Los ojos de Martina

Martina mira con el vacío instalado en su iris. Martina mira sin mirar. Con demasiado miedo para que la mirada se convierta en un acto consciente, en una declaración de intenciones: en una acción que una mano pueda reprocharle a golpes. Martina rehuye mirar, a sabiendas de que la mirada ya le ha supuesto violencia, gritos, la horca.

Ella ha aprendido que la lección más dura llega del hombre, de la palabra que, cree, solo carga injusticias, de todos nosotros; para Martina, todos somos dolor, y miedo, y muerte, y al salir de Almería, de la furgoneta, del transportín, ninguno podemos demostrarle lo contrario de inmediato. Por ello, no lo intentamos; solo paseamos, y la entramos con dificultad en otro coche, en otro transportín, y se bloquea, se aleja, se expatria de sí misma de nuevo.

Martina (recogida, Diagonal)
Fotografía de Martina el sábado de su llegada a Barcelona.

La historia de Martina está construida de vacíos más que de hechos. Vacíos que construyen retazos que construyen historias: una perra de la calle, un embarazo, una soga al cuello. Quizá fue la caza o la falta de justicia y ley; quizá solo desatención y maltrato. ¿Quién puede saberlo? Se trata de historias que son y no son.  Y en ese negro hubo locura que terminó por conquistar su mirada: si consigues que sus ojos apunten hacia ti, observas incomprensión, y espanto, y paranoia. Observas ojos que luchan en el interior de sus cuencas, que parecen intentar escapar, y aunque sea un acto inconsciente, es una de esas tristezas enquistadas a las que resulta imposible acostumbrarse. Las heridas del cuello, de las patas… las heridas del cuerpo sanan, pero no las del alma; el alma continua desangrándose, y su respiración, su cola, su forma de moverse por una calle céntrica del Ensanche barcelonés así lo indican.

La historia de Martina es la historia de los doscientos perros de su perrera. Perros bautizados rápido con nombres que se piensan un instante por necesidad; perros frente a rostros que no podrán entender por qué esa perra y no otra si todos comparten desgracia. Pero hay algo que todos ven, y es que Martina vive sumida en la adversidad desde mucho antes del septiembre de su embarazo; desde mucho antes del miedo a la gente, y las carreras por los campos de Almería, de las charlas sobre su rescate y el deseo teñidos de marrón y de amarillo más que de verde, y de sudor que se seca bajo un sol que, entre jadeos, no ofrece misericordia alguna.

Martina (río Besós)
Martina en el parque de la desembocadura del río Besós, que separa Barcelona de los municipios de Badalona y Sant Adrià.

Ahora, Martina ha salido de Almería, de la furgoneta, del transportín y ha olido un árbol cercano a la Diagonal. Puede parecer nada, pero es un mundo: el olfato llega cuando deja de temblar, de mirar a todas partes a la vez, de tratar de zafarse, de escapar, de observar cómo los grandes espacios que se pierden entre olivos y naranjos se convierten en pavimento, en edificios que suben al cielo y en el ruido eterno que pervive en el acceso a una capital; cuando trata de no alejarse más y más de nosotros, de correr en otra dirección, de no ser. Después de todo esto, Martina huele; huele el tronco de un árbol por un instante, y vuelve el temor, el huir y el no ser. Vuelve Martina y la horca; Martina y el miedo; vuelve Martina. La Martina que es y no es, porque Martina solo sabe ser no siendo, y ese es el inicio del trabajo, de un nuevo camino, de su segunda vida.

—No es cosa de un día, ni de un mes. Pero es bueno que no intente huir, que huela algo: que tolere nuestra presencia —dice mi amigo Antonio, que es educador canino, y, sin saberlo, me muestra el inicio de una historia mejor.


Enlaces relacionados:

Martina está en Barcelona gracias a Acción por el Rescate de los Desfavorecidos (ARD), quienes han confiado en Conectadogs —y, en concreto, en el educador canino Antonio Soutiño— para iniciar un programa de rehabilitación para Martina y se ocupan del coste monetario, que se inició el sábado 15 de julio de 2017.

