Categoría: Animalismo

Artículos sobre animalismo: hablo sobre etología, ecología, educación canina, maltrato animal, tenencia responsable, protección animal, y mucho más.

Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

Dana (riendo)
¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.

Perro ladrador, poco mordedor

En 1999, al término de la primera legislatura de José María Aznar en la Moncloa, ocurrió en las Islas Baleares algo que lo cambiaría todo: Copi, un dogo argentino que pertenecía a un vecino de Can Picafort, mató a Francisco, un niño de cuatro años. Lo paseaba suelto el hijo del propietario, pero fue este último quien acabó detenido, un tal Alfredo C. Por aquel entonces, no había Ley PPP; ni apenas legislación vinculada a animales domésticos, y Aznar tomó la peor de las decisiones: legislar en caliente. Copi fue sacrificado, igual que lo sería hoy, y el pobre crío enterrado; ¿los padres? destrozados, ¿y España? El país se resumía en las declaraciones que hacía Loyola de Palacio sin tener ni puta idea: «Personalmente creo que en ningún caso se deben permitir este tipo de perros». Los abandonos se empezaron a contar por miles, propietarios aterrorizados, y, entre tanto, un rottweiler protagoniza otra tragedia en Valencia.

Beagle (Chester; familia)
Chester, el beagle que fue atacado y muerto por los perros de los Baxter, en una foto con su propietaria legal.

Hace unos días, en Manchester ocurría otra; esta vez, entre canes. Dos American Staffordshire terrier, o American Pitbull terrier, destrozaban a un beagle. Así, tal cual. Jamás se han mostrado agresivos, decía el dueño: del juego saltaron a la agresión. Alguien grababa. Nadie supo detener el ataque. El beagle, muerto. ¿Los otros dos?, condenados. Baxter, el carpintero propietario de los perros, intentó separarlos, y en honor a la verdad, que venga el listo de turno y los separe él: incluso aquellos que sabemos intervenir, somos conscientes de lo difícil que resulta en la práctica: del porcentaje de aleatoriedad ahí metido.

El beagle se llamaba Chester, y, ahora, su familia quiere dos sacrificios más. Los otros perros no tienen nombre, porque los periodistas no quieren empatizar con ellos. Los otros perros deben morir. Ser sacrificados. Un perro que ataca no es un perro de fiar. Piensan ese tipo de cosas. El problema es que los dueños de Chester piensan en caliente; el problema es que a los dueños de Chester no les gustan los perros: les gustaba Chester. El problema es que nadie sabe qué ocurrió ahí, y el problema es que es una putada y no hay solución buena.

Para buscar respuestas, hay que hacer todo lo contrario a legislar en caliente, pero eso es justo lo que se hará en Manchester; igual aquí. En realidad, lo que va a matar a Deebo y a Loki, cuyos nombres yo sí he conseguido rastrear [noticia original], es la ignorancia de unos y otros. El no tener ni puta idea de prever o actuar frente a un conflicto entre perros; el humanizarlos, y creer que porque sean buenos con tu hija de tres años, nunca van a tener problemas con otro de su especie; y la mala suerte. El lugar. El perro. El momento equivocado. También nos ocurre a nosotros, y a cualquiera, y también acabamos muertos, o en prisión. A ellos les matará el tabú y la ignorancia. El tabú de plantearse cómo se sucedieron los hechos; de si el bueno de Chester tenía problemas de comportamiento, o si todo lo contrario, de si esa inclinación a abalanzarse y marcar a otros perros, la tenía Deebo, o Loki, o los dos. Lo peor es que probablemente a los tres les pudo el instinto: uno midió, el otro reaccionó, el tercero se lanzó detrás del segundo, y desgracia.

Perros (familia Baxter)
Los dos perros de la familia Baxter junto a su hija.

