Autor: Javier Ruiz

Escritor. Animalista. Apasionado del marketing digital y las nuevas tecnologías; trabajo como gestor de contenidos.

El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja, y para muestra la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito, con el fin de tratar de rehacer el mundo que ocultamos por vergüenza a los más pequeños.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja, y para muestra la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan, o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, parece lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política, y otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa, y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello. Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos»; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?


Esta es una tribuna corta que, finalmente, ha rechazado la línea editorial de un periódico de tirada nacional. Por ello, quizá el tono y el estilo no son exactamente aquellos que utilizo normalmente en este blog.

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El perro fiel

El perro fiel es el trigésimo primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El profesor Eisaburō Ueno alcanzó la estación de Shibuya cuando el embarque de pasajeros había cerrado sus puertas. «Qué lástima», dijo, buscando complicidad en los ojos grises de un funcionario entresudado. Este observó el tren, atestado de rostros doloridos que se abandonaban a sus rutinas, y suspiró. Ueno se sentó en un banco de la estación y cargó de tabaco otra pipa. Su perro le observó circunspecto, si es que tal adjetivo alcanza la inteligencia canina, y se estiró en el suelo junto a su dueño. La estación volvió a restallar de personas apresuradas sin verdadera prisa que se agolpaban en el andén impulsadas por la obligación. El can se incorporó empujándose con sus patas delanteras sobre sí mismo, prevenido ante los viajeros acelerados que se precipitaban contra las puertas. El profesor, ya erguido, se perdió un instante en los comprensivos ojos de su perro, Hachikō, en los que vivían ocho amores distintos escondidos entre hebras de blanco y dorado. Sin poder evitarlo, la marabunta humana arrastró y condenó al profesor al interior del expreso que conectaba Shibuya con la Universidad Imperial, y, mientras el revisor comprobaba el billete de Ueno, este atisbó la ventana y maldijo en silencio al mundo que lo separaba por siempre de aquel fiel Akita.

Hachikō esperó paciente; mientras, las hojas, que eran parte de su nombre y de su eterna prórroga, morían y renacían tras cada estación; mientras, sus extremidades con la forma del kanji que lo había bautizado se quebraban un poco más tras cada jornada. Pero la magia de una historia inmortal no admitió hogar para un perro que no vivía en una terminal, sino en un tiempo pasado. El perro fiel esperó junto al tren que robó dos vidas, y su última jornada comprobó cómo el crepúsculo traía al profesor, que le acariciaba el morro con ternura y lo llevaba a casa. Alrededor, un lamento sordo se erigió en estatua, y allí duerme el noble Hachikō, quien solo quiso una cosa desde aquella mañana de un último veintiuno de mayo: volver al hogar.

Hachiko Monogatari (1987)
Fotograma de la película Hachiko Monogatari (Seijirō Kōyama, 1987).

Este relato está inspirado en la vida del perro Hachikō (Odate, 1923 – Tokio, 1935).

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¿Es McVegan un nuevo primer paso?

Hace unos días, Vitónica publicó un artículo sobre McVegan, la nueva hamburguesa vegana que McDonalds ha lanzado en Finlandia como prueba piloto. ¿Por qué allí? Ni idea. No es por número de vegetarianos o veganos, en principio, que resulta muy inferior si lo comparamos con otros países relativamente cercanos como Alemania (8 %) o Suecia (10 %). Quizá interesaba circunscribir la prueba a un menor volumen de mercado o el público potencial en la ciudad de Tampere donde se circunscribe el experimento es alto…  Aun así, la pregunta es otra: ¿triunfará? Y todo indica que podría ser que sí, ya que el público general se ha polarizado radicalmente ante esta oferta de hamburguesa de soja con doble ración de lechuga y tomate, que incluye tres grandes problemas anticapitalismo, comida basura y maltrato animal; o eso afirman sus grandes detractores… ¿pero es cierto? Vamos con la disección…

Capitalismo son palabras mayores

¿Es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema?