Si lees esto y quieres apoyar a una de las organizaciones, dejo aquí los enlaces a sus respectivas páginas de Facebook para que continúes informándote:

¿Por qué Okja no es un cerdo?

A mitad del artículo hay spoilers de la película (con un aviso).

Okja no es un cerdo. Es un supercerdo. Pero Okja no parece un cerdo: no es rosa, sino gris —aunque los cerdos no siempre tengan la piel rosa, excepto en el imaginario popular— y no tiene orejas de cerdo, ni boca de cerdo, ni cola de cerdo; y, sobre todo, no tiene nariz de cerdo.

¿Qué hay más representativo que el morro de un cerdo en un cerdo? Nada. Un cerdo es su morro de cerdo, y, por ello, Okja no es cerdo. Pero quizá la pregunta no sea si Okja es un cerdo o no es un cerdo, sino si Okja necesita ser un cerdo para conseguir empatizar con nosotros, o si, por el contrario, el director coreano Bong Joon-ho cree que se trata de todo lo contrario, de que Okja no puede ser un cerdo para empatizar con nosotros, y ahí, justo ahí, es donde no queda más remedio que crear un supercerdo que, de cerdo, solo tiene parte de su nombre.

Okja y Mija (Okja, 2017)
Okja y Mija en Nueva York.

Todo el mundo debería ver Okja (Bong Joon-ho, 2017). No porque sea un gran film, aunque lo es; no porque sea una crítica sin precedentes al capitalismo, al especismo y, sobre todo, al modelo de consumo actual, aunque lo es; sino porque es el mejor argumento contra el utilitarismo, contra esa premisa tan manida del mueren con un fin… y os explico el por qué.

Okja como un nuevo inicio

Un granjero criará al cerdo más grande, bonito y especial. ¡El supercerdo total! Pero ¿quién será?

El argumento de Okja es simple: el capitalismo llega a los rincones más recónditos del planeta, y también a Gyeonggi, una de las nueve provincias de Corea del Sur, donde no muy lejos de Seúl, Mija y su abuelo crían y cuidan a la supercerda Okja durante más de una década.

Pero 10.000 años de agricultura no siempre permiten echar la vista atrás. ¡Y qué diez mil años! Unas pocas décadas, una vida, la tradición de unos pocos hombres y mujeres es suficiente para no poder concebir algo distinto. Por eso, Bong Joon-ho necesita presentar lo de siempre, pero convertido en algo distinto. Vuelve al inicio; o mejor dicho: crea un nuevo inicio. Uno de ficción, claro, con cerdos mucho más eficientes, una nueva raza, más útil, más grande, menos contaminante, más sabrosa, como si todo ello pudiese hacer olvidar el sufrimiento, y el maltrato, y lo que seguimos escondiendo tras las paredes de un matadero.

Okja y Mija en las montañas.
Okja y Mija en las montañas.

Fundamentalmente, ese es el gran punto de partida del film; un nuevo inicio visual para explicar una historia sobre la que nuestros oídos se han desensibilizado paulatinamente —puesto que pocos se arriesgan a comprobar con sus ojos si todo eso que dicen que se oculta tras el sabor de un trozo de carne es cierto.

Okja es un supercerdo, pero no importa demasiado para la trama, en realidad; una historia que se mueve entre una niña y su mascota, y cómo esta visión utilitarista se convertirá, poco a poco, y a través del vínculo que compartimos humanos y animales, en una narración fantástica sobre los lazos que nos unen como familia. Okja es el perro que nos aterra pensar que un igual pueda ver como alimento, y, sin embargo, como espectadores, nos adentramos en la normalización y la cosificación de un ser independiente que se dirige a nuestro plato. No es una historia de una niña coreana que abandona el Seúl de provincias para chocar con el capitalismo y el utilitarismo; ni tan siquiera es una historia que nos explica la insostenibilidad de un modelo industrial frente a la naturaleza; puede haber rasgos de todo ello, puede haberse vendido a los productores de Netflix así, pero Okja es la lucha de millones de activistas contra el especismo y por un mundo que se niega a maltratar y a matar cuando puede elegir no hacerlo. Por todo ello, despierta los mismos elogios que críticas.

