Razonar: luego, compartir

Te voy a contar un secreto: todo el mundo comparte cosas que no ha leído ni leerá. Todo dios. Sí, puedes respirar aliviado (o aliviada), porque nadie se libra. Bueno, habrá algún Fulano o alguna Mengana que se lee hasta las condiciones de uso de Instagram, pero la mayoría no. Es algo muy humano: firmamos un «papelajo» que apenas nos miramos cuando nos van a quitar una muela, aceptamos vete-tú-a-saber-qué al instalar el Windows 10, retuiteamos y compartimos publicaciones con enlaces que nunca visitaremos. Supongo que es muy humano —no me preguntes por qué, no soy psicólogo—, normal no sé si es, pero humano sí, porque es algo que hace todo quisqui.

Si tuviera que probar suerte acerca del porqué, apostaría por la ley del mínimo esfuerzo: nos gusta conseguir cosas, pero cuando menos esfuerzo supongan, mejor. No quiero decir que esforzarse y recibir su recompensa no nos parezca guay —eso también es muy humano—, pero si puedes comprar el pan a trescientos metros, no te vas a un kilómetro sin una buena razón, ¿verdad? Queremos hacer una cuenta de correo, no leer sobre todos los datos que Google se va a guardar bajo la manga; lo mismo con la app rusa de verse viejuno. Todo bien, si quieres dar tus datos o hacer un pacto con una multinacional, no hay problema, al fin y al cabo, hay leyes que te protegen para las cosas importantes: como mucho, te encontrarás con tu careto en un anuncio del metro de Moscú de aquí a 20 años o utilizarán tus preferencias de compra para hacer más eficiente una campaña de marketing. Hasta ahí, si tú lo ves bien, todo está bien. Lo que no me gusta nada —y es algo personal, como este blog: tú puedes verlo de otro modo— es esa gente que comparte cosas por norma y no sabe ni qué leches está compartiendo: ¡los chinos se comen a los perretes!*, ¡que Paco Catalán ha publicado otra viñeta sobre maltrato animal!, ¡el vídeo del di Caprio en la ONU sobre cambio climático!

Dudo (horrores) que alguien que haya dedicado tiempo a luchar por algo y se ha dado un par de vueltecitas por la brecha (hablo de santuarios de animales, de protectoras de perros y gatos, de lucha social y/o sindical, en fin, de trabajo de campo, claro, y, ¿por qué no? también teórico) esté de acuerdo con esa práctica que se ha extendido en redes de compartir y seguir manteniendo las mismas actitudes. Gente que comparte deseando que actúe un tercero, o piense, o haga algo, pero él o ella nunca lo hará. Usuarios que comparten ese meme sobre Israel, Palestina, la política española, Venezuela, ETA, salvar perritos, cambio climático, y eso es todo: ahí queda la cosa. En estos momentos, la difusión de contenidos supera con creces las ganas de arremangarse y de ofrecer su ayuda en lo que buenamente uno pueda. Ha ocurrido siempre, dirás, el viejo «mucho hablar y poco hacer», pero el que hablaba y no hacía quedaba retratado, mientras que el que dice y no hace, hoy, a menudo, tiene más difusión que aquel que hace, pero no dice. Rebuscadillo, ¿eh?

Todos escandalizados, pero a la hora de la verdad…

A veces, no obstante, no es posible embarrarse un poco: por mil razones. Está la familia, los niños, el trabajo, la falta de tiempo, de recursos, mil razones, ya digo. Por esto, resulta mucho más útil (y sincero) parar quieto un momento, leer con calma, razonar con más calma aún y, entonces, coger aire y ver si, de un modo u otro, puedes ser agente activo de un cambio, por pequeño que sea. Puede que todo lo que puedas hacer sea reciclar mejor, puede que puedas ir a una manifestación por el cambio climático al año, puede que puedas hacer mucho más. Yo qué sé. En cualquier caso, es posible que, de todas las cosas, solo puedas difundir: está genial difundir, pero difunde aquello en lo que crees. Porque no consiste en compartir: consiste en razonar y, luego, compartir. Compartir una publicación no marca la diferencia, ni cambia a nadie si no cambias tú primero. ¿Tiene sentido? Para mí, tiene sentido.


* Aclaro que estoy totalmente en contra del Festival de Yulin. Puedes leer más en este viejo artículo de 2015 que enlazo aquí.

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