Métete la mano en el bolsillo, o échale un vistazo a tu mesa: ahí, sí, donde está tu smartphone dando espasmos continuos entre notificación y notificación, junto a esa lata de cerveza que te tomaste ayer y que no te has acordado de tirar en la bolsa del plástico, esa pantalla 4K que vete tú a saber cómo se ha fabricado y esas galletas Oreo que tienen la virtud de matar a un único animal. «Una hamburguesa vegana en una gran cadena de comida rápida es la gran victoria del capitalismo frente al veganismo» según comentan muchos activistas: ¿es eso cierto? En realidad, es posible. Pero supongo que habrá que hacerse varias preguntas más: ¿es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema o enfrentado al capitalismo?, ¿viven estos activistas fuera del sistema o lo critican desde el interior?, y si la respuesta a esto último es afirmativa: ¿qué legitimidad tienen para criticar una hamburguesa vegetal cuando visten, comen o utilizan miles de productos propios del sistema capitalista? ¿No son acaso tan falsos como la China comunista que adora la Coca-Cola?

McVegan (Finlandia)
McVegan, sana lo que se dice sana, nadie dice que lo sea.

El primer contra, pues, no consigue tener demasiada legitimidad y resulta uno de los problemas fundamentales del movimiento vegetariano: ¿por qué demonios hay gente que quiere demostrar que es diferente? ¿No se nos cansa la boca de decir que resulta facilísimo cambiar una dieta omnívora a una vegetariana o vegana? ¿Entonces? ¿De dónde sale ese proselitismo que se atreve a decir que una hamburguesa nos hará perder la batalla por un mundo más justo para los animales? ¿No es exactamente eso lo que conseguiremos cuanta más gente adopte un estilo de vida más respetuoso con los animales? Este argumento me resulta muy similar al que mucha gente que solo critica esgrime contra las iniciativas que han conseguido influir en millones de personas, como los lunes sin carne. Si dejamos de ser solo una opción política y social que se define por contraposición al sistema, ¿no tendremos muchas más opciones? ¿Seguro que la forma de vencer no es formar parte e intentar dar ejemplo sin juzgar?

¡Apoyarás la mayor masacre de animales de la historia!

¿Hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo?

Segundo argumento en contra: McDonalds mata animales; si te comes una hamburguesa de soja allí, estás dándoles dinero para que sigan matando animales. Esto es como el sancta sanctórum del triunvirato contra la McVegan, y si no fuera porque el maltrato animal es un tema que me pone de muy mala leche, me empezaría a reír con todo el descaro. No es que a mí me encante la cadena del payaso de IT, y, sin embargo, no me puedo tomar en serio un argumento así: ¿hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo? ¿El veganismo solo puede seguirlo gente que compre en minoristas y guarde la comida en tarros de cristal? Quizá se nos esté yendo la pelota un «pelín» por una pu…ñetera hamburguesa, ¿no? Además, ¿por qué no darle la vuelta? Con otra opción más en el menú, ¿no habrá mucha gente que descubra las alternativas a la alimentación tradicional? En mi experiencia, que se une a la de muchos otros conocidos y amigos activistas por los DD.AA., muchos amigos y amigas que quedan conmigo para tomar algo, comen algo vegetariano o vegano porque no les apetece carne ni pescado ese día, y otros respetan mi opción, y devoran lo que les apetezca. Plantear una solución fuera del sistema es no entender, en absoluto, la magnitud del problema; es el mismo argumento que esgrimen miles y miles de personas mal informadas que quieren frenar el cambio climático con agricultura extensiva sin percatarse de que somos demasiados millones de personas para que esto sea posible.

IT (Cloaca)
—Niños, ¿queréis una McVegan?

¡No es sano!

Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética.

No es sano, ¿verdad? No, ¿y? Yo soy vegetariano y no como (ni bebo, sobre todo) siempre sano. Otros serán veganos, y no comerán siempre sano. Habrá veganos y veganas gordos y gordas, delgados y delgadas, y campeones de CrossFit o halterofilia, y no pasa nada: ahí tienes el ejemplo de las Oreo, de los cientos de cereales hiperazucarados o de cremas de verduras repletas de almidón, de las miles de leches vegetales con una barbaridad de agregados, o de sacarosa, siropes, melazas o dextrosa. Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética. ¿Existe una mayor predisposición a informarse de cómo seguir un estilo de vida saludable entre estos colectivos? ¡Por supuesto! Pero también comemos pizzas, y fritos, y, por lo menos a mí, me encantaría tener una opción de comida rápida para un día que me dé pereza cocinar o me apetezca comer una guarrería. ¿Hay gente que nunca iría a McDonalds por esta razón a comer una hamburguesa de soja? ¡Claro que sí! Pero su premisa es contraria a la comida basura, no al maltrato animal aquí.