Contiene spoilers de la película.

El fin (siempre) justifica los medios

Que Okja vuelva a las montañas.

No hay atisbo de duda: la Corporación Mirando cree a pies juntillas que el fin justifica los medios, y lo hace de un modo muy similar a la industria que tanto critica el activismo actual: grandes acciones de marketing para hacer creer que sus productos son naturales, libres de químicos y, sobre todo, con un impacto residual en el medio ambiente. Por interés propio, siempre se omite el alcance en terceros (sean animales humanos o no humanos), la compasión por el otro —camine a dos piernas o a cuatro patas— y la responsabilidad individual del consumidor.

Una parte del Frente de Liberación Animal (FLA; ALF, en el original) también cree en esto; por lo menos, al principio, cuando considera que la voluntad individual de Mija no es suficiente, que ayudar a muchos justifica el sacrificio de uno —cuando no tiene por qué ser así— y donde puede verse con claridad que, para unos, el sistema solo muestra castigo (ya lo decía Will Potter, ¿o no?) mientras libera de toda culpa a otros, a los que la economía ha terminado por glorificar.

Okja en la montaña (2)
Okja descansando en la montaña junto a Mija, quien le ofrece una fruta.

Sin embargo, Okja no termina con un nudo en el estómago —aunque quizá un poco sí—, sino con uno de esos cambios pequeños que suman y que acaban por engrandecer cualquier forma de activismo, sea en una remota aldea de Corea, sea en un autobús que viaja a través de los créditos finales de la película entre las reivindicaciones de aquellos activistas que consiguieron silenciar una y otra vez, pero no vencer, ni cambiar, ni hacer que abandonasen la lucha más importante de nuestro siglo.

La importancia de la impotencia

Del cerdo todo es comestible. Todo, menos los chillidos.

En cualquier caso, la escena final es la verdadera clave de la película. Los últimos minutos a través de los que el espectador presiente un final feliz, pero no lo encuentra. Tras los muros del matadero solo hay impotencia, y frente al matarife Mija entiende las claves del mundo que solo conocía en TV: para algunas personas, todo tiene un precio, y el cerdo de oro es suficiente para cubrir la vida de Okja, cuyo valor es incalculable para ambas. Un cerdo de oro por la vida de un animal que siente, piensa, percibe y padece como nosotros…

Antes, lo habremos visto durante la monta en la fábrica de la Corporación Mirando, y en la biopsia sin sentido de una Okja que no comprende qué sucede, y en el maltrato sistematizado, y en la cosificación, y más. Pero el corral de ganado y el matadero son ese «clic» que tanto nos cuesta hacer con vacas, y con pollos, y con cerdos, y con tantos otros animales, que nos demuestra que el dinero es todo lo que importa a algunas personas, pero que todos somos cómplices a través del egoísmo al que empujan el capitalismo, la industrialización o el consumo de animales hoy, cuando comer una vida ya no es un acto elitista, sino innecesario.

Okja (matadero)
La supercerda Okja en el matadero.

No obstante, esa impotencia es la que surge de la empatía, del mirar a los ojos a Okja, o a cualquier otro cerdo, o supercerdo, y de no hallar otra alternativa que la acción, que actuar y ser partícipe de lo que, para cada vez más de nosotros, es la visión de un mundo mejor y más justo; y de ello la última escena dice mucho con pocas palabras.

