La vida de un Pokémon

Apareció frente a la ventana del despacho. Fuera. Donde el encalado de la pared se asemeja a la silueta de un hombre con barba y, una vez nos dimos cuenta, ya nunca pudimos dejar de verla. Era un Bulbasaur, mitad animal, mitad planta. Sonreía, como todos los Pokémon; así que le lancé una pokeball y lo atrapé antes de que se escapase por las montañas que rodean mi nueva casa.

Después, me aburrí. Sin saberlo, ese Pokémon nunca evolucionaría ni conocería mundo junto a mí. No podía competir con mis perros, que me tiran babas, saben ser mucho más pesados que una notificación en el teléfono y ya me obligan a caminar bastante. Allí quedó el Bulbasaur, en algún rincón de la memoria SSD; oculto del mundo, prisionero de mi propio egoísmo, solo.

Bulbasaur (pokémon)

Mientras el resto se volvían locos jugando a Pokémon Go mucho más tiempo del que dedicaban a Facebook, Twitter o Snapchat, yo dejé a ese Bulbasaur que paseaba por mi jardín encerrado en mi dispositivo, y me fui a seguir viviendo al margen de esa acción. Ese era el único Pokémon que registró mi Pokédex en el smartphone; ni un Rattata, ni un Pidgeot… Ni uno más.

Abrí la aplicación, capturé a ese bicho, y me aburrí. Después, sin relación aparente, los árboles de alrededor de mi casa empezaron a secarse; al principio pensé que se trataba de algo que ya estaba ocurriendo y no había reparado en ello; pero, de nuevo, el móvil tenía una respuesta mejor: fotografías de los exteriores antes de la mudanza. En estas, los árboles estaban llenos de verde, el tronco resplandecía, y casi podías imaginar cómo la savia circulaba por los vasos conductores en su interior. Ahora, los árboles y las plantas parecían enfermar y secarse uno tras otro, pudriéndose, resquebrajándose desde la raíz…

También tenía trece notificaciones en Pokémon Go. Todas decían Vuelve. Todas decían ¿Te has olvidado de mí? Todas decían ¿Dónde te has ido? Estoy solo aquí. Y abrí la aplicación.

Bulbasaur llorando

En la pantalla podía verse al mismo Bulbasaur que atrapé. Miraba hacia delante, cabizbajo, moviendo dos largas cepas verdes que salían de su espalda para combatir el aburrimiento; parecía débil, hasta que percibió que se había cargado la aplicación; entonces, su cara brilló por un instante, hasta que volvió a ser consciente, una vez más, de mi abandono.

Fijé mi vista en la pantalla, que detectaba los alrededores y mostraba un mapa con localizador GPS; marcaba lugares de interés y similares, creo, pero yo no podía apartar la imagen de ese Bulbasaur herido de mis ojos. Así que empecé a caminar; al abrir la verja exterior de la casa, los perros me ladraron: les hice un ademán para que me acompañasen; paseamos los cinco —los perros, el Bulbasaur y yo— y, a medida que lo hacía, parecía recuperarse: no eran heridas infringidas en combate, pues no me gustaba eso de hacer combatir a los Pokémon, y tampoco había tenido tiempo, sino más bien de tristeza, de haber sido olvidado en un rincón demasiado rápido, solo por ser virtual, apilable, lo que sea.

A la vuelta, los árboles se habían recuperado. El verde volvía a ocupar todo el follaje, y advertí que el Pokémon parecía feliz de haber paseado con nosotros. Ahora conocía la verdad: eran unos yonquis del fitness, de la compañía, de la batería de mi smartphone, que podía empezar a acostumbrarse a estar bajo mínimos.

Seguí haciendo lo mismo durante varios días. Los perros se alegraban de ver el móvil en mis manos, o quizá a ese Bulbasaur que vivía entre el mundo virtual y el real; yo seguía caminando y caminando, angustiado por la conexión entre el Pokémon y mi jardín; sabiendo que tendría que cuidarle mientras quisiera que nadie más conociese mi horrible secreto: había encarcelado a un Bulbasaur y lo había abandonado a su suerte; ahora, estaba pagando por mis pecados, y aún sería peor si alguien más se enteraba. La vergüenza sería completa: tanto para aquellos que solo verían a un freak que caminaba para tener feliz a su Tamagochi evolucionado como para los verdaderos fans de la saga, que podrían acusarme de maltrato, de abandono o, peor aún, de ser un nefasto entrenador Pokémon.

Squirtle y Bulbasaur

Por las noches, cuando mi mujer se dormía, le explicaba al Bulbasaur que no podía jugar con él, que ya tenía perros y gatos, y que debía trabajar, y escribir, e intentar hacer algo con mi vida. Él solo me miraba, sin comprender, a sabiendas de que, ahora que Pokémon Go formaba parte de nuestras vidas, ¿quién iba a querer seguir viviendo en el mundo real?

Noche tras noche, bajo la atenta mirada de los perros —que todo lo perdonan, incluso la desatención activa o la necesidad de compartir su tiempo con un Bulbasaur—, conseguí hacerle entender que debía buscar a otra persona, y yo le ayudaría a ello. Lo enviaría con uno de mis amigos que jugaban a Pokémon Go. Le daría una vida mejor junto a otra persona. Y, entonces, justo en ese momento, antes de subir al coche y conducir hacia Barcelona para dar en adopción a mi Bulbasaur, ocurrió lo peor que podía suceder: frente a mí, apareció un Pikachu.

Pikachu (pokémon)

6 thoughts on “La vida de un Pokémon”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s