Homo homini lupus

Empezaba informando al lector sobre la existencia de una experiencia positiva. Si eso es lo que quieres, le decía, no sigas leyendo y lárgate.

Aquel era un texto sedante, algo que escribía con un dolor punzante y que, más que aliviar, seguía echando sal en la herida. Quizá por ello relacioné el encabezado de esa Breve historia del pene con Chuck Palahniuk y con la mayoría de sus personajes, sean aquellos secundarios que se meten cacahuetes por el culo o, simplemente, cualquiera de los que tienen de todo menos estima por su integridad física.

Si creéis que el karma no existe (llámalo karma, llámalo diosa Némesis), os equivocáis. Y es que la primavera del 2009 es testigo de mis carcajadas al borde del infarto frente a aquel artículo del, por entonces, GonzoTBA (hoy, Javier Malonda), un año después, me rompí el pene.

No sé cómo ocurrió en realidad. Supongo que cualquiera puede hacerse una idea de ese proceso de “rotura por fatiga” que colapsó en el momento menos indicado. Esas palabras se grabaron a fuego, y no podía más que imaginar a aquel chico que reencuadraba sus penas más negras partiéndose la polla de mí (y nunca mejor dicho).

Hoy tenemos... ¡operación de pito!
Hoy tenemos… ¡operación de pito!

Pasé por varias fases durante las horas siguientes. Primero, la negación: intenté convencerme a mí mismo de que mi frenillo estaba bien; después fui a mear. A continuación, ira. Pero de poco sirve gritarle a tu pito. La negociación tampoco resultó. Y la depresión terminó por llevarme a la consulta del médico.

Todavía veía lejana la aceptación cuando la clínica comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Visualicé la distancia hasta la puerta, calculé mi tiempo de reacción, me dispuse a salir por patas, y escuché únicamente tres palabras:

—Hay que seccionar —dijo el andrólogo, y todo empezó a moverse a cámara lenta, el tiempo casi se detuvo; casi podía cortar la tensión con un cuchillo de mantequilla (aunque no quería oír hablar de cuchillos ni de cortar) y nunca antes un médico había estado tan cerca de que un perturbado con barba le atizase un puñetazo entre los ojos y saliese corriendo con los pantalones por las rodillas. El frenillo, aclaró. Suspiré, histérico, y me cagué en todos sus muertos. Después me dejaron marchar con una cita ineludible con mi destino en cuarenta y ocho horas.

Ahora podría decir que solté chascarrillos o probé a degustar mi vena exhibicionista, pero no. Si bien, por alguna extraña razón, los cuatro urólogos que he conocido en mis treinta años de existencia parecen tipos simpáticos, no veo cómo puede uno fiarse de alguien a quien le pone de buen humor meterte un dedo por el culo.

Confieso que el intervalo entre la noticia y la operación ha desaparecido de mi memoria (la mente es maravillosa a veces, dejémoslo ahí). Aquello dolía lo suyo, y se me ocurren dos cosas que estoy total y absolutamente seguro que no hice en ese lapso de tiempo, pese a la inherente y sensual maldad femenina que nos envuelve a todos en este tipo de situaciones.

Dos días después y exactamente a las seis y cincuenta y cuatro minutos de la tarde, allí estaba yo, junto a mi chica; orgulloso de mi inflexible temperamento y mis modales al más puro estilo spaghetti western. Solo faltaba la brizna de trigo entre los dientes y un par de cojones bien puestos, y no tenía a mano ninguna de las dos cosas. Así que mi imperturbable apariencia rápidamente mutó a un rostro mortecino junto al patíbulo para el que todas y cada una de las enfermeras del centro tenían un comentario.

Vengo a operarme... de anquiloglosia.

Decidí comportarme, imaginando que era muy probable que nuestros destinos se cruzasen durante los próximos minutos en una cama de operaciones. Y así fue. Poco después, una de ellas —ni la más joven ni la más mayor, aunque tampoco tenía yo el cuerpo para romerías— me estaba aguantando al compañero y maquillándolo con Betadine.

A partir de aquí, me gustaría decir que no fue para tanto, que estuvimos silbando a coro melodías antiguas de series de televisión de los ochenta y los noventa, y que trabé una hermosa y peculiar amistad con el andrólogo, pero cuando insertan una aguja de quince centímetros en tu glande para anestesiarte el casco alemán, duele. Y una vez te la han dejado como un colador a picotazos, solo puedes dedicarte a rezar para que esté dormida antes de que empiecen a cortar.

Entonces, no miras hacia abajo ni por todo el oro del mundo y, aun así, te aguarda una sorpresa más: todo tipo de sonidos entran en tu cabeza hipersensible junto a la anestesia local. Y no digo que sea gran cosa para el mundo, pero no es agradable que te atenacen y te descapullen el martes mientras los niños y los abuelos están merendando.

Por último, llega la peor parte de todas: salir de ese microcosmos y volver a la civilización. El retorno jamás será triunfal; solo cabe esperar que seas tema de conversación e inundes las sobremesas de todos tus amigos y conocidos. Aterrado descubres que no es así: eres prescindible, al igual que tu frenillo, y maldices a los dioses con inquina por haberte hecho tan insignificante como para que nadie se acuerde de ti con diez puntos de sutura en la polla.

Todavía queda un último escollo. Bueno, dos. Mientras todos ignoran al monstruo de Frankenstein, como los críos que todavía miran a la muerte con desprecio, tu madre no hace otra cosa que llamarte y preocuparse a todas horas por tu salud genital.

Allí, ahora, en las profundidades, vive un ser creado por la mano del hombre en su infinito deseo de volver a Dios; durante días tus ojos miran con pavor hacia esas latitudes, y tu cuerpo considera gracioso acechar con ojos golosones hasta al mayor craco silvestre que alguna vez ha caminado por tierras europeas.

Tyler Durden te recomienda que laves bien la zona tres veces al día.

Al final, la conclusión se resume en que crecer tiene su gracia, aunque la sensación de sentir cómo se secan los puntos alrededor de tu prepucio es imperecedera y resta parte del atractivo a la escena. Durante la recuperación, recuerdo que no pude dejar de pensar en qué haría Tyler Durden tras una operación de frenillo lingual corto.

Por un lado, estaba seguro que intentaría enseñarme a degustar el dolor; por el otro, no podía evitar imaginarme que, quizá, me hubiese permitido abstraerme, porque quizá, y solo quizá, hay algo más cruel y desolador que el dolor físico y es el miedo tácito que te atenaza cuando te hallas indefenso en manos de un completo desconocido en una camilla de hospital, y piensas: Homo homini lupus antes de empezar a temblar.

Ahora, reíd. Yo también lo hice.

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