Algunos dirán que es una historia bonita, pero simple, y esas mismas personas son las que deberían valorar objetivamente qué sentimientos despierta Okja en ellos a lo largo de la película y preguntarse si realmente no lo hacen también todas las otras Okjas del cercado, y de todos los cercados. Algo dentro de uno se remueve gracias a la creación que Bong Joon-ho nos ha regalado este 2017, y parte de ser humano es no negar los sentimientos que afloran. Toca preguntarse por qué lo hacen en Okja.


Enlaces relacionados:

Sanfermines 2017: el cambio urgente

Cada julio, Anima Naturalis y PETA reclaman un San Fermín sin sangre. Cientos de activistas viajan hasta Pamplona e intentan convencer al mundo de la barbarie que estas fiestas encierran. Los medios siguen la noticia con la ilusión de normalidad que congrega la tradición, y, poco a poco, también dejan espacio a opiniones y textos críticos contra el maltrato, el acoso sexual, la sexualización de las fiestas, y las orgías de sangre, drogas y alcohol.

Sanfermines 2017 (protestas)
Activistas de PETA y Anima Naturalis en Pamplona. ©Unai Beroiz

Este año, descanso. Para mí, no hay nada nuevo de lo que hablar. Muy consciente de que otras compañeras y compañeros —como siempre, en el movimiento, tenemos que agradecer más a ellas que a ellos— han escrito columnas impagables sobre los sanfermines, como la de Leonora Esquivel, en El Huffington Post (Por estos días Pamplona se tiñe de sangre), que explica el enorme porcentaje de turistas que desconocen que el encierro solo es una parte de la fiesta, o el espacio que se ha ganado Amanda Romero en Cuerpomente para seguir despertando conciencias por los animales; esta semana, concretamente, hacía mención a los cuarenta y ocho toros que serán asesinados en la plaza, pero, sobre todo, dejaba ver cuánto podría hacer Pamplona por una España más justa, más libre y menos sádica (48 toros serán torturados en la “fiesta” de San Fermín).

Por mi parte, suscribo el artículo que ya compartí con todos vosotros/as el año pasado: Siete razones para cambiar los sanfermines, y con tristeza compruebo que poco o nada ha cambiado. Este 2017 seguirán muriendo toros en Pamplona, en las plazas y en los encierros, seguirá la muerte, el desenfreno, y el mal ejemplo; muchos seguiremos en contra, algunos rescataremos los argumentos que otros tantos no quieren oír, y menos pensar en ellos por un instante, y otros seguirán creyendo que esto es lo mejor que se puede hacer por la pervivencia del toro. Mintiéndose a sí mismos, creyendo que la única forma de salvar al toro es matar al toro, y envenenándose el alma un año más.

Seguiremos luchando.

El dedo que fue

Cuando llegué habían tirado el dedo al container. Todo el dedo. Falange distal, media, proximal, metacarpianos… No quedaba dedo en el tumor. Pero no era un dedo: era una vida. Recogí a Dana en brazos y la cargué a peso; los analgésicos me robarían a mi compañera más fiel por unas horas más, y durmió en el maletero del Jeep —el Jeep que compramos para ellos— todo el camino hasta casa, y luego en casa, todo el día, hasta el anochecer.

Estuve acariciándola por horas, y me peleé con Laura, que quería que la dejase descansar en paz; sin entender que no quería, pero, sobre todo, que no podía. Me tumbé al lado y fingí leer, pero seguí acariciándola hasta que me solidaricé con ella entre sueños por un rato. En algún momento, trató de levantarse, e intentó alcanzar el balde de agua a trompicones. La ayudamos.

Dana (mirada)

Al final, consiguieron echarme de casa por unas horas, y por fin Dana descansó tranquila en nuestra habitación, con las contraventanas cerradas para evitar el asalto de un sol terrible e impropio del mes de junio. Mientras conducía, pensé en todo lo que se había hecho por salvar su dedo y en lo que escondía la infección; y aunque no se deshizo el nudo del estómago, entendí que la tristeza no se vinculaba a la operación en sí, sino a aquello que mi perra me explicaba entre líneas.

