Categoría: Animalismo

Artículos sobre animalismo: hablo sobre etología, ecología, educación canina, maltrato animal, tenencia responsable, protección animal, y mucho más.

Hamparte y maltrato animal en el Guggenheim

Estos días ha habido muchísimo revuelo debido a una instalación con animales vivos que se ha inaugurado en el Museo Guggenheim de Bilbao. La mayoría seguro que os habréis enterado a través de la prensa (por ejemplo, El Guggenheim de Bilbao exhibe los animales vivos que se censuraron en Nueva York o El Guggenheim de Bilbao se atreve con lo que no mostró el de Nueva York) o por una petición en Change que, ahora mismo, supera las 110.000 firmas.

Uno de los terrarios de la exposición ‘El teatro del mundo’ (Huang Yong Ping, 1993) con animales e insectos vivos dentro.

La opinión mayoritaria es que la exposición resulta anacrónica y que se puede definir como maltrato animal, pero casi todos los medios de comunicación solo se han hecho eco de las protestas en Nueva York y, ahora, aquí. Y eso no está mal, claro que no; en realidad, me vais a decir, con toda la razón del mundo, que eso es lo que tiene que hacer la prensa, informar, pero resulta curiosa la falta de artículos de opinión que se posicionen frente a lo que está sucediendo en la exposición que acoge el País Vasco. También los hay, aunque yo no he encontrado muchos que firmen con algo más que con iniciales; destaco dos: el primero (La verdad sobre la exposición del Guggenheim con “animales vivos obligados a devorarse), de Elena Rue Morgue en Playground; el segundo (No creo que la instalación del Guggenheim que alberga insectos y reptiles vivos sea maltrato animal), de Melisa Tuya, en los blogs de 20 Minutos. Ambos artículos muy valientes, y, a mi parecer, equivocados en la mayoría de sus puntos. También los he encontrado más afines a mi posicionamiento, como el de la periodista Carmen Morán Breña, en El País, titulado Una visita al museo para ver animales vivos. Y aquí va el mío y el por qué, con mis claves por las que estoy convencido de que el Guggenheim de Bilbao está promocionando el maltrato animal y debería cancelar la propuesta de Huang Yong Ping, que, pese a contar con una carrera repleta de arte y de éxitos, en El teatro del mundo y en cualquier otra obra que él, o cualquiera, utilice animales no estará haciendo arte, sino hamparte —un concepto acuñado por el polifacético artista Antonio García Villarán—, es decir, arte vacío de significado.

Arte y China después de 1989: el teatro del mundo

Primero, un resumen rápido: la exposición, que se inauguró el viernes 11 de mayo, cuenta con dos terrarios con formas de tortuga y de serpiente donde insectos y reptiles conviven. Para el artista, Huang Yong Ping, se debe entender como una metáfora de la globalización. Además, se acompaña de una grabación de dos cerdos follando en una obra audiovisual de Xu Bing titulada A Case Study of Transference (1994) y otra pieza o vídeo, que, pese a que he leído más de una decena de artículos no he conseguido ubicar, y tampoco sé si se está proyectando, donde cuatro pitbulls son obligados a perseguirse atados a unas cintas de correr.

Dicho esto, voy a intentar expresar lo mejor posible las cuatro razones por las que considero que el Guggenheim de Bilbao debería anular esta exposición, pedir disculpas y no seguir promocionando el maltrato animal.

La normalización es maltrato animal

La proyección de una grabación con cerdos pintarrajeados y copulando rodeados de gente o de unos perros obligados a correr en una cinta, cara a cara, sin poder alcanzar nunca a otro de sus congéneres —lo que, para ellos, es muy frustrante y estresante— es de un mal gusto horrible. Pero es una grabación, ¿verdad? ¿Y qué? Es una grabación de un suceso que promueve el maltrato animal; facilita que esas acciones se normalicen y legitima el hecho de que pueda volver a ocurrir.

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Captura de la grabación de A Case Study of Transference (Xu Bing, 1994) utilizada para la denuncia en Change.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer arte con vídeos de torturas a seres humanos y considerar que exponer esa pieza bajo un discurso artístico legitima el hecho. Y, en este caso, no nos importaría en absoluto que se hubiese grabado hace veinticinco años o ayer.

