Sonrisas en aerosol

La noche vacía y negra de Barcelona se contrapone a los trenes que engulle el metro en su último viaje diario. Allí, como testigos silenciosos y perennes —aunque, como todos, cada día algo más gastados y deslucidos—los vagones que descansan en cocheras sueñan con mil y una historias que han presenciado.

Ellos imaginan, anhelan y ansían la rutina del trabajo, las miradas entre desconocidos, la intensidad del visitante por la ciudad que no es suya, la música del que poco tiene, y el valor de la vida y la muerte del que ya nada quiere para sí.

Imaginan, anhelan y ansían; ellos sueñan; sueñan aquello de lo que solo pueden ser espectadores, pasivos e inertes. Sabiéndose conocedores de que el subsuelo escenifica más historias que conectan de un punto a otro que relatos eternos, y disfrutando de estos últimos incluso más por su prolongada particularidad. Atesorando las miradas cómplices, los gestos de buena voluntad o el feeling de dos personas cualesquiera entre la marabunta temerosa y desorganizada.

La sonrisa es una línea curva que endereza todo.

Por desgracia, nuestro protagonista es un hombre y no un vagón y, por ello hoy no recuerda nada digno de aducir, y allí, en cocheras, frente al tronco metálico y acristalado, fuerza al vagón a hacer suyo un mensaje de espasmódica caligrafía compuesto de aerosol y lágrimas; más tarde, el hombre vuelve a la noche más triste por unas horas y, tras la apertura de puertas, espera el primer tren, omitiendo la línea amarilla que, con la resolución suficiente, puede significar la vida, o puede significar la muerte.

Después llega el tren, mudo, al que él mismo dio palabras ayer. Quizá sonrían, piensa, descendiendo. Recordando la sabiduría popular, recordando cómo la noche siempre es más oscura justo unos minutos antes del amanecer, pero demasiado cansado del negro. Esperando, también mudo, y deseando unir su espíritu al de aquel fragmento de metal que sobrevive devorando las vidas del resto.

Ese día, y fruto de esas pequeñas cápsulas de eternidad compuestas de un instante, el vagón convulsiona los ánimos de la estación con un único mensaje: Una sonrisa lo cambia todo; luego se vuelve amarga, pero la lección pervive en algunos.

Presentado en Relats Curts TMB 2015 para demostrar a cierta bocazas que no iba a olvidarme cinco años seguidos…

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