Luchar contra los porcentajes: un 84 % de veganos reconvertidos

Este es un artículo fundamentalmente bienestarista en un sentido filosófico, por lo que quizá no guste a muchos partidarios de una inmediata liberación animal; tampoco a los seguidores del statu quo; ni a mi madre, porque a ella le gustan más otros temas.

Eze Paez es uno de los descubrimientos más brutales que he hecho durante estos últimos meses; filósofo adscrito al Grupo de Teoría Política de la Universitat Pompeu Fabra y miembro de la junta del UPF-Centre for Animal Ethics. A él llegué a través de un texto asombroso sobre el enfrentamiento en la sombra de ecologistas y antiespecistas de una de sus compañeras, Catia Faria, sobre el que ya he hablado aquí anteriormente, y gracias al que, justo ayer, me sorprendí leyendo una interesante discusión sobre nuevas estrategias a través de las que defender el veganismo, nacida a raíz de un vídeo de Matt Ball sobre divulgación y cambio en los hábitos de consumo.

Pawel Kuczynski (especismo)
Dibujo del artista polaco ©Pawel Kuczynski que critica el especismo.

Empezaré recordando que yo no soy vegano, soy vegetariano (extremista), y que no me gustan las etiquetas, y lo haré porque me parece relevante para este artículo. A partir de aquí, habrá personas que considerarán este texto bienestarista (bueno, no pasa nada, siempre me gustó Jeremy Bentham); otros, directamente hipócrita; o especista, o quién sabe qué. En el último año, mi perspectiva se ha ampliado a través de nuevas líneas para visibilizar y reducir el maltrato animal, donde la divulgación y la exposición de alternativas útiles suponen las dos principales armas en juego; asidas por un mantra que me recuerda que todos vivimos en contradicción; pero un mantra, no una excusa.

Matt Ball empieza el vídeo que se dirige hacia el millón de visitas con el mejor argumento que se ofrece en esos tres minutos y medio: «Muchas acciones que ha acogido el veganismo no están ayudando al bienestar de los animales; al contrario, están dañando a los animales». Evidentemente, en su polémica intervención, Ball no se refiere a un daño directo, sino a un discurso que enfrenta y aleja de las alternativas de consumo ético a millones de personas. Por supuesto, obvia cuestiones fundamentales cuando presenta su alternativa reduccionista (Eat beef, not chicken), como (1) el hecho de que, a menudo, el cambio de un statu quo, sea físico o mental, en el individuo tiene casi siempre una  primera respuesta bajo forma de una agresiva defensa o (2) que las vacas son responsables de un amplio porcentaje de emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, también hay matices muy acertados en su lectura, como el hecho de señalar que, hoy, (1) existe una tendencia creciente a negativizar el uso y abuso de animales, en medio de la que se encuentra muchas personas que comen carne por hábito, es decir, porque la gente a su alrededor come carne, porque es más fácil y más barato. Ball (2) plantea el reduccionismo como una alteración directa de esta tendencia, un paso para disminuir, notablemente, el sufrimiento de millones de animales de granja y, sobre todo, como (3) un camino (bienestarista) a través del que miles de nuevas personas apoyen, parcialmente, los movimientos de ética animal o hallen un nexo de unión y acercamiento progresivo.

Frente a esto último, no puedo argumentar crítica alguna; porque Matt Ball no le dice a los veganos que coman ternera, sino a aquellos individuos que consumen todo tipo de productos de origen animal. Sí considero que este argumento puede rápidamente volverse en contra del interlocutor, e incluso que había mejores alternativas (más éticas) para alcanzar al gran público que ese clickbaitPero que esto no nos haga olvidar los dos principales argumentos que esgrime: (1) que la presión por incluir a cualquier tipo de persona en nuestro concepto de dieta —y de ética— puede alejarnos mutuamente a toda velocidad, y que (2) la mejor forma de llegar al público general es mediante una alternativa no impositiva; y me atrevería a agregar inclusiva[1].

