Bajo el ala alemana

No siempre se puede sonreír. A veces, la vida nos oprime y amenaza con endurecer nuestro espíritu. En el interior del vuelo 4U 9525, que despegó el 24 de marzo con rumbo a Dusseldorf y nunca llegó a su destino, pasó algo parecido. Sucedió uno de esos terribles siniestros que, poco a poco, se convierten en un retal más de la historia.

En su interior, ciento cuarenta y cuatro pasajeros y cinco tripulantes quedaron a media mañana en manos del copiloto, Andreas Lubitz quien, según se conoció cuarenta y ocho horas después, sin el conocimiento de la compañía de aviación alemana, y por avatares del destino, se encontraba de baja médica y en un estado de fuerte depresión.

El avión, un Airbus A320, se volatilizó cerca de Barcelonnete, una pequeña localidad francesa de menos de tres mil habitantes que, estupefactos, presenciaron cómo se desvanecía contra los Alpes franceses.

Téte de l'Estrop: lugar del accidente del Airbus A320 de Germanwings.

Hoy, ayer, mañana, bajo el ala alemana, escucharemos opiniones sobre cómo el gobierno germano debería responsabilizarse, sobre cómo si el aparato fuese español, toda España sería criticada por la prensa y de cómo todo ello ha afectado y afectará a nivel geopolítico en Europa. Y ni las indemnizaciones de 300.000 euros, ni los otros 50.000 que se les unen por parte de la compañía, serán suficientes para recobrar ni una de las vidas que allí, en lo alto del Téte de l’Estrop, se perdieron.

Ahora es momento del debate, porque poco se puede hacer más que hablar. Y el lunes, todo mejorará. Recordaremos aquello que se ha perdido —según lo cerca que nos pertenezca lo sucedido—, y haremos de los protocolos de vuelo y de evaluación del personal algo todavía más seguro que lo que se hizo tras el 11-S.

Sin embargo, no creo que sea esa —si bien es muy importante— lo mejor forma de rememorar a cada una de las personas que allí fueron asesinadas y, si hilamos fino, incluso a su asesino. Mejor sería recordar que hay asesinos, y catástrofes, y tragedias, y que antes de relativizar, alejar y olvidar lo que los Alpes devoró, debemos asumir que la mayoría de nosotros volamos en avión, nos trasladamos en metro y salimos cada día a la calle. Y todas y cada una de nuestras vidas pueden cambiar en un segundo, y caer o desaparecer.

Todo puede cambiar en un suspiro, y esa sería la cuestión que aquí despega. Esta es la época que nos toca vivir, y a menudo olvidar —o como mínimo interiorizar— para seguir adelante, y se trata de un momento de la historia en la que el viejo filósofo griego que proclamaba el carpe diem ya no tiene edad; un ciclo en el que debemos aceptar que la existencia es algo tan ligero como afilado, y un tiempo en el que mientras condenamos todas y cada una de estas tragedias —como lo ocurrido en el avión de la compañía Germanwings—, tenemos la obligación de recordar que nosotros también podríamos estar en aquella cabina y, allí, luchando hasta el último aliento, no habría acción más vital que utilizar ese último segundo de conciencia de todas y cada una de esas vidas para recordar lo bien que fue todo hasta la fecha, lo felices que hemos sido y la mala pata que tuvimos al subirnos en el avión de un tarado.

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Disculpad la prosa rápida y el revoltijo de ideas. Me he apresurado en escribir algo que, como ha ocurrido cientos de veces, pasado mañana, aplastado por la actualidad, difícilmente tendrá vigencia.

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