Desconozco si la McVegan llegará o no, y de ser así, si fracasará o triunfará, pero lo que tengo claro es que se trata de otra opción más en el menú, algo que debería ser siempre positivo para el vegetarianismo si los productos encajan con su ética, y poco tiene que ver con ser o no saludable, capitalista o no ser lo único que encontremos en el menú. Alguien comentó en Vitónica: «Me parece ridículo. Luego nos ganamos la mala fama con razón.» Con lo último no puedo estar totalmente de acuerdo, con lo primero sí: que no nos dé pereza revisar nuestros argumentos si queremos seguir cambiando el mundo a nuestro alrededor.

Mejor ser ciudadano del mundo

En un país (o países) donde la prensa es sinónimo de crisis catalana y centralismo férreo, yo me declaro ciudadano del mundo. Y me declaro ciudadano del mundo, porque estoy hasta los cojones de que me utilicen; a mí, y a todos. Me declaro así porque España no sabe qué hacer conmigo, ni con nadie de mi generación, y Cataluña tampoco. Porque no tengo casa en propiedad, ni ganas; ni trabajo fijo, ni ganas; ni tengo nada que celebrar este 12 de octubre.

No se trata de seguir el discurso oficial que se lanza entre desfiles militares y grandes, grandísimas, banderas que se niegan a mencionar los heridos de este último mes en Cataluña con el mismo discurso que tendría un cónyuge que intentase ocultar su asquerosa violencia de género, ni de obviar el genocidio y la expoliación de los pueblos americanos con la ilusión de una revolución cultural escrita en sangre. Hoy, no tengo intención de escribir sobre esto; porque sobre eso, se escribe cada año, y, desgraciadamente, parece que nada cambia en nuestras instituciones.

Marca España (Eneko)

Me declaro ciudadano del mundo, porque yo no puedo estar orgulloso de ser español, ni de que una parte de mi se sienta español; porque, ¿cómo sentir orgullo de un estado que no tiene programa ni proyecto común? Un país que se cree democrático y, a la vez, perdura bajo el odio y el silenciamiento sistemático de quien no piensa como ellos;  que se define por sus pretextos contra ETA, Venezuela o Cataluña —en realidad, no importa—, y jamás por sus acciones. Un país que una y otra vez escoge a un gobierno que se perpetúa bajo la eterna cantinela canovista que nos llevan vendiendo desde hace más de cien años, ¡y de la que el pueblo se olvida una y otra vez, si es que alguna vez llegó a darse cuenta! Una dirección que no dirige, y que no tiene ninguna intención de buscar el modo de solucionar los principales problemas de nuestra generación: trabajo, vivienda, pobreza energética, sueños. Una administración que borró el diálogo de sus atribuciones, sin intención de mejora, bajo el yugo de unas mentes que creen que, cuanta más mierda aflore, más grande debe ser el tamaño de las banderas. Sin darse cuenta de que no nos representan, de que, hoy, estamos más cerca que nunca de destruir aquello que nos define como pueblo.

¿Quién puede sentir orgullo de lo ocurrido en Murcia, Valencia o Cataluña? ¿Eso es ser español? Pues yo me alegro de sentirme ciudadano del mundo, ya que no habrá ninguna pena que lamentar cuando nos digan que este país (o países) ya no es nada. Les contestaré: «Hace mucho que no lo era.» Y agregaré: «¿Sabes dónde empezó todo? Cuando alguien dijo: “yo no estoy orgulloso de ser español.” Y una muchedumbre les respondió: “pues lárgate a Venezuela”.»

Los ojos de Kandinsky

Los ojos de Kandinsky es el vigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

La carretera que lleva al viejo hospital Ashlan Tol está repleta de robles, hayas, y fresnos. La hierba se extiende a ambos lados del camino de Melbourne, donde la vista se pierde entre las aleñas, las pimpinelas rosas y otros arbustos comunes como el aligustre. Las casas rojizas, de teja y ladrillo, caen a dos aguas, replicándose a toda velocidad al paso de los escasos automóviles que gobiernan la carretera secundaria de Derby; una tras otra construyen una imagen de peligrosa unicidad: jardín delantero, garaje en blanco, puerta rojiza con el pomo dorado, vehículo de gama media aparcado en el porche, olor a césped recién cortado. Como la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia…

María señala hacia una de esas casas. «Allí estaban los dormitorios de los pacientes», dice, y camina en dirección a una vivienda de tocho gris que rompe la singularidad dominante en la urbanización; durante el escaso trayecto, narra con total precisión el camino hasta el despacho del doctor Hiltner, grabado a fuego en su psique. El edificio del hospital es la viva imagen de lo que fue: veinticinco o treinta pies de altura que ocultan decenas de pasillos, que conectan habitaciones, que esconden todo tipo de accesorios médicos, y quién sabe qué historias y vidas rotas tras la hiedra que ha terminado por conquistar la arcilla.

