Los diálogos me traen de cabeza

—Siéntate donde quieras. Ya ves lo que hay en el estudio: una mesa, dos sillas, el ordenador portátil… Poco más.

—Comida basura, botellas de vino, latas. Pensaba que los comehierba erais gente sana.

—Eso es una gilipollez. Siempre puedes comer fatal.

—Bueno, ¿y qué pasa? Eh, no me jodas. Deja esa botella donde pueda verla…

—Los diálogos me traen de cabeza.

—Pues claro. Si es que intentas unas cosas… ¿Quién te crees que eres? ¿J. M. Coetzee?

—No, yo estoy vivo.

—Con los muertos es más difícil luchar.

—…

—Está bien. Saca todo lo que tienes ahí en la pila de papelajos. ¿Es el borrador?

—Sí, lleva varios meses ahí, dormido.

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—Pero está acabado dijiste, ¿o mentías a todo dios?

—Está acabado. ¿Seguro que no quieres un trago?

—Mantente despejado, chaval.

—Despejándome.

—Mejor cero veinticinco que cero cincuenta.

—Necesito que le eches un buen vistazo. Coge ese taco de hojas; por algún lado estarán los primeros capítulos…

—Mira debajo de la tostadora.

—Aquí están.

—Anda, vete a poner el lavavajillas y déjame aquí.

—Te dejo el bourbon.

—Llévate el bourbon, que no soy Stephen King.

—Él ya no bebe.

***

—En serio, ¿no te molesta el ruido del lavavajillas?

—¡Largo! Déjame leer.

—Voy a los ultramarinos a por un par de pizzas.

—Compra una ensalada, chaval. Oye, ¿y ella no se ha leído la novela?

—Dice que no puede. Pero fui egoísta e intenté obligarla.

—¿Y?

—No fue bien. Esas cosas nunca funcionan así.

—Es cierto.

—Empezó a leer, pero se ven las marcas de frenada, ¿entiendes?

¿Lo qué?

—Cuando llegaba a un punto en el que le tocaba la fibra, se echaba a llorar y no paraba. Ahí apenas hay correcciones, porque para eso tienes que conseguir distanciarte del texto un poco, y es jodido cuando hay demasiado que te recuerda cómo fue.

—Es lo que tiene la autoficción.

—Pero la mitad es mentira, cojones.

—Sí, pero la otra mitad es verdad.

***

—Claro que hay marcas. Menudo editor sería si no las hubiera, ¿no?

—Pero hay marcas donde no puede haberlas.

—Ya lo hablaremos.

—Oye, ¿y este pisucho a qué viene? ¿Tú no vivías en una casa con jardín?

—Necesitaba un sitio para pensar. Por eso te llamé a ti también.

—Ya lo pillo. A veces, va bien eso. La gente que escribe lo tiene fácil. Pásame un mondadientes.

—Qué asco. Mi padre solía hurgarse siempre los dientes con palillos también.

—Ya hace que se murió, ¿no?

—Hoy hace ocho años.

—Vamos, no me jodas. Y tú aquí, en casa, escribiendo otra novela de muertos.

—No es de muertos, idiota: es de vivos.

—Haz café, chaval, que tenemos para rato.

—Queda en la cafetera. Lo recaliento.

—Y un carajo. Ya que he venido hasta aquí, haz café.

—A ella tampoco le gusta nada recalentado, dice no sé qué coño del pH. Mi padre sí lo tomaba recalentado, pero con leche.

—Oye, y esta mesa está coja.

—Supongo que hay personas que creemos que la literatura puede mantener vivas las cosas, y otras que solo se acuerdan de lo que perdieron.

—Hablas de ella y del perro, ¿no? Confieso que comparto su punto de vista.

—Vamos, no me jodas. Si lo sé, no te llamo.

—Quizá para ella fue más importante. Tú tienes bastante facilidad en eso de traer a los muertos a la literatura.

—Bueno, ¿y qué?

—Se puede publicar. ¿Y el café?

—Voy, coño.


Fotografías: La adolescencia del novelista J. M. Coetzee en blanco y negro

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