No te vas a jubilar en la (puta) vida, asúmelo

Ya lo decía Michael Corleone en El Padrino II cuando su madre le advertía que nunca podría perder a su familia. Él, taciturno, y acompañando a su progenitora en uno de los salones de la casa familiar, contestaba con un escueto: “Los tiempos cambian.

Es así, cambian, y cambian en todo. Y parece que, durante algunos años, todavía podremos creer que de todo tiene culpa la crisis: de nuestra vida precaria, de nuestra falta de incentivos, de la desaparición de las pensiones… Pero el ciclo se cierra; o mejor dicho, se abre otro nuevo.

Como la mayoría, no tengo mucha idea de economía. Por el contrario, soy bastante bueno percibiendo aquello que nos rodea y que otros obvian. No es por echarme flores ni nada parecido, solo es para reseñar que estamos ante un cambio económico que se acelera; para reseñar que, cuando se acabe la crisis, no volveremos a donde estábamos antes (por si alguien todavía lo dudaba) y que los políticos, los mercados, los lobbies de poder y las grandes corporaciones son malas malísimas, pero que también es momento de que tú empieces a jugar con algunas reglas (o, como mínimo, las entiendas) que no tienen por qué ser económicas, pero que afectan a los mercados.

Michael Corleone en
Michael Corleone, melancólico, recuerda cuando un Frigopie valía 45 pelas…

Sobre por qué no nos vamos a jubilar

No. De la crisis, tal y como yo lo veo, faltan fácilmente al menos seis, siete, ocho años.

Santiago Niño Becerra

Este (extenso) artículo surge de la lectura de una entrevista que La Vanguardia hacía el domingo 16 de junio a Santiago Niño Becerra, y lo que pretende es sintetizar las principales ideas del mismo. Para contextualizar, Niño Becerra es profesor de Economía y catedrático de Estructura Económica en la Universidad Ramón Llull, pero sobre todo es quien adelantó el crash de la burbuja especulativa en 2007-2008.

La entrevista al catedrático considero que no solo resulta interesantísima, sino que permite enmarcar y comprender un gran número de cuestiones mediante las que hacer una lectura seria de nuestra realidad política, social y económica.

Seguro que estás pensando: “Pues muy bien, pero todo eso es reversible: otra cosa es que no se quiera porque ya interesa a los que están arriba.¡Pero te equivocas! Desconozco la realidad de otros países, pero en España, cuando se plantea el sistema español de pensiones, hay un jubilado de más de 65 años por cada tres personas trabajando en activo (y con contratos fijos); hoy, la equivalencia es 1/1,19: en pocos años, será de 1/1.

Además, es un sistema que no está pensado para que nuestros padres y abuelos (tampoco nosotros) vivan hasta los noventa años, sino que se planteó en un momento en el que estos deberían palmar a los setenta. Actualmente, la esperanza de vida de loshombres es de 80 años y de las mujeres de 85: ¡en 15 años ha aumentado más de un 7%, pero es que en 30 años —desde 1985— hemos pasado a vivir diez años más, y la esperanza de vida continúa al alza.

Por supuesto, a todo ello se suma el hecho de que se siga apostando por la creación de empleos precarios. Nos encontramos en un momento en el que sigue habiendo un gran número de personas en edad de trabajar en el paro, o sin cotizar, tanto personas jóvenes de 20 a 30 años (aquellos que han crecido con la crisis) como personas de mediana edad que, difícilmente, volverán a encontrar trabajo.

Sobre esto rescato un par de párrafos de la versión digital del diario:

Eso se ha de matizar mucho. En primer lugar, son datos sin desestacionalizar. Desestacionalizados no llegan a 40.000 personas. En segundo lugar, el porcentaje de contratos indefinidos, que ya era bajo el mes pasado, del 8%, este mes volvió a bajar al 7,9%. El resto son temporales. Es decir, se está creando un empleo precario, temporal, subremunerado, lo cual implica que el pago de impuestos –lo ingresos impositivos– será más bajo, y las cotizaciones a la seguridad social también. Es decir, esta información está muy matizada por el Gobierno, porque estamos en año electoral.

Y algunos datos interesantes:

El último informe de diciembre del BBVA Research sobre la economía española pinta un paro estructural del 18% para después de la crisis si no hay un cambio mega radical de la economía española de aquí a cinco años; lo cual, si no lo ha habido hasta ahora, no lo veo. Un paro estructural del 18% equivale a un paro estacional que puede llegar al 30%.

En otras palabras:

No. De la crisis, tal y como yo lo veo, faltan fácilmente al menos seis, siete, ocho años.

Niño Becerra (conferencia)
El economista Santiago Niño Becerra recreándose en su sapiencia, o más.

