Vendí el Ford por cuatro duros

Vendí el Ford de mi padre por cuatro duros a una de esas empresas de compraventa de coches. Estaba hecho caldo. No me ofrecieron mucho, pero sí suficiente, y ahí quedó tras más de una década juntos, en un garaje de Cornellá, entre dos decenas de vehículos que, de algún modo, transmitían cierta tristeza del tiempo pasado.

Antes de ayer, me enviaron un correo electrónico para que valorase el servicio. No respondí, pero por la noche soñé alguna estupidez, algo como que el espíritu de mi padre muerto se había quedado allí encerrado: como si las cosas de otros se impregnasen de parte de su esencia. Tampoco es tan raro, ¿no? Se me vinieron a la cabeza unos cuantos ejemplos más: los libros con encuadernación de lujo que me llevé de casa de mis abuelos (y que no sé si ellos leyeron o, simplemente, mi abuela se pasó cincuenta años quitando el polvo a las cubiertas mientras las páginas amarilleaban como una piel que envejece); el piso de la tía de mi madre en la calle Guipúzcoa, con su comedor separado del salón fingiendo ser clase media-alta, sus paredes empapeladas y sus mil historias que ni mi abuela, ni mi madre, ni yo conocimos (y quizá de ahí lo de ponerlo rápido en alquiler, por el no sentirlo muy propio); el collar marrón de Golfo, el labrador blanco de mis suegros, que heredó mi perro Argos, y que hace mucho que debe sentir suyo, advirtiendo en el cuero o en la piel sintética un matiz familiar —pues los dos perros se conocieron cuando uno era anciano y el otro aún cachorro—. Usar las cosas de otros es muy similar a mantener expresiones rancias en el presente e incluso a atreverse a legar palabras a un tercero —en el caso de mi padre, nos regaló sapera para las chaquetas de entretiempo, y trabanqueta para las zancadillas, que he terminado por rastrear en una canción de Serrat, a caballo entre el castellano y el catalán—, también la duda de si creía en política o era un descreído a los sesenta, y, sobre todo, si desordenaba pronombres aposta —la típica lucha castiza de muchas casas entre el me se y el se me— o lo hacía para tocarme las pelotas.

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El Ford se lo compró poco antes de saber que el cáncer le había alcanzado—vaya carrera de fondo la suya con el tabaco— y lo empezó a coger mi hermano mayor. Pero a mi hermano le ocurre eso de las viejas que tienen que sacar rápido la ropa del muerto de los armarios, y así la berlina acabó rápido en un parking con más columnas de la cuenta (de los que debe diseñar un arquitecto primo hermano de un mecánico) hasta que yo empecé a salir con una chica con carnet de conducir. Pero bueno… No creo en espíritus ni en más allás, así que dudo que la esencia de mi viejo perviva ahora en un Ford desguazado o vendido por algún duro más de los que me lo compraron. Sí había hollín o tizne de diez mil cigarros sobre la felpa gris de la ventanilla del conductor: le sobró tiempo, porque fumaba como un carretero; una agarradera suelta de la que estiraba mi abuela como si aquello fuese la respuesta a todas sus plegarias; el plástico del cambio de marchas raspado desde que yo lo cogí, porque alguien (supongo que él, mi padre) arrancó un trozo de la palanca, y luego siguió y siguió hasta que llegó a mí. Eran este tipo de cosas lo que le daban mal rollo a mi hermano y le provocaban el síndrome de vieja de pueblo; yo las leía distintas: como recordatorios que me hacían sonreír a veces, y recordar; recordar cuando mi padre y yo bajábamos juntos hacia el puerto —él a trabajar, yo a la universidad; casi siempre discutiendo—, algún viaje en familia (quizá los últimos), y los cabreos por haber cambiado de coche y lo poco que giraba la dirección (no era cierto, era un coche de puta madre, pero debía sentir algo similar a lo que me pasa a mí ahora con el nuevo, que no tiene motor, ni reprise, ni un carajo de cosas que me voy inventando sobre la marcha). Uno no necesita de un coche para recordar a la familia, claro que no; antes o después, es suficiente con las imágenes que se evocan, las expresiones que se comparten, incluso las barrigas que se van pareciendo las unas a las otras.

No, no creo que el espíritu de mi padre esté preso en el Ford. Es más, no creo que haya espíritus de esos. Pero me gusta pensar que sí que estaba conmigo en los momentos importantes en los que él ya no estuvo: cuando me saqué el carnet de conducir (tarde, y no cuando él hubiera querido), cuando me mudé de casa una y otra vez, cuando murió mi perro Caos y dio la puñetera casualidad de que el coche estaba en la esquina de la calle (algo que no era habitual) o cuando caí por un barranco a cincuenta metros de altura, y ni yo ni mi mujer nos hicimos ni un rasguño. Sé que no estaba en espíritu, pero en esto prefiero pensar que sí, y también intuyo que no fue vender el coche lo que me puso triste, sino otra cosa, algo más personal de lo que hoy no me apetece escribir.

2 comentarios sobre “Vendí el Ford por cuatro duros

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