Arturo y la libertad

Murió Arturo. Ya se acabó. Quedará para cada uno —y en especial para los de siempre— si existió una solución mejor, una forma de liberarlo de los barrotes o de ofrecer una mínima calidad de vida a esa presa que vivió cautivo treinta y un años.

El animal más triste del mundo. El último oso polar recluido en Argentina. Arturo, quien soportó temperaturas de más de cuarenta grados durante el verano austral; en una piscina, en el interior de una jaula de escasas dimensiones. Triste, deprimido, muerto en vida, como tantos otros animales que, como nosotros, no pueden soportar la visión eterna de una celda entre ellos y el mundo.

Oso Arturo (fotografía)

El Zoológico de Mendoza se atrevió a comunicar que ha vivido una larguísima vida, notablemente más extensa que la mayoría de sus congéneres, obviando el hormigón coloreado en azul, la soledad, el aburrimiento, el estrés; incluso la charca con dos palmos de agua que mezclaba lágrimas y un anhelo de naturaleza que nunca fue saldado.

La reclusión no casa bien con el instinto, el mar, el frío, la supervivencia, la caza, la compañía de los suyos, la libertad, y aún menos en las condiciones inaceptables de Mendoza, donde han fallecido decenas de animales en los últimos meses.

En mayo, colectivos animalistas argentinos y activistas de todo el mundo reclamaron el traslado de Arturo a una reserva: se desestimó; según los mismos carceleros que lo mantuvieron encerrado veintidós años en Argentina y otros ocho en los Estados Unidos, el estado de salud del oso polar no era adecuado.

Oso Arturo (viñeta de Paco Catalán)
Viñeta de Paco Catalán Carrión (05/07/2016) sobre el oso Arturo, que murió en el Zoológico de Mendoza el 4 de julio de 2016.

¿Ha muerto de viejo, o de tristeza? De cualquier modo, ha muerto; dejándose llevar, con esa pose inerme que ensayó, afligido, durante décadas; sin conocer ese atisbo de libertad que una reserva puede ofrecer a un animal que, de un modo u otro, seguirá cautivo de su pasado, pero con la que, de haberlo sabido, seguro que hubiera soñado.

Lo peor, lo verdaderamente malo, es que la cobardía llegó hasta su fin. Ninguno de los responsables pensó, por un instante, en trasladar a Arturo, el animal más triste del mundo, lejos de aquella cárcel de hormigón, de arriesgarse, de ser un poco más humanos, y de permitir, aunque solo fuese por un tiempo finito, como el de todos, que Arturo pudiera volar lejos de su pesadilla diluida en azul.

¿Qué le vamos a hacer? Al final, fue él quien alzó el vuelo, reprendiéndonos como solo el corazón de un animal sabe hacer .


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