Si en Manchester fuesen inteligentes, harían autocrítica: ¿cómo coño ha pasado esto? ¿Qué leches hago grabando sin intervenir? ¿ ¿Tiene ahí alguien los conocimientos adecuados frente a las responsabilidades que ha asumido? Evaluarían el caso, y lo sucedido; valorarían qué obligaciones tienen los propietarios de un perro (mal llamado) Potencialmente Peligroso y de cualquier perro, y aprenderían. Pero todos sabemos cómo acaba esta historia: con tres perros muertos, y una sociedad que sigue empeñándose en mirar en blanco y en negro. ¿Qué voy a decir yo? No estamos haciéndolo mejor.

El mundo que ya es basura

«Si las abejas desapareciesen, los seres humanos nos extinguiríamos en cuatro años.» Esta frase, atribuida a Albert Einstein, esconde una aterradora verdad: somos mucho menos poderosos de lo que la tecnología nos ha hecho creer. Somos mucho más estúpidos también: una simple búsqueda en Google nos permite ver que esa frase no es más que una variación de un eslogan de unos apicultores belgas durante una manifestación en 1994. ¿Qué abejas, además? ¿A cuál de los miles de tipos de abejas no domésticas que no son abejas de la miel (Apis mellifera) nos referimos? Además, ¿son las abejas domésticas los únicos polinizadores del reino animal? Por supuesto que no: aunque sí las más «hiperactivas». Pero, ¡qué importa en realidad! En boca de Einstein, un problema de primer nivel se convierte en un «problemón», y eso, tristemente, es algo que necesitamos cada vez más.

Abeja (primer plano; polinizadora)

Si nos decidimos a usar nuestra capacidad crítica, no deberíamos hacer una lectura tan literal. Si las abejas desaparecen, la humanidad difícilmente se extinguirá: comemos arroz, maíz y trigo; cada vez más soja también, y ninguno necesita ser polinizado. Sin embargo, más del 70 % de los alimentos de nuestra dieta sí. Sin polinizadores perderemos variedad; pero hay más: las plantas de cobertura suponen una barrera de control frente a plagas y enfermedades, enriqueciendo el suelo y evitando que las principales plantaciones de alimento sean arrasadas. Sin polinizadores, el escenario que tenemos delante es, por lo menos, inexacto. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué ocurrirá, pero llegados a ese punto, nuestras sociedades como las conocemos sufrirían un cambio radical.

Desde hace un par de años, Stephen Hawking (1942) advierte sobre la necesidad de colonizar otros planetas; no hace mucho, además, ha agregado que urge abandonar la Tierra en menos de 100 años, y, todo ello, no son más que agregados de esa frase de Albert Einstein que resultó no ser suya. Son las mismas ideas implícitas que carga esa deadline que científicos y activistas subrayamos constantemente en 2050 sin conseguir despertar conciencias: donde los plásticos son todo lo que nadará en el mar. Es lo mismo que se intenta en la Fundación MONA advirtiendo del cambio necesario frente al uso del aceite de palma o del coltán; es la foto de ese caballito de mar agarrado a un bastoncillo para los oídos, o el enorme gasto de agua que requiere una alimentación basada, principalmente, en la pesca y la ganadería; estas frases de grandes nombres son el último reducto frente al cambio climático y la obstinación de mantener nuestros hábitos de vida a cualquier precio —de comer lo que queremos, de vestir como nos apetezca, de cambiar de teléfono móvil cada año e incluso de tener los hijos que nos dé la gana— frente a la pérdida de biodiversidad contra la que nos seguimos revelando mediante la tecnología: con abejas mecánicas propias de la ciencia-ficción y viajes en cohete al estilo de las Crónicas marcianas de Bradbury, donde sigue perviviendo aquella vieja duda sobre si llevar vida fuera de nuestra atmósfera no es también sinónimo de viajar con la destrucción que siempre nos ha acompañado.

¿Es McVegan un nuevo primer paso?