¿Pero qué ha ocurrido? ¿Hemos vivido engañados?, ¿lo hacemos todavía? Está claro que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (económicamente hablando); con una mejora en los sueldos menor al 1% entre 1996 y 2006, la gente compraba casas de medio millón; y lo peor de todo, los bancos ofrecían ese crédito que (muy) difícilmente se iba a poder devolver. Con estos datos, ¿cómo es posible que España creciese? En realidad no lo hacía tanto, sino que —como ya sabemos— se nutría de crédito.

Si usted analiza la evolución de la economía española en los últimos 70 años, siempre que ha habido un boom económico este ha estado asociado al ladrillo. Es decir, España fue ‘bien’ cuando se hacían 800.000 pisos al año. Y cuando el sector hostelería en particular, y el sector servicios en general, ocupaban a mucha gente. Porque había crédito. España fue bien en aquella época, entre 2002 y 2007-2008, pero la tasa de paro en ningún momento bajó del 7,9%.

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Con estas expectativas, el discurso de los brotes verdes y el esfuerzo en conjunto a muchos nos parece una soberana gilipollez tomadura de pelo. Otros colocan el punto de mira en las próximas elecciones generales pero, como veremos a continuación, el problema al que nos enfrentamos no es local, sino sistémico.

Parados, jubilados y crisis

La cuestión, la idea, el debate al que deberíamos enfrentarnos en conjunto es qué podemos mantener del sistema actual y a qué tenemos que renunciar. El diálogo real conllevaría evaluar si la sanidad pública es asumible en España pese a la enorme carga fiscal (porque a impuestos con respecto a ingresos anuales nos ganan pocos), qué otras opciones hay, qué podemos hacer para integrar un cambio en las zonas de España con mayor tasa de desempleo, cómo podemos evitar confundir solidaridad entre comunidades con comunidades ultra deficitarias y dependientes de terceras, cómo evitar la enorme presión en zonas como Cataluña, Baleares o Madrid y pretender una redistribución justa (que no igual).

Habrá zonas que sí que tienen posibilidades, y el resto pues no se sabe. […] Vamos a un caso concreto: hay zonas de Cádiz donde el paro actualmente es del 42%; zonas de Andalucía donde el paro juvenil es del 63%. Esas zonas ¿qué capacidades y posibilidades tienen? Hablo de las reales para crecer, generar empleo y ocupar a la gente, no de regalarles dinero. Las reales, yo no las veo.

Lo que ocurre es que esto no es algo intrínsecamente español, sino que como bien explica Niño Becerra afecta a toda la Unión Europea y a la mayoría de los países del mundo. Hay zonas rentables y zonas que no lo son: ¿cómo solucionamos esto? Pero sobre todo: ¿qué ha ocurrido aquí?

Pienso que la tendencia es hacia eso, y no sólo en España: en todas partes. Hoy en Alemania, que está fantástica con una tasa de paro del 5,6%, hay zonas en que es del 26%. ¿Esas zonas a qué pueden aspirar? A una renta básica y poco más. Y esto es extrapolable a Francia, a Holanda, a Bélgica y a muchos otros espacios. Por un lado porque la tecnología permite cosas que hace unos años no permitía. Y en segundo lugar porque la productividad, en consecuencia, puede dispararse y, además, de forma flexible. Esto es lo realmente espectacular. En los años 1920 la productividad se disparó pero no era flexible, y por eso la depresión en los años 30 fue tan dura. Ahora la demanda de trabajo es puntual, en ciertas profesiones, y sobre todo adaptada a una serie de zonas. A nivel mundial incluso. Volver a lo de antes es imposible. A eso añádale –que de esto parece que los políticos no quieren hablar– la deuda que se arrastra. No se puede pagar. España no puede pagar 1.500.000 millones de euros, que es lo que España debe. Y no hablo sólo de España.

La realidad es que esta es una tendencia que no hemos corregido, sino que le hemos dado aún más cancha. Del mismo modo que nadie se ha planteado, seriamente, una reforma del estado de las autonomías en España, hasta que pete. Y si por si fuera poco, un estado plurinacional con una actitud totalmente centralista envía una carga fiscal enorme a las zonas, tradicionalmente, más independentistas, ¡y olé!

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Pero me voy del tema. Hemos visto que la gente cada vez vive más, hay menos población activa trabajando y se suman problemas estructurales en muchos puntos de España y Europa. No obstante, en realidad la frase clave de la entrevista todavía no la hemos comentado. Es esta: “Es decir, España fue ‘bien’ cuando se hacían 800.000 pisos al año. Y cuando el sector hostelería en particular, y el sector servicios en general, ocupaban a mucha gente.”

