.

Detalle de 'La dama de la perla' (Johannes Vermeer, 1666)

¡Ay, disculpa! Esta es mi primera conversación —por llamarla de algún modo—, y debido a mi afección temporal he creído conveniente tratar de abrir un diálogo con cuánta gente pueda. Ante todo no quiero ser maleducada, así que dime, ¿qué tal estás?

Supongo que a ti también te sorprenderá esta nueva forma de comunicación que me he inventado. Tiene mucho que ver con mi vida. Lo que pasa es que no ha aparecido en la televisión, ni en los periódicos, y su engagement —como suele decirse ahora en marketing— tampoco ha alcanzado el nivel que mis padres hubieran deseado. Yo, al igual que miles de niños con problemas neurológicos, no soy noticia. Y, junto a todo lo demás, también me toca asumir esto.

Soy Lucía, y tal vez, durante las últimas semanas, has leído en diagonal unas líneas sobre mí. Unas líneas que quizá ni recuerdes dónde estaban; porque soy otra historia que ha pasado inadvertida ante tus ojos. Otro pedacito de mundo que creías que te ibas a perder. Deslizándose en tu muro de Facebook o en tu timeline de Twitter. ¡Silenciosamente adversa para todos! Así me ha conocido la mayoría en mis primeros meses de vida: como un destello en sus pantallas, un correo electrónico, una breve charla de sobremesa de domingo…

Y es normal, ¿no? Pese a mi edad, creo que es normal. Creo que, al igual que mis padres, todos sentimos alguna vez aquello de paren el mundo, que yo me bajo, pero entonces nos damos cuenta de que el mundo sigue girando a nuestro lado; y a veces esa sensación es maravillosa, y otras es cruel, o desgarradora. Pero es. Ante todo es, y está bien que sea.

Desde mi cuna ya imagino que la gente tenemos facturas, y prioridades, y familia, por lo que suele ser difícil recordar aquello de los seis grados de separación que decía Frigyes Karinthy. Ya sabes, lo de que, de un modo u otro, todos estamos conectados, como mucho, a través de seis niveles. Eso es bueno, porque nadie puede sentirse excesivamente solo, ¿verdad? Y es malo, porque ya sabes lo que ocurre con la familia muy, muy lejana.

La fotografía se titula "Cradle", de Joe Athialy. Bajo licencia BY NC SA.

No sé. Quizá sea cuestión de hacerlo de otro modo, ¿te parece? Yo cambio un poco las reglas del juego: no te hablo de todos los medicamentos que me obligan a tomarme, ni de las sesiones de fisioterapia, ni en qué consiste el método Feldenkreis o el ABR… Olvídate de eso. Vamos a hablar de tú a tú, porque pese a lo que te puedan haber dicho, no siento ninguna pena por ser una más entre millones de personas: eso es exactamente lo que deseo. Tú, por el contrario, puedes viajar a través de mi primer testimonio escrito y explicarme qué tal te ha ido el día, si te fríen a impuestos o si ese chico (o esa chica) con el que te cruzas en el rellano de la escalera por fin te ha sonreído.

Sé que si fuese un cuadro, o un instante capturado en una fotografía, estoy segura de que alguien garabatearía Retrato de Lucía en el marco de mi historia, y me haría volar, a la espera de que yo misma consiga despegar. Ahora, tú puedes hacer algo similar con esta declaración de intenciones. Porque esa niña que tienes frente a ti no soy yo; no son mis rasgos, no es mi rostro, no es lo que soy, es un reto del destino que me enfrenta a todo lo que podría llegar a ser. Y ese reto está más que aceptado.

La fotografía pertenece a Adam Moralee y se titula "Morning sunrise". Se encuentra en Flickr bajo licencia CC BY NC SA.

Ahora es momento de poner las cartas sobre la mesa. Porque todas y cada una de las veces que leas estas líneas, yo no las habré escrito; yo no escribo, y quizá nunca lo haga (¡soy optimista, pero no adivina!); pero piensa que yo, que aquí soy parte de la omnisciencia narrativa, del punto de vista, de la narración en primera persona, también podría ser.

No aquí; aquí no. Aquí, donde todo son gestos y sonrisas a medio desdibujar no quiero ser más. No quiero ser una mirada Quiero ser donde de verdad pueda ser yo, y quizá estas líneas sí te hagan plantearte, de nuevo, o por primera vez, si ese euro que pierdes de tanto en cuando por los bolsillos no preferirías que cambiase mi vida. O cualquier otra vida; si no es la mía, se me ocurre otra vida que podríamos cambiar con esa misma acción: la tuya.

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