Todo el dedo no era un dedo. Era una vida. Toda una vida. Toda una vida juntos. Era el principio del fin. De las carreras, las siestas, los abrazos y los lametones; todo el dedo no era un dedo, era la vida; la vida que empezó a consumirse desde que nos conocimos y que ahora se materializaba en un tumor, en el pelo blanco, en los ojos algo más cansados que ayer, en la serenidad y el entendimiento que ha crecido durante casi ocho años.

Dana (calle)

Era un dedo, pero era la vida de mi perra. Mi perra, que es lo más parecido que yo tengo a una hija; mi hija, cuyo dedo me dice que todos morimos, poco a poco, pero que seré yo aquel que tendrá que encontrar un lugar para su cuerpo ya inerme; mi perra, que no morirá hoy, y morirá; mi perra, a la que abrazo fuerte, e imploro por no olvidarme ni un día más de disfrutar de un atardecer junta a ella, de una mirada cómplice, de una caricia, de un sentimiento, de una vida.

La vida de mi perra, que hoy aún es vida, pero que un dedo amenazó con robármela un instante y, ahora, entre lágrimas, solo pienso en cómo será el vacío que será capaz de dejar ella un día, si un dedo casi me arranca el alma.

A través de una ética de mínimos

La mayoría de movimientos por los derechos de los animales han bebido y crecido amparados en el marco del activismo político. De este modo, en la actualidad, el veganismo filosófico y el antiespecismo son dos corrientes indisolubles que defienden otro nivel de respeto por la vida animal, considerando que el resto de especies no solo tienen derecho a la vida, sino que ese derecho debería ser respetado y sacro debido a un concepto clave sobre el que ya hablé aquí: la sintiencia.

En el germen de estos movimientos, no obstante, hay un gran número de discusiones, donde destacan, por ejemplo, la prevalencia de viejos patrones machistas entre algunos de sus miembros[1] o la defensa y preservación de animales —individuos— frente a la naturaleza, en el que una parte del movimiento apoya una visión objetivista en la cual la naturaleza es un ente al margen de la ética y otra, en cambio, defiende el subjetivismo y, en consecuencia, el intervencionismo necesario frente a un ciervo herido, un pájaro que se ha contagiado de parásitos o una hambruna que ha afectado a una población de caballos salvajes, dividiendo la crítica entre la opresión y la denegación de ayuda. En este caso, no hablamos tanto de una división entre ética animal y ética ambiental, tanto como de los distintos matices que pueden surgir en la primera y, a continuación, explico el porqué.

Gallus gallus - Tipos de especismo
Viñeta de Gallus Gallus que nos habla de los distintos tipos de antiespecismo: uno enfocado a reducir el daño infringido por los humanos y, en paralelo, otro dedicado a prevenir el daño que otros seres sintientes sufren en la naturaleza. Esta segunda ola de pensamiento se sustenta en que, si como seres sintientes y con capacidad de razonar, nos ayudamos entre nosotros, rechazar el especismo supone también ayudar a otros seres sintientes sin tener en cuenta su especie, lo que, a menudo, para algunas personas y activistas choca con las reglas propias de la naturaleza.

En este contexto, el antiespecismo y el veganismo siguen siendo indisolubles y sería muy complicado mencionar una decena de discusiones que enfrentan al movimiento, algo que sí resulta mucho más sencillo de hacer cuando incluimos ecologismo —cuya mayor preocupación es siempre global, y pocas veces basada en la defensa de los individuos no humanos, que son el único grupo que, pese a su enorme impacto a cualquier nivel, no entra en tela de juicio—, por ejemplo, y todavía más frente a términos como «animalismo» o «bienestar animal».