Ella atraviesa el vestíbulo, deja atrás la sala de visitas a mano derecha y accede a la zona de los despachos con tal voluntad que los periodistas deben apretar el paso. Al alcanzar la única silla que resta en la consulta número tres se sienta y observa, en silencio, frente al escritorio caoba repleto de hojas en blanco, e informes, y el fonendoscopio que lo empezaba todo.

—Eso no está bien, María —dice. —Tienes que hablar conmigo. Vamos a tener que hacer algo, porque eso no está bien.

Kandinsky (estudio de color)

Y a María no es hablar lo que le preocupa. A María no le importa hablar. A María le gusta hablar, eso no es lo que teme. Pero Hiltner reitera:

—Tienes que hablar conmigo. —Y añade: «pero déjame ver cómo está hoy mi paciente favorita.»

María grita hasta caer contra un agujero construido en su propia mente. Con una de sus manos, se acaricia el cuello y siente el tacto de una gran jeringa contra la yugular. Empieza a llorar sin saber muy bien por qué. Se siente borracha. Indefensa. Se siente vacía. La multitud de cámaras y reporteros se difumina a su alrededor.

—¿Qué querías que te hiciese esa amiga especial, María? —pregunta el doctor.

El doctor fuma. El humo impregna el torso desnudo de María, y la cintura, y el pubis.

—¿Recuerdas a tu padre acariciándote aquí, o aquí, o aquí? —pregunta el doctor, y a cada pregunta contamina con sus cansadas manos una parte más de su cuerpo: sus manos, su pecho, su sexo, su mente.

El agujero se abre y se cierra, como un gusano que se contrae sobre sí mismo, intentando expulsar toda la suciedad que ha engullido y que no consigue regurgitar. Los ojos viajan del estetoscopio hacia la reproducción de un estudio de color de Kandinsky que duerme apoyado contra la pared. María piensa que son… Piensa que… Piensa que eran como ojos. Ojos que no siempre eran ojos. Ojos que ya no miraban, o no podían; ojos que ya habían juzgado. Ojos que construían mentes, y, sobre todo, mentes que no podían entender.

Los ojos empiezan aquella otra historia, que ocurría en su habitación, donde el doctor la acostaba hablándole de una bicicleta, y un hombre suizo de nombre Hofmann. María se recuerda vestida, y no desnuda y sangrando, pero con una gran gratitud que vestía capas y capas de colores estridentes. Era como colorear una ciénaga con toda la pintura acrílica del mundo, y la sangre que salía de su sexo se mezclaba entre cientos y cientos de tonos. El doctor fluctúa como el tiempo, y era una gran cabeza con pliegues y arrugas y un pene que entraba y salía de su vagina sin que María comprendiese la dirección, o el acto en sí, perdida en el ondulado blanco de una bata de laboratorio, que la convertía en una paloma, y luego nada.

Por último, aquella sala guardaba una última escena: la librería que fue un arma, y una herramienta, y un telón, y un filo. La librería que no era inyecciones, ni pastillas, sino palabras. Palabras que se ocultaban tras palabras; palabras que eran el peor de los venenos, que infectaban los sentidos y hacían creer que el hospital era un refugio y no un infierno. Un lugar en el que ya no importa si se trata del futuro o de un recuerdo, donde reunía a las cáscaras, y como un escultor de mármol, tallaba una muesca más dentro de cada uno de sus destinos.

—¿Dónde estás, María? —pregunta el doctor.

—Estaba lejos —contesta María con lágrimas en los ojos.

—Cariño, no puedes escaparte —le dice mientras le inyecta otra dosis de amital de sodio.

Y María, rodeada de testigos, se siente profundamente sola, porque sabe que no puede escapar, porque entiende que el negro ya es parte de ella.


Este relato está libremente basado en los presuntos experimentos del Dr. Kenneth Milner en el hospital psiquiátrico Aston Hall, en Derbyshire.