Hace unos días, Vitónica publicó un artículo sobre McVegan, la nueva hamburguesa vegana que McDonalds ha lanzado en Finlandia como prueba piloto. ¿Por qué allí? Ni idea. No es por número de vegetarianos o veganos, en principio, que resulta muy inferior si lo comparamos con otros países relativamente cercanos como Alemania (8 %) o Suecia (10 %). Quizá interesaba circunscribir la prueba a un menor volumen de mercado o el público potencial en la ciudad de Tampere donde se circunscribe el experimento es alto…  Aun así, la pregunta es otra: ¿triunfará? Y todo indica que podría ser que sí, ya que el público general se ha polarizado radicalmente ante esta oferta de hamburguesa de soja con doble ración de lechuga y tomate, que incluye tres grandes problemas anticapitalismo, comida basura y maltrato animal; o eso afirman sus grandes detractores… ¿pero es cierto? Vamos con la disección…

Capitalismo son palabras mayores

¿Es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema?

Métete la mano en el bolsillo, o échale un vistazo a tu mesa: ahí, sí, donde está tu smartphone dando espasmos continuos entre notificación y notificación, junto a esa lata de cerveza que te tomaste ayer y que no te has acordado de tirar en la bolsa del plástico, esa pantalla 4K que vete tú a saber cómo se ha fabricado y esas galletas Oreo que tienen la virtud de matar a un único animal. «Una hamburguesa vegana en una gran cadena de comida rápida es la gran victoria del capitalismo frente al veganismo» según comentan muchos activistas: ¿es eso cierto? En realidad, es posible. Pero supongo que habrá que hacerse varias preguntas más: ¿es posible que el veganismo triunfe fuera del sistema o enfrentado al capitalismo?, ¿viven estos activistas fuera del sistema o lo critican desde el interior?, y si la respuesta a esto último es afirmativa: ¿qué legitimidad tienen para criticar una hamburguesa vegetal cuando visten, comen o utilizan miles de productos propios del sistema capitalista? ¿No son acaso tan falsos como la China comunista que adora la Coca-Cola?

McVegan (Finlandia)
McVegan, sana lo que se dice sana, nadie dice que lo sea.

El primer contra, pues, no consigue tener demasiada legitimidad y resulta uno de los problemas fundamentales del movimiento vegetariano: ¿por qué demonios hay gente que quiere demostrar que es diferente? ¿No se nos cansa la boca de decir que resulta facilísimo cambiar una dieta omnívora a una vegetariana o vegana? ¿Entonces? ¿De dónde sale ese proselitismo que se atreve a decir que una hamburguesa nos hará perder la batalla por un mundo más justo para los animales? ¿No es exactamente eso lo que conseguiremos cuanta más gente adopte un estilo de vida más respetuoso con los animales? Este argumento me resulta muy similar al que mucha gente que solo critica esgrime contra las iniciativas que han conseguido influir en millones de personas, como los lunes sin carne. Si dejamos de ser solo una opción política y social que se define por contraposición al sistema, ¿no tendremos muchas más opciones? ¿Seguro que la forma de vencer no es formar parte e intentar dar ejemplo sin juzgar?

¡Apoyarás la mayor masacre de animales de la historia!

¿Hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo?

Segundo argumento en contra: McDonalds mata animales; si te comes una hamburguesa de soja allí, estás dándoles dinero para que sigan matando animales. Esto es como el sancta sanctórum del triunvirato contra la McVegan, y si no fuera porque el maltrato animal es un tema que me pone de muy mala leche, me empezaría a reír con todo el descaro. No es que a mí me encante la cadena del payaso de IT, y, sin embargo, no me puedo tomar en serio un argumento así: ¿hace más daño McDonalds que una gran supermercado como Carrefour, Mercadona o Alcampo? ¿El veganismo solo puede seguirlo gente que compre en minoristas y guarde la comida en tarros de cristal? Quizá se nos esté yendo la pelota un «pelín» por una pu…ñetera hamburguesa, ¿no? Además, ¿por qué no darle la vuelta? Con otra opción más en el menú, ¿no habrá mucha gente que descubra las alternativas a la alimentación tradicional? En mi experiencia, que se une a la de muchos otros conocidos y amigos activistas por los DD.AA., muchos amigos y amigas que quedan conmigo para tomar algo, comen algo vegetariano o vegano porque no les apetece carne ni pescado ese día, y otros respetan mi opción, y devoran lo que les apetezca. Plantear una solución fuera del sistema es no entender, en absoluto, la magnitud del problema; es el mismo argumento que esgrimen miles y miles de personas mal informadas que quieren frenar el cambio climático con agricultura extensiva sin percatarse de que somos demasiados millones de personas para que esto sea posible.