El arte no lo permite todo

En relación con el primer punto, estamos afirmando como sociedad que el arte lo permite todo, ¡y no es así! Es cierto que no es lo mismo el hecho de que Nabokov escribiese Lolita como una historia de violación de una menor a violar a una niña pubescente, igual que tampoco es lo mismo filmar una película gore que cometer asesinatos rituales en serie. De acuerdo: el arte imita a la vida casi tanto como la vida al arte, pero ¿qué excusa es esa para considerar que maltratar está permitido porque va a ser arte? Dejemos los terrarios para el tercer punto y vámonos a los perros y a los cerdos: con estos, se llevaron a cabo unas acciones poco éticas amparados en el hecho de que iban a ser arte, pero ni expondríamos ni plantearíamos discursos artísticos sobre sucesos que dañan a otras personas: de nuevo, el antropocentrismo se nos sale por las orejas.

Su bienestar o sufrimiento (no) nos la rebufa

Y con los terrarios, que es lo que se encuentra físicamente ahora en el Guggenheim, ocurre tres cuartos de lo mismo, con el agravante de creer que tenemos la potestad de hacerlo: si estamos debatiendo sobre las condiciones deficientes de mantener animales en cautividad para un zoológico, ¿cómo podemos creer que sí lo podemos legitimar como piezas de un museo? ¿Cómo tenemos los santos cojones (u ovarios) de creer que comprendemos el automundo o mundo subjetivo (Unwelt) de todos los animales de la creación? ¿De verdad alguien se cree que la vida de un reptil (e incluso la de un insecto, que está mucho más lejos nuestro a todos los niveles) no se va a ver afectada si los sacamos de su hábitat —o no les permitimos residir en él— y les metemos en un terrario en formato de tortuga o de serpiente? ¡Pues claro que se ve afectada! Otra cosa es que nos parezcan animales de segunda, cuyo bienestar o sufrimiento nos la rebufa. Pero ya hace mucho que la biología y la etología descubrieron que respirar, comer y moverse no significa bienestar.

El hamparte no puede ser arte

La última clave que esbozo se resume en: no es arte, es hamparte, como adelantaba por ahí arriba. Y soy muy consciente de que la recepción de una obra difiere mucho de un público europeo a otro asiático, pero si las obras no han conseguido transmitir su significado porque la mirada del espectador se queda en el medio a través del que este se trasmite, ¡no puede ser arte! Porque el arte (actividad en la que el hombre recrea, con una finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento en formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido) tiene unas cualidades sensibles y un significado.

Todo lo anterior me hace seguir creyendo que, en Bilbao, hay maltrato animal e incitación a más maltrato animal, y deseo que la presión popular no les obligue a clausurar la exposición, sino a valorar si están equivocados, y si llegan a tal conclusión, entonces sí, que la clausuren. Pero también quiero señalar que, ni tan siquiera, en la defensa de los animales vale todo. No vale tergiversar y mentir, y hacer uso de las fake news en el movimiento, y hablar de cerdos que no están ahí, ni de canibalismo entre congéneres; un planteamiento del artículo de Playground con el que sí estoy de acuerdo, donde, por otra parte, su autora pone demasiadas veces el foco donde no está el verdadero problema: los animales no son objetos y merecen ser respetados, y los cientos de miles de firmas demuestran que continuar con la exposición no solo hace un flaco favor a todos los que luchamos por un mundo libre de crueldad animal, sino al propio Museo Guggenheim de Bilbao.


NdA: podéis firmar la petición al Museo Guggenheim de Bilbao en este enlace de página de Change.

¡Qué sabrán ellos de lo nuestro!

¡Qué sabrán ellos de lo nuestro! Para ellos solo son elefantes, eso piensa Joey Gärtner. Lo hace apoyando la espalda en uno de los tráileres rojos con ventanucos del color de la mostaza; encima de estos, y de su cabeza, unas luces LED parpadean al anochecer: anuncian el Circo Gottani, aunque esta noche no hay función. Joey se sorbe los mocos, apático, se enreda los pelos negros intentando peinarse a la brava, y se pela de frío, rehén de la humedad y la noche. No quiere ir a preparar las cenas, y ver al puto crío llorar, ¡encima el mayor! Esto es así. El circo. A veces, todo se va a la mierda.

Se acerca su mujer, envuelta en el maillot de las exhibiciones. Viene de entrenar en la pista: de hacer acrobacias con el aro que lleva en la mano. A esa, nada le rompe sus rutinas. Saluda con un movimiento hierático de cabeza, bueno, a Joey le parece que esa es la intención, pero ella solo quiere una rápida respuesta.

—¿Ha salido tu hijo Joseph de su cuarto? —pregunta, inquisitiva.

Los ojos negros y duros, de pupila rasgada, de animal salvaje. Siempre lista para lanzarse a morder.

Él exhala el aire, como un gran suspiro.

—No sé. He preferido no entrar a ver.

