Desmembrar la verdad en un Occidente ciego

Si el asesino de Jamal Khashoggui era un verdadero psicópata, yo lo imagino escuchando el Wannabe de las Spice Girls mientras trocea los brazos del periodista —aterrado, agónico— con una sierra de cortar huesos. Pero no creo que fuese solo un psicópata: era soldado de un rey, por lo que es muy probable que la escena de verdad fuese peor todavía, porque, en el deber, se enmascaran siempre las grandes atrocidades; porque la realidad siempre supera la ficción.

Donald Trump, el presidente de los 3.000 niños migrantes en el limbo advierte locura en el mundo y está por mandar a tomar por saco su estrategia en Oriente Medio: preocupémonos. Mientras, en la península arábiga, la versión oficial que mantiene Arabia Saudita no es otra que una pelea a puñetazos que se fue de madre (en serio), y tanto la monarquía como el gobierno español aceptan Khashoggui como daño colateral. Al fin y al cabo, excepto Pablo Iglesias y cuatro bolivarianos más de esos, la clase política no va a joder un negocio de miles de millones en venta de armas por un quítame allá esas pajas. Mejor pasamos otra crisis más de puntillas, que nos siga pesando más la cartera que la conciencia. Si la Merkel no envía más armas a Riad tendrá sus motivos, pero, oiga, que un plato es un plato y un vaso es un vaso… y un periodista no va a pesar más que buena parte del curro en los astilleros gaditanos.

Jamal_Khashoggi_periodista
Jamal Khashoggi y Hatice Cengiz, su prometida, en una fotografía de archivo.

De esto fue el debate en el Congreso de los Diputados, en el que unos y otros se desgañitaron: unos por vincular ética, geopolítica y trabajo; otros por desvincular todo lo anterior. Quizá no todo sea blanco o negro, ¡faltaría más!, pero a ver si no solo queremos pasar de puntillas la crisis en Oriente Medio, sino también hacernos los gilipollas, ¿no? Dicen en El País: Los trabajadores de Navantia rechazan que se vinculen sus puestos de trabajo con el debate internacional sobre la venta de armas. Esta es la gran masa de la clase política española que tenemos: ¿aprovechamos esta crisis para diversificar esfuerzos? No, mejor nos guardamos la moral en el culo y con la boca pequeña susurramos lo que decía uno de los trabajadores de la bahía: “todos sabemos qué se va a hacer con las armas y los buques, pero viviendo aquí la cosa se ve diferente, conozco a mucha gente a la que este contrato le va a salvar el año.”

Quizá sea cierto aquello a lo que apuntan otras voces: cada país ha actuado frente a esta tragedia evaluando con cautela el equilibrio entre costes y beneficios, también lo está haciendo Salmán bin Abdulaziz, rey de Arabia Saudita, Guardián de los Santos Lugares y jefe de la Casa de Saúd según la Wikipedia, quien podría destituir como príncipe heredero a su hijo mayor; en paralelo, siguen apareciendo noticias sobre los últimos momentos de vida de Khashoggui, que no parecen aclarar mucho más allá del morbo. ¿Llegará hasta nosotros la verdad acaso o nos quedaremos con la conocida cotidianidad entre grandes titulares que ya dicen poco? Es evidente que no: porque la verdad es, hoy más que nunca, un riesgo; un riesgo en un mundo que oculta todo tipo de atrocidades bajo el velo de la democracia, lo que resulta mucho más peligroso aún, pues antes, uno sabía que la barbarie y el salvajismo reinaban en castillos y cortes, pero, hoy, nos mienten a la cara mientras desmiembran la verdad en un Oriente silenciado con la complicidad de un Occidente ciego.

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