IT (Cloaca)
—Niños, ¿queréis una McVegan?

¡No es sano!

Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética.

No es sano, ¿verdad? No, ¿y? Yo soy vegetariano y no como (ni bebo, sobre todo) siempre sano. Otros serán veganos, y no comerán siempre sano. Habrá veganos y veganas gordos y gordas, delgados y delgadas, y campeones de CrossFit o halterofilia, y no pasa nada: ahí tienes el ejemplo de las Oreo, de los cientos de cereales hiperazucarados o de cremas de verduras repletas de almidón, de las miles de leches vegetales con una barbaridad de agregados, o de sacarosa, siropes, melazas o dextrosa. Aquí estamos mezclando dietas saludables y ética. ¿Existe una mayor predisposición a informarse de cómo seguir un estilo de vida saludable entre estos colectivos? ¡Por supuesto! Pero también comemos pizzas, y fritos, y, por lo menos a mí, me encantaría tener una opción de comida rápida para un día que me dé pereza cocinar o me apetezca comer una guarrería. ¿Hay gente que nunca iría a McDonalds por esta razón a comer una hamburguesa de soja? ¡Claro que sí! Pero su premisa es contraria a la comida basura, no al maltrato animal aquí.

Desconozco si la McVegan llegará o no, y de ser así, si fracasará o triunfará, pero lo que tengo claro es que se trata de otra opción más en el menú, algo que debería ser siempre positivo para el vegetarianismo si los productos encajan con su ética, y poco tiene que ver con ser o no saludable, capitalista o no ser lo único que encontremos en el menú. Alguien comentó en Vitónica: «Me parece ridículo. Luego nos ganamos la mala fama con razón.» Con lo último no puedo estar totalmente de acuerdo, con lo primero sí: que no nos dé pereza revisar nuestros argumentos si queremos seguir cambiando el mundo a nuestro alrededor.

Ningún animal sobra

Es curioso cómo para acercarnos —emocionalmente— hacia muchos animales parece que hayamos recorrido el camino inverso: en ese largo recorrido que España y la mayoría de países del mundo han transitado del campo a la ciudad, donde nos hemos tropezado con la empatía, el bienestar animal y, finalmente, con la misma naturaleza de nuevo. A menudo, desde un prisma romántico, por supuesto, o demasiado cóncavo para descifrar la forma real que tienen las cosas en el verde.

No todo es tan idílico, claro. Los niños y niñas han visto menos grillos, gorriones y ranas que nosotros, y nuestros hijos vivirán en mundos donde las abejas, ya extintas, se sustituirán por robots que polinizarán cultivos transgénicos. El coste ha sido alto: para darnos cuenta de que necesitábamos a la naturaleza, la hemos abandonado, ordeñado, prostituido y corrompido hasta límites insospechados. Los científicos dudan sobre si el Antropoceno dejará una huella geológica capaz de adaptarse al sentido etimológico del concepto, pero la mayoría admite que poco importa si el plástico o las latas de Coca-Cola alterarán o no el cosmos terrestre si alcanzamos nuestra propia extinción: la actividad humana nos convierte en garantes del planeta, y aquí seguimos aprendiendo lentamente. Un lujo que cada vez parece más obvio que no podemos permitirnos. Esta semana, no obstante, más que aprender parece que estamos cometiendo errores y traspasando límites que varias generaciones atrás no dudarían en tildar de locura: el lobo asturiano podrá ser cazado sin ningún control ni cuota en un tercio del territorio.