—Por el amor de Dios, Joey —dice ella—. ¡Solo es un elefante! ¡Te quedan cuatro!

El domador levanta el dedo corazón, insultando en silencio.

—Pues te aconsejo que espabiles. El circo no puede estar sin alguien que controle el número de la doma. Y Denny nos necesita —agrega ella.

Pero él se queda ahí. ¿Acaso tengo que preocuparme del circo ahora? O de los tocapelotas del PACMA. ¡Acabáramos, joder! Lo dijo mi hermano Claudio, y tiene toda la puta razón del mundo: ¡soy el mejor domador de elefantes de toda Europa! ¿Con quién iban a estar mejor que con nosotros? Nadie le responde a Joey, claro que no, y por eso después dejará caer su culo contra la arena de algún pueblo de Albacete, y tendrá ganas de llorar, porque su vida es el circo, porque su amor es el circo, pero hay amores que matan. Y, ayer, le tocó a Diana.

Joey Gartner & Dana (Circo Gottani)
Joey Gartner posando en una fotografía de archivo con la elefanta Diana. © El País

NdA: Este es un relato breve inspirado en el trágico accidente de los elefantes del Circo Gottani. Si quieres apoyar a PACMA por la prohibición de los circos con animales, puedes hacerlo aquí.

Sobre el Circo Gottani:

Como diría nuestro (amado) presidente del Gobierno, todo es ficción salvo alguna cosa. Aquí tenéis la noticia del accidente y la muerte de la elefanta Dana en El País y aquí otra de El Español sobre el grave estado anímico de los otros cuatro que viajaban con ella.

La mayoría de lectores y lectoras de este blog conocéis perfectamente mi ética con respecto a los animales, pero aprovecho para recordar que la doma es una actividad cruel, que implica dolor y sufrimiento físico y psíquico de los animales (incluso con animales troquelados o improntados en su infancia, pues no viven ni vivirán nunca conforme a su naturaleza), y que ningún circo con animales salvajes puede cuidar, defender y ofrecer todo lo que estos fantásticos animales, y otros, necesitan: no apoyes circos con animales; no seas cómplice.

Edito: he visto en otros medios que el nombre de la elefanta era Diana, y no Dana; aprovecho también para enlazar esta entrada de El caballo de NietzscheQue la muerte de la elefanta Diana sea la del circo con animales. 

Terminé el borrador

Novela-primer-borradorHan pasado ocho o nueve meses desde que me propuse replantear la historia de Caos en una novela. Una historia que también es la mía, y la de mi pareja, y la de aquellos animales que convivieron con él antes de despedirnos en un hospital veterinario la madrugada de un cinco de enero. Para novelar ese fragmento de vida que fue una segunda oportunidad para un perro de los cientos de miles que se maltratan y abandonan en España, he tenido que viajar entre géneros y elegir la autoficción, estudiar a los protagonistas y coprotagonistas, los puntos de vista narrativos (que serán cuatro), el tipo de narrador, y cientos y cientos de pequeñas y grandes decisiones que se han materializado en este primer manuscrito. Ahora me voy a coger tres o cuatro días, y después vuelvo para contaros unas cuantas cosas más; la he leído ya tres veces, y sí, esta sí es la historia de Caos, y, sí, ha encajado en una novela, y, ¡joder!, está mal que yo lo diga, ¡pero qué historia!


NdA: Por cierto, si no sabes de qué coño estoy hablando:

Stranger Pigs: “Es un lobby.”

El programa de Jordi Évole (Salvados – Stranger Pigs) sobre la industria cárnica ha despertado todo tipo de reacciones: las de quienes ven y las de los que no quieren ver. Y en este gran marco que se abría el domingo pasado surgen miles y miles de opiniones amparadas en el veganismo, el ecologismo tradicional, los modelos alternativos, la ética, las ideologías políticas, o, simplemente, las ideologías. Ha cumplido con el cometido del buen periodismo, que imagino que es lo máximo a lo que aspiraba el de Cornellá; a eso y a no traicionarse, algo por lo que muchos —y, entre ellos, un servidor— lo admiramos.

No considero que tenga mucho sentido hacer otro análisis más del programa. El programa en sí muestra lo que muestra, que es la punta de un gran iceberg, y es pionero en lo que lo es: en mostrar imágenes propias del documental (Cowspiracy, Earthlings, cualquier conferencia sobre carnismo de Melanie Joy o de veganismo e industria alimentaria de Gary Yourofsky) en el prime time televisivo. Puede que yo no sea del todo objetivo por mi ideología, pero creo que Salvados sí intentó serlo: ofreció una vía al diálogo y a la exposición pública, pero los responsables de El Pozo —como parte del lobby porcino— sabe muy bien que es una industria que no puede pervivir en la luz.