La crítica del discurso

Los comentarios negativos en el vídeo de Ball se cuentan por miles, e incluso han llevado en los últimos días a contrarréplicas de todo tipo. No obstante, ninguna de ellas puede obviar algo a lo que Matt Ball solo apunta: ¿Y si la premisa fuese errónea? ¿Y si hay un porcentaje de personas que no tienen reparos en matar y comer seres que sienten de un modo muy similar al suyo? ¿Y si, al igual que otros animales, los seres humanos somos tan especistas como otros primates en nuestra relación con otras especies y sociedades? ¿Acaso existen tantas éticas como personas? Y, si fuera así, ¿están  destinadas a algo más que adscribirse a una moral colectiva de mínimos?

Pawel Kuczynski (especismo; 2)
Dibujo del artista ©Pawel Kuczynski como crítica al especismo y al modelo industrial de consumo.

Quizá, ciertamente, todo pase por la ciencia y la educación, pero la filosofía vegana hace bien en volver la crítica hacia su propio discurso, puesto que sin crítica no puede haber discurso, siendo este, además, una herramienta de dominación social, como bien exponía Teun Van Djik en su Análisis crítico del discurso.[2] ¿Acaso el especismo no tiene un fundamento biológico? ¿Y cuán fuerte es este? ¿Y tener presente este conocimiento no nos ayudaría a luchar mejor contra algo que creemos éticamente incorrecto?

De este modo, ahí va una primera bondad compartida dentro del contenido que el activista estadounidense publicó el pasado sábado, que nos insta a debatir sobre (1) la agresividad intrínseca en el discurso carnista, pero también en el modo en que presentamos como activistas el vegano, o el antiespecista; (2) el etiquetado vital que pretende enmarcar, sin resultado, nuestra individualidad dentro de un concepto ético limitado  y cuadriculado; y (3), quizá el más importante de todos, la articulación de modelos sociales efectivos dentro de estos modelos éticos y de consumo, que, desde luego, han ayudado al incremento de alternativas vegetales, pero que siguen batallando en pos de una serie de recursos compartidos en los tradicionales binomios de marginal-publicitario, residual-capitalista o reduccionismo-ausencia.

En el núcleo de esta última cuestión duermen múltiples preguntas, entre las que centellea aquella que se debate si, realmente, el veganismo como movimiento social guiado por la ética —no por la ciencia— es un objetivo alcanzable en el mundo; si podemos realmente argumentar a favor de ese cambio de mentalidad o nuestra primera obligación moral se enraíza en intentar acercar a terceros hacia nuestra deontología colectiva sin traicionarnos a nosotros mismos; e incluso si, entre tantas contradicciones que viven dentro nuestro, el camino de la liberación animal puede pasar por la imposición de una ética que nosotros hemos decidido acoger libremente.

Pawel Kuczynski (naturaleza)
Dibujo del artista polaco ©Pawel Kuczynski.

Tradicionalmente, la historia ha avanzado a través de saltos impositivos, pero el deseo por un mundo más justo no es excusa para caer en la justificación de cualquier medio para la consecución de un fin[3].

Claro que existió una Revolución francesa, y un asesinato de César en el Senado, y ETA hizo volar a un jefe del gobierno español al final de una dictadura, pero, en democracia, la individualidad y la libertad ciudadana mantienen un peso demasiado alto al que nadie está dispuesto a renunciar para dirigirnos en dirección contraria: y el antiespecismo total es vegano, pero no ecológico, y vegano es anticapitalista, y comercio justo, y localismo, y globalización de derechos y de deberes, y multiculturalidad… Todo ello, en un mundo imperfecto que no es teórico, que no está en un libro, que no se resuelve a través de una forma lógica, ética y matemática. Ojalá. Pero no.


[1] Si bien muchas personas no ven con buenos ojos la existencia de una opción vegetariana o vegana en una hamburguesería, la realidad de mercado es que, si estas existiesen, su adscripción sería mucho más elevada que la actual. Lo mismo ocurre con campañas como “Lunes sin carne” , con un gran impacto en la industria y en los consumidores que nunca se han planteado dejar de consumir productos animales.