Producir como forma de vida

¿Y sabes qué? ¡Nunca volverán a hacerse tantos pisos! ¡Pero no por eso que estás pensando! (Si has leído toda la entrevista que enlazaba al principio, quizá sí.) Nunca volveremos a hacer tantos pisos porque ya los hará una impresora 3D por nosotros. El trabajo de baja cualificación (y no tan baja) va a desaparecer: la ciencia y la tecnología avanzan a un nivel muy superior a la legislación económica, y ya no digamos ética.

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Estamos en un momento que podríamos empezar a concebir como otra revolución industrial. Una época en la que las máquinas trabajarán por nosotros, y solo una pequeña cuota de trabajadores más especializados será necesaria para asegurarse de que las máquinas cumplen su cometido. Sí, ya: es duro, es fuerte, nos ha cogido por sorpresa, pero es así.

Así los ‘ninis’ lo tienen crudo. No hay especialización, no hay formación ni educación en un mundo cada vez más competitivo.
Y a eso añada otra cosa: antes se decía ‘Mira, si no vales para nada, te pones en la construcción, te pones de dependiente’; ahora en las manufacturas está la producción agregativa, lo que se llama la impresión en 3D. Ya se están imprimiendo edificios…

Eso quiere decir que por mucho que crezca el PIB de un país va a estar controlado por muchas menos manos, y esas manos serán el 0,01% del que este mismo señor hablaba en otra entrevista para el diario El Economista.

Hoy más que nunca, la economía depende en última estancia de la ciencia y la tecnología, y ahora nos podemos poner a llorar, a patalear y a meter la cabeza bajo tierra como los avestruces (el otro día leía que eso es un bulo, por cierto), pero de nada sirve. Hay que empezar a aceptar que falta gente preparada, que hay un porcentaje de la población que es inútil, económicamente hablando, y que vamos hacia un estado del tres: donde un porcentaje sobrevivirá, otro vivirá y un tercero controlará.

Evolución de los robots
Robots evolucionando con el fin de… ¡robar tu trabajo! © Ryan Etter

Y eso es lo que nos lleva finalmente al quid de la cuestión: la renta básica, que no es más que trasladar ese modelo de codependencia entre zonas y municipios y aplicarlo a un nivel todavía más local o individual. Quien no tenga trabajo, al menos podrá sobrevivir con una renta estatal: tendrá algo, cobrará un mínimo. Para muchos, esa es la única alternativa real a gran escala: asumir que una parte de la sociedad no puede ofrecer nada a la misma, y hacer aquello que creemos que es éticamente lo más correcto.

Es absolutamente imprescindible. Y ahora usted me preguntará: ‘¿Por qué la renta básica la rechazan todos los partidos políticos, incluso Podemos, que la defendió en su momento y ahora ya no habla de ella?’ Tengo una teoría: asumir la renta básica –y cuidado, cuando hablo de renta básica cojo la definición del doctor Daniel Raventós, de la Universidad de Barcelona– supone aceptar que hay un porcentaje de la población que es inútil. O sea, el mensaje de la renta básica es: si hay una tasa de pobreza que es imposible descender, vamos a descenderla de forma artificial, ¿cómo?, aportando una cantidad para que puedan vivir ya que de otra forma no van a poder.

Todo ello nos lleva al principio. Tú no te vas a jubilar; yo no me voy a jubilar, y mucho será que tengamos suficiente trabajo para poder seguir viviendo. Antes o después, vamos a adaptarnos y a contraatacar; y los que hoy tienen veinte entienden mucho mejor que las cosas son distintas (probablemente porque no vieron como eran antes, ni lo vivieron) y aceptan que vivirán (o sobrevivirán), pero peor que sus padres.

Evidentemente, aquí se abren muchas otras cuestiones, la más evidente es que en España (aunque nadie te lo diga) no vale la pena cotizar más de la cuenta porque no vas a tener pensión, y que podemos empezar a guardar debajo del colchón, en el banco o donde nos rote. Significa también que en una economía tan cambiante quizá debamos reciclar nuestro trabajo dos, tres e incluso diez veces en el tiempo en que nuestros padres y abuelos vivieron toda la vida de lo mismo. Y, por encima de todo, pone en evidencia que vamos a tener que adaptarnos, que nada va a ser como antes y que la ciencia y la tecnología tienen sus blancos y tienen sus negros (sobre todo si las tratamos como algo independiente).

La crisis, y sobre todo lo que hay detrás, nos reta como sociedad, ¿vamos a ser solidarios con esas zonas y esa gente que no va a poder trabajar? ¿Terminaremos por enfocarnos en un nuevo modelo? ¿Acabaremos cambiando nuestra forma de trabajo y de vida? ¿Es inevitable?

Sea como sea, la rueda sigue girando.

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