A partir de aquí, se han abierto múltiples canales y discusiones: está el bienestarismo de los consumidores más concienciados, que buscan alternativas sin renunciar a la muerte animal, tanto desde la perspectiva social como animal, y también del lado contrario, del lobby, que mantiene los mismos argumentos de siempre: el de las imágenes capciosas u obtenidas sin permisoel de la defensa institucional de un gobierno cómplice, pete quien pete. Es muy ejemplificativo el tuit del chef Ramsay Gordon sobre la lasaña vegana que le enseñaba una fan hace unos días y la broma sobre PETA: no hay duda de que los movimientos por los derechos de los animales están haciendo muchas cosas bien y algunas cosas mal, pero la autocrítica (y la empatía) con la que sí que ha demostrado contar el movimiento, sigue sin estar presente en el resto.

Stranger Pigs ha confirmado los siguientes escenarios:

#1. Cambios éticos en el tejido social

Existe un cambio cognitivo generalizado que no tardará —o no debería— en llegar a la política. Muchos ya no comemos o utilizados animales, otros están verdaderamente interesados por encontrar alternativas más respetuosas con el medio ambiente y con los animales. No es casual la aparición de una nueva certificación de bienestar animal por IRTA y AENOR ni la exclusión de huevos de gallinas enjauladas en el mercado. Tampoco las campañas de Igualdad Animal o de PACMA, a menudo tildadas de bienestaristas, pero que están dando frutos, y lo están haciendo rápido. Aquí se puede encajar la campaña en la que os animo a todos los lectores/as del blog a firmar sobre Los secretos de El Pozo.

Mapache (Borlado)
Escultura-grafiti de un mapache realizada con basura por el artista Artur Bordalo.

#2. Invisibilizar lo que todos pueden ver

Esto nos lleva, sin embargo, a un tema sobre el que la industria es conocedora. Tras películas como Okja, documentales como Matadero y programas en hora punta televisiva, cada vez resultará más difícil ocultar la realidad necesaria que supone alimentar a una población mundial que, en 2100, será de 11,2 mil millones de personas. Toda la industria es consciente de esto, y no solo eso, sabe que no se puede mantener un proceso que nada tiene que ver con cuatro cerdos y dos vacas en una dehesa, sino de explotaciones como la que vimos en el programa de Évole.

#3. Nuevos rumbos y cambios en el mercado

No es casual que las grandes empresas como Google tengan una inversión en alternativas vegetales enorme, y que la carne limpia, como comentaba Ruth Toledano hace un par de días en El caballo de Nietzsche, sea una realidad que casi podemos tocar con las manos. El sufrimiento animal está llegando a su fin, y como ya he comentado en este blog infinidad de veces, lo hará por ciencia y no por ética. ¿Alguien cree que podrá distinguir un filete de ternera «limpia» de uno que han matado en una granja? Quizá el programa y el hashtag del #SalvadosGranjas nos ha enseñado que es bastante difícil de creer: al fin y al cabo, casi nunca sabes ni lo que comes.

#4. Informarse está en nuestras manos

Pero lo peor, sin ninguna duda, es cuánta gente se ha sorprendido por esta verdad que muchísimos activistas y animalistas llevamos muchos años señalando. Hoy, hay documentales, hay libros —incluso uno escrito por un servidor—, hay todo tipo de material gráfico y audiovisual. Hay estudios que demuestran que no hay ningún problema para vivir sin muerte animal, y sin productos de origen animal incluso; hay mil alternativas con productos naturales y procesados. Falta querer abrir los ojos.

Si Stranger Pigs ha servido de algo es para que los cerdos (y sus vidas) dejen de ser extraños para millones de personas, y que estas sepan cómo viven y cómo mueren. Esta semana se ha relativizado, se ha individualizado, se ha minimizado, o devaluado sus vidas, porque son cerdos y casi nos importan más que los trabajadores de la granja (palabras que en boca o letra de pocxs activistas he escuchado o leído), pero lo cierto es que si se mira, se ve, y si nos interesa, gracias a gente maravillosa como Amanda Romero, Lucía Martínez, Ruth Toledano, Concha López, Paula González, Melisa Tuya, Eva San Martín, Tras Los Muros, todo el equipo del Centro de Ética Animal de la UPF, y más, muchos más cada día, y a cada hora, el mañana se va a escribir en verde.

Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

Dana (riendo)
¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.