Hasta la fecha, el movimiento de liberación animal ha luchado contra cualquier tipo de explotación y discriminación de otras especies, a veces con graves consecuencias ecológicas, como el caso de los visones americanos en España[2], o mediante tácticas de ecoterrorismo, como el incendio de la granja Chinchilla Farm por FLA México. Otras muchas, lo ha hecho de forma pacífica, como demuestran todo tipo de movimientos de activismo individual o colectivo, como ejemplifica PETA, Anima Naturalis o Igualdad Animal.

De cualquier modo, la asunción de una filosofía y una actitud política en la defensa de los animales ha recogido siempre claros matices de imposición de un programa y difusión del mismo con el fin de ampliar el apoyo popular. Este texto no tiene la pretensión de probar que esta es una actitud contraproducente, pues no tengo ni los datos ni la seguridad de creer que existen alternativas políticas y de activismo más eficaces, sino de mostrar cómo polarizar el discurso no es la solución frente a la explotación animal y, del mismo modo, que la asunción de ciertos objetivos bienestaristas, que han sido ampliamente criticados en muchos círculos que defienden la liberación animal inmediata, pueden resultar muy útiles para mejorar la vida de millones de animales y cambiar los hábitos de vida, consumo e incluso la ética de grandes grupos de población.

Para ello, no obstante, debemos hablar sobre un concepto que, en la búsqueda de juicios absolutos, relegamos o desvalorizamos: la ética de mínimos. Se entiende por «ética de mínimos» la rama de la Filosofía práctica dedicada a encontrar una vía de mejora para el entendimiento y la comunicación en un asunto, centrándose en aquellas premisas o comportamientos mínimos que compartimos y que posibilitan la convivencia y la tolerancia.

La realidad es que no sabemos con total certeza qué estrategias son las más eficaces por los animales. Sólo recientemente hay  quien se ocupa de evaluar mediante métodos más rigurosos el impacto de diferentes intervenciones para determinar cuáles pueden hacer el mayor bien. Pero sí podemos concluir que la forma tradicional de plantear la reflexión estratégica -o bien se defiende que sólo debe educarse en la injusticia de toda explotación con el fin de abolirla, o bien se defienden prohibiciones o reformas con el fin de reducir los daños que los animales reciben- obedece a la simplificación de un problema complejo. Ello impide pensarlo de la forma adecuada, llevándonos a soluciones tan atractivas por su claridad y sencillez como probablemente falsas.

Fragmento de ‘Posición política: antiespecista’ de Eze Paez

La ética de mínimos es la base de cualquier tipo de bienestarismo político, y puede ayudarnos mucho en la búsqueda de ideas en común a través de las que articular nuestros discursos como activistas. Hoy, el antiespecismo o el veganismo tienen una ideología muy marcada, que a menudo ha sido tildada de «radical» por la mayoría de la población, puesto que, si bien no es un discurso impuesto, sí es común que parte de los activistas acojan claras posturas impositivas o de valoración moral, en vez de respetuosas y ejemplarizantes frente al interlocutor, como siempre deberían ser; por el contrario, su acercamiento es totalmente erróneo, ya que se basa en todos esos puntos que difieren entre vegetarianos estrictos y consumidores de productos de origen animal, entre antiespecistas y ecologistas, entre defensores de la tauromaquia y antitaurinos; todos los discursos políticos relacionados con la defensa de los animales hacen hincapié en los puntos del discurso que nos separan (en los que no coincidimos) y no en aquellos en los que sí.

anticaza-inglaterra
Saboteadores ingleses que boicotean la caza del zorro. Más información sobre el movimiento aquí.

Asimismo, es habitual que al cambiar este discurso impositivo («yo tengo razón por esto, esto y esto; tú estás equivocado por esto, esto y esto») por otros tipos de formas de comunicación que no sean taxativas se percibe como una debilidad e incluso una perversión de nuestras convicciones; en realidad, se trata de todo lo contrario: la mejor oportunidad para poder argumentar y convencer a nuestro interlocutor/a, siempre y cuando seamos consciente de que esta estrategia comunicativa y asertiva busca puntos de contacto con el interlocutor del activista, pero no modifica nuestro propio discurso interno.

