El consumo de carne en el mundo

No hay nada más poderoso que una idea cuando su tiempo ha llegado. 
Víctor Hugo (1802-1885)
Nuestros nietos algún día nos preguntarán: “¿Dónde estabas durante el Holocausto de los animales? ¿Qué hiciste en contra de estos crímenes horribles?” No podremos dar la misma excusa por segunda vez, que no sabíamos. 
Helmut F. Kaplan (1952)

El 20 de marzo de 2012, Philip Wollen, expresidente de Citibank, lanzaba con la voz queda un grito por el derecho de todos los animales (Kindness Trust, 2012). Minutos antes de que el Saint James Ethics Centre (Melbourne, Australia) estallase en un aplauso generalizado, el filántropo difundió una de las máximas más célebres de William Shakespeare al público: ¿Cómo ve usted el mundo?, dijo, repitiendo la pregunta que el rey Lear formulaba al conde de Gloucester. Este contestó: “Lo siento”. No como una disculpa (I see it feelingly, en el original), sino como una forma de vivir más cercana y real con la naturaleza.

En el centro del encarnizado debate, Wollen ofrecía datos objetivos sobre lo que supone el consumo de carne a nivel global: las emisiones de CO2, metano y otros gases contaminantes producidos por estas son la primera causa de contaminación atmosférica, el 90% de los peces pequeños son molidos para alimentar a la ganadería convirtiendo a las vacas en el mayor depredador marino de la Tierra y necesitaríamos dos planetas para alimentar al mundo entero con una dieta basada en el consumo de carne.

Estos enunciados, entre otros, son los que hacían al ponente afirmar que estamos ante un problema de origen financiero que, a medio plazo, provocará problemas ambientales (contaminación) y agotará las reservas de agua potable del planeta.

Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res. Por ello, al margen de premisas que se relacionen con nuestra salud o con la crueldad animal, documentales como Earthlings (Monson, 2003) entrevén otra gran guerra, donde no se peleará por el control de la economía o del petróleo, sino por el agua. Los países industrializados no sufrirán desnutrición o falta de alimentos; por el contrario, amparados en estos testimonios parece plausible afirmar que pueden colapsar por el agua.

Philip Wollen sentía en el cáncer que hacía gritar de dolor a su padre un desconsuelo similar al que se podía percibir en una ballena moribunda que, con un arpón perforando su cráneo, buscaba a su cría entre bramidos; o el miedo de un cerdo o una ternera mientras recorría sus últimos pasos en el matadero.

Granja industrial de pollos.

Su testimonio no desea erradicar la guerra contra otras especies animales, como él la designa, sino promover una justicia real con el resto de organismos vivos de nuestros ecosistemas. Una idea que choca frontalmente con el humanismo previo al siglo XXI, que solo tenía presente cómo los seres humanos nos tratamos los unos a los otros, pero había arrebatado esa equidad a otras especies (Free From Harm Staff Writers,2012).

Por último, ten presente también que (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.23):

El ganado produce algunos de los gases de efecto invernadero más peligrosos —el metano y el óxido nitroso— a través del sistema digestivo (en el caso de los rumiantes, como las vacas) y del estiércol. Ambos gases son mucho más potentes que el dióxido de carbono, del que tanto se habla. En total, el ganado es responsable del 18% del total mundial de emisiones de gases de efecto invernadero. La cría de ganado también emplea una enorme cantidad de agua: aproximadamente un 8% del uso mundial de agua que realizan los seres humanos se destina a cultivar alimentos solo para las reses.

Y también (Colaboradores de Oxfam Intermón, 2015, p.25):

Si los hogares urbanos de Estados Unidos, el Reino Unido, España y Brasil comieran una comida sin carne una vez a la semana, cambiando la carne de vacuno por alubias o lentejas, se criarían cada año cerca de nueve millones y medio menos de vacas. Eso significaría que se dejarían de producir más de 900.000 toneladas de metano al año, lo que tendría el mismo impacto en el medio ambiente que si se quitaran 3,7 millones de coches de las calles durante un año.

Criando muertes

El sistema funciona de un modo muy simple: criamos animales para comer animales. La domesticación, a excepción de razas caninas en un elevado número de culturas y etnias, ha tenido en todo momento un componente utilitarista para los seres humanos; la cría y selección de animales de otras especies permite ciertas modificaciones (fisiológicas, psicológicas o morfológicas, y a menudo todas ellas) con un determinado fin que, en la mayoría de los casos, es el consumo de los productos derivados del animal.

Sin embargo, el consumo tal y como lo conocemos empieza tras la Segunda Guerra Mundial, momento en el que podríamos establecer un cambio global en los países desarrollados (Patterson, 2002). Esta división es, notablemente, discutible, puesto que la agricultura ya recibe mejoras considerables a partir del siglo XVI, pero la mayoría de las mismas se aplican al cultivo y no a la cría, engorde y sacrificio de animales para consumo.