[2] Anthropos (Barcelona), 186, septiembre-octubre 1999, pp. 23-36.

[3] Por eso, apoyo el trabajo de Melanie Joy, quien habla, pregunta y busca la atención sincera de su audiencia, y pocas veces el de Gary Yourofsky, quien pretende imponer una verdad que para él resulta absoluta.

Nota: el título del artículo está basado en dos estudios completos de FaunalyticsAnimal Charity Evaluators.

Otros enlaces de interés:

2 comentarios en “Luchar contra los porcentajes: un 84 % de veganos reconvertidos

  1. Interesante reflexión, a la que solo puedo añadir mi punto de vista, que más o menos ya te he comentado: tampoco soy yo vegano, aunque no me meteré con su filosofía. Sí con algunos métodos, que pueden procurar que los defensores del sistema carnista contraataquen con mayor virulencia arrastrando a aquellos… llamémosles “consumidores inconscientes”, sin una toma de posición definida en el debate y que se mueven por el impulso y la inercia de lo “que siempre se ha hecho así”.
    En este sentido, lo combino con mis ideas políticas pragmáticas y posibilistas, y creo que la lucha no debe centrarse en lograr la eliminación del consumo de animales no humanos por el ser humano: el objetivo debería ser la creación de un sistema más “humano” (me parece que es un oxímoron, pero ya nos entendemos), más ético y que, sobre todo, no implique el sufrimiento innecesario y repulsivo. Es decir, y aquí me podrían caer piedras, si hay que matar, que los animales no humanos muertos no hayan sufrido hasta ese momento. Hay mucho que contraponer, como la muerte de becerros jóvenes por su carne, o la eliminación de pollos machos en granjas de ponedoras, pero es todo tan complejo… que solo con pequeños pasos se pueden lograr avances. Intentar una transformación radical que sustituya por completo el sistema es, creo, imposible.

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    1. Yo aquí tengo una opinión ética (o filosófica) y otra para contraponer al mundo real. La primera, que es aquella a la que se acogen muchos/as activistas y académicos, te diría que si conseguimos presentar los sesgos del pensamiento con los que conviven esas personas y les mostramos que muchas de sus ideas se contradicen, entenderán el punto de vista de vegetarianos/veganos, que quieren reducir el maltrato animal lo máximo posible (aquí, ya sé que me empezaría a discutir con algunas personas).

      El problema es, exactamente, lo que tú menciones: solo se puede trabajar paso a paso, porque luchar contra un concepto como el especismo o el veganismo es sinónimo a intentar dilapidar muchas de las bases (muchas de ellas erróneas, para mí) del modelo social.

      Para mi, cualquier movimiento de bienestar o liberación animal debe ir asociado a una lucha no violenta y no impositiva, porque eso es lo que diferencia el cambio que propones frente al statu quo actual. A partir de aquí, hay miles de temas que resolver, pero, como apuntaba también en el artículo (que creo que ha salido espeso de cojones, aunque por los temas y la profundidad tampoco se me ocurría cómo hacerlo más digerible, lo confieso), la crítica a la propia filosofía es necesaria para no olvidar que no existe una ética buena y una ética mala, y que, además, la ética que proponemos como mejor también tiene carencias, ¿o acaso podemos ser antiespecistas sin afectar gravemente a la naturaleza? ¿Podemos acaso salvar especies invasoras que afectan flora y fauna local? ¿Qué derecho tenemos a ampliar colonias de gatos que afectan enormemente a la fauna autóctona (pájaros, sobre todo)? ¿O hasta qué punto podemos luchar contra esa idea biológicamente especista de cercanía por los mamíferos y “alejamiento mental” de otros animales como los pájaros, los peces o, mejor, los microinvertebrados?

      Hay muchas cuestiones a resolver aquí, pero se deben resolver de forma global, y no sesgada, como a menudo se hace intencionadamente.

      ¡Gracias por comentar! 😉

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