Sobre el tiempo de zurcir un calcetín

La semana pasada surgió una idea de lo más tonta y, como suele ocurrir, lo hizo en el lugar más insospechado y de la forma más extraña. Frente a mí, la madre de mi pareja mi suegra me preguntaba desde el dormitorio por qué no zurcíamos un calcetín viejo con un agujero que había recogido del suelo.

La miré. Miré el calcetín. Y lo tiré a la basura. Me pareció una tontería. ¿Para qué zurcir algo cuya durabilidad era ya escasa? Pero todavía más importante: ¿de dónde sacar el tiempo para hacerlo? ¿Existía aún tiempo para ese tipo de cosas o habían quedado en el pasado? Evidentemente seguía habiendo gente que zurcía calcetines, pero entre los más jóvenes (y no tan jóvenes) esa era, cuanto menos, una especie exótica.

El dichoso calcetín que no me quito de la cabeza.
Calcetín negro, la verdadera némesis del autor de este horrible artículo.

Quizá exista ese tiempo, empecé a pensar, puede que seamos nosotros quienes hemos decidido hacer algo distinto con él. A mí, por ejemplo, mis padres me enseñaron a disfrutar de la naturaleza y de la compañía de los amigos, a los que destinar horas de sobremesa y noches de alcohol; a escapar hacia el mar y la montaña a la menor oportunidad; a vivir con perros, los más nobles entre los seres que conviven con nosotros (y nos soportan) y a seguir mi propio camino.

Pero todo ello requiere tiempo que ocupar en una mañana soleada de arena y mar, en un instante de repiqueteo furioso de la lluvia contra las ventanas; entre compañeros, animales e intereses. Necesito gastar horas con las que disfrutar de un libro, de una película o de un disco; y exijo tiempo durante el que perseguir mi pasión —aquella que si no consigues convertir en modo de vida, deberás reservar para cuando te hayas levantado y hayas producido algo útil para el resto.

Entre todo esto, el tiempo de zurcir un calcetín ocupa un espacio inconmensurable de nuestras vidas, que jamás serán tan físicas como emocionales y, aun así, no creo entender el porqué en su conjunto. Quizá la respuesta sea, en sí mismo, una de esas manidas preguntas transcendentes que hemos oído tantísimas veces que hemos terminado por no escuchar. ¿Pero cómo vamos a zurcir un calcetín cuando, de uno u otro modo, nos han enseñado que vale más la pena ir descalzos?

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