Estas mejoras suelen considerarse, en contraste, menores, y las innovaciones que realmente suponen un cambio a nivel agrícola son los fertilizantes, los reguladores de crecimiento, los pesticidas y la integración de maquinaria mecanizada. Esta última, aplicada con la ganadería, es la que permite hace más de medio siglo lo que se conoce como intense farming o agricultura intensiva. Las prácticas intensivas tienen una premisa básica: aprovechar el máximo de espacio para producir una mayor concentración del producto; esto tiene un límite a todos los niveles, pero el impacto a nivel agrícola es mínimo en contraposición con el trato y las necesidades de infraestructura y espacio de los animales destinados para el consumo humano.

Granja intensiva de cría de cerdos
Fotografía de National Geographic que muestra un centro de cría intensiva de cerdos.

Ante todo, no pretendo crear conciencia de la necesidad de abandonar el consumo de alimentos, sino que me propongo únicamente que me acompañes a lo largo de un análisis de lo que sucede en estos emplazamientos y en cómo afecta al producto final. Quizá descubres que no todo es genial, pero que sigues queriendo comer carne, y pescado, y marisco; como decía al inicio, la cuestión no es imponer una idea, es saber, conocer lo que se mueve a nuestro alrededor y en nuestros estómagos.


Lista de referencias bibliográficas:

4 thoughts on “El consumo de carne en el mundo”

  1. Un artículo fenomenal. Yo no soy vegano, aunque me gusta su filosofía. Ni soy anti-sistema porqué entonces no debería estar escribiendo un mensaje electrónico, vistiendo unos tejanos y duchándome en agua caliente de una caldera a gas.
    Pero, para empezar soy de los que comen poco (como opción, no como singularidad de mi organismo) y delante de un producto animal procuro no perder de vista que un ser vivo viene a mi (quizás en el sentido más indio de la palabra, no hago una ceremonia por su alma, pero casi).

    He echado de menos, pero, en tu artículo una referencia a las verduras, que la cosa tampoco está muy bien, desde los melones “cuadrados” del Japón (que adoptan esta forma a base de crecer en una caja de plástico) hasta el cultivo de tomates sin tierra; por no hablar que continúan siendo seres vivos.

    Como tu, con ello no pretendo decir que no se coma, Pio Baroja deja muy claro en su obra “El árbol de la ciencia” que la naturaleza es cruel —pero no malvada, eso lo es el hombre— y que, en definitiva nos devoramos entre nosotros (punto 9 del capítulo titulado Las Canarias).

    En conclusión y en pocas palabras —si es que esto es posible— el problema no es comer carne o vegetales, es la industrialización y, como muy bien apuntas, este consumismo desbocado que nos invade desde la IIGM.

    Para acabar, amigo: Y todas estas reflexiones las hace un “viejo” de 49 años (vamos, que no veré la subida del mar que se prevé para 2100) sin descendentes, que en casa, ni yo, ni Nino ni Piula tenemos descendencia. Bueno, se escapa un hijo de mi pareja, pero este buen muchacho tampoco pretende tener descendencia. Así que podríamos decir aquello de que por lo que me queda en el convento….

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    1. ¡Hola, Lluís!

      Quería contestarte hace varios días, ¡pero imposible!

      Lo cierto es que el tema vegetales no lo he tratado (casi) en los ensayos de donde sale este texto más breve. El porqué te diría que se basa en que, de algún modo, considero que envenenarnos a nosotros es la mitad de malo (aunque muy idiota) que matar a terceros para nuestro sustento: lo que muchas veces no es más que matar animales para subir tipos de interés de un sector, que la “comida” acabe en la basura, etcétera.

      Yo hace ya año y medio, por lo menos, decidí no consumir ningún producto animal; sí de origen animal, aunque como tú bien dices, yo también respeto y valoro mucho el veganismo, por ejemplo. Creo que un problema grave es matar animales para comer en el siglo XXI, pero uno GRAVÍSIMO es crear sistemas que torturan animales a cada segundo para que la gente gane dinero y todo dios se intoxique comiendo carne y pescado diariamente (lo que está demostrado que es perjudicial, aunque la gente haga oídos sordos).

      De cualquier modo, no soy vegetariano estricto y, como bien apuntas, el problema está en la industrialización de los procesos. Si bien yo no creo que haya necesidad de consumir productos animales, respeto a quienes lo hacen, y critico con mucha más fuerza a quienes sistematizan los procesos y los (nos) deshumanizan: un libro genial sobre esto es “Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas”, de Melanie Joy.

      ¡Gracias por hacerte ver! Me alegra mucho que por el blog pasen caras conocidas ya. 😉 Es todo un orgullo para mí. Seguiré subiendo textos sobre este tema, ya que tengo una buena recopilación en formato de ensayos…

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  2. Hace años decidí ser coherente conmigo misma y dejé de consumir animales.
    No quiero que nadie tenga que morir para saciar mi apetito.
    Hay quienes dicen que mi decisión no sirve de mucho. Yo pienso que sí. Estoy actuando según me dicta mi corazón.
    Un saludo.

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    1. Totalmente de acuerdo, Inma.

      Lo mejor que se puede hacer es ser fiel a uno mismo.

      Yo pienso y siento muy parecido a ti, y no necesito a nadie que me respalde detrás para actuar conforme a mi filosofía de vida.

      ¡Saludos!

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