Un ejemplo común de esta dinámica entre veganos es poner en evidencia a los demás moral e intelectualmente. Es decir, implicar que el otro es menos inteligente y menos ético, a menudo porque no está de acuerdo con nuestro punto de vista. El objetivo de poner a los demás en evidencia moral e intelectualmente es demostrar que nuestro punto de vista es “correcto” y el otro “incorrecto”, en lugar de examinar y debatir objetivamente las diferentes perspectivas.

Fragmento de ‘Poner en evidencia a los veganos perjudica a los animales’ de Melanie Joy

 

El mensaje del veganismo ha demostrado que no es efectivo: un 84 % de los veganos vuelven a consumir productos de origen animal, mientras que el porcentaje de personas que luchamos contra la explotación sigue siendo irrisorio entre la población global. El auge de nuevas potencias como China o la India, además, supondrá un durísimo varapalo al activismo antiespecista a medida que estos países acojan y estandaricen un consumo de animales mayor.

La ética de mínimos, por el contrario, establece una vía de activismo eficaz que, bien dirigida, puede conseguir pequeñas victorias constantes que deben dirigirse (y pocas veces se hace) hacia nuestro objetivo último. La ventaja de trabajar a través de esos mínimos es que nos permitirán influir de verdad en la gente; así, un defensor de los perros que come otros animales suele ser criticado por especista sin comprender, a menudo, que esa empatía que él ve en los ojos de un can, puede generalizarse hacia un gato, o un caballo, y después hacia una vaca, o una oveja, o cualquier animal; incluso un taurino ve algún tipo de belleza en el animal, belleza perversa quizá, mal entendida, pero que seguro puede ser un primer paso hacia el cambio.

Fundación MONA
Grupo de chimpancés de la Fundación MONA, donde estos primates —en principio, irrecuperables— conviven ajenos a cualquier tipo de actividad humana más allá de la observación.

El principal problema que enfrentan ahora los movimientos de liberación animal es que sin esta ética de mínimos que da pie a cruzar ideas e inferir en los demás, resulta imposible alcanzar a todas esas personas cuyos pensamientos son dicotómicos a los nuestros; aun asumiendo que nuestra ética es la más perfecta, justa y buena existente, deberemos comprender que esta no funciona a través de la imposición, sino de la razón y el desarrollo personal y libre (1), que nosotros también nos equivocamos en el pasado y seguimos haciéndolo en otros muchos términos morales (2), y, por lo tanto, no es justo creer que otros no tienen la potestad de hacerlo, de caer en el error, que nosotros sí tenemos, y, sobre todo, que excepto en aquellas luchas en las que somos «amplia mayoría», la imposición, incluso la imposición de una ética más justa, no tiene fuerza —y perdería gran parte de su justicia con la misma acción—, por lo que deben ser otras las estrategias escogidas para buscar el cambio (3).

Sobre esto último, un gran ejemplo lo tenemos en la tauromaquia en España, cuyo apoyo entre los ciudadanos ha caído bajo mínimos, y, aun así, no hemos conseguido (todavía) su total prohibición. En tal caso, si una lucha que apoya una amplia mayoría cuesta tantísimo de ganar, ¿cómo vamos a conseguir una sociedad vegetariana, vegana o antiespecista en minoría? En esta, la educación actual y el relevo generacional marcarán un antes y un después, pero sería absurdo olvidar que lo que inicia cualquier diálogo es lo que nos une y no lo que nos enfrenta.


[1] Hace pocos días, saltó a la luz la división entre El Hogar y ProVegan auspiciada por agresiones y tratos vejatorios por parte de uno de uno de los miembros directivos

[2]  No deberíamos olvidar, no obstante, que la culpa de la expansión del visón americano en España recae, por este orden: en las empresas que explotan animales, las mismas empresas que han liberado muchos de estos animales al cerrar y los activistas que han realizado acciones similares.