De coleta morada a coleta cansada

Ayer, leía una noticia en La Vanguardia que retrataba a un Pablo Iglesias muy distinto al que hemos conocido estos últimos años: pesimista, desganado, acusando el cansancio electoral que se ha extendido más de ocho meses entre elecciones, reuniones en busca de una (dudosa) investidura y otros tantos en campaña en campaña.

El redactor buscaba el contraste entre este y otros miembros de la coalición (Unidos Podemos), que no solo rehuyeron en un primer momento ese idealismo propio del socialista, sino que, además, mostraban mejor cara al mal tiempo.

Yo voté por primera vez a Unidos Podemos en junio, y antes, en diciembre, a Podemos en solitario: sin coalición ninguna, a pelo, como se presentaron. Anteriormente, no encontré alternativa mejor, y tanto para el Congreso como para el Senado, me decidí siempre por PACMA. Lo digo por si eres uno de esos lectores o lectoras que necesita saberlo, que debe leer un párrafo que se adecue con su ideología; esto no solo va para el resto, también para otros simpatizantes y votantes como yo; porque Iglesias ha pecado de un exceso de liderazgo, de cierta egolatría y, si bien tenía presente la importancia de los medios (llevar el diálogo hasta la televisión desde mucho antes que el resto quisiera debates allí fue un enorme acierto), de olvidar lo importante que era caer bien en España, de ofrecer una imagen afable: como el tonto bonachón en la presidencia y los dos adversarios arquetípicos de Mattel; en definitiva, que hubiera sido interesante hacer antes los deberes.

Separarse de ellos comprendiendo el contexto que se le presentaba, recordando los movimientos tradicionales de la izquierda y la derecha en el país, y si bien yo no hablaré de ocho millones de subnormales, sí sería bueno tener presente que España no solo son las grandes ciudades, también los pueblos; y los nichos de población de baja calificación, escasos estudios y ruralismo ideológico.

Pablo Iglesias haciendo el indio ;-)

Ahora toca apostar por las nuevas reglas. Para seguir viviendo en España, y a la vista de los resultados, toca apostar por las nuevas reglas, porque perdimos; por segunda vez. O largarse, pero si seguimos aquí, es que nos hemos resistido suficiente, así que algo nos atará a estas fronteras seguro.

Toca apostar por las que imponen los grandes partidos, aquellas del pez grande que se come al chico; donde uno está arriba y diez, once, doce, quince… abajo, pisoteados, y a medida que hablamos, aún aumenta esta segunda cifra. Pero si tanta gente sigue aclamando a Amancio Ortega, tendremos que deducir que, o bien hay mucho idiota, o parte de verdad en lo que se dice.

Quizá el cambio no estaba en Podemos, ni en Izquierda Unida, ni en las izquierdas siquiera, pero la votación unánime al Partido Popular demuestra que todo está bien en la derecha, y con la derecha. Está bien crear empleo eventual con condiciones de mierda, es real aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que no ocurre nada porque no se haya montado un gobierno desde diciembre de 2015, porque España, por sí misma, ya es un desgobierno de tomo y lomo.

Presidencia y ya tal
La segunda ya tal.

Acostumbrémonos a las universidades públicas con precios de élite, a los trabajos en formato prácticas low-cost, a vivir bajo el umbral de la pobreza, a tragar, a no poder luchar por nuestro futuro y, sobre todo, a seguir hipotecando nuestro presente.

Existían en este país todos los ingredientes para convertir una revolución del pensamiento en una revolución de las urnas; pero quedamos cortos. Todavía gana el miedo, el qué pasará y el temor a que, con cualquier otro, estemos peor. Es tan grande el sentimiento que ni tan siquiera conseguimos darle el tradicional pucherazo entre la izquierda de mentira y el centro-derecha de mentira.

Pedro Sánchez (Ken+Barbie)
Barbie, a la derecha, con Ken, a la… Oh, wait.

Mientras tanto, nos obcecamos en el “caso Echenique” y no en los miles de ejemplos de corruptelas normalizadas por el Partido Popular y el PSOE. ¿Que está mal? Por supuesto, y no seré yo quien lo defienda, pero sería conveniente tratar de ver que solo es un reflejo fiel de este país, donde, en la práctica, para presidir una gran empresa con miles de empleados puedes pagar la misma cuota de autónomos que aquel que trabaja a media jornada limpiando la mierda del resto, o imparte cuatro clases de inglés, o se rompe los cuernos en algún micronegocio donde solo encuentra trabas y trabas.

Parece ser que se nos mide a todos por el mismo rasero, hasta que interesa; cuando no lo hacen, el circo mediático se pone en marcha, no vaya a ser que alguien sume dos más dos y vea un pelín rocambolesco que se compare a una persona con una minusvalía grave que no avisó a la Agencia Tributaria de que su asistente no pagaba la cuota de autónomos con grandes capitales que defraudan a diario miles de millones.

Y eso es todo. Ahora desfalcad a pequeña y gran escala, preparaos para que los nacionalismos crezcan también al oeste del Ebro, y quizá más cerca aún de los Pirineos, y quién sabe. Empecemos por contratar con cláusulas abusivas para poder amasar una fortuna antes de que la clase media termine por desaparecer y, por encima de todo, posicionémonos en el lado vencedor, que es aquel al que han dado alas.

A España le falta un hervor o dos, en todos lo sentidos, y quizá nosotros no lo vemos, así que  lo mejor será intentar asegurarnos una jubilación digna, pero de la única forma que sabemos aquí: tragando, y poniendo la mano, o directamente robando.

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3 comentarios en “De coleta morada a coleta cansada

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