Cuando ser pobre era ser libre

No se lo he dicho nunca a nadie, pero creo que si no tuviera nada en el mundo, no viviría en una gran ciudad. Más bien iniciaría un lento pero constante peregrinaje hasta que un lugar u otro me obligase a parar.

Quizá se trate de una visión deformada por crecer frente a viejos capítulos de Kung Fu en el Telefunken de la casa de mis padres, quién sabe: me imagino una epopeya moderna en tierras castrenses, donde cualquiera podría lanzarse hacia una épica aventura donde dejar una estela de bondades al más puro estilo de Kwai Chang Caine en busca de su hermano, y nunca se me ocurrió a nadie mejor que a este arquetipo del género: pobre en riquezas, pero rico en espíritu.

Kung Fu (show; serie de TV)

Además, la gran ciudad es cruel desde su nacimiento; ya lo dejó escrito Lorca tras visitar Nueva York, envuelto en aquel espectáculo de suicidas, de gentes histéricas y grupos desmayados, que se ha exportado al mundo entero. ¿Por qué vivir temiendo el frío gris de la Diagonal que nació para herir al verde y a la verdadera tierra de la capital catalana y no en cuevas, barracas y chabolas que siempre estuvieron ahí?, se preguntaba con otras palabras un tal Rafael, un hombre de esos que no necesita de apellido; uno de esos nombres para los que la Montjuïc preolímpica o los ya olvidados reductos muy nuestros del Somorrostro o el Campo de la Bota significaban algo en el interior de su propio microcosmos.

También en el mío existieron esos lugares; espacios que hoy son parques o edificios entre Horta y el Guinardó, pero que a principios de los noventa ocultaban la vida y la intimidad de la gente entre la arena y la roca, donde los campos y las masías mantenían una parte de su carácter y todavía no eran atrezo para restaurantes de cincuenta o cien euros el cubierto.

Pero todo cambia. Así que ya no sé si es posible afirmar por más tiempo que si yo fuera pobre, sería más libre de lo que soy. Quizá lo sería hasta recordar que el mundo no es un drama televisivo, y que cada vez que abandonas un lugar, dejas cosas tras de ti; a veces, son oportunidades, familia, amigos; otras se limitan a una esquina que a fuerza de golpes se convirtió en tu prisión de confort.

Si no tuviera nada en el mundo, quizá no viviría encadenado a una ciudad, ni a la promesa de un trabajo; me movería entre escenarios, sereno, buscando algo nuevo cada día, aunque solo fuese un decorado distinto a mi desgracia.

Me acercaría a caras desconocidas que me sonríen, y rehuiría consciente aquellas que no desearan relacionarse conmigo. No quedaría inmóvil en una esquina, a merced de la caridad del mismo sistema que me llevó hasta allí o me expulsó de él; buscaría otros modos, otras formas, otros mundos, y caminaría como Kung Fu, haciendo de la ausencia de un objetivo final mi propio objetivo.

Quizá una buena idea funcione sin necesidad de ser ricos o de ser pobres… Al fin y al cabo, ¿quién define qué es cada cosa?

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