Lobo ibérico (población, 1840-2017)
Evolución de la distribución del lobo en España (1840 – 2017).

En 2014, la revista Science publicaba un artículo titulado Status and Ecological Effects of the World’s Largest Carnivoresel cual probaba la labor fundamental de los grandes carnívoros en los ecosistemas a través del fenómeno conocido como cascada trófica. Debido a la actividad humana —cinegética, ramadera, etcétera— se han cazado y perseguido cientos de especies con las que hemos compartido espacios tradicionalmente. El mejor ejemplo siempre está en casa, que a nadie le quepa duda, y mientras hay zonas con cabras montesas o jabalíes cuya población no se tiene ni la más remota idea de cómo controlar, hay lobos abatidos sin reparar en cartuchos: ¿alguien se sorprende? Es horroroso, pero parece obvio que, si no podemos crear una línea unitaria de bienestar animal para los perros o los gatos de toda la península, es impensable alcanzar al lobo o al toro a nivel legislativo.

Esta es la nueva batalla entre el campo y la ciudad. Un sector urbano que quiere disfrutar del campo el fin de semana y buscar la paz y la soledad del monte, pero que potencia con medidas capitalistas y, a menudo, hasta románticas el control de unas especies que el resto de la semana se la traen al pairo; un sector rural que quiere vivir, y vivir bien, en el campo, y hacerlo de actividades que ya no funcionan sin una subvención detrás, y sobre todo, sin el sacrificio que supone cuidar al ganado (pastoreo, cabañas ganaderas, jornadas de sol a sol) o vivir aislados del resto del mundo. Es en esta misma tesitura donde nace la macabra picaresca de los seguros agrarios y las partidas presupuestarias, que se han visto obligados a mirar con lupa cada cadáver que se les presenta para cobrar, y donde cabe preguntarse si este no es un problema social de primer nivel al que no se le está prestando ningún tipo de atención.

STOP Matanza de lobos (Asturias)

Hace solo un año aparecía en Público un artículo interesantísimo que las administraciones deberían obligarse a leer: Matar lobos destruye los ecosistemas, donde algunas de las conclusiones planteadas hablaban sobre seguir soluciones basadas en la naturaleza para la convivencia entre depredadores y humanos; el lobo es uno de esos símbolos tristes que explican la idiotez endémica española: «Disminuyamos la persecución absurda y carente de apoyo científico de la especie al norte del Duero, de la que anualmente se aniquila prácticamente el total de la tasa de renovación natural de la población, impidiendo la conectividad referida anteriormente», pedían al unísono el biólogo Ángel M. Sánchez y el ecólogo Fernando Prieto. Como respuesta, este verano Medio Ambiente aprobaba la caza de 141 ejemplares al norte del río, y hace unos días, Asturias aprobaba su persecución sin ningún tipo de cuota.

Ningún animal sobra, y solo uno cuenta con unas poblaciones cuyo crecimiento dificulta la vida de todas las demás especies. En el mejor de los casos, la persecución actual del lobo ibérico terminará con proyectos millonarios de recuperación, como ha ocurrido con el lince; en el peor, con su extinción: ni tan siquiera es una cuestión de lobbies, como denuncia PACMA, sino de falta de visión, porque hay un largo camino entre las propuestas de animalistas, antiespecistas, ecologistas, ganaderos y cazadores, pero es absurdo que algunos de estos grupos crean que la solución de las armas conseguirá algo que no sea ecosistemas más pobres, desequilibrados y un nuevo recordatorio de la mala elección que la naturaleza hizo al escoger a nuestra especie